Encuentro de dos Mundos
Por Álvaro Cotes Córdoba
Nabusirake fue un pueblo que existió por mucho tiempo en una montaña con hielo, lagos, ríos, cascadas y selvas vírgenes tropicales. Sus habitantes vivían sin más reglas que la de morir antes de sufrir. Eran los más hostiles, fuertes y altos de la media docena de tribus con las que compartían la gran montaña, la cual consideraron siempre el lugar exacto por donde había germinado la vida.
Durante una de las ceremonias rituales que los seis asentamientos existentes en la montaña solían realizar de forma conjunta alrededor de un lago que se mantenía congelado desde que había brotado la vida por ahí, desde tiempos inmemorables, un brujo de la tribu Yirkua, situada en la parte nororiental de la gran montaña, hizo un conjuro y lanzó una piedra china sobre el lago de hielo, el cual comenzó a agrietarse y mientras lo hacía, el ruido crujiente se fue propagando cada vez más agudo y con un tono más estridente que resonó como eco por toda la montaña y fue escuchado por el resto de los habitantes en los pueblos circunvecinos.
El brujo, un anciano de cabellos largos y entrecanos, fue el único que no se movió o corrió asustado para apartarse de la orilla del lago, como sí lo hicieron los restantes guerreros y líderes de los demás pueblos, incluso los nabusirakianos, los que no le temían a nadie ni a nada. Vija, el hechicero yirkuano, aguardó hasta que el hielo en el lago se partió en mil pedazos y cuando comenzaron a separarse, mostrando el agua de color azul índigo, hizo lo inesperado y lo cual sorprendió a todos, retirados a unos 500 metros a la redonda y con los ojos despepitados por lo que estaban presenciando.
El longevo empezó a introducirse en el agua fría, poco a poco y sin ningún titubeo. Cuando llegó hasta una parte más honda, por donde el agua le tapaba los hombros, decidió meter el resto de su cuerpo. Al cabo de un breve período, tiempo durante el cual nadie podía aguantar sin respirar, el viejo hechicero brotó, pero convertido en un témpano de hielo de forma humanoide. Ninguno tuvo el valor de meterse a la laguna para salvar siquiera su cuerpo, después de ver lo que le acababa de suceder. Minutos más tarde, el lago volvió a congelarse y la figura enhielada del brujo se astilló en millones de pedazos, desapareciendo para siempre.
Aquel lago era el santuario común de las seis poblaciones y cada tres meses desde tiempos remotos, que ninguno de ellos sabía cuándo empezó, lo visitaban para ofrecerles sus agradecimientos por haber permitido que la vida surgiera de allí. Era una tradición ancestral que nadie ni siquiera los nabusirakianos, había dejado de cumplir. Pero nunca había ocurrido lo que sucedió en aquella ocasión. Jamás se había visto romper el lago congelado y menos al agua allí atrapada. Por lo que los hechiceros de los demás pueblos comenzaron a preocuparse.
Se había interrumpido la armonía, decían algunos. Por lo que se espera que ocurran cosas extrañas, pronosticaron otros. No obstante, los miembros de aquellos asentamientos retornaron a sus respectivos pueblos, los nabusirakianos a caballos por cuanto eran los únicos que los tenían y el resto a pie o en sendos animales más pequeños como asnos y cerdos, los cuales tenían muy bien domesticados. Desde esa ocasión, los seis asentamientos ya no fueron los mismos y se inició una discordia entre todos, que fue escalando hasta convertirse en una confrontación más grande e irreversible.
Todo empezó, cuando a una de las poblaciones, los Kuanos, le comenzó a ir mal en la recopilación de sus sustentos diarios. Las cosechas de maíz, tubérculos y hortalizas sucumbieron ante la llegada inusual de unas heladas bajo cero. El frío nunca había alcanzado tan bajos niveles en ese asentamiento, uno de los más frágiles por cuanto tenía más mujeres y niños que adultos. Duraron dos meses padeciendo y en ese tiempo solo recibieron la ayuda de los nabusirakianos, porque parte del resto también tenía sus pesares por enfermedades que ni sus propios brujos podían curar.
Además de los nabusirakianos, el otro asentamiento que no había padecido de nada, antes por el contrario, había seguido su vida normal, eran los del pueblo Yirkua, cuyo hechicero había estallado tras introducirse en el lago sagrado. Sin embargo, cuando en Nabusirake se inició una epidemia inédita, consistente en la aparición de unas deformaciones en las pieles de las mujeres de ese pueblo, su brujo concluyó que la cura para los males que atacaba a los asentamientos, menos a los Yirkua, estaba en revertir el conjuro de Vija, el anciano que lo hizo cuando arrojó al lago la piedra china. Y la forma que sugirió para hacerlo fue más contundente y cruel: desaparecer de la montaña a los yirkuanos, porque era la única manera de acabar con el hechizo que su brujo hizo para hacerlos inmunes a todo mal.
En una reunión de líderes de las cinco aldeas en un punto neutro, ubicado sobre un valle en el cual no nacía ni la hierba, porque era un páramo, en un aposento conformado por dos piedras de casi veinte metros de alto, donde había un frío rompe huesos, los montañeros acordaron llevar a cabo la mortal propuesta.
—Eliminar a los yirkuanos —repitió con voz grave el brujo de los nabusirakianos. Su nombre era Kroyar, con una piel más oscura que todos los demás —. No hay otra forma. El conjuro de Vija fue un robo de equilibrio. Él tomó la bendición del lago para sí mismo y para su gente, y ahora la montaña nos castiga a los demás. Si no cortamos la raíz, el castigo seguirá creciendo hasta que no quede nadie vivo.
Un silencio pesado se extendió entre los representantes de las otras cuatro tribus: los Kuanos (los más afectados por el hambre), los Tselkas (cuyos niños morían de fiebres extrañas), los Muryaki (que veían cómo sus rebaños de cabras se volvían estériles) y los Ijkaras (cuyos guerreros perdían fuerza sin razón aparente).
Solo los nabusirakianos parecían inmunes a las nuevas plagas, pero incluso ellos empezaron a notar que sus caballos se ponían nerviosos por las noches, como si olieran algo que los humanos aún no percibían. El líder kuano, una mujer delgada llamada Lira, de ojos hundidos por el hambre, fue la primera en hablar:
—Mi pueblo ya ha perdido a treinta niños. Si hay que derramar sangre para que los demás vivan… que sea la de los yirkuanos. Su hechicero rompió la armonía.
Los murmullos de aprobación fueron ganando fuerza. Solo el viejo jefe ijkara, un hombre llamado Yarja de pelo y barba gris, levantó la mano para pedir silencio y dijo:
.—Los yirkuanos son pocos, pero su aldea está en la parte más escarpada del noreste, rodeada de acantilados y niebla eterna. No será fácil llegar. Y si fallamos… ¿qué pasará cuando el lago se entere de que hemos derramado sangre en su nombre?
Kroyar sonrió con frialdad. Sus dientes eran grandes y amarillentos. —El lago ya está enfadado. Lo que hicimos fue romper el silencio. Ahora solo queda elegir de qué lado estamos. Yo digo que mañana, cuando la luna esté en su punto más bajo, los nabusirakianos bajaremos desde el oeste con nuestros caballos y armas.
La noche siguiente, cuando la luna se ocultaba tras los picos más altos, los nabusirakianos descendieron. Montados en sus caballos negros y robustos, únicos en toda la montaña, avanzaban en silencio absoluto. Sus lanzas y hachas de obsidiana y hueso tallado reflejaban apenas la luz de las estrellas. Kroyar cabalgaba al frente, con el rostro pintado de negro y rojo, símbolos de muerte y equilibrio destrozado. Detrás de él, cincuenta de sus mejores guerreros, los más altos y feroces, seguían el rastro que los llevaría al noreste escarpado. No iban solos.
De los otros valles habían llegado pequeños contingentes: una docena de Kuanos armados con hondas y cuchillos de pedernal, algunos Tselkas con arcos hechos de astas de cabra, y un puñado de Muryaki e Ijkaras que, aunque dudaban en voz baja, habían jurado cumplir el pacto. La alianza de la necesidad era frágil, pero el hambre y el miedo la mantenían unida.
Lira, la líder kuana, marchaba a pie junto a Kroyar. Su cuerpo delgado temblaba de frío y rabia contenida.
—¿Estás seguro de que esto romperá la maldición? —preguntó en un susurro, mientras el viento aullaba entre las rocas, pero Kroyar no la miró.
—El lago dio la vida. Vija la robó. Solo con sangre yirkuana se restaurará el equilibrio. Lo siento en los huesos, como siento que mis caballos están cada vez más inquietos.
En efecto, los animales resoplaban y piafaban, con los ojos muy abiertos, como si percibieran sombras que los humanos aún no veían. La aldea yirkuana apareció al amanecer, envuelta en niebla perpetua. Estaba construida sobre una meseta rodeada de acantilados verticales, accesible solo por un estrecho sendero de piedra que serpenteaba entre paredes de hielo y musgo negro. Las chozas eran de piedra y pieles de oso, y un humo tenue se elevaba de sus fogatas. Parecían pocos: no más de ochenta almas en total, ancianos, mujeres, niños y un puñado de guerreros.
Los atacantes se dividieron en silencio. Los nabusirakianos tomarían el sendero principal con sus caballos, mientras los demás rodearían por los flancos más peligrosos. Pero cuando el primer grito de guerra rasgó el aire y las lanzas comenzaron a volar, algo inesperado ocurrió.
Los yirkuanos no huyeron ni se defendieron con desesperación. Salieron de sus chozas con calma, casi con serenidad. Sus rostros no mostraban terror, sino una tristeza profunda y resignada. Al frente de ellos caminaba una mujer joven, de cabello blanco como la nieve a pesar de su juventud. Sus ojos eran del mismo azul índigo del lago sagrado.
—Sabíamos que vendrían —dijo con voz clara y resonante, que se propagó por los acantilados—. Vija nos lo advirtió antes de ofrecerse al hielo. “Si rompen el equilibrio, vendrán a buscarnos. Pero recuerda: la montaña no perdona la sangre derramada en su nombre”.
Kroyar detuvo su caballo. Una duda fugaz cruzó su rostro, pero la aplastó enseguida.
—¡Mentiras de brujos! —rugió—. ¡Ataquen!
La batalla fue breve y brutal. Los nabusirakianos cargaron con furia, derribando chozas y cortando vidas. Los yirkuanos lucharon con una dignidad extraña: no gritaban de dolor, no maldecían a sus asesinos. Caían murmurando oraciones al lago, como si aceptaran su destino.
Lira, con las manos temblorosas, clavó su cuchillo en el pecho de una anciana yirkuana que ni siquiera levantó las manos para defenderse. Al hacerlo, sintió un frío sobrenatural subirle por el brazo. En menos de una hora, la aldea ardía. Solo quedaron vivos unos pocos niños y la mujer de cabello blanco, que fue capturada y llevada ante Kroyar.
—¿Dónde está el resto de tu gente? —preguntó el brujo nabusirakiano, limpiando la sangre de su hacha.
La mujer sonrió con tristeza y dijo:
—Somos todos. Vija nos dijo que no resistiéramos. Que nuestra muerte sería la semilla de algo mayor. El conjuro no era para protegernos a nosotros… era para protegelos a ustedes de lo que vendría después.
Kroyar frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
En ese instante, un estruendo lejano sacudió la montaña. El suelo tembló. Los caballos se encabritaron y varios guerreros cayeron. Desde la distancia, en dirección al Lago Sagrado, se elevó un resplandor azul intenso que tiñó el cielo de un color imposible. La mujer de cabello blanco cerró los ojos.
—Ahora el lago despierta de verdad. Vija no robó la bendición. La liberó. Y al derramar nuestra sangre, rompieron otro conjuro. Y lo que viene no es una plaga… es el renacimiento. Pero no como lo conocen.
Kroyar sintió por primera vez un verdadero miedo. Miró a Lira, cuya piel comenzaba a mostrar las mismas deformaciones que habían azotado a las mujeres nabusirakianas, solo que ahora más rápidas y profundas. El viento cambió. Traía un olor a hielo antiguo y a algo vivo, muy vivo.
Abajo, en el valle desolado donde se había sellado el pacto, las dos enormes piedras verticales comenzaron a resquebrajarse. La Montaña de la Vida, que había permanecido en silencio durante milenios, empezaba a hablar. Y su voz sería de hielo, sangre y renacimiento.
El estruendo se convirtió en rugido. Primero fue un temblor profundo, como si la propia tierra respirara con furia. Luego vinieron los crujidos: piedras que se desprendían de los acantilados, árboles milenarios que se inclinaban y caían con estrépito, y un viento helado que bajaba de las cumbres cargado de un polvo blanco que no era nieve, sino fragmentos del lago sagrado convertidos en ceniza de hielo.
El pánico se apoderó de los sobrevivientes. En la aldea yirkuana aún humeante, Kroyar, Lira y los demás líderes miraron hacia las alturas. El resplandor azul que emanaba del lago sagrado se había vuelto cegador, y de él surgían sonidos que ningún ser humano había escuchado jamás: un lamento grave y vibrante, como el canto de mil gargantas de cristal rompiéndose al unísono.
—¡La montaña se despierta! —gritó Yarja, el viejo jefe ijkara, con la voz quebrada—. ¡Nos va a sepultar a todos!
Nadie discutió. El pacto de sangre había sido sellado, la matanza cometida, y ahora la consecuencia bajaba hacia ellos en forma de avalancha invisible. Los seis pueblos —o lo que quedaba de ellos— comenzaron el descenso desesperado. Nabusirakianos a caballo, llevando a los heridos y a los pocos niños que aún respiraban. Kuanos, Tselkas, Muryaki e Ijkaras a pie, cargando lo poco que pudieron salvar: pieles, armas, algunos sacos de maíz ennegrecido y las últimas vasijas de agua. La mujer de cabello blanco, a quien llamaban Sira, caminaba entre ellos sin cadenas, como si ya no importara retenerla. Nadie se atrevía a tocarla.
Durante tres días y tres noches bajaron por senderos que jamás habían transitado, por laderas que se volvían cada vez más traicioneras. Detrás de ellos, la montaña gemía. Rocas del tamaño de chozas rodaban por las pendientes, arrastrando árboles y cuerpos de quienes no lograban apartarse a tiempo. El aire se volvió más denso, más cálido, y el hielo eterno que coronaba las cumbres comenzó a desprenderse en grandes bloques que se estrellaban contra las selvas inferiores.
El miedo los unía más que cualquier alianza anterior. Ya no había tribus: solo sobrevivientes huyendo de la ira de lo que una vez llamaron sagrado. Al cuarto día, exhaustos, con los pies destrozados y la piel quemada por el sol que ahora caía sin piedad, llegaron a las faldas más bajas de la inmensa montaña. El terreno se suavizó. La selva se abrió y, de pronto, ante sus ojos apareció algo que ninguno había imaginado siquiera en sus leyendas más audaces.
El mar. Una extensión infinita de agua verde esmeralda y azul turquesa que se fundía con el horizonte. Olas suaves lamían una playa de arena blanca y fina como harina. Palmeras de hojas anchas se mecían con la brisa salada. El aire olía a sal, a vida, a libertad desconocida. Los nabusirakianos detuvieron sus caballos. Los guerreros más fieros, que nunca habían temido a nada, cayeron de rodillas sobre la arena. Lira, con los ojos llenos de lágrimas, tocó el agua con las manos temblorosas y rió por primera vez en meses, un sonido frágil y quebradizo.
—Esto… esto es el fin del mundo —murmuró Kroyar, pero su voz carecía de la antigua certeza—. O tal vez el comienzo — agregó.
Sira, la mujer yirkuana de cabello blanco, se acercó al borde del agua y miró hacia el horizonte.
—No es el fin —dijo con suavidad—. Es lo que venía después. Vija lo sabía. El lago no castigaba… preparaba. Nos obligó a bajar porque arriba ya no había lugar para nosotros.
Durante horas permanecieron allí, embelesados. Algunos se bañaron en el mar por primera vez, riendo como niños mientras las olas los derribaban. Otros recolectaban frutos desconocidos de los árboles cercanos: cocos dulces, mangos jugosos, plátanos salvajes. El paraíso parecía haberlos recibido con los brazos abiertos.
Pero la belleza duró poco. Al atardecer del segundo día en la playa, cuando el sol teñía el cielo de oro y púrpura, divisaron velas en el horizonte. Primero fue una. Luego tres. Después toda una caravana de barcos de madera oscura con velas blancas y rojas que se hinchaban con el viento. Se acercaban rápidamente, cortando las olas con proas afiladas.
Los sobrevivientes se agruparon. Los nabusirakianos tomaron sus lanzas. Los Kuanos prepararon sus hondas. Incluso los niños más pequeños empuñaron piedras. Desde los barcos comenzaron a bajar botes pequeños. En ellos venían hombres vestidos con armaduras de metal brillante, cascos con plumas y capas de colores intensos. Portaban espadas largas, arcabuces y extraños estandartes con cruces y animales bordados. Sus rostros eran pálidos, barbudos, y hablaban en una lengua dura y rápida que nadie entendía.
Uno de ellos, un hombre alto de barba negra y mirada inquisidora, pisó la arena y observó a los montañeses con una mezcla de sorpresa y codicia. Sus ojos se detuvieron en los caballos nabusirakianos, en las pieles oscuras y altas estaturas de los guerreros, en las mujeres de cabello blanco como Sira.
Kroyar dio un paso al frente, con el hacha en la mano y el pecho hinchado de orgullo ancestral.
—¿Quiénes son? —preguntó en su lengua, aunque sabía que no sería comprendido.
El hombre barbudo sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Levantó una mano y dijo algo en su idioma. Sus soldados formaron filas detrás de él, armas listas.
Sira se acercó a Kroyar y le susurró al oído:
—Ellos no son de la montaña. Vienen de otro mundo. Traen fuego y una nueva forma de vida. Pero también traen algo más peligroso que cualquier plaga: la idea de que todo esto les pertenece.
El viento cambió. Las olas se volvieron más fuertes. Detrás de ellos, la montaña siguió rugiendo débilmente, como si aún no hubiera terminado de hablar. Y frente a ellos, el mar les ofrecía un nuevo comienzo, pero también un nuevo final...

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