Viendo la vida desde la muerte
Por Álvaro Cotes Córdoba
Estoy suspendido en un lugar que no es lugar: ni cielo ni vacío, solo observación pura. Desde aquí, la vida se ve como un río turbulento y brillante que sigue corriendo sin mí.
Veo la casa donde pasé mis últimos años en México, esa residencia blanca y amplia en la Ciudad de México que se ha convertido en un santuario silencioso. Más allá de esas paredes, en las ciudades y en las universidades, mis antiguos colegas dan conferencias sobre mis libros.
Algunos los defienden con pasión, otros los atacan con esa ferocidad que solo se reserva a los muertos ilustres. Veo cómo mis palabras, escritas en páginas que ya amarillean, siguen generando debates, odios y amores.
La vida continúa tejiendo su red sin pedirme permiso, y yo, desde esta orilla invisible, solo puedo mirar. Y observo también a los desconocidos. Una mujer en un café de Bogotá lee Cien años de soledad con el ceño fruncido, subrayando frases que yo escribí en una noche de insomnio y desesperación.
Un joven en un tren de México anota en su libreta una idea que, sin saberlo, nació de algo que yo dije hace décadas. La humanidad sigue buscando respuestas, tropezando, levantándose, amando y odiando con la misma intensidad de siempre. Y yo, que tanto busqué entender al ser humano y sus soledades, ahora comprendo que la Tierra nunca me necesitó para seguir girando.
Lo más curioso es la intimidad de todo. Veo los momentos que nadie más ve: el hombre que se levanta a las tres de la mañana para llorar en el baño, para que su esposa y hijos no lo vean, la niña que esconde el celular que sus padres le compraron para su entretención, pero para que lo haga hasta cierta hora muy temprana de la noche y lo tapa con la almohada cuando escucha pasos en el pasillo, al escritor rival que, en la soledad de su despacho, admite en voz baja que yo tenía razón en algo.
Desde la muerte, la vida se revela sin filtros, sin poses, sin las máscaras que todos usamos para sobrevivir al día. A veces me acerco tanto que casi puedo sentir el aliento de los vivos. Otras veces me alejo hasta que el planeta entero parece una canica azul suspendida en la nada.
Y en ese vaivén, comprendo que la muerte no es ausencia, sino una forma diferente de presencia: una mirada eterna, silenciosa, que todo lo abarca sin poder tocar nada. Una vez en vida y con la fama altísima que tenía, porque me dieron el premio Nobel, me preguntaron qué me gustaría ver por un agujero sin ser visto. Y yo les respondí que ver la vida desde la muerte.
Y como ven, hoy 17 de abril, doce años después de mi muerte, desde donde ahora estoy, puedo decirles que ese deseo que expresé aquella vez en un programa de televisión, se cumplió. Estoy viendo de todo y lo que falta por ver desde la eternidad.

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