Cara de Choque: el campeón que se volvió leyenda viva de Santa Marta



Por Álvaro Cotes Córdoba 


En Santa Marta, Colombia, muchos personajes pobres se convirtieron en patrimonio oral de la ciudad. Uno de ellos fue, y quizá todavía sea, Cara de Choque.

Nadie recuerda con exactitud su nombre real. Todos lo conocían por ese apodo que parecía sacado de una pelea de barrio: Cara de Choque. Era un joven flaco, de piel tostada por el sol y músculos secos marcados por el trabajo duro. 

Se ganaba la vida como cotero en el mercado o en los patios de carga: de subir y bajar bultos de yuca, arroz, plátano o cemento a los camiones, cobrando por cada viaje que hacían sus hombros y sus piernas.

Tenía un talento natural: era muy feo. Y así lo demostró en varios concursos del Doble Feo. Siempre fue el rey ganador en esos concursos. Cada cierto tiempo, en alguna fiesta patronal, en un picó o en un evento de barrio, organizaban el famoso concurso del “Doble Feo”: un certamen donde los participantes se consideraban los más feos. 

Cara de Choque participó y desde la primera vez que lo hizo, se lo ganó. Una y otra vez. Nadie lo superó. Su cara fea era su don. De pronto, el cotero se volvió famoso en toda Santa Marta. La gente lo saludaba en la calle, le pagaban una cerveza, se tomaban fotos con él.

Con la fama llegaron también las leyendas que suelen acompañar a los personajes populares del Caribe: las noticias de su muerte. Varias veces lo “mataron” en las conversaciones de esquina. “¿Supiste? Cara de Choque se murió anoche”. Al día siguiente aparecía vivo, riéndose con su risa ronca, y el rumor se convertía en otro chiste más. Uno de los más recordados era este:

—Sabe la última: a Cara de Choque lo encontraron debajo del puente del Mayor…

—¿Muerto?

—No… ¡defecando!

La gente se reía a carcajadas. Él mismo, cuando se enteraba, soltaba una risa y seguía su camino. El tiempo pasó y Cara de Choque, como casi todos en este mundo, encontró su media naranja. Se consiguió una compañera sentimental con la que convivió durante muchos años. 

Juntos armaron un cambuche humilde frente a la playa Los Cocos, en una época en que esa zona todavía era arena libre y no había edificios de lujo. Allí vivían, peleando casi todos los días. No solo dentro del cambuche: sus discusiones eran públicas, en plena calle, con gritos que se escuchaban a varias cuadras.

Un día, la ciudad lo vio caminar con un bastón, tanteando el piso como un ciego recién estrenado. Alguien se acercó y le preguntó qué le había pasado. Cara de Choque, con voz seria, respondió:

—Me cayó agua caliente en los ojos.

Muchos sospechamos que el “agua caliente” había salido de una olla durante una de las peleas con su mujer. Desde ese momento, adoptó la nueva identidad: el ciego mendigo. Se colgaba un cartelito en el pecho donde pedía ayuda “para curarse de la vista” y se subía a los buses, se paraba en los paraderos de buses y en las esquinas de las avenidas principales de la ciudad.

Pedía colaboración con una voz lastimera que contrastaba con su fama de hombre duro y feo profesional. Algunos le daban monedas por lástima, otros por recordar al viejo campeón del Doble Feo. 

Hace ya un buen tiempo que nadie lo ve. No aparece en los sitios donde acostumbraba pararse, ni en los buses, ni cerca de lo que antes fue su cambuche, en donde hoy hay un lujoso hotel de cinco estrellas. Y en Santa Marta, donde las leyendas nunca mueren del todo, ya empezaron a circular de nuevo los rumores:

—Esta vez sí se murió Cara de Choque… y nadie se enteró.

Otros responden con la sonrisa de siempre:

—Espere, que cualquier día aparece debajo del puente del Mayor… defecando.

En Santa Marta, algunos personajes no se van nunca. Solo se convierten en folklore, en chistes que se cuentan de generación en generación y en recuerdos que aún hacen reír a quienes lo conocieron cuando era el cotero que nadie podía vencer en el concurso del Doble Feo. Cara de Choque sigue vivo. Aunque sea solo en la memoria colectiva de Santa Marta.

Publicar un comentario

Publicar un comentario