El rajador de muertos
Por Álvaro Cotes Córdoba
Nunca quise escribir esta crónica. Sabía que, al hacerlo, tendría que volver a ver aquellas imágenes que mi memoria conserva con una crueldad quirúrgica: los colores, los sonidos, los olores. Todo regresa intacto. Y sin embargo, aquí estoy. Lo hago por primera vez para ustedes, lectores. Solo les pido una cosa: tengan el estómago bien firme.
Se llamaba Narciso. Era un hombre bajo, de complexión mediana, ni gordo ni flaco. Caminaba con pasos cortos y lentos, como si sus zapatos fueran dos tallas más grandes. Hablaba poco. Casi nada. La primera vez que lo vi yo tenía siete u ocho años. Lo que más me impactó fueron sus brazos. En la piel, especialmente en los antebrazos, tenía unas protuberancias extrañas: bolas blandas, brillantes, casi viscosas al tacto de la mirada. Parecían quistes o tumores. Le pregunté a mi madre qué era eso.
—Es el que raja los muertos en el anfiteatro del cementerio San Miguel —me respondió.
Esa noche no dormí. Años después, ya siendo adolescentes, mis amigos y yo nos trepábamos hasta las claraboyas del viejo anfiteatro para espiar. Desde allí, ocultos en la penumbra, veíamos el espectáculo que nadie debería presenciar a esa edad.
Narciso trabajaba con una segueta y un cuchillo grande. La segueta la usaba para cortar los cráneos. El ruido era inconfundible: un chirrido seco, como si estuviera serruchando una tabla de madera dura y reseca. El hueso cedía lentamente, y el polvo blanco caía sobre la mesa de piedra. Luego, con el cuchillo, abría el tórax y el abdomen con movimientos precisos, casi rutinarios.
Pero la imagen que más me marcó, la que todavía hoy me revuelve el estómago, ocurrió un mediodía cualquiera. Allí estaba Narciso, sentado en una silla metálica, almorzando con apetito voraz frente a dos cadáveres recién abiertos. Los cuerpos yacían con el pecho y el vientre completamente expuestos, aún frescos del trabajo que acababa de hacer. Él comía sin prisa, sin asco aparente, masticando con la misma naturalidad con que cualquiera lo hace en su casa. Sus hijos le llevaban el almuerzo directamente al anfiteatro, incluso cuando estaba en plena faena.
Durante tres días seguidos no pude comer carne. Le rogaba a mi madre que no me pusiera ninguna presa en el plato. Solo arroz y papas. Mucho tiempo después, cuando ya empezaba mi carrera como periodista, le propuse a mi jefe de redacción hacer algo que nadie había logrado antes: entrevistar al rajador de muertos del cementerio San Miguel de Santa Marta.
—Si lo consigues —me dijo—, te ganas un premio.
Me confirmó que nadie lo había entrevistado jamás en todos sus años de servicio. Esa frase fue suficiente para convertirme en un cazador obsesivo. La primera vez que se lo propuse, Narciso no dijo una palabra. Solo me miró y esbozó una sonrisa tenue, casi imperceptible, que no supe interpretar si era de burla, de cansancio o de rechazo educado.
Volví tres veces más. En la cuarta ocasión le propuse una solución cómoda: yo le dejaría un cuestionario con solo doce preguntas y él podría responderlo tranquilamente en su casa, sin presión, sin grabadora, sin fotógrafo. Aceptó.
Nunca me devolvió el cuestionario. Jamás concedió una entrevista a nadie. Ni antes ni después. A veces me pregunto si fue por alguna de las preguntas que le escribí. Una de ellas, la recuerdo perfectamente, decía: “¿No le da asco comer delante de los cadáveres que acaba de abrir?” Quizá esa fue la que lo hizo guardar silencio para siempre.
O quizá, simplemente, Narciso entendió que hay cosas que no necesitan ser explicadas. Que hay hombres que viven en un mundo paralelo al nuestro, donde la muerte deja de ser un misterio y se convierte en rutina, en oficio, en pan de cada día. Y que ese mundo, por más que lo intentemos, nunca terminaremos de comprenderlo del todo.

Publicar un comentario