Entrevista con la principal víctima de una matanza impune


Por Álvaro Cotes Córdoba 

Nos encontramos en un pequeño pueblo costero cuyo nombre, la principal víctima de una matanza impune en Colombia, me pidió que no lo mencionara en la redacción de esta entrevista, para no ser encontrado por otros y porque quiere seguir disfrutando del olvido y de la lejanía de una revictimización, durante el tiempo que le queda de vida. El Sol se dirige rumbo hacia el Zenit, mientras que el viento del Caribe sopla suave. Son las 10:00 de la mañana.

Ómar, ahora con 58 años, se sienta en una silla de plástico bajo el alero de una casa de bloques de concreto y techo de zinc. Su rostro está surcado por arrugas profundas, como surcos que el tiempo y el terror han dejado grabados para siempre. El cabello, completamente canoso, se revuelve con la suave brisa. Sus ojos, todavía vivos, cargan esa sombra permanente de quien miró a la muerte a los ojos y escapó del infierno. 

Tiene las manos ásperas, marcadas por años de trabajo, pero ya no empujan carretas llenas de cartones. Ese oficio lo enterró para siempre en la madrugada del 29 de febrero de 1992. Hoy, incluso el simple roce de un pedazo de cartón en el suelo le provoca un nudo en la garganta y el eco de voces que aún le susurran en la oscuridad.

Me mira fijamente cuando le pido que cuente por quincuagésima vez los pormenores de su fuga de la muerte y del infierno. Sus manos tiemblan ligeramente al encender un cigarrillo. La voz, ronca y pausada, sale cargada de un dolor que no se ha ido en treinta y cuatro años.

“Después de esa noche… todo cambió para siempre en mi vida —dice—. Me fuí de Barranquilla y no quise saber más nada de ella. No pude quedarme ni un día más. Cada esquina, cada calle oscura, cada carro que pasaba lento me hacía pensar que venían a terminar lo que empezaron. Dejé el reciclaje para siempre. Ni siquiera puedo ver un cartón sin que me tiemblen las piernas. El olor a papel mojado me devuelve directo a ese infierno , al anfiteatro, al formol, a la sangre seca corriendo por mi cara”, me empezó a contar.

Después hizo una pausa larga. Sus ojos se humedecieron, pero no derramaron ni una lágrima. Pareció que se le habían sacado desde hacía décadas. 

“Solo tenía 24 años esa madrugada. Era un muchacho flaco, muerto de hambre, que salía todas las noches a buscar qué llevarme a la boca. Y mientras Barranquilla bailaba y reía con el carnaval, yo caminaba las calles en búsqueda de cartón”, insistió.

“Un vigilante me llamó. Me dijo con una sonrisa que adentro había montañas de cartón, de papel, de todo lo que uno pueda imaginar. ‘Entra por atrás, no molestas a nadie’, me dijo el maldito. ‘Recoge lo que quieras’. Y yo, tonto y desesperado, le creí. Entré con otros dos muchachos que tampoco tenían nada que perder.”

Ómar cierra los ojos un instante, como si estuviera reviviendo por quincuagésima vez la escena en ese preciso momento. Su respiración se hizo más pesada, luego continuó: 

“Al principio todo parecía normal. Pasillos oscuros, olor a limpieza… Y de repente se apagaron las luces. Y llegaron los garrotazos que cayeron simultáneamente. Uno de los muchachos cayó primero. Yo siento un golpe brutal en el brazo… crac… se rompió como una rama seca. Después vino el disparo. La bala me rozó una oreja y sentí la sangre caliente corriendo por mi cara. Caí al suelo. El dolor era insoportable, pero algo dentro de mí gritaba: “Quédate quieto. Hazte el muerto o serás el próximo”.

Ómar se toca la cicatriz que aún se nota bajo el cabello blanco. Y su voz baja se convierte casi en un susurro: “Me arrastraron. Me quitaron la ropa. Me pusieron sobre una mesa fría como el hielo. Escuché sus voces como si vinieran de otro mundo: ‘Este aún está muy blando… Mañana lo preparamos para los estudiantes’. Otro habló de órganos, de plata fácil, de compradores que pagaban bien por cuerpos frescos. Yo estaba ahí, desnudo, herido, rodeado de cadáveres desfigurados a palos y balazos… y tenía que contener la respiración, contener el llanto, contener la vida misma para que no me mataran”.

Por fin, después de tres décadas, una ínfima lágrima volvió a salir de uno de sus ojos. La limpió con el dorso de la mano, casi avergonzado. Después dijo: 

“Cuando se descuidaron, me arrastré como un animal herido. Salí por una puerta que Dios dejó abierta. Corrí sangrando, con el brazo colgando, hasta el puesto de policía más cercano. Llegué gritando como loco: ¡En la universidad me quisieron matar! ¡Hay muertos! ¡Muchos muertos! Los policías al principio no me creyeron. Pensaron que estaba drogado o que era otro loco más del carnaval. Pero por fin hubo uno que me creyó. Me fuí con ellos… y encontraron los once cadáveres. Pero eran más. De gente como yo. Gente que solo quería comer”.

De nuevo Ómar respiró profundo. El sol continuó su itinerario y empezaba a calentarse cada vez que se acercaba al Zenit. Afuera, el mar seguía su ritmo indiferente. Me siguió diciendo que los años siguientes fueron un infierno distinto. Amenazas, miradas sospechosas en la calle, la sensación constante de que alguien podía aparecer en cualquier momento para silenciarlo. 

“La justicia… ay, la justicia. Condenaron a cinco vigilantes, sí, pero solo por la tentativa de mí homicidio y de otro muchacho. Trece años que en la práctica fueron mucho menos de la mitad. El síndico salió libre. Los homicidios múltiples quedaron en la impunidad. La universidad siguió funcionando como si nada”, me expresó.

“Yo entiendo que para algunos fuimos menos que nada: materia prima, cartón con patas, cuerpos para estudiar o para vender”, concluyó. Por eso decidió desaparecer. Empacó cuatro trapos en una bolsa y se refugió en este pueblo pequeño del Caribe colombiano en el que lo encontré, donde el tiempo parece correr más lento y donde nadie le pregunta por su pasado.

Aquí cambió su vida. Trabaja en la pesca, en fincas, en lo que salga. Y se comprometió con una mujer, con quien tiene hijos y a quienes nunca les ha contado nada de esa matanza de la que sobrevivió y reveló, porque no quiso que cargaran también con esa pesadilla. Afirma que el trauma nunca se le ha ido y que a veces despierta sudando en la madrugada, sintiendo todavía la mesa fría en su espalda y escuchando esa frase que nunca se le olvida: "Este aún está muy blando”. 

Me aparto un poco de él y miro el mar hasta que el corazón se me calma. Su voz se quiebra un poco al final, cuando me dice: “Sobreviví para contarlo, sí. Pero a veces me pregunto si valió la pena, porque las víctimas que sí murieron por esa matanza siguen sin justicia. Sus rostros reconstruidos en yeso todavía están guardados en algún anaquel del Instituto de Medicina Legal, sin que nadie los reclame. Yo me salvé del garrote y de la bala, pero Barranquilla me convirtió en un fantasma. Por eso me quedo aquí, en este rincón olvidado del Caribe, donde el único ruido que quiero oír es el del mar y donde nadie me mira como al hombre que sobrevivió a la matanza en la Universidad Libre, haciéndose el muerto”.

Ómar se levanta con dificultad; el brazo que le rompieron aquella noche nunca ha recuperado toda su fuerza. Me extiende la mano con firmeza. En sus ojos hay una mezcla de rabia contenida, tristeza profunda y una resignación dura, ganada a pulso.

“Cuéntalo como fue —me dice antes de despedirse—. No para que me tengan lástima, sino para que nadie olvide que hubo un tiempo en que, en esta misma tierra, algunos éramos vistos como materia prima para los libros de anatomía.”

El sol llegó por fin al Zenit. Y el viento siguió soplando despacio, llevándose sus palabras hacia el mar o hacia algún otro lugar. Ómar Enrique Hernández López fue el héroe que con valentía y audacia sobrevivió a una de las peores matanzas contra personas indefensas o en condición de calle ocurrida en Colombia y el mundo.

No solo fue víctima de esa macabra práctica asesina, sino también de los vencimientos de términos más atroces que se han visto en el país y en la Tierra, por cuanto los vigilantes fueron condenados ocho años después, solo por el intento de homicidios de los dos únicos sobrevivientes y no pagaron ni siquiera dos años de cárcel, por el maldito vencimiento de términos.

Sin duda, la impunidad y la corrupción son el sida y el cáncer de Colombia. El país donde el crimen paga, donde los grandes capos asesinos son tratados mejor que cualquier sobreviviente valiente que denuncia una matanza como la de Unitranca, en un país donde matar vidas humanas se ha vuelto una cotidianidad y hasta en un negocio popular y redondo.

Él regresó del infierno para contarlo y continúa viviendo en silencio, con el peso de treinta y cuatro años de recuerdos que ni el tiempo ni el mar han logrado borrar. Nadie volvió a acordarse de él, ni siquiera el Estado lo indemnizó, tal vez porque hacía parte del nivel más bajo en el que puede caer una persona dentro de una sociedad capitalista, materialista y excluyente, que suele premiar a algunos e idolatrar a criminales.

A él, al menos, era para que le hubieran hecho una estatua a la entrada de esa universidad, porque por él se descubrió semejante atrocidad y posiblemente evitó que se extendiera hacia otras universidades con facultades de medicina. Porque conociéndose como es Colombia, aquí la mala hierba germina como la verdolaga y encuentra abono por todas partes, porque es una tierra muy fértil para todo y más para la violencia.

Colombia tiene muchos capítulos oscuros, pero este destaca por su frialdad clínica. Ómar sobrevivió para contarlo, pero las víctimas reales siguen sin justicia, y eso duele. Ojalá historias como esta sirvan al menos para no normalizar que algunos seres humanos sean tratados como desechos reciclables en el peor sentido posible.

FIN

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