El chino que acabó con la reputación de un barrio en Santa Marta
Por Álvaro Cotes Córdoba
Para finales de los 80, uno de los barrios considerados más peligrosos de Santa Marta era Cuatro Bocas, cerca del barrio San Martín, ubicado casi a la entrada principal del puerto marítimo de la ciudad y separados apenas por un cerro pelado.
Ya hoy en día ese sector de la urbe ni se oye por ningún lado o pareciera que fue tragado por su vecino San Martín. La historia que hoy les traigo, ocurrió en ese barrio y cuyo nombre todavía es la hora, 40 años después, no sé por qué se lo pusieron.
Cuando fuimos a cubrir la noticia sobre un intento de atraco frustrado por quien iba a ser la víctima, quien se convirtió en victimario, llegamos en el vehículo blanco del fotógrafo del periódico, o sea Roberto Calderón.
En el lugar ya estaba la policía, cinco jóvenes tirados en una calle destapada y un chino esposado dentro de una de las patrullas que ostentaba la institución armada para ese entonces, que consistían en unos vehículos a los cuales los samarios le decían: “la perrera”. Eran unos microbuses con dos puertas corredizas a los costados.
Como era de esperarse, a simple vista, no entendíamos ni damier lo que realmente había acontecido, por lo que tuvimos que bajar del Nissan blanco y comenzar a averiguar con los uniformados.
Me dirigí, como solía hacerlo, hacia el de mayor rango y en esos momentos estaba un subteniente reconocido. Lo saludé y le pregunté:
— ¿Qué más mi teniente y aquí qué fue lo que pasó, por qué esos pelaos están tirados en el suelo, retorciéndose y llorando?
El Subteniente me miró y después se sonrió, luego se recostó sobre el capó de la patrulla y me dijo:
— ¿Tu ves al chino que está esposado aquí dentro de la patrulla?
Lo volví a mirar y luego le respondí que sí. En esos instantes el chino también me sonrió, sin mostrar ningún rencor, por el contrario, se vio tranquilo y seguro de sí mismo. Cuando me volví hacia el Subteniente, me siguió contando:
— Bueno, ese chino así como tú lo ves, flaquito y bajito, cogió a esos pelaos y los noqueó a todos a punta de karate…—En ese momento el chino desde dentro de la “perrera” lo interrumpió con un gritó: “¡Kung fu!”, dijo.
—Bueno, kung-fu, karate o chanchín, lo que sea, pero a todos los privó a punta de patadas y trompadas — aclaró de manera más castiza el amigo suboficial.
Media hora antes, el chino Tan Won (nombre ficticio), había descendido de un barco que acababa de atracar en el puerto de la turística capital colombiana. Laboraba en el buque como operador de máquina, de unos 48 años de edad, con una apariencia física desnutrida, pero era porque vestía camisa y pantalón holgados, que solo dejaban ver sus manos y cabeza. Su cara era igual a la de todos los chinos, menos a la de Bruce Lee y con quien intenté comparar infructuosamente, para ver si era el mismo y de paso obtendría no una primicia local sino una mundial.
Le pregunté con calma cómo había sucedido todo y él, con el español característico de los chinos, usando la letra L en casi todas las palabras, me lo contó poco a poco y con lujo de detalles. Me dijo que cuando salió del puerto a pie, vio a los muchachos y les preguntó hacia dónde estaba el centro de la ciudad y los jóvenes le prometieron que como ellos también se dirigían hacia el mismo lugar, los acompañara, para que no se extraviara.
— Yo confié y fuí con ellos —me recalcó con su acento español chino ya descrito.
Pero la mala intención de los cinco jóvenes fue revelada cuando por una calle del barrio Cuatro Bocas, lo rodearon e intentaron sujetarlo por detrás y por el cuello, pero él de inmediato se libró del atacante con su habilidad marcial y lo privó con una patada voladora en el estómago. Acto seguido hizo lo mismo con el resto de los asaltantes y a los cuales los derribó en menos de cinco minutos.
Cuando la policía llegó, al final de esos cinco minutos, porque estaban a la entrada del puerto, de donde salían tras realizar una ronda ritual de vigilancia, encontró a los cinco muchachos privados y al chino aún en medio de ellos y en una postura de kung-fu. Lo tuvieron que detener, porque sólo conocían la versión de él y no la de los muchachos, quienes debían ser llevados al hospital para una valoración médica, ya que todos presentaban fracturas en sus brazos y piernas y otras lesiones internas reflejadas en moretones por otras partes de sus cuerpos.
Además, un juez era el único que podía dictaminar si era víctima o victimario ante las pruebas que le presentaran en su defensa o acusación. Y para ello debía esperar el resultado de las investigaciones de los organismos judiciales. El proceso demoró tres semanas, tiempo después, el chino recobró su libertad, porque las pruebas testimoniales fueron contundentes, ya que los jóvenes confesaron que el chino solo se había defendido, aceptando que no solo los había derrotado a ellos sino también a la mala reputación del barrio, con la que solían infundir miedos.
FIN

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