Teyuna y Saturna, una utopía en la Sierra Nevada de Santa Marta


Nota del autor: Adelanto de los primeros capítulos de la última novela que estoy escribiendo:


Por Álvaro Cotes Córdoba 


*Capítulo 1*


La industria sin chimenea de Santa Marta prácticamente ya no se movía alrededor de las exóticas playas y su balneario El Rodadero ni siquiera por el entorno del parque nacional Tayrona y su Ciudad Perdida, sino por las dos localidades con grandes hoteles construidos sobre la Sierra Nevada, a una altura de 3 mil y 3.5 mil metros sobre el nivel del mar, en una zona cercana a los picos Colón y Bolívar.


Las edificaciones de las dos poblaciones y sus negocios de hospedajes estaban erigidas con materiales de hormigón y techos de diferente clase, con tejas de arcilla y canaletas de PVC, mostrando unos diseños arquitectónicos únicos que conservaban trazos de las viviendas de los pueblos aborígenes y milenarios que aún sobrevivían en el majestuoso macizo, pero ya no solos y con mayor lucro económico e incluidos en los paquetes turísticos como museos vivos y con la exclusividad y el monopolio de las ventas de mochilas, hamacas y abarcas tejidas y fabricadas por ellos mismos.


Además, recibían visitas semanales de centenares de vacacionistas de todas partes del país y del mundo, por lo que sus rentas per cápita eran las mejores y como nunca se había logrado antes. Por eso las dos poblaciones construidas en un período corto eran la máxima atracción, por cuanto allí se hospedaban los turistas por días, semanas o meses y de donde partían en sendas excursiones por entre los teleféricos tanto para los dos picos nevados como para las aldeas de los cuatro asentamientos primitivos: kankuamos, wiwas, arhuacos y koguis.


Poca gente visitaba ya las playas de Santa Marta, las cuales a duras penas eran usadas por algunos samarios que no poseían el suficiente dinero para costearse los paseos a las dos elevadas poblaciones nuevas, que por cierto, una había sido bautizada con el nombre de Teyuna y la otra con el de Saturna.


En la primera vivían colombianos revueltos con extranjeros latinos, mientras que en la segunda, inmigrantes de países donde existían las cuatro estaciones del año: estadounidenses, suizos, alemanes, ingleses, franceses y hasta de España. Y aunque eran dueños de sus casas, no vivían de forma permanente, sino por temporadas.


Por lo tanto, Saturna se exhibía más limpia, como si fuera una villa europea. No había vehículos grandes de combustibles fósiles, solamente bicicletas y alguna que otra moto eléctrica para circular solamente en las cinco calles de esa localidad. En Teyuna, en cambio, los caballos, mulas y asnos, seguían siendo el transporte común. Y no todas sus cuatro calles estaban completamente pavimentadas, la mayoría tenía tramos destapados, remendados con las piedras grises de esa parte de la Sierra, extraídas de los cauces gélidos muy próximos.


El agua pura y helada llegaba a las residencias y hoteles directamente de los ríos y la energía se obtenía a través de paneles solares, utilizada para iluminar, encender las calefacciones y poner a funcionar los electrodomésticos y, por supuesto, las motos eléctricas.


Lo que para muchos había sido solo un sueño durante un largo tiempo, de cómo vivir por temporadas dentro de la majestuosa Sierra y muy cerca de los elevados picos con sus nieves perpetuas, por fin se había convertido en una realidad. Ambas poblaciones urbanas se comunicaban entre sí, también a través de los teleféricos, el cual era el sistema de transporte mayoritario interno entre las dos localidades y aldeas.


Pero para abandonar o arribar a las dos localidades encumbradas en recorridos lejanos, únicamente podía hacerse en helicópteros y los cuales, de forma permanente, se mantenían en los helipuertos de cada una de las dos nuevas poblaciones turísticas. No había autoridad civil ni policial y la logística administrativa que se encargaba del funcionamiento de los servicios de acueducto, alcantarillado, energía y transporte (donde se incluían los teleféricos), era manejada por la inteligencia artificial y supervisada por una empresa de leasing hotelero en compañía del gobierno de la capital del Magdalena y del Estado por medio de sus corporaciones encargadas del turismo nacional y regional.


*Capítulo 2*


La mañana de un 2 de enero, cuando la niebla en la Sierra se había abierto, apareció un helicóptero sobre Teyuna y después comenzó a descender sobre ella. Desde la ventanilla, Camila Ruiz observó las dos manchas blancas y ocres incrustadas en la pista del helipuerto, como si alguien hubiera arrancado dos pedazos de nube y los hubiera posado allí.


Camila era de Barranquilla. De treinta y siete años, con una piel quemada por el sol. Trabajaba como guía turística especializada en la Sierra y, cada vez que regresaba, sentía la misma punzada ambigua: orgullo y culpa.


—Bienvenidos a Teyuna —dijo por el micrófono, con esa voz profesional que ya le salía sola—. La que llamamos “la mestiza” —agregó.


A su lado, en uno de los asientos del helicóptero, iba Thomas Berger, un suizo de cincuenta años y quien había dejado Zúrich por seis meses del año, para vivir en Saturna o la “europea”, como también le decían. Se notaba delgado, con una barba perfectamente recortada, chaqueta técnica que costaba más que el sueldo mensual de Camila.


—¿Y por qué no construyeron todo junto? —preguntó Thomas con su español correcto pero frío, refiriéndose a Teyuna y Saturna. Y Camila sonrió sin ganas.


—Porque la gente como usted quería paz y orden. Y la gente como yo… bueno, necesitábamos seguir comiendo.


Cuando bajaron en el helipuerto de Teyuna, el contraste era inmediato. Los caballos y mulas esperaban pacientes atados a postes de madera. El olor a tierra húmeda, a fogón de leña y a café recién colado se mezclaba con el aire helado. Niños con mochilas arhuacas recién tejidas corrían entre los turistas, ofreciendo pulseras y fotos.


—Doña Camila —la saludó Joaquín, un viejo kogui de ojos achinados y dientes amarillos por masticar hojas de coca—. ¿Otra vez trayendo extranjeros?


—No son todos extranjeros, Joaquín. Este señor viene de Saturna— lo corrigió.


El anciano miró a Thomas de arriba abajo, sin disimulo y después le recordó:


—Allá tienen las casas más limpias —dijo—. Aquí tenemos más vida —sentenció.


Camila acompañó a Thomas hasta la estación del teleférico que unía las dos poblaciones. Mientras esperaban la cabina, ella le contó lo que ya sabía de memoria, pero que seguía doliéndole un poco:


—En Teyuna vivimos revueltos: samarios, bogotanos, venezolanos, algunos gringos que se enamoraron de la desorganización. Usamos caballos porque todavía nos gustan. Algunas calles siguen destapadas y cuando llueve se vuelven ríos de lodo. Pero es nuestra.


Thomas asintió, mirando hacia el otro lado del valle, donde Saturna brillaba bajo el sol de esa tarde. Desde esa distancia parecía un pueblo suizo trasplantado en la Sierra: techos impecables, calles estrechas y limpias, paneles solares relucientes.


—Allá vivimos mi esposa y yo —dijo Thomas—. Temporadas de cinco meses. No hay carros de gasolina, solo bicicletas y motos eléctricas. Todo funciona con la inteligencia artificial de la empresa. A veces extraño el desorden… pero no tanto.


La cabina del teleférico se puso en movimiento. Arriba, los picos Colón y Bolívar vigilaban eternos, cubiertos de nieve. Camila miró a Thomas de reojo y le preguntó:


—¿Sabe qué es lo más curioso? 


—No— respondió Thomas.


—Los indígenas, porque venden sus artesanías en ambos lados, pero duermen en sus resguardos. Ellos son el adorno vivo del paquete turístico. Museos que respiran. Y mientras tanto, nosotros… nosotros jugamos a vivir cerca de los famosos picos.


Thomas guardó silencio un rato. Luego, casi como si fuera un secreto, contestó:


—Tal vez por eso vengo. Porque en Saturna siento que controlo la naturaleza. Aquí, en Teyuna, siento que la naturaleza todavía me controla a mí.


Cuando la cabina llegó al otro lado, el aire parecía más limpio y el silencio más profundo. Una mujer alemana pasó en bicicleta eléctrica, saludando con cortesía. Thomas se despidió de Camila con un apretón de manos demasiado formal.


—Quizá la próxima vez me quede unos días en Teyuna —dijo.


Camila sonrió con tristeza y le volvió a hablar:


—Venga. Le presto un caballo. Y le presento a gente que todavía cree que esta montaña no se compró… solo se alquila por temporadas.


Mientras Thomas se alejaba hacia su casa de madera y vidrio, Camila se quedó mirando los picos nevados. Abajo, muy lejos, el mar Caribe que alguna vez fue el centro del mundo en Santa Marta, ahora parecía un recuerdo borroso.Y se preguntó, no por primera vez, cuánto tiempo más podrían sostener ese sueño de piedra, niebla y dinero antes de que la Sierra decidiera quiénes realmente pertenecían a ella.


*Capítulo 3*


Camila no regresó de inmediato a Teyuna. Se quedó en la estación del teleférico, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta impermeable, sintiendo cómo el frío se le metía hasta los huesos. El sol ya se ponía por el oeste, detrás del horizonte lejano donde apenas se adivinaba el mar Caribe frente a la bahía de Santa Marta. Los últimos rayos teñían de rosa y dorado las nieves perpetuas de los picos Colón y Bolívar, que se alzaban imponentes hacia el cielo.


—Doña Camila —llamó una voz ronca a su espalda. Era Joaquín otra vez. Esta vez venía acompañado de su nieta, una muchacha de unos diecinueve años llamada Luna, vestida con la manta blanca tradicional de los koguis, pero con unas botas de montaña modernas que delataban su doble vida.


—El suizo parecía importante —dijo el anciano, masticando hoja de coca—. ¿Va a invertir más plata?


—No lo sé, Joaquín. Vienen, miran, se emocionan… y luego se regresan a sus casas limpias en Saturna.


Luna se acercó. Tenía la mirada afilada, de quien ha estudiado en Santa Marta y ya no cree del todo en las historias antiguas ni en las nuevas


.—Abuelo, ya no es solo plata —intervino—. Es que están cambiando la montaña. La IA que maneja los servicios ya propone cerrar más caminos a los resguardos “por seguridad”. Dicen que para protegernos.


El viejo Joaquín soltó una risa seca que terminó en tos.


—¿Protegernos? Nosotros estábamos aquí antes de que ellos soñaran con vivir en las nubes. Ahora somos parte del paquete: “Visite los museos vivos”.


Camila sintió que el peso de siempre le caía encima. Ella ganaba bien llevando extranjeros. Gracias a eso había podido sacar a su mamá de un barrio caliente de Barranquilla y pagar la universidad de su hermano. Pero cada vez que escuchaba esas conversaciones, algo se le agriaba por dentro.


Esa noche, en Teyuna, se reunieron en el fogón del pequeño restaurante que Camila administraba junto a su prima. Había turistas europeos mezclados con locales. Alguien tocaba guitarra y olía a arepas y a chocolate caliente.


Thomas apareció de improvisto. Vestía ropa más sencilla, sin la chaqueta técnica de marca. Se acercó al fogón con las manos extendidas hacia el calor


.—No podía dormir —confesó—. En Saturna todo es tan silencioso… tan perfecto que asusta.


Camila le sirvió una taza de chocolate espeso.


—Siéntese. Aquí el silencio nunca es perfecto. Siempre hay un perro ladrando, un caballo relinchando o alguien cantando en la distancia un vallenato.


Thomas probó el chocolate y cerró los ojos un segundo.


—Mi esposa quiere que vendamos la casa de Saturna —dijo de pronto—. Dice que se siente como vivir dentro de un catálogo. Yo… no sé. Vine buscando paz, pero empiezo a pensar que la paz que compré es demasiado silenciosa.


Luna, que ayudaba sirviendo mesas esa noche, se detuvo junto a ellos.—Entonces quédese en Teyuna unos días —le dijo sin rodeos—. Aquí todavía se siente la Sierra. Allá solo se ve. Thomas miró a la joven kogui con curiosidad.—¿Y tú qué piensas de todo esto? ¿Del turismo, de las dos poblaciones, de que tu gente sea “museo vivo”?


Luna se encogió de hombros, pero su voz sonó firme:


—Pienso que la montaña nos va a botar a todos si seguimos creyendo que podemos domarla. Ustedes trajeron dinero, sí. Pero también trajeron la idea de que todo se puede comprar: el paisaje, el frío, hasta nuestra presencia. Algún día la Sierra va a cobrar la cuenta.


Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Joaquín, desde una esquina, asintió lentamente sin decir nada. Camila miró a Thomas. Por primera vez no vio al turista rico, sino a un hombre de carne y hueso que empezaba a dudar de su propio paraíso.


—Quédese esta semana —le propuso en voz baja—. Mañana lo llevo a caballo hasta una laguna que todavía no aparece en ningún paquete turístico. Sin teleféricos. Sin IA. Solo montaña.


Thomas sostuvo su mirada un largo rato. Afuera, el viento silbaba entre los techos de teja y zinc.


—Está bien —dijo al fin—. Me quedo.


Camila sonrió, pero por dentro sintió miedo. Porque sabía que cada persona que cruzaba de Saturna a Teyuna, cada extranjero que se enamoraba del “desorden auténtico”, estaba cambiando sutilmente el equilibrio de la Sierra. Y la Sierra, tarde o temprano, siempre respondía...

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