El funeral de una facultad



Por Álvaro Cotes Córdoba 


Era 1982. Yo tenía 22 años de edad y cursaba segundo semestre de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla. 


Un día, un profesor nos dividió en grupos, para que visitáramos los medios de comunicación que existían en ese entonces en la capital atlanticense. 


A mi me tocó el grupo que visitó al hoy extinto Diario del Caribe. El jefe de redacción de ese periódico, muy bueno y también popular como los dos restantes, el Diario La Libertad y El Heraldo, era Hernando Gómez Oñoro.


No lo conocía ni hasta ese día tampoco había oído ni leído hablar de él. Casi nada, a esa edad, sabía yo de los que integraban los medios de comunicación social en Colombia. Solo conocía y había leído a Gabriel García Márquez en su columna de los domingos, la del samario Óscar Alarcón y su sección Micro Lingotes y la de Guillermo Cano, Libreta de Apuntes, los tres del periódico capitalino El Espectador, el único que me gustaba leer desde los 15 años por su suplemento dominical El Magazín.


Cuando el grupo de estudiantes recorría las secciones del Diario, con el jefe de redacción como guía, más exactamente en la sala de los redactores, le pregunté que si me podían publicar un artículo periodístico y él de inmediato me dijo que se lo mandara y si veía que estaba bien, me lo publicaba.


A los tres días regresé con mi artículo que titulé: El funeral de una facultad. Tenía de extensión cuartilla y media, escrita con una máquina de escribir y a doble espacio. Se lo entregué en persona y me dijo: “Ok joven, lo voy a leer y luego veré…”


Me fuí, y volví a la universidad y a los cinco días supe que mi artículo había sido publicado en el Diario del Caribe, porque la profesora de Teoría de las Comunicaciones, de nombre Aidé, llegó en la primera hora de clase al salón y preguntó por mi nombre:


—¿Quién es Álvaro Andrés Cotes Córdoba?


Todo el mundo en el salón se asustó, incluyendo a la profesora de medios, Nellit Abuchaibe, quien en esos momentos nos preguntaba cómo nos había ido durante nuestras visitas por los periódicos de la ciudad.


El pánico que cundió en esos momentos en el salón fue por lo que representaba Aidé en la facultad, nada más y nada menos que la vice decanatura de la facultad. Y el ambiente se puso más tenso, cuando mencionó el motivo de preguntar por mi nombre, apenas me levanté del pupitre y dije que el del nombre era yo:


—El decano de la facultad requiere de su presencia ipso facto en su oficina.


Todos, incluyendo a un grupo pequeño, al cual nunca le había caído bien desde el primer semestre, me miraron atónitos, esperando quizás una explicación e inclusive la agradable Nellit Abuchaibe me preguntó qué había hecho mal. Y yo le respondí que, hasta donde yo recordaba, absolutamente nada. La única manera de saberlo era ir enseguida a la oficina del decano, a quien nunca había visto ni sabía su nombre en los ocho meses que llevaba estudiando allí.


Fuí. Apenas eran las 8:30 de la mañana. Entré al despacho del decano, quien me esperaba sentado detrás de su escritorio, sobre el cual noté de inmediato un folder verde con mi nombre completo arriba. Me dijo: “Siéntese” y lo hice en una silla al frente de su escritorio, en donde también había un periódico abierto de par en par. Luego se volvió a dirigirse a mí:


—Esta mañana, bien temprano, mientras desayunaba, abrí el Diario del Caribe y lo primero que encontré fue un artículo firmado por usted, titulado: El Funeral de una Facultad…lo leí y no me gustó, sobre todo en donde hay una referencia de introducción del periódico en la que menciona que eres estudiante de segundo semestre de la facultad…


Yo guardé silencio, no por temor, sino porque me urgía las ganas de ver mi artículo publicado y al cual, desde mi posición, no podía distinguirlo de entre otros más.


—¿Me estás escuchando? —me preguntó, al ver que mis ojos buscaban el artículo en las dos páginas abiertas.


— Sí señor y muy bien —le contesté enseguida, al mismo tiempo que volví mi mirada hacia él.


Pero después me hizo otra pregunta que también me dejó pensativo, sobre que si yo conocía a un columnista de apellido Consuegra y yo le dije de inmediato que no. No conocía a ninguno, solo era un estudiante proveniente de Santa Marta, buscando graduarse como comunicador social y periodista.


Y el decano concluyó: “Bueno, en esta ocasión te la voy a perdonar, pero a partir de ahora tienes matrícula condicional. Esto quiere decir que, si haces alguna cosa que afecte a la facultad, te echamos de la universidad”. Yo no quise alegar, aunque todavía no tenía claro cuál era el motivo, pero sí lo intuí, y salí de esa oficina. 


Al regresar al salón y contarle a todos el motivo de mi llamado a la decanatura, por primera vez y al unísono, incluyendo a la profesora Abuchaibe, estuvieron de acuerdo en opinar que no les parecía bien lo que acababan de hacerme al ponerme con matrícula condicional por mi artículo y en el cual no se hablaba nada en contra de la facultad de la Uniautónoma, sino de todas las de comunicación social, por cuanto el tema central del artículo se refería a que moriría por una resolución reciente del gobierno nacional, sobre que el graduado, para obtener la tarjeta profesional, debería trabajar mínimo tres años como periodista. Lo que para mí en ese tiempo y aún lo sigo sosteniendo, era incongruente y no equitativo en comparación con otras profesiones como medicina, abogacía y todas las demás.


En todas las profesiones los graduados reciben sus tarjetas profesionales sin tener primero que cumplir ese último requisito de trabajar mínimo tres años, porque entonces ¿para qué sirve estudiar los cinco años? Y por eso titulé el artículo: El Funeral de una Facultad.


Al día siguiente y los otros subsiguientes, compañeros se me acercaron, para decirme que les contaron a sus padres y estos les ordenaron no dejarme solo si llegaban a expulsarme. Incluso hasta el grupo al que desde el primer semestre no le caía bien, también se pusieron a la orden para defenderme, porque consideraron era contraproducente que en una facultad de comunicación social le coartaran la libre expresión desde sus inicios y en la plena academia a un posible comunicador social periodista como al final me gradué y lo fuí en otra universidad, más exactamente en la Jorge Tadeo Lozano.


Fin 



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