Reconstrucción de una crónica perdida



Por Álvaro Cotes Córdoba 


El hecho ocurrió a finales de los 80 en pleno mar abierto y en un buque transatlántico coreano, el cual acababa de salir del puerto de Santa Marta. 


Cinco polizones afrodescendientes del Chocó, departamento a orillas del otro mar que rodea a Colombia, o sea el Pacífico, se vinieron para Santa Marta a colarse en la embarcación surcoreana, según me contaron ellos mismos después durante el cubrimiento que realicé de la noticia y para lo cual tuve que desplazarme a Ciénaga.


El motivo por el cual escogieron el puerto samario para emprender su aventura riesgosa, fue porque “por ahí era más fácil”, y me explicaron el por qué: está cercano a la playa y por la noche nadaron de forma sigilosa hasta el barco anclado y después subieron por la cadena del ancla, hasta llegar a la cubierta.


Una vez dentro se escondieron en varios lugares del buque. Dos de ellos lo hicieron en la chimenea, por la parte de abajo y los tres restantes en otros sitios distintos, pero todos en la cubierta de la enorme embarcación. Duraron allí sin ser descubiertos dos días, solamente alimentándose con pan y agua, el único aprovisionamiento alimentario que llevaban.


Al tercer día de permanecer camuflados en el navío transoceánico, fueron descubiertos por la tripulación y fue entonces cuando la aventura se convirtió en tragedia, al ser arrojados al mar solo con lo que llevaban puesto. 

Este fue el momento cuando entrevistaba a los polizones en la estación de la policía de Ciénaga, estampado en esta fotografía tomada por el reportero gráfico de El Informador, Roberto Calderón a finales de los 80.
Este fue el momento cuando entrevistaba a los polizones en la estación de la policía de Ciénaga, estampado en esta fotografía tomada por el reportero gráfico de El Informador, Roberto Calderón a finales de los 80.



CONTEXTO:


A finales de los años 80, Colombia era un país en llamas, aunque todavía lo sigue siendo. La violencia del narcotráfico, con los carteles de Medellín y Cali en su apogeo, teñía de sangre las ciudades y se extendía como una mancha de aceite hacia las regiones más remotas. En el Chocó, ese vasto y exuberante departamento afrocolombiano que abraza el océano Pacífico con sus ríos caudalosos y selvas impenetrables, la realidad era aún más áspera, más silenciosa y más olvidada.


Más del 60 % de la población vivía en condiciones de miseria extrema. El aislamiento geográfico era absoluto: no había carreteras que conectaran dignamente las comunidades; los ríos y el mar seguían siendo las principales vías de transporte, tal como lo había sido durante siglos. Los hospitales quedaban a varios días de viaje, las escuelas funcionaban con precariedad y el Estado parecía una promesa lejana, casi mítica. La gente subsistía con agricultura, pesca artesanal, minería de oro informal a mano y la caza en la espesura. El territorio, rico en biodiversidad y recursos naturales, era paradójicamente uno de los más pobres del país.


Hasta entonces, el Chocó había gozado de una relativa “paz” en comparación con otras zonas del país. Las comunidades afrodescendientes, herederas de los palenques y de la resistencia contra la esclavitud colonial, mantenían sus tradiciones, sus formas de organización colectiva y un fuerte sentido de identidad. Pero esa calma empezaba a resquebrajarse. A mediados de la década, las guerrillas de las FARC y el ELN comenzaron a incursionar en la región, estableciendo retaguardias y corredores. Al mismo tiempo, el narcotráfico extendía sus tentáculos desde el interior: aparecían los primeros exportadores de coca en zonas remotas, traídos por actores externos que prometían dinero rápido en un lugar donde las oportunidades legales eran casi inexistentes. La minería ilegal también empezaba a ganar terreno, contaminando ríos y destruyendo selva.


En ese contexto de desesperanza creciente, muchos jóvenes afrodescendientes veían en la migración —cualquier migración— la única salida posible. No era un sueño romántico de riqueza; era la necesidad cruda de escapar de un futuro que se cerraba como una trampa. Salir del Chocó significaba, para muchos, romper el ciclo de la pobreza, la ausencia estatal y la amenaza latente de la violencia que ya empezaba a asomar.


Fue en ese escenario que los cinco jóvenes del Chocó decidieron jugársela toda. Viajaron hasta Santa Marta, en el Caribe colombiano, porque les habían dicho que “por ahí era más fácil”. El puerto samario está cerca de la playa, los barcos mercantes extranjeros anclan con frecuencia y la vigilancia nocturna es más laxa. La meta de ellos fue colarse en un buque transatlántico surcoreano a punto de zarpar rumbo a Estados Unidos, donde imaginaban un trabajo, un salario decente, una vida distinta y luego un retorno glorificante o envidiable a sus lugares de orígenes.


En aquellos años, era una práctica conocida —aunque rara vez denunciada públicamente— el trato que recibían los polizones en muchos buques mercantes, especialmente los de banderas asiáticas. Las empresas navieras y los capitanes calculaban con frialdad económica: desviarse a un puerto significaba perder tiempo valioso y dinero; alimentar bocas extra generaba costos adicionales; enfrentar trámites legales y posibles multas se convertía en un problema administrativo engorroso. La solución más “económica” y expeditiva era, con frecuencia, lanzarlos al mar. Casos similares se reportaron en distintas rutas del Caribe y el Atlántico durante toda la década de los 80. La Convención Internacional sobre Polizones de la Organización Marítima Internacional (OMI) aún no tenía el peso ni la aplicación efectiva que adquiriría décadas después. En alta mar, lejos de cualquier autoridad, el capitán era ley. Cinco vidas pobres, afrocolombianas, sin documentos ni protección internacional, valían menos que un día de retraso o unos cuantos litros de combustible.


LA ODISEA:


Los coreanos —o su capitán— tomaron esa decisión sin titubeos. Ni un salvavidas, ni un bidón de agua, ni un trozo de comida. Los arrojaron por la borda como quien desecha carga inútil o contaminada. “Más barato así”, debió pensar alguien en el puente de mando mientras el buque continuaba su rumbo. De polizones pasaron a náufragos en cuestión de segundos. El mismo mar que habían desafiado para subir al barco se convirtió ahora en su verdugo implacable. Durante cuatro noches y cinco días enteros lucharon por mantenerse a flote en las aguas del Caribe. 


De noche el terror era absoluto: no podían cerrar los ojos ni un segundo. Cualquier descuido significaba hundirse irremediablemente. El frío les penetraba hasta los huesos, provocándoles calambres que les arrancaban gritos ahogados en la oscuridad. Tenían que mantenerse alerta ante cualquier sombra bajo el agua —posibles tiburones atraídos por el movimiento—, las luces lejanas de embarcaciones que pasaban sin verlos y el súbito encrespamiento del mar que podía separarlos para siempre. El agotamiento los envolvía como una manta húmeda y pesada, pero rendirse no era una opción.


De día el suplicio cambiaba de forma, pero no de intensidad: el sol tropical les quemaba la piel sin misericordia, dejándola roja, ampollada y en carne viva. Los labios se les agrietaban hasta sangrar, la lengua se hinchaba por la sed insoportable, los ojos les ardían por la sal y el resplandor implacable. El mar, que desde lejos parecía una llanura azul, se convertía en una sucesión interminable de montañas líquidas que los subía y bajaba sin piedad. Nadaban cuando las fuerzas lo permitían, flotaban cuando flaqueaban, se turnaban para sostener al compañero que desfallecía. Hablaban poco; las palabras se gastaban en el esfuerzo de sobrevivir. Solo seguían avanzando, sin brújula ni certeza de rumbo, impulsados por la terca convicción de que detenerse equivalía a morir.


Al quinto día, después de más de 110 horas de lucha inhumana, avistaron tierra. Era Ciénaga, en el departamento del Magdalena, a pocos kilómetros de donde había comenzado su desesperada odisea.

Llegaron cuatro con vida. El quinto había muerto esa misma mañana, apenas dos horas antes de tocar la playa. Con los músculos temblando de agotamiento, la piel quemada y las fuerzas casi extinguidas, los cuatro sobrevivientes no lo abandonaron. Cargaron su cuerpo sin vida entre las olas, arrastrándolo con lo último que les quedaba de energía. Cada brazada era un suplicio infinito. Cada ola parecía una burla cruel del destino. Dos horas eternas en las que la orilla se acercaba con lentitud agonizante, mientras llevaban a su compañero muerto como quien carga la prueba final de que, a pesar de todo, todavía eran humanos. Pisaron la arena de Ciénaga convertidos en cuatro espectros y un cadáver. 


Esa es la historia que me contaron ellos mismos, con voz quebrada y ojos hundidos, cuando llegué al municipio de Ciénaga en las horas del mediodía, para cubrir la noticia. Cuatro hombres destrozados físicamente y emocionalmente, con la piel pelada por el sol y la sal, que aún cargaban en el alma el peso de su compañero muerto a solo dos horas de la salvación. Me hablaron del frío de las noches, del fuego del sol de día, del momento exacto en que uno de ellos dejó de respirar y de cómo decidieron no soltarlo, aunque sus propios cuerpos les pedían rendirse.


Años después, en 2026, recordé esta historia de aquellos cinco hombres y la cual conté por primera vez en el periódico donde hice mis pinitos como periodista, o sea El Informador, en una crónica que se me ha extraviado dentro de los archivos físicos, pero no en los de mi memoria.


Los sobrevivientes de seguro intentaron reconstruir sus vidas, pero las secuelas físicas y psicológicas que debieron quedarles marcadas para siempre, con pesadillas recurrentes o una desconfianza visceral hacia el mar y hacia las promesas de “salir” de nuevo de sus tierras y país, fueron tan profundas, que es imposible que cualquiera persona las deje de sentir, percibir u olvidar. 


El Chocó que dejaron atrás no mejoró. Al contrario: la violencia que apenas asomaba en los 80 se desató con fuerza en las décadas siguientes. Las guerrillas consolidaron su presencia, los paramilitares llegaron con masacres y desplazamientos, el narcotráfico y la minería ilegal devoraron ríos y selvas. La pobreza siguió siendo endémica y con el Estado ausente en muchos rincones. 


Hoy, más de tres décadas después, el departamento sigue encabezando índices de miseria y desigualdad en Colombia. Las mismas causas que empujaron a aquellos cinco jóvenes a jugarse la vida —la falta de oportunidades, el aislamiento, la desesperanza— continúan generando migraciones riesgosas, desplazamientos internos y sueños truncados.


Esta crónica reconstruida no es solo la de cinco hombres del Chocó y un buque coreano. Es la de miles de invisibles que, en los 80 y aún hoy, se lanzan al mar o a las carreteras en busca de una dignidad que su tierra les niega. El mar Caribe se tragó una vida y devolvió cuatro cuerpos destrozados por dentro. Pero el verdadero naufragio fue, y sigue siendo, el de un país que permite que sus hijos más humildes tengan que elegir entre la miseria en casa o la muerte en el intento de salir de ella.

FIN

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