La suerte de un verdulero

Espero terminar este año y antes de Semana Santa, esta otra novela que llevo escribiendo desde hace dos años. Aquí adelanto varios párrafos...


Por Álvaro Cotes Córdoba

En la cabina de una bimotor que surcaba el espacio aéreo del oceáno Atlántico, en límites con Colombia, una mañana con cielo despejado, los ocupantes de la misma enfrentaban un dilema: Si deshacerse de 5 millones de dólares ilícitos que llevaban abordo o entregarse con ese dineral a las autoridades, las cuales les exigían que aterrizaran en un aeropuerto cercano. 

Dos aviones MIR de la Fuerza Aérea Colombiana escoltaban a la avioneta desde que el radar de una embarcación de la DEA la había detectado, cuando aún volaba sobre aguas internacionales. Por la radio, uno de los pilotos de los dos cazas escoltas les había advertido que si no descendían en el aeropuerto más cercano, serían derribados, pero los tripulantes de la aeronave perseguida no daban muestra de obedecer sus órdenes. Uno de ellos, el que llevaba una gorra azul y usaba de igual manera gafas oscuras como su copiloto, dijo en un tono muy alto:

--- ¡A la mierda con esos hp! --- El acompañante lo secundó:

--- Si nos agarran que lo hagan sin evidencias --- y el operador del aeroplano respondió:

--- Así será…


Mientras tanto, en la ciudad colombiana de Santa Marta y por donde comenzaban a sobrevolar, un vendedor de verduras, de nombre Martín Zárate, se preparaba para ir como todos los días, hacia la despensa pública de esa capital caribeña. Se hallaba en el patio de su vivienda, donde le daba unas últimas cepilladas a sus cabellos recién mojados. En el espejo roto sobre el cual se reflejaba, notó que le había empezado a salir más canas, pero no se preocupó. Por esos momentos de su pobre vida, lo que más le importaba era buscar dinero, para comprar los productos de la tierra que ofrecía a sus clientes, ya que nunca le quedaba lo necesario de lo que se hacía a diario. Con la cantidad insignificante que tenía en esos instantes, no podía ni siquiera solucionarle el almuerzo a sus 5 hijas y paciente esposa, las cuales dormitaban a esa hora en uno de los dos dormitorios que conformaban su humilde hogar.


Iban siendo las 6:00 de la mañana y el sonido remoto de un transistor encendido por alguna de las casas vecinas, irrumpía en el silencio que se sentía por el sector. Cinco minutos más tarde, el ruido de la bimotor perseguida por los aviones MIR, se unió al del radio lejano, cautivando su atención. Era anormal que a esa hora del día se escuchara a una aeronave sobre Santa Marta, por lo que miró para descubrirla en el firmamento, pero no alcanzó a ver nada, solo notó el cielo despejado y traslúcido. Segundos después oyó dos rápidos zumbidos que ni siquiera descifró y mucho menos visualizó, tampoco qué los había causado.


Cuando se disponía a entrar de nuevo a su vivienda de dos habitaciones, sintió por detrás un fuerte impacto que sacudió el suelo del patio y de paso a él. Volteó y se encontró con una valija de polipropileno, sobre el piso en el que, segundos antes, había estado peinándose el cabello. No dudó en acudir enseguida hasta el extraño equipaje con el propósito de escudriñar lo que contenía. La sorpresa fue enorme, cuando vio el contenido de la valija: Había muchos dólares en pacas. Los ocupantes de la avioneta acababan de arrojarla, para no ser sorprendidos con ella si es que los capturaban cuando aterrizaran.


La aeronave siguió revoloteando por el cielo esa mañana y después de dar tres vueltas alrededor de la ciudad, los tripulantes decidieron descender de manera temeraria y peligrosa, sobre la arena de la playa de su bahía, lo cual les dio tiempo para escapar después, antes de que la policía local, alertada por la base de la fuerza aérea del país, les cayera para apresarlos. Una vez bajaron sobre la arena de la playa de Santa Marta, que entonces era considerada "la perla de América", los tripulantes abandonaron la aeronave, ante la mirada atónita de unos pescadores que, a esas horas, iniciaban su faena diaria. Jamás se había visto una pericia igual ni en Colombia. Después, los dos tripulantes huyeron en el primer taxi que vieron pasar por la avenida adyacente a la playa samaria.

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Martín ya se había puesto a contar los dólares que le cayeron del cielo esa mañana. Se había encerrado en una de las dos habitaciones de la pequeña casa donde residía alquilado y no se detuvo sino hasta cuando sintió que su esposa despertó en la alcoba contigua. Mérida, su mujer, llevaba viviendo con él diez años, tiempo durante el cual le había ayudado a engendrar a sus cinco hijas y se había comido las verdes y maduras con él, aunque con las verdes llevaban la mayoría del tiempo. Y a pesar de ser una mujer obesa, nunca la había abandonado ni por su mala salud ni por el peso que le dificultaba realizar los quehaceres en su hogar.


Martín Zárate se asomó por la puerta del cuarto y le dijo que entrara rápido, antes de que sus hijas se dieran cuenta. "¿Qué sucede?", le preguntó ella desconcertada. Pero antes de que Martín le respondiera, descubrió el asunto, cuando vio por entre la puerta, la pila de billetes verdes en el piso y en torno de la extraña maleta. Martín ya había contado veinte fardos de 50 mil dólares, es decir, 1 millón de dólares y le restaba contabilizar cuatro millones más que todavía él no sabía que tenía y mucho menos de quiénes eran. A Mérida le quiso dar un infarto y si no hubiera sido porque Martín en esos momentos la jaló de un brazo, aún estuviera estática y con la boca abierta, debajo del dintel de la puerta de la habitación. 


--- Mija, somos ricos, muy ricos --- le susurró Martín con los ojos brillantes y abiertos por la emoción. Mérida comenzó a tocar los billetes, para comprobar si eran de verdad y hasta los olfateó, una manera muy particular que poseía, para confirmar que los billetes no eran falsos. "¡Son de verdad mija, ya los comprobé!", le volvió a susurrar con una felicidad que no podía ocultar. "¿De dónde carajo los sacaste?", le preguntó con voz muy baja. Martín le describió la aparición de aquella valija en el patio, tal y cual como él sintió que sucedió.

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Una hora más tarde, el aterrizaje osado de la avioneta en la bahía de Santa Marta, seguía siendo la noticia más trascendental del día y del año en la ciudad. En torno a la aeronave, la cual resultó solo con una pequeña avería en una de las llantas del tren de aterrizaje, los primeros policías que acudieron al sitio colocaron una cinta amarilla, para controlar a los curiosos. Parecía la escenografía de una de las películas de James Bond. Pero lo que más les llamaba la atención a los curiosos era que la avioneta no se había enterrado en la arena, a pesar de que había perdido una rueda en el esquizofrénico aterrizaje. Algunos se tomaron fotos con la avioneta de fondo, aprovechando la presencia de un reportero gráfico de un medio impreso que ya existía en la ciudad. 


Al sitio también había acudido el equipo de expertos antidrogas y de una unidad contra el crimen de la Policía y los cuales se dedicaban a encontrar huellas de los ocupantes del aeroplano. Ya se sabía que fueron dos hombres altos, bien vestidos, con gorras y gafas oscuras, los que se bajaron de esa nave y luego corrieron a subirse en un taxi. Así les testimoniaron los pescadores a las autoridades y les dieron el importante detalle de que se subieron en un taxi. Con esa pista, la tarea de buscar el vehículo que transportó a los tripulantes fugados sería más fácil, por cuanto para esa época en Santa Marta no había la cantidad de vehículos del servicio público que hay hoy en día.


El jefe de la unidad investigativa contra el crimen, el Capitán Javier Fragoso, hizo presencia en el lugar con su camioneta exploradora y vestido de civil, porque se encontraba de descanso ese día. Llevaba una camisa blanca y una sudadera azul, ambas le hacían juego con unos zapatos negros, los cuales tenían vivos blancos y amarillos. Su piel pálida y rostro rojo, en el que se percibía una expresión de desconfianza, daban a entender que provenía de alguna región del interior del país. Entre sus cabellos negros se observaba un mechón blanco y se veía recién motilado. La edad que por esos instantes tenía, oscilaba entre los 34 y 36 años. Y su estatura era proporcional a su estructura corporal, es decir, no era ni alto ni gordo. El Teniente que lo reemplazaba ese día, se llamaba Federico Buenahora, cinco años menor, de constitución atlética, con apariencia costeña, muy bien parecido y moreno. Apenas lo vio, corrió hacia él:


--- ¿Mi Capitán, qué hace usted por aquí? --- averiguó sorprendido.

--- La curiosidad también me mata ---  le contestó, al tiempo que miró hacia la gente alrededor de la aeronave y entre quienes estaban vendedores y funcionarios de una entidad del gobierno cercana.

--- Todo indica, mi Capitán, que se trata de drogas, porque prefirieron aterrizar aquí antes que en el aeropuerto --- explicó Buenahora.

--- ¿Cómo así? --- preguntó el Capitán Fragoso. 


El Teniente le contó entonces los pormenores de la persecución de los aviones MIR y lo que, por esos instantes, se manejaba como un asunto confidencial:

--- Los ocupantes de la avioneta arrojaron un objeto antes de tocar tierra --- fragoso se quedó boquiabierto y pregunto rápido:

--- ¿Y ya encontraron ese objeto? --- y el Teniente Buenahora le contestó:

--- No, porque ni siquiera saben en qué lugar exacto cayó. 


Fragoso se apartó un instante de Buenahora, alejándose unos seis metros y después entabló una conversación con alguien por un radio portátil. Buenahora, sin malicia alguna, esperó a que terminara. Cuando lo hizo, volvió a entregarle más detalles del caso:


--- Existe una carta de vuelo y los peritos ya están trabajando en eso. Los pilotos de los MIR tienen ubicada la zona exacta en donde arrojaron lo que fue ---. Y a lo que el Capitán Fragoso escuchó lo anterior, aconsejó:

--- Nosotros debemos conocer también esa zona, para colaborarles --- dijo.


Buenahora asintió y mostró la intención de ir corriendo hasta donde se hallaban los miembros de Antinarcóticos, quienes revisanban el interior de la avioneta, pero el Capitán lo contuvo:

--- Calma: Averigüemos primero sin que lo sepan ellos --- advirtió.


Buenahora se quedó pensativo y empezó, ahora sí, a poner en práctica su malicia indígena. Pero quiso explorar más antes de hacer un juicio a priori en contra de su superior y le indagó:


--- Mi Capitán, con el debido respeto que usted se merece, pero ¿por qué hacerlo a escondidas?


El oficial de las tres barras arrimó su boca a uno de sus oídos y le secreteó: "Para ver si nosotros lo encontramos primero". 


El Teniente miró hacia la cara de su oficial mayor, cuando se la retiró de su espacio personal y vio que el Capitán le guiñó un ojo, lo que interpretó como una mala intención. Minutos más tarde, el Capitán se fue y dejó al Teniente Buenahora en un mar de dudas, mientras él siguió como el jefe de la unidad criminalística por ese día, al mismo tiempo que buscó saber más de la zona de la ciudad en la que había sido arrojado el desconocido objeto. Apenas se enteró, optó por no avisarle de inmediato al Capitán Fragoso, pero este lo llamó una hora más tarde y él, ni corto ni perezoso o tal vez para no perder la costumbre, se lo vomitó todo. 


Al iniciarse la tarde, Martín Zárate, todavía con el corazón brincándole fuerte de la emoción por los millones de dólares, decidió salir de casa con algunos billetes y convertirlos a pesos, en una de las cajas de cambio en el centro de la ciudad. Pero antes de hacerlo, cerró con candado el cuarto donde había dejado la valija con los dólares y le dijo a su mujer que se alistaran para salir.  "No te preocupes, que cuando regreses, yo y las niñas ya estaremos listas", le dijo ella de manera segura. Cuando Martín salió de su casa, observó a dos automóviles últimos modelos, estacionados en una esquina. Algo extraño, porque al sector residencial en donde habitaba desde hacía seis años, nunca llegaban vehículos de ese tipo, salvo en época de elecciones.


Sin embargo, siguió su camino y abordó después un bus urbano que lo transportó hasta el centro de la ciudad. Ingresó a la primera caja de cambio que encontró y le fue pero muy bien, porque no le preguntaron sobre la procedencia de los dólares. Esa primera vez cambió mil dólares, es decir, le dieron unos dos millones de pesos. Ni él mismo creía que luego de despertar esa mañana con la preocupación por falta de dinero, horas más tarde tenía en sus bolsillos dos millones de pesos y en casa otra cantidad inimaginable a la espera. La alegría que lo envolvía no lo dejaba ver más allá de lo que soñaba. "Dios por fin se acordó de mí", murmuraba. Por su cabeza pasaron las imágenes más agradables que en su vida iba a tener. Se veía en un suntuoso automóvil, en una mansión o en un yate de lujo disfrutando con su familia.


Los dos vehículos que había observado, cuando había salido de casa, albergaban a nadie más y nadie menos que a unos matones de un famoso narcotraficante de la ciudad, a quien le apodaban El Diablo, el cual vivía en una inmensa casa, situada en un complejo hotelero a escasos diez minutos de Santa Marta. La edificación de dos pisos medía una cuadra y permanecía cuidada durante las 24 horas por unos cuarenta hombres armados. Era el dueño de la valija millonaria, claro que Martín Zárate no lo sabía y El Diablo desconocía quién la había encontrado, al menos hasta esos momentos. Sus hombres estaban ya en su búsqueda.


Habia transcurrido media hora desde que Martín salió de su casa y los dos automotores de color negro seguían en el mismo sitio. Aparentaban que se hallaban desocupados, pero no era así, porque a los pocos segundos se arrimó a uno de ellos una camioneta de color verde con el Capitán Fragoso al volante. El oficial aún de civil, esperó que le bajaran el vidrio al auto tenebroso y le comentó algo al chofer. Después, continuó su camino y casi al mismo tiempo, los dos vehículos negros se fueron en bola de fuego del barrio, como espantados. Al cabo de un rato, arribaron al sector unos camiones con soldados y hombres con unos overoles blancos. Los militares fueron esparcidos por todo lo alto de la zona residencial e iniciaron un registro a pie por la zona, más que todo por unos cerros aledaños a aquel suburbio. Al parecer, pensaron que el objeto lanzado, podía encontrarse en las colinas y no en las viviendas.


Los moradores se enteraron del despliegue de la fuerza pública, pero no sabían lo que sucedía y no se enterarían jamás. Pensaron que se trataba de una operación rutinaria, en busca de personas con ollas del microtráfico. Luego de media hora en aquel arrabal, no pudieron hallar ni una sola pista del inestimable objeto y se fueron como llegaron, sin pena ni gloria. A los pocos minutos de que el escuadrón de soldados abandonó el barrio, Martín Zárate regresaba a casa e incluso, se tropezó con ellos por el camino, pero ni así relacionó su suerte con lo que realmente estaba sucediendo. La alegría por los dólares le había nublado la facultad de percibir lo imperceptible, razón por la cual no se percataba de las señales que le enviaban para que se previniera. Su mujer lo había hecho y se puso en alerta apenas supo de la presencia de las autoridades en el sector, por lo que, apenas entró su marido a casa, cerró con llave la puerta principal y puso al corriente a su pareja de lo que había acontecido en el barrio en su ausencia. Pero Martín sin contemplación, le contestó:


--- ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?


Mérida no lo podía creer. Conocía muy bien a su marido y por eso intentó de nuevo en aconsejarle: "Es obvio que ellos buscan la valija con los dólares". Martín insistió: "Y por qué, qué tiene de malo que me haya encontrado tanto dinero en mi propia casa, además, fue un milagro o un regalo de Dios". Mérida torció la boca de rabia e intentó persuadirle: "Aterriza mijo, porque estamos en el siglo XX. Cómo crees que Dios te va a dar tanto dinero sin ganártelo primero; recuerda lo que dice la Biblia: ayúdate para que Dios te ayude". 


En esas estaban, cuando sintieron que tocaron a la puerta. Los toques fueron fuertes, como de alguna persona segura de sí misma. Mérida se atemorizó un poco y su corazón empezó a latir más rápido, situación que le alteró los nervios. Acto seguido agarró a su marido por uno de sus brazos, pero Martín se la soltó de inmediato y le dijo: "Cálmate, deja la cagalera". "No abras", le susurró ella. Pero Martín Zárate no le paró bolas y con mucha firmeza y valor, se dirigió a la puerta con la intención de abrirla y mirar quién tocaba. No obstante, Mérida no soportó más la tensión y se desmayó. El golpe que se dio sobre el piso de la sala, en donde se encontraban por esos instantes, atrajo la atención de Martín, quien se corrió a auxiliarla, olvidándose de abrir la puerta, lo que los salvó esa primera ocasión.


Al otro lado de la puerta de madera estaban los hombres de El Diablo, los cuales regresaron al vecindario para hacer un registro más a fondo, casa por casa, a fin de saber con exactitud quién escondía la maleta con los dólares. Ya venían de visitar otras viviendas contiguas, en donde les abrieron sin ninguna dificultad, pero en donde no les abrían, no intentaban nada y seguían a la siguiente, con el propósito de no llamar mucho la atención, pues así lo había ordenado El Diablo. Y en vista de que Martín no les abrió, continuaron con la casa siguiente. Desconocía el enorme problema en que se había metido, porque no sabía aún la verdadera procedencia o el nombre del real dueño de la valija con los millones de dólares.

 



2



Quince días más tarde, El Diablo continuaba enfurecido en su mansión de casi una manzana, en el balneario de El Rodadero, en donde todavía no salía del asombro por la pérdida de su dinero. En diversas ocasiones se había venido reuniendo con los tripulantes de la avioneta, con sus matones y hasta con el Capitán Fragoso, a fin de rebobinar lo que hasta el momento se había hecho para recuperar el dinero sin ningún resultado. La cólera alteraba a El Diablo de forma discontinua, y cada vez que se acordaba de sus extraviados cinco millones de dólares, levantaba la voz de imprevisto, puteando a todo el mundo, incluyendo al Capitán Fragoso, quien también estaba a su servicio y por tal motivo debía aceptar sus arranques de rabia. No le daba ni pena con el uniforme y con el cual asistía casi siempre a esas reuniones, como ese día.


"¡Los hijos de putas tenían que hostigar mi avioneta!", decía El Diablo con frecuencia y con un tono de lamentación o echándole la culpa a los MIR de la Fuerza Aérea Colombiana. Fragoso sólo se dedicaba a asentir y de vez en cuando se atrevía a exponer algo nuevo. Esa vez, por ejemplo, se arriesgó a sugerir la presencia de El Motosierra, un brutal asesino que fue parido en las actividades del paramilitarismo, la estructura asesina que años atrás había sido desmontada por el gobierno con el objeto de conseguir la paz en los campos, pero la realidad había sido otra: Sólo se produjo un cambio de escenario, es decir, la horda criminal había sido extraída del agro y llevada a las ciudades, donde ya no mataban por obediencia ni ideología, sino por supervivencia. El Motosierra se constituía en el matón más inhumano que había concebido la organización patibularia, durante su cruenta estancia por las huertas. Su presencia en la ciudad se consideraba una bomba de tiempo, en una situación cada vez más inestable, porque todo alrededor de él se entreveía bajo su atroz destreza. No había horror que lo enmudeciera ni asustara, todo lo había hecho y deshecho.


--¿Estás loco? -- gritó El Diablo, dirigiéndose al Capitán Fragoso. --¿Acaso quieres que venga todo el Ejército Nacional?-- dijo.


El Motosierra estaba al servicio de los narcos con obligaciones remunerativas, nada comparables con lo que percibió dentro de las entrañas de la organización paramilitar. Allí sólo obtuvo aplausos y honores, mientras que en el mundo del libre albedrío recogía en esa actualidad lo suficiente para solventar su subsistencia en el planeta. Se había transformado en un hombre ermitaño dentro de la jungla de cemento, en un miembro de la especie humana que no encajaba en ninguna sociedad civilizada. Su utilización sólo se decidía en casos de que se necesitara enviar atroces mensajes, por lo cual el oficial Fragoso había creído que su uso amedrentaría a los retenedores de los cinco millones de dólares. Porque, haciéndose notar con un primer mensaje, bastaría para que nadie en el sector marginado dudara de la gravedad del asunto y la seriedad de El Diablo.


--¡No, definitivamente no! -- concluyó El Diablo, bastante sublevado.


La habitación donde se reunían correspondía a una de las salas de la inmensa mansión circular y en la cual yacían muebles de todas las épocas y estilos. También había ventanales verticales, cubiertos por cortinas que se movían al vaivén de la brisa impetuosa que azotaba por entonces a Santa Marta. La dimensión del recinto era de unos cuarenta metros de largo por seis metros de ancho y en todo el centro de él existía una fuente de mármol con la estatua de un niño desnudo que medía unos treinta centímetros de alto y por entre cuya representación de su miembro viril brotaba un chorro de agua, el cual caía de forma continua en un reservorio situado en la loza inferior de aquel manantial. En la puerta del acceso principal del salón ancho, dos hombres con camisas guayaberas y unos brazos musculosos, bien armados, vigilaban atentos el transcurso de la privada reunión. El Capitán Javier Fragoso y los desorientados pilotos se hallaban al frente de El Diablo, el cual seguía sentado en un sofá cómodo.


--- Y es que la responsabilidad también recae en estos dos hijos de perras que se asustaron con los aviones de la Fuerza Aérea --- dijo El Diablo, refiriéndose a los dos tripulantes de la avioneta y los cuales también se hallaban allí por esos momentos.


Los dos aeronautas, muy jóvenes, sólo acudieron a agachar sus cabezas antes de decir algo en defensa propia y para demostrar de que se sentían avergonzados. En esos instantes, El Diablo aprovechó y dio una orden a los fortachones de pie en la puerta de acceso y ellos se dirigieron de inmediato a cumplirla. Caminaron con pasos agigantados hacia los dos pilotos vilipendiados y a cada uno, sin titubear, les dispararon sobre sus cabezas con armas silenciadoras. El oficial Fragoso quedó estu- pefacto y sólo segundos después movió sus manos, para quitarse las gotas de sangre que le salpicaron sobre su cara. El Diablo, de un rostro redondo, sin bigote ni barba y unos ojos saltones, como de los batracios, soltó una carcajada y reclinó su pesado cuerpo hacia el espaldar del sillón en donde descansaba. Su risotada estrepitosa se produjo por la pringada que recibió el Capitán Fragoso, quien después se levantó de la silla y caminó hasta la pequeña fuente con la estatua del niño desnudo y se enjuagó la cara con el chorro de agua que salía de la pirindola de yeso 



3



Martín Zárate, en esos 15 días transcurridos, ya había hecho de su vida una nueva y mejor estancia en este mundo: Compró una casa de dos plantas en un conjunto residencial recién construido, adonde se mudó sin nada de lo que poseía en la indigente y añeja vivienda; adquirió con dinero resonante y contante un suntuoso auto último modelo y cambió a sus cinco hijas de la deteriorada escuela del gobierno, en donde no aprendían sino a medias, a un centro de educación de clérigos, donde sólo podían instruirse los hijos de los ricos. Y había aún más: Apartaron con dos meses de anticipación los tiquetes aéreos para irse de viaje en las vacaciones de mitad de año. La familia nunca había salido de Santa Marta y lo más lejos que conocían del territorio en se hallaban, era un corregimiento muy colindante, denominado Gaira, en donde habitaron los primeros años de su unión libre por pura necesidad, cuidando una finca de frutas. La ciudad que escogieron para vacacionar era nada más y nada menos que la fría capital de La República, Bogotá.


Mérida se había encargado de conseguir toda la indumentaria requerida para pernoctar los veinte días que durarían en la también conocida 'Ciudad Atenas de Suramérica'. Mientras que Martín Zárate se ocupó de los otros detalles, como los tiquetes aéreos, las maletas, las cámaras digitales de videos y fotográficas y del hotel cinco estrellas en donde se iban a hospedar. Si los vecinos del barrio que abandonaron, después de vivir allí por seis años, volvieran a tropezarse con ellos, no los reconocerían, porque hasta sus aspectos físicos cambiaron en un cien por ciento. No porque se hicieron cirugías plástica o gástrica, sino porque reformaron la presentación personal a costilla del dinero exorbitante y el cual ahora atesoraban para el bienestar de ellos. Sólo tenían un insignificante problema: No sabían todavía dónde guardar la cantidad de plata que aún no se gastaban.


Martín Zárate porfiaba que la depositaran en uno de los bancos de la ciudad, pero Mérida le repetía que no fuera tan terco y bruto, porque no sabían la verdadera procedencia de tanto dinero y le explicaba como si fuera un niño: "Si tu vas a guardar el dinero al banco, tienes después que declarar ante las autoridades de dónde lo sacaste, y no creo que acepten el cuento de que te cayó del cielo". Ella sabía mucha letra menuda y se debía a su alto grado de estudios alcanzados, cuando no se había comprometido con Martín. Ahí donde la veían, gorda y grotesca, había obtenido un título de bachillerato comercial en una institución acreditada, que por un infortunio del dueño dejó de funcionar. Además, no siempre fue la mujer holgazana y dependiente de su marido, porque antes de aceptar compartir su vida con un hombre, trabajó como secretaria en varias oficinas de la localidad, inclusive, le tocó hasta ejercer el oficio de patinadora en una de las entidades crediticias de la urbe. De manera que, no era ninguna pintada en la pared en materia de finanzas. Algo, así fuera por ósmosis, le había tenido que quedar en su cerebro.


--- ¡Compremos una caja fuerte! --- propuso des- pués.


Luego, fantaseó con que la instalarían empotrada en la pared de la habitación de ambos y sobre ella colocarían más tarde una copia de las pinturas de los famosos pintores y las cuales se comercializaban en cantidades inimaginables por las arterias de Santa Marta. A la habitación la dejarían con llave y lo mismo sucedería con la mansión, a la que darían al cuidado a un celador amigo o familiar. Mérida nombró enseguida a su tía Angélica, una mujer sin marido ni hijo, y a quien el tren la había dejado y por quien podía meter sus manos. "Ella es mi segunda madre", aseguró.


Martín conocía a la recomendada de su mujer, pero él también había pensado en su hermano Aristóbulo, el cual residía en un mísero suburbio apartado de la ciudad, con una prole de hijos y no gozaba de un trabajo fijo. Ya era hora de comenzar a ayudarlo y una buena manera de hacerlo, consistiría en entregarle la responsabilidad de la mansión recién estrenada, a cambio de una retribución monetaria. Con el tiempo y si se comportaba muy bien, le concedería incluso algo de capital, para que tuviera un modo de sustento más humanitario e insubordinado. En su masa encefálica fluían ahora las ideas y los proyectos que una semana antes ni siquiera sabía que coexistían. Parecía que una diminuta flama se le había encendido en la mente y todo lo veía con mayor claridad y certeza. "La plata lo es todo” -- había empezado a pensar -- “sin ella carecemos hasta de pensamientos", se dijo, una mañana en que reflexionaba sentado sobre uno de los relucientes inodoros de los sanitarios de la nueva

mansión recién adquirida.


Mientras ellos decidían la excelente alternativa a seguir, El Diablo ya había aceptado la sugerida por el oficial corrupto de la policía, es decir, llamar al sanguinario apodado El Motosierra, el brutal asesino que torturaba y descuartizaba a sus víctimas antes de matarlas. No le quedaba otra opción después de las probadas y las cuales no daban sus frutos. El Capitán Fragoso recibió con mucho agrado la aprobación de El Diablo y de inmediato se comunicó con un amigo del bajo mundo del hampa criollo. Se movilizaba en la patrulla asignada al oficial en jefe de la unidad criminalística, rumbo a una protesta pública propiciada por unos educadores que exigían se les pagara las vacaciones adeudadas, en frente de la Alcaldía de la localidad, cuando llamó al oscuro aliado, siendo las 10:00 de la mañana de ese mismo día:


--- ¡Quihubo mi llave! --- saludó de forma muy efusiva.

Al otro extremo de la línea invisible de su celular le contestó una voz poco alegre y sin ganas de responder más de dos sílabas:

--- Habla --- dijo.

--- Necesito a El Motosierra --- contestó el Capitán Fragoso.

--- Listo --- respondió el desconocido interlocutor. Cuando arribó al lugar donde se efectuaba la manifestación de protesta de los profesores, había transcurrido ya unos siete minutos, El Motosierra lo llamó y le averiguó sobre el trabajo y el monto de la paga que recibiría a cambio. El Capitán Fragoso tan sólo le dijo que sería un 'trabajito' para El Diablo y el cruel matón a sueldo de inmediato accedió. A lo que le iba a revelar el nombre del barrio por donde debía empezar su sangrienta tarea, el grupo de manifestantes con pancartas insultantes se le amontonó alrededor de la patrulla, exigiéndole que se fuera del sitio y en donde no era necesaria su presencia, por cuanto la activiodad que ellos desarrollaban era pacífica y no alteraba ningún orden público. El imprevisto lo tomó de sorpresa y por un instante pensó que lo iban a linchar, pero se tranquilizó a lo que observó que se trataba de los mismos educadores de siempre que protestaban frente al palacio administrativo. "No hay problema”, pensó, “son personas de bien", se aconsejó así mismo. Acto seguido^, se acordó de El Motosierra y volvió a hablarle por el celular, pero no pudo saber si le contestaba, debido a la algarabía de la gente aglomerada alrededor de la patrulla. Intentó dos veces, pero la recepción en su celular continuó confusa, por la bulla de los silbatos que utilizaban los reclamantes persistentes. Entonces optó por cortar la comunicación y atender lo más imperioso y dejó para más tarde el contacto con el matarife pendenciero. Luego volvería a comunicarse con su amigo del bajo mundo, para que él le dijera a El Motosierra que le regresara la llamada.


Mérida y Martín Zárate, entretanto, llegaron a un parcial acuerdo: Le encargarían la casa al hermano de Martín, pero sin sus ocho hijos. Debería mudarse solo y permanecer allí durante el mes en que estuvieran de vacaciones, sin ni siquiera salir a coger fresco. Para asegurarse de que cumpliría al pie de la letra las reglas, lo dejarían sin las llaves, de modo que no alcanzara a brotar de la vivienda de dos pisos ni si le picara la tentación. Sería una prueba bastante dura para él, por cuanto no permanecería por ese lapso con sus hijos y mujer, a quienes se les dotaría por supuesto de los alimentos y demás necesidades en el tiempo en que perdurara su ausencia en su campechano hogar. Así lo había planeado Martín Zárate y su mujer y ahora esperaban la aprobación del él y de quien su sangre, es decir, su hermano Martín, estaba seguro de que aceptaría la responsabilidad tal cual como se la iba a plantear. "Con su situación, hasta por comida lo haría", aseguró Martín a su mujer.


Poco a poco la pareja afortunada o desafortunada, aún no se podía anticipar su suerte, prosperaba tanto en lo superficial como en lo personal. La abundancia de dinero parecía resucitarlos y devolverles las esperanzas de un mejor mañana lleno de felicidad y calma. Nunca más retrocederían a aguantar hambre ni a soportar los vejámenes por ser de clase pobre. Con la protuberante suma de dólares que al cambio en pesos colombianos representaba todavía una enorme cantidad mil veces mayor, se entendía que no había por qué decaerse de nuevo en el sumidero de la inopia. Al menos que se pusieran a gastar cada año 100 millones de pesos durante cien años.


El oficial Javier Fragoso regresó a su apartamento en uno de los edificios del balneario de El Rodadero, contiguo a la mansión de El Diablo, tras la agitada jornada con los pedagogos activistas y con los cuales le había tocado lidiar por dos horas, hasta que los convenció de que si levantaban la protesta en frente del edificio de la Alcaldía, les conseguía que una comisión de cinco personas accediera al despacho del gobernante flemático que no los quería atender. Aunque los catedráticos al final lograron entrevistarse con el testarudo alcalde, no encontraron una solución inmediata a su eterno problema, pero sí al menos se les reflejó en sus rostros la satisfacción del deber cumplido y el Capitán obtuvo lo que se le exigió por parte de su verdadero jefe: restituir el control de la zona céntrica.


Al ingresar a su domicilio, Fragoso se acordó de llamar de nuevo al amigo proscrito, para que le avisara a El Motosierra que se comunicara otra vez con él. El oficial residía en un edificio de 8 pisos, de estructura ancha y con una piscina en su zona común. Habitaba en un apartamento emplazado en el último nivel de la construcción horizontal y el cual compartía con su preciosa esposa oriunda de Barranquilla, una ex Reina del Mar. El aposento poseía una espectacular vista al océano. Los muros en su mayoría estaban enchapados con espejos que le daban una sensación de pureza y trasparencia. No obstante, en el momento en que él se disponía a marcar el número del amigo en su celular, apareció por la parte interna de su vistoso apartamento, el monumento de mujer que desposaba desde hacía un año. Surgió muy contenta y mostrándole un glamoroso y nuevo vestido de seda de color negro y lentejuelas brillantes, el cual se había comprado esa misma mañana en uno de los almacenes careros de un acreditado centro comercial de la urbe.


--- ¿No te parece lindo…? --- le preguntó.


Fragoso observó el delicado atavío como si fuera un experto, pero en lugar de contestar a la belleza de su mujer, le indagó por el precio. Y ella se hizo la loca, diciéndole:


--- Pero dime, ¿te gusta o no te gusta?

--- Es lindo, pero…

--- Pero nada, lo importante es que te guste y que se me vea bien puesto --- no lo dejó ni terminar.


Ante ella, el Capitán era un esperpento, porque ostentaba un rostro angelical y divino, un cuerpazo, unos glúteos exquisitos y un par de pechos naturales que parecían artificiales. Compartían sus vidas desde que se casaron, veinte días después de participar en el último Reinado del Mar, el cual se celebra los mediados de cada año en la ciudad. Y aunque todavía no tenían un hijo, Fragoso deliraba con ese día y por eso le hacía el amor cinco veces a la semana.


--- ¡Quihubo mi llave! --- por fin, media hora después, el Capitán Fragoso se pudo comunicar con el amigo calanchín.

--- Habla --- le respondió el antisocial por el celular.

--- Dígale a El Motosierra que me devuelva la llamada --- ordenó el oficial.

--- No me diga más… --- concluyó el fulano con una voz, esta vez, más alegre.


Diez minutos más tarde, El Motosierra lo contactó de nuevo y ambos se pusieron de acuerdo con el sitio por donde iniciarían el envío de los terroríficos y macabros mensajes.

 


5



El Teniente Federico Buenahora, segundo al man- do de la unidad criminalística de la Policía y el úni- co que le podía hacer los turnos al Capitán Frago- so, leyó por la noche de ese mismo día en la oficina de la división policial, con profundo asombro, una copia del informe del caso de la avioneta en la pla- ya y el cual no había avanzado a pesar de que trans- currían veinte días del sorprendente incidente con la aeronave. Le inquietaba que el asunto continua- ra empantanado, como si ya se hubiera cerrado. De la misma manera le preocupaba que el Capitán, en lugar de mantener el documento de la investiga- ción del hecho en un sitio predilecto o entre la pila de otros archivos que conservaba sobre su escrito- rio, los cuales eran de menor interés, los había guar- dado en una gaveta y bajo llave. Se preguntaba cuál era el interés del oficial con archivar el caso y entre más le daba vueltas al asunto en su cabeza, más se alejaba de hallar algún motivo claro. Pero lo que más le sorprendió fue no encontrar en el documen- to confidencial una referencia sobre el objeto que se suponía habían tirado de la avioneta, si él mis- mo se había encargado de redactarlo, con lujo de detalles y en su propio ordenador, durante la tarde y noche de ese día en que la avioneta aterrizó en la bahía de la ciudad.

 

Concluyó que algo ilegítimo ocultaba el Capitán Fragoso y recordó el lance en el que el oficial de las tres barras le susurró al oído: "Para ver si lo encon- tramos primero". Algo debe de saber él que no quie- re que se sepa, se habló así mismo. De la misma manera empezó a acordarse de muchas otras co- sas que el Capitán le dijo en el pasado, como por ejemplo, que su retiro de la policía sería muy pron- to y antes de llegar al rango que cualquier oficial aspiraba a conseguir algún día durante su militancia en la institución armada. No obstante, no concadenó esas misteriosas expresiones con la carencia del dato importante, referente al objeto lanzado desde la avioneta y por ello pensó que debía de averiguar aún más acerca de lo que ocultaba su jefe.

Al siguiente día, después de la rutinaria relación en la plaza de armas del cuartel de la institución policial, Buenahora aprovechó un minuto en que el Capitán se quedó a solas en su oficina, para ingre- sar e indagarle en privado lo que estaba sucedien- do con el asunto de la aeronave narcótica. Fragoso lo miró a los ojos y sin parpadear le dijo:

--- Nada nuevo que yo sepa. ¿Tú sabes algo más?

--- Bueno, mi Capitán --- se apresuró a decir Buenahora: --- en el informe del evento oficial no se hace mención de lo esencial de la investigación

--- dijo.

--- ¿Sí, y qué cosa es? --- cuestionó Fragoso.

--- No se manifiesta lo principal: el objeto que tira- ron desde la avioneta.

El Teniente esperó una objeción severa de parte

de su superior, pero el oficial no contestó, antes por el contrario, se levantó de su sillón y después cami- nó dos pasos largos hasta la puerta de acceso de aquella oficina y luego la cerró, al mismo tiempo que hundía el botón del picaporte. Enseguida retor- nó al frente de su escritorio y se volvió a sentar, haciendo un suspiro y evocando el apellido del Te- niente por tres ocasiones. Más tarde exclamó:

--- ¿Qué voy hacer contigo Buenahora?

El oficial inferior sonrió, manifestando un compor- tamiento de gratitud por el enunciado de Fragoso, como si lo hubiera tomado por un cumplido. Sin embargo, al Capitán le pasó por la mente una idea muy diferente cuando hizo su pronunciamiento sar- cástico. No podía contarle la verdad, porque si lo hacía, tenía que matarlo después. Pero si no lo ha- cía, Buenahora seguiría indagando hasta encontrar la verdad. De ahí su duda sobre lo que iba hacer con él.

--- Es cierto --- aceptó al final Fragoso --- es cier- to que omití el asunto, pero lo hice por un buen motivo, el cual no puedo revelar ahora por orden de mi Coronel.

Una mentira que ni él mismo se la creía. Preten- día engañar a Buenahora, dándole término final a¡ la inquietud que le exponían con el sólo hecho de nombrar la figura del Coronel, el regente regional de la institución y a la cual prestaban sus servicios desde hacía diez años. El Teniente Federico Buenahora optó por no prolongar más la plática, no porque había quedado contento con la explicación

del Capitán corrupto, sino porque al hacerlo, aca- baría en una grave falta del reglamento policial. Reincorporó su atlético trasero de la silla, para aban- donar la dependencia, pero el Capitán volvió a diri- girse a él:

--- No le comente a nadie lo que acabamos de hablar.

Buenahora asintió con un término anglosajón, sin mirarle a los ojos y después salió de aquella jefatu- ra con una incertidumbre y un pensamiento mali- cioso. No procuraba hacerse el más impoluto, pero en el aire olfateó un cierto olor a podredumbre. "Mi Capitán está jugando con la doble", se dijo en la mente. Luego brotó de la sede policiva y abordó la patrulla designada, la cual lo esperaba con su cho- fer, un agente raso y quien le averiguó enseguida hacia dónde se enrumbarían a partir de allí. "Lléva- me a Las Colinas", replicó el Teniente Buenahora. A la misma hora, pero en otro sitio de la ciudad, Martín Zárate conducía despreocupado su nuevo automóvil, una camioneta Ford blanca que le había costado un dineral, por una de las avenidas princi- pales de Santa Marta y se dirigía a conocer un apar- tamento en uno de los edificios más altos del bal- neario El Rodadero. Mérida lo acompañaba en si- lencio, a la expectativa y sin dejar de mirar por la ventana a las personas que iban abordo de los otros autos que pasaban a su lado. Cada vez que salían en el auto a la calle, desde que disfrutaban de la nueva vida rica, le entraba una sensación de culpa- bilidad, como si sintiera que la observaban o señalaban. Era un extraño presentimiento que le ponía los pelos de punta y hacía que su corazón le latiera con mayor aceleración. No podía ver que un vehí- culo se les acercara al de ellos, porque de inmedia- to agarraba a Martín y lo prevenía: "Ojo", pero Mar- tín de forma ingenua le respondía: "Deja la cagale- ra".

En el instante en que se detuvieron debajo de un semáforo, para cruzar a otra avenida que los con- duciría al complejo hotelero, de forma coincidencial, una camioneta con un horrible chofer se detuvo tam- bién al lado de ellos y Mérida se entretuvo por un santiamén con la nariz de aquel sujeto al frente del timón. Le llamó la atención esa parte de su horrible cara por ser gruesa, ancha y con unos orificios bien abiertos. No supo por qué, pero se quedó emboba- da por unos segundos con esa pieza del rostro de aquella desconocida persona. Sólo recapacitó cuan- do notó otra cara con aspecto de sapo que se aso- mó por detrás del conductor con la nariz horrible. Era El Diablo y quien se había dado cuenta de la mirada impertinente de ella y había resuelto con- frontarla. Sin embargo, Mérida movió la cabeza y desvió sus ojos hacia la luz roja del semáforo, a la espera de que cambiara rápido a la verde, y lo más paradójico del caso fue que, en ese intervalo dimi- nuto, no intuyó nada malo. Sólo observó a El Dia- blo y a su extraño chofer con semejante moco, como a dos conciudadanos normales, quienes a su vez también la compararon igual, y a lo que cambió la tonalidad en el semáforo colgante, el vehículo en

donde iba El Diablo aceleró primero y se alejó en cuestión de segundos. Como todavía no se cono- cían o no sabían quién era quién, no se preocupa- ron por nada.

El apartamento que se aprestaban a visitar lo habían visto en promoción a través de uno de los canales locales de la televisión por cable que ha- bían instalado apenas se mudaron en el nuevo do- micilio. A Mérida le gustó por estar en el último piso y con vista al mar de un edificio de 13 pisos, situa- do sobre un cerro de unos cincuenta metros de alto. Aunque aborrecía las alturas, vivir en la cumbre de un edificio siempre fue un sueño que jamás pensó se le cumpliría alguna vez en la vida, pero como ahora tenían con qué hacer realidad las fantasías de cuando eran unos muertos de hambre, aprove- chó para pedirle a su marido la cristalización de esa quimera arcaica. "Me lo das como anticipo de mi cumpleaños", le había sugerido a Martín, quien no hizo ninguna objeción al respecto, antes por el con- trario, la invitó a que salieran enseguida a comprar- lo y primero de que alguien se les anticipara.

--- ¿Ya?, preguntó ella.

--- Sí ya, contestó él.

Y fue entonces cuando decidieron salir de la casa recién comprada en el vehículo último modelo tam- bién acabado de adquirir en una de las concesio- narias locales. A sus hijas no las llevaban abordo ese día, porque habían sido enviadas al colegio de los curas, donde ahora sí estudiaban de verdad y sin interrupciones. El día progresaba con un clima

agradable y a pesar de que se acercaba el ocaso, el sol aún no lograba penetrar las nubes que se anteponían por debajo del cielo en Santa Marta. El tiempo que hacía pronosticaba una lluvia con ven- tisca ligera para el resto de la jornada. Era la prime- ra vez en el año en que el astro omnisciente dejaba de asomarse sobre la ciudad, la cual mostraba unos cerros circundantes muy áridos y en un deplorable estado de deterioro. Pese a ser una localidad privi- legiada por la naturaleza con sus hermosas playas y unos collados concadenados como si abrazaran a la urbe de este a oeste, los administradores de Santa Marta nunca le habían prestado mucha aten- ción. No obstante, explotaban el raquítico turismo que en temporada alta visitaba a la ciudad, para disfrutar de sus esplendorosos paisajes de ensue- ños. No en balde la consideraban el emporio don- de se podía convivir de una manera agradable y en contacto con la madre naturaleza. Algunos la creían el Edén terrenal por los diversos niveles de su ori- ginal topografía, ya que en cuestión de minutos se podía pasar de una temperatura a ras del mar a un clima andino, con su elevadísima y majestuosa Sie- rra Nevada, ubicada al Este. Otros, en cambio, la habían escogido como el refugio de sus riquezas mal habidas y sin ni siquiera dejarle nada fructífero a cambio, salvo la violencia y el dolor. Al llegar al edificio, Martín estornudó una cantidad desmedida de partículas brillantes que se esparció por entre el aire acondicionado del interior del vehículo, hacien- do indignar a Mérida, quien exclamó:

--- ¡Carajo mijo, casi me cagas!

En el apartamento, el cual acababa de ser pinta- do, porque olía todavía a tíner, Mérida por poco llo- ra de la emoción. Y los ojos se le aguaron por un instante, pero ella rápido se los limpió con la yema de uno de sus dedos. No lo podía creer. Estaba tal cual como lo había visto en su plasma. Martín le señaló hacia el balcón, por donde se alcanzó a di- visar la línea intocable que une al cielo con el mar y ella, conmovida, volvió a exclamar: "¡Ay, qué tem- poral horrible se viene!". El horizonte desde allí se percibía a esa hora muy tenebroso, porque el sol estaba oculto por unas nubes turbias. No se apre- ciaba igual a los atardeceres de las estampas que se vendían en los almacenes de cadena y agen- cias de viajes de todo el país.

--- ¿Te gusta? --- averiguó su marido por nece- dad, refiriéndose al apartamento, porque era obvio que a Mérida le gustaba.

Mérida no contestó al interrogante, debido a que el embelesamiento con el que miraba los comparti- mientos del remodelado aposento la habían abs- traído, al punto de que las palabras de Martín y del administrador del edificio, el cual los guiaba por esos momentos, le sonaban huecas, como si les entra- ran por un oído y les salieran por el otro. En la habi- tación principal, es decir, donde ellos iban a quedar ubicados, observó el enorme baño de mármol con jacuzzi. Jamás había entrado a uno y ahora lo ten- dría para ella sola y su marido. Sus ojos continua- ron brillantes y húmedos en la medida en que se deleitaban con los detalles del moderno diseño arquitectónico del esplendoroso apartamento.

 

4



El Teniente Buenahora arribó con la patrulla a las Colinas, diez minutos después y con su chofer, el agente Ponzón, y sin saber aún lo que iba a buscar por allí. Algo sucederá, se dijo, cuando reflexionó sobre su extraña presencia en el populoso sector residencial. En una cancha pelada del barrio y en donde se juega todavía a fútbol los fines de sema- nas, se congregaba por esos instantes un cúmulo de personas alrededor de una tarima, sobre la cual un pastor negro y vestido de gris, explicaba los mandamientos de Jehová. Se aproximaba la no- che y una llovizna descendía disgregada, obligan- do a la gente a protegerse con cualquier trapo o pedazos de cartón que encontraron por algún lu- gar. Buenahora miró a la multitud para ver si veía a alguien conocido, pero no observó a nadie. El agen- te Ponzón, en cambio, descubrió a varios amigos, porque era originario de la urbe y debido a que, en un tiempo reciente de su pasado, cuando aún no había ingresado a la Policía y andaba de vago por las esquinas, estuvo residiendo en aquel sector du- rante cinco años.

--- ¿A quién busca usted, mi Teniente? --- se per- cató Ponzón y el oficial Buenahora le contestó:

--- A alguien conocido.

--- ¿Y usted conoce a alguien por este barrio? ---

 

volvió a indagar Ponzón, bastante dudoso.

--- No, a nadie --- fue honesto Buenahora en res- ponder.

--- ¿Y entonces, cómo piensa usted hallar a al- guien si no conoce a nadie? --- cuestionó Ponzón. El Teniente Buenahora no quiso alegar esa vez.

Reconoció su situación embarazosa, causada por su posición indecisa y por la falta de relaciones pú- blicas con los moradores de aquella zona, ya que nunca le había correspondido durante los dos años que llevaba en la ciudad, aquel apartado suburbio de la localidad.

--- Necesito hablar con alguna persona confiable de este barrio, para indagarle un asunto --- decidió compartir sus intenciones con su conductor, el cual se mostró interesado:

--- Bueno, mi Teniente, yo con los cinco años que viví por aquí le puedo ayudar tal vez a encontrar lo que quiere.

Para Buenahora fue una bendición oír de su agen- te chofer que podía ayudarlo y enseguida pidió su favor. Ponzón sólo descendió de la patrulla y se acercó a un grupo de muchachos motorizados que acampaban en la sombra de un árbol de trupillo y a la espera de que los contrataran para hacer carre- ras y les preguntó si algunos de ellos sabía dónde residía Alejo 'el Tuerto', a lo que los mototaxistas de inmediato le señalaron una vivienda localizada al final de la calle y la cual se veía pintada de amarillo pollito y verde limón.

--- Pero él ya se mudó de allí hace más de u. mes --- le dijeron.

--- ¡Ñerda! --- exclamó Ponzón un poco resentido

--- ¿Y 'el cojo' Oñate? --- volvió a preguntar.

Los motorizados se miraron a las caras en mues- tra de que no sabían quién era el tal 'cojo' Oñate, pero uno de ellos prorrumpió como si se acabara de acordar:

--- ¡Ah ya sé!, es 'bigote de brocha', el que vende gasolin… --- y se frenó de repente, a lo que intuyó que se la iba a embarrar.

Ponzón sonrió y le dijo que no se preocupara, porque en esos momentos su presencia allí no era para detener a los expendedores ilegales de gaso- lina de contrabando que pululaban por la ciudad a tutiplén, sino para saludar a un viejo amigo suyo. Sin embargo, el joven mototaxista no quedó muy satisfecho y en lugar de terminar de explicarle a Ponzón sobre el lugar de la residencia del 'cojo' Oñate, se reveló como inseguro de su correcta ubi- cación.

--- La verdad es que, sólo lo he visto salir del ca- llejón que está allá a media cuadra, pero no sé exac- tamente en dónde es que vive --- le dijo.

Ponzón agradeció a los jóvenes motociclistas y regresó a la patrulla, donde seguía sentado el te- niente Buenahora, quien en esos instantes habla- ba por el celular con su novia bogotana, una her- mosa adolescente de 18 años de edad y de la cual estaba muy tragado. Aunque él le llevaba 12 años y tenía más experiencia que ella en cuestión de amo- ríos, la bella rola lo había flechado por su candidez

y ternura. Llevaban unos seis meses que no se veían en persona, pero era como si nada, porque a diario sabía de ella tanto en lo personal como en lo físico, ya que a cada rato la llamaba por su celular y el día de su descanso se comunicaba con ella a través del chat del Internet y se enviaban fotos que se tomaban en el acto con sus respectivos celula- res.

--- Hay una pista --- dijo Ponzón mientras ingre- saba de nuevo al auto emblemático --- uno de los que conozco reside a mitad de cuadra.

--- Vamos entonces --- manifestó el teniente Buenahora, quien en el momento en que había vis- to a Ponzón retornar a la patrulla, interrumpió su comunicación personal por el celular, diciéndole a su novia que más adelante la volvería a llamar, por- que se le acababa de presentar un contratiempo de última hora, a lo que la tierna adolescente por el aparato análogo respondió con un "Bueno mi amor, que tengas un buen día".

A mitad de la cuadra donde se suponía vivía 'el cojo' Oñate, Ponzón y el Teniente Buenahora detu- vieron la patrulla, pero su presencia en ese lugar alertó a dos niños, quienes poseían cada uno dos botellas de un litro y en cuyo interior traslucía un líquido de color púrpura transparente y los cuales, por esos minutos, se hallaban sentados en el muro de una terraza correspondiente a un domicilio. Ape- nas notaron al carro policivo, salieron corriendo y penetraron después a una casa localizada a mitad del callejón, lo que le indicó a Ponzón el lugar exacto

en donde debía habitar 'el cojo' Oñate.

--- Ya sé dónde es… --- le anticipó al Teniente Buenahora, quien se quedó un poco confundido por un segundo, pero luego comprendió lo que preten- dió decir su conductor, cuando llegaron hasta la vi- vienda donde aseveraba Ponzón, vivía a quien bus- caba.

--- Buenas --- saludó Ponzón de forma muy cor- dial a la entrada de la casa señalada.

--- Buenas, ¿a la orden? --- atendió una señora robusta, vestida con una bata de un color indes- criptible y unos orificios por distintas partes de esa prenda de vestir casera.

--- ¿Qué se les ofrece señores agentes? --- inte- rrogó la aparente afable mujer, como si no le debie- ra nada a nadie, tirándosela de inocente.

--- ¿Está 'el cojo'? --- preguntó Ponzón y de in- mediato se adelantó, para que la pícara mujer no fuera a negarlo: --- dígale que lo busca su amigo Pacho, Pacho Ponzón.

Cuando 'el cojo' Oñate, escondido en uno de los cuartos de aquella morada, escuchó el nombre de Pacho Ponzón, salió de su refugio y sonriente se acercó hasta la puerta de entrada a recibir con mu- cha efusividad a quien había llegado a visitarlo:

--- ¡Carajo Pacho, no te conocía con esa pinta!

¿Qué te trae por aquí? --- pidió explicación.

El agente Ponzón volvió a sonreír y luego le soli- citó el favor que necesitaba le hiciera. 'El cojo' Oñate se mostró complacido y con mucho gusto, pero antes los invitó a sentarse, sin embargo, el oficial

prefirió no atravesar la puerta y le indagó desde allí que si sabía de algo raro que hubiera sucedido en los últimos días en el barrio se lo contara, a lo que 'el cojo' se mostró un poco reacio al principio, pero en la medida en que fue oyendo de parte del Te- niente una serie de acusaciones en su contra, so- bre unas prácticas ilegales que había visto desde que entró al barrio y las cuales eran ejercidas en su hogar y con niños de por medio, el delatado mino- rista ilegal se sintió en la obligación de entregarles algo:

--- Lo único nuevo por acá ha sido una constante presencia de carros últimos modelos y con unas personas extrañas y armadas.

El Teniente miró a Ponzón y éste, a la vez, obser- vó al oficial, luego preguntaron al unísono:

--- ¿Qué marcas de carros? --- pero enseguida el Teniente corrigió:

--- ¿Cómo son los tipos?

--- No sé, no los he visto nunca --- dijo 'el cojo' Oñate un poco temeroso, sin embargo, al ver un gesto de desilusión en el rostro del Teniente, volvió a decir:

--- No sé cómo son ni sé las marcas de los vehí- culos, pero a uno de ellos le vi el número de la pla- ca --- expresó finalmente.

El oficial Buenahora quiso besarle la frente de la emoción, pero se contuvo y enseguida le pidió el número de la matrícula del automotor. Con la no- menclatura del automóvil, Buenahora al menos ten- dría una buena pista para saber lo que ocurría con

la presencia de esos autos lujosos y gente armada abordo, en el apartado sector de la urbe y así buscar- le alguna relación con la avioneta posada en la pla- ya de la ciudad. No podía aventurarse a anunciar que era un gran indicio, pero reconoció que se tra- taba de un dato importante, incluso, más trascen- dental de lo que hasta esas expensas sabían en cuanto a la investigación encajonada por parte de su oficial superior, el Capitán Javier Alfredo Frago- so.

 

5



Mérida y Martín, todavía en el apartamento que se disponían a comprar, se cansaron de contem- plarlo por dentro y por fuera y acordaron con el ad- ministrador del edificio, para que se los apartara hasta el lunes entrante, cuando tuvieran el efectivo y podían cancelarlo de un tajo. Y después de unas conversaciones formales, salieron del edificio y re- anudaron el regreso a la nueva casa en el exclusi- vo sector residencial donde se habían recién mu- dado. En el momento en que iban por un sector comercial, Mérida solicitó a Martín se detuviera por unos minutos, para ver unos lindos vestidos que exhibían en la vitrina principal de una de las tien- das del balneario, a lo que Martín accedió y frenó el auto en seco y luego dio la U a fin de estacionar el vehículo frente al establecimiento comercial. Cuan- do se aprestaban a entrar en el negocio, Darío, un amigo del barrio por donde habían vivido hasta hace poco, cuando eran unos pobres diablos, los reco- noció y de inmediato se apresuró a saludarlos:

--- ¿Nojoda, viejo Martín, acaso se ganó la lote- ría?

Mérida fue la primera en voltear para ver al su- puesto conocido que los había identificado y des- pués lo hizo Martín, quien no lo reconoció al princi- pio, pero luego se acordó y también lo saludó, sin

el mismo entusiasmo:

--- ¿Ajá y qué, viejo Darío, cómo estás? --- le ave- riguó.

--- Camellando viejo Martín, aquí en las artesanías

--- contestó el ex vecino.

Darío se dedicaba al oficio de expender artesanías típicas en el balneario turístico de El Rodadero, desde hacía muchísimos años. Con ese trabajo in- formal se conseguía todos los días los alimentos de sus hijos y mujer, y salía desde las siete de la mañana de su vivienda en Las Colinas y retornaba a ella a las 5:00, apenas comenzaba a descender el sol en el horizonte. Como Martín, antes de caerle los millones de dólares en el patio de su humilde casa, él también acarreaba con una pobreza im- pregnada hasta por los poros.

--- ¿Y entonces, viejo Martín, te ganaste o no la lotería? --- volvió a preguntarle.

Pero Martín no le quiso responder con la verdad. Sólo contestó un no rotundo y cambió rápido de tema, preguntándole por su mujer y sus tres hijos. Sin embargo, Darío no se dejó confundir e insistió sobre el repentino cambio de su vida. Ahondó en querer saber de dónde había sacado el dinero para comprar el opulento automóvil del cual se acababa de bajar. Martín accedió a contestar lo que aquel humilde hombre quería oír:

--- Sí, me gané la lotería.

Mérida se lo quedó mirando un poco preocupa- da, pero después notó que el antiguo vecino se tran- quilizó al dejarse convencer con la respuesta de

Martín y susurró: "Vamos". Martín dudó por un se- gundo, porque no deseaba ser grosero y aprove- chó el segmento, para despedirse del amigo. Lue- go ingresaron juntos al almacén de ropas y Mérida empezó a examinar los vestidos tamaño XL, la talla que ostentaba por esos instantes felices de su vida. Darío, el ex vecino, había quedado enternecido con la suerte de Martín y siguió su camino con un re- mordimiento y un sentimiento de envidia, por no tener una suerte tan buena como la de aquel ver- dulero que hacía una semana era tan desdichado como él. Juró, a partir de ese momento, incremen- tar sus compras de chances y loterías, con el pro- pósito de que se le incrementara también sus posi- bilidades de ganarse, algún día, el premio mayor de alguno de los juegos de azar.

Aunque el reencuentro con el morador de su ex barrio fue una casualidad que tarde o temprano se tenía que dar en una ciudad tan pequeña como Santa Marta, para ellos se convertiría en el princi- pio del fin del buen sino que los cubría desde que le cayó la maleta con los dólares a Martín. Pero no lo pudieron advertir, porque no eran adivinos y tam- poco sabios, para presentir con la clarividencia lo perjudicial que resultaría aquel encontronazo repen- tino. Darío se encargó de divulgar por el suburbio la buena providencia del verdulero, inventándole un suplemento al cuento: que se había mudado a El Rodadero con su esposa y sus hijas. La historia del verdulero que se convirtió en millonario al ganarse la lotería, no sólo pasó de boca en boca entre los

vecinos del sector residencial y los cuales la refe- rían con orgullo, sino que trascendió a otras zonas residenciales de la capital, inclusive, llegó a los oí- dos de El Diablo, quien de inmediato llamó al Capi- tán corrupto de la Policía.

Al Teniente Buenahora también le llegó la misma información fascinante, pero a través del 'cojo' Oñate, quien se comunicó con él, luego de marcar el número del celular que le había dejado en caso tal volvieran los autos pomposos a su arrabal. El Diablo, cuando fue notificado de la fabulosa histo- ria, supuso enseguida que se trataba de la persona que se había apoderado de sus cinco millones de dólares, porque no iba a creer en el cuento de que un pobre diablo se había ganado la lotería en el mismo barrio donde cayó su maleta con sus dóla- res. Sin embargo, llamó al Capitán con el objetivo de que averiguara el nombre del posible ganador del juego de azar y concretara si era o no cierto la historia. En caso de que no, le ordenara a El Moto- sierra que lo asustara con sus terroríficos mensa- jes, para que le devolviera sus cinco millones de dólares.

El Teniente Buenahora, por su parte, inició una exhaustiva averiguación, no para investigar al pre- sunto ganador de la lotería, sino para saber más sobre el objeto expulsado desde la avioneta. El Te- niente en ese sentido rezagaba a su superior, en una carrera desconocida para ambos y en la que se tranzaron sin saber y con intenciones muy dife- rentes, en procura de hallar el lugar donde pudiera

estar el cuerpo del delito, porque el Teniente lo ha- cía por descubrir algo que lo relacionara con la avio- neta posada en la playa, en cambio, el Capitán iba sobreseguro en escudriñar una posible verdad de- trás de un supuesto cuento. El interrogante que existía era: ¿quién de los dos descubriría primero la verdad? Si lo lograba el Capitán Javier Fragoso, sería el lógico fin de Martín y tal vez el de su fami- lia, pero si lo hacía el teniente Buenahora, lo me- nos que podía suceder era que Martín fuera a la cárcel.

El destino del vendedor de verduras dependía ahora de cuál de los dos uniformados era el mejor investigador y diera primero con él, quien estaba ignorante de todo ese conflicto de intereses que se esgrimía detrás de su espalda. Ambos, Martín y Mérida, siguieron disfrutando de la vida de rico que ostentaban y esa misma tarde, en el almacén de ropa, se gastaron otro dineral, adquiriendo tres ves- tidos costosísimos para ella y dos más para cada una de sus cinco hijas. Abordaron de nuevo el au- tomotor y se condujeron de regreso a la nueva mansión.

Entretanto, en otro lado de la ciudad y por un es- condrijo de mala muerte, cercano a una zona olvi- dada de la urbe y en donde se entremezclaba lo peor de la calaña de la especie humana, en un in- quilinato, El Motosierra afilaba sus cuchillos carni- ceros con una fresa de un metal resistente. La pa- ciencia con que pulía el borde cortante de sus dos herramientas de trabajo era prodigiosa, porque lo

hacía de tal modo que parecía disfrutar cada milí- metro limado. No tenía puesta ninguna prenda de vestir en su torso y en el cual se le veían unos ta- tuajes por distintas partes: alrededor de sus tetillas, en su abdomen compacto y en los dos bíceps, en cada uno de esos lugares lucía diversos dibujos como unas carabelas, un escorpión y tres cuerpos de mujeres desnudas. Se hallaba sentado sobre el lecho de la sórdida habitación donde no se vislum- braba ningún otro mueble diferente a la cama y a un nochero próximo al mueble de dormitar. Su ros- tro poco se percibía por el efecto que producía un rayo tenue de luz que penetraba en la pieza a tra- vés de una claraboya adyacente al techo de hormi- gón. La claridad apenas le pegaba hasta su barbi- lla, dejando el resto de su cara cubierta por la pe- numbra que cubría a la mayor parte del apagado aposento maloliente. También sobre el colchón ha- bía un celular y una pistola calibre 45 con su res- pectivo proveedor. Lo único que se alcanzaba a es- cuchar allí era el ruido que producía el monótono rastrillar del afilado cuchillo con la fresa de metal. De pronto sonó el celular, con un tono semejante al alarido de una mujer, pero él no lo cogió ensegui- da, esperó que la escalofriante resonancia se es- cuchara por un buen rato, como si le gustara oírla. Al cabo de unos segundos largos lo agarró y habló:

--- ¿Sí?

--- Bien.

Sólo pronunció esas dos palabras. Después, dejó de afilar los cuchillos y se colocó la camisa que había

tendido sobre uno de los vértices de la cama. Lue- go, guardó sus utensilios mimados en una mochila tejida por indios y lo mismo hizo con el arma de fuego, la cual ocultó entre la pretina de su pantalón, dejando sólo la cacha por fuera, que tapó más tar- de con la camisa. A los quince minutos salió de aque- lla habitación y tras pasar por un corredor estrecho, a través del cual cabía una persona normal, se aso- mó a la calle y presenció que la noche ya estaba a la vuelta de la esquina. El crepúsculo llegaba a su etapa final con una llovizna menuda y un aliento que impregnaba el aire de un cierto olor a pescado podrido. El Motosierra acababa de recibir la orden de empezar su habitual ocupación.

 

6


A las 10:00 de la noche, en el antiguo barrio de Martín Zárate, como casi siempre era la costum- bre, pocos moradores se veían aún despiertos por las calles y callejones del populoso sector. Por uno de los recovecos del suburbio, un borrachito que intentaba hallar su vivienda a tientas por la juma que llevaba, se tropezó de manera coincidencial con El Motosierra, quien en esos justos instantes bus- caba a la que sería su primera víctima.

--- ¡Hic! perdón compadre, no lo vi --- se disculpó el ebrio, para lo cual extendió una de sus manos con la intención de recibir un estrechón de parte del desconocido, pero El Motosierra, a quien toda- vía no se le alcanzaba a ver la cara por la penum- bra en el sector, no le correspondió o no le siguió las aguas y lo dejó con la mano extendida, la cual+ le trepidó durante el breve momento en que la man- tuvo esparcida en el aire.

--- Grosero ¡hic! --- balbuceó el borracho --- usted es un grosero y mal educado ¡hic! --- insistió.

El Motosierra, al principio, no le prestó atención y siguió su camino sigiloso por uno de los callejones del marginal sector, con su exploración noctámbu- la y perversa, sin embargo, cuando había termina- do de realizar un minucioso sondeo por entre tres cuadras a la redonda, se devolvió por el mismo ca- mino y en su retorno, de nuevo, se topó con el bo- rracho.

 

--- Otra vez usted compadre ¡hic! --- le dijo.

Y El Motosierra tampoco le habló en esa ocasión. Se detuvo por un instante y dio muestra de que se puso a reflexionar durante un minuto, al cabo del cual miró después a su alrededor, hacia las casas más contiguas y cuando se dio cuenta de que no había moros en la costa, se abalanzó contra el beo- do por la espalda y con una llave que se utiliza en la lucha libre, lo sujetó y lo desnucó después. El ebrio no emitió un solo gemido ante el rápido y prác- tico movimiento de sujeción mortal. Luego, El Mo- tosierra arrastró el cuerpo sin vida hasta un solar cercano y oscuro e inició su trabajo carnicero. Al amanecer, cuando surgían los primeros rayos del sol, terminó su tarea monstruosa, depositando las partes corporales de aquel borrachín en dos bolsas grandes y negras de polietileno. A cada envoltorio le pegó con una goma blanca un pedazo de papel amarillo con el siguiente epígrafe: "Esto mismo le sucederá a quien no devuelva lo que se encontró". Y antes de que el sol surgiera íntegro, colocó las dos bolsas desagradables en la terraza de una de las casas del barrio.

El descubrimiento de los envoltorios lo hizo la señora María Luisa, una mujer de avanzada edad y quien todas las mañanas, desde que se había mu- dado en esa vivienda, emergía a la puerta a barrer al frente. El letrero en cada bolsa, en lugar de pre- venirla, alimentó más su curiosidad y por eso se arriesgó a destapar una de ellas. Fue entonces cuando se tropezó con semejante abominación. Lo primero que agarró fue la cabeza que aún seguía mojada por la llovizna de la noche anterior. "El sus- to fue tremendo", contó ella a los policías, cuando llegaron al sitio del escalofriante hallazgo. "Apenas que elevé esa parte del cuero cabelludo, creí que se trataba de un muñeco que habían tirado a la basura y le vi el rostro amarillo con los ojos y boca bien abiertos, como si estuviera gritando. Fue es- pantoso y muy horripilante", explicó con los nervios todavía de puntas.

Y en realidad, la desventurada mujer por poco muere esa mañana de un infarto. El sombrío develamiento, y cómo no iba a suceder, llamó la atención de todo el mundo en la ciudad, que se enteró enseguida por los medios de comunicación social y los cuales se volcaron al lugar de los he- chos, como goleros sobre su cadáver. El Teniente Buenahora, el segundo oficial de la unidad de la Policía seccional, asimismo, acudió al sitio y se apersonó de la situación, ante la ausencia de su Capitán y quien aún no hacía presencia en la esce- na del crimen, lo que le extrañó a Buenahora, por- que era raro que su superior no estuviera en el tea- tro dantesco como solía hacerlo hasta cuando no se hallaba de turno. En vista de que alrededor de la casa donde se produjo el macabro hallazgo se veía una cantidad indeterminada de curiosos, Buenahora dio la orden para que las piezas humanas embol- sadas fueran trasladadas hacia otro lugar, donde ni siquiera se filtraran los reporteros de los periódicos sensacionalistas que se morían por tomar unas fotos de los diversos fragmentos anatómicos de la víctima. Fue entonces cuando apareció el Capitán Fragoso, quien al percatarse de la determinación de su subalterno, dio una contraorden, para que la diligencia judicial se desarrollara allí mismo y no en otra parte.

--- ¡No mi Capitán, es mejor que no, por solidari- dad con los niños; mire usted allá! --- censuró el Teniente Buenahora y señaló con el dedo índice de la mano derecha, con la cual agarraba un radio portátil de comunicación interna, hacia un sector del conglomerado y en donde, en efecto, en primera fila estaban a la expectativa y ansiosos por ver más, unos diez chiquillos sin camisas y con sus pies des- calzos.

No obstante, el oficial Fragoso no se sintió con- movido por la persuasiva e irrebatible justificación del Teniente, por el contrario, insistió en su persis- tencia y esbozó una solución para impedir que los párvulos y los demás fisgones fueran testigos del conteo de las piezas del rompecabezas que había dentro de las bolsas negras: "Hay que alejarlos un poco más con la fuerza disponible", dijo. El Capitán estaba decidido en su insólita determinación de permitir que los curiosos fueran testigos presencia- les de la diligencia judicial, pero menos mal que no terminó así, porque al cabo rato y antes de que empezaran a extraer los pedazos de los envoltorios, llegó el comandante regional de la Policía, el Coro- nel Carlos Atehortúa y quien hacía presencia al lu- gar de los hechos por lo inconveniente e insólit. del caso.

--- No --- sofocó cualquier conato de insubordina- ción --- esto no puede continuar aquí; hay que salir

de este lugar de inmediato --- mandó.

Y así se hizo, dejando al oficial Fragoso con los crespos hechos y al Teniente Buenahora con un fresco agradable que le bajó lento por toda la mé- dula de la dorsal. Las dos bolsas plásticas y oscu- ras fueron levantadas del piso con una delicadeza, como si se trataran de dos bultos con cerámicas por dentro. Después, las subieron en uno de los furgones de la Unidad de Reacción Inmediata de la Fiscalía y se las llevaron luego hacia un lote baldío, situado por las afueras de la ciudad y en donde na- die, ni siquiera los periodistas, supieran en dónde quedaba. La diligencia judicial se prolongó por casi cinco horas, debido a que los peritos de la Fiscalía tuvieron que armar, de uno en uno, los pedazos desgarrados como si fuera un rompecabezas en completo desorden. La imperiosa actividad resultó ser, para el Teniente Buenahora, una experiencia inolvidable. Nunca antes había tenido una vivencia tan repugnante como aquella y durante la cual le tocó ser testigo sin ni siquiera tener derecho a que- jarse, pues su deber era permanecer allí, en el si- tio, hasta que se acabara la diligencia de obligato- rio cumplimiento, ya que con ella los investigado- res establecerían el modus operandi del brutal ase- sino.

En diversas ocasiones, durante la actividad judi- cial, debió retirarse del lugar, porque los trozos

mutilados que sacaron de las bolsas le causaron náuseas. Pero el momento que más lo estremeció, al punto de que se le puso la piel de gallina, fue el que se registró cuando extrajeron la cabeza de uno de los envoltorios. Una cosa había sido escuchar la versión de la mujer que halló el cuerpo desmem- brado y otra fue observarlo en vivo y en directo. Por poco se cae y si no hubiera sido por uno de sus subalternos, un agente raso y quien lo sostuvo por detrás, habría ido a dar de espalda al suelo. Ese día y luego de la diligencia de inspección judicial no almorzó ni probó nada de carne. Se la pasó ingi- riendo líquidos y alimentos livianos que no tuvieran nada parecido a las rebanadas que observó duran- te la atípica presteza de los forenses. Por la noche, cuando se fue a acostar, discurrieron por su mente los más maquiavélicos pensamientos que lo man- tuvieron despierto hasta el amanecer del día siguien- te. Cuando al fin lo venció el sueño, tuvo que des- pertar a la media hora, porque tenía que irse a tra- bajar.

Eran las 5:00 cuando decidió levantarse de la cama de ese día siguiente. Sus ojos se veían enro- jecidos y le ardían a cada instante. El deber del servicio lo llamaba, ya que tenía que presentarse a las 6:00 en el cuartel de la institución armada. Bos- tezó por un segundo y después estiró su deportivo cuerpo. Luego se dirigió al baño y se puso a orinar. Acto seguido, se cepilló con crema dental y más tarde se introdujo en la ducha, donde permaneció por unos diez minutos. Cuando se bañaba resumió

los hechos que se habían presentado desde un prin- cipio, con la intención de descubrir alguna relación con los últimos eventos ocurridos. Luego recordó el manuscrito fijado a las bolsas de polietileno. ¿Qué significaba?, se preguntó. Sin dudas, pensó, tenía que tratarse de un mensaje con el que se pretendía atemorizar a alguien. ¿Pero qué será lo que solici- tan se devuelva?, volvió a preguntarse. ¿Será el objeto que despidieron desde la avioneta?, espe- culó. Lo que fuera tenía que ser de gran plusvalía y debía relacionarse con drogas, porque la manera de intimidación develada era la misma que los narcos empleaban para amedrentar a sus oposito- res. Aunque los indicios lo demostraban, el Tenien- te no ostentaba aún nada en concreto, sólo espe- culaciones que circulaban en su mente, por lo que juzgó que debía de seguir con sus pesquisas. Ese mismo día averiguó vía celular que el número de la matrícula del auto sospechoso visto en Las Coli- nas, correspondía a uno de los vehículos del mafioso El Diablo, a quien no podía ni siquiera lle- gar a pensar en cuestionarlo, porque sabía de an- temano que se trataba de un personaje que goza- ba de buen aprecio por parte de sus superiores.

Treinta días más tarde del cinematográfico aterri- zaje de la aeronave en la bahía samaria, el Tenien- te Buenahora recibió otra llamada del 'cojo' Oñate, quien un poco alterado le avisó sobre la presencia de un extraño sujeto que merodeaba todas las no- ches por el sector donde vivía. "Es un hombre de baja estatura, contextura atlética, moreno, pelo largo y con un moño. Anda preguntando por el verdu- lero que se ganó la lotería", le detalló. Al parecer, El Motosierra, al darse cuenta de que su cruel mensa- je no había sido puesto en el sitio correcto, busca- ba ahora al verdadero destinatario con miras de ubicarlo y hacérselo llegar de manera directa. Claro que 'el loco' Oñate y el Teniente Buenahora no sabían de quién se trataba y menos lo que tramaba por esos instantes. "¿Le viste la cara?", preguntó el Teniente Buenahora. "No", dijo 'el cojo' Oñate y lue- go explicó: "Me han contado los vecinos, yo no he visto a nadie". El oficial se lo agradeció y le pidió un último favor: a lo que supiera otra vez de la presen- cia del extraño sujeto, lo llamara enseguida, luego se despidió y le deseó un buen resto de día, al tiem- po que le aconsejó se cuidara mucho. Ésto último, 'el cojo' lo acogió como un amedrentamiento, por- que el Teniente se lo sugirió de una manera muy seria, por lo que antes de que cortara la comunica- ción, le preguntó sobre lo que en realidad pasaba en su barrio. "Nada", le contestó Buenahora, "son gajes del oficio", fue lo único que le dijo. 'El cojo' Oñate no se contentó con lo que le acababa de decir el Teniente Buenahora y por eso se quedó con una incertidumbre, que lo puso a reflexionar por un buen rato, luego terminó de hablar con el oficial policivo amigo.

En las calles de su barrio, por esos momentos, El Motosierra seguía husmeando a su desconocido objetivo. Era de mediodía y la estrella reluciente, es decir el sol, calentaba más que nunca. El matón

asalariado se hallaba a unos 500 metros, pregun- tándole a cuanta gente se tropezaba, por el domici- lio del ganador de la lotería. Nadie sabía de quién se trataba, pero sólo con su aspecto de delincuen- te, los habitantes que interceptaba al azar, se mos- traban temerosos. En una de esas interceptaciones fortuitas con los desprevenidos transeúntes, supo que a quien buscaba ya no vivía por aquel sector residencial, de donde se había mudado hacía diez días para El Rodadero, el balneario turístico de la localidad. Sin embargo, el desalmado siguió con su misión espeluznante y ese mismo día, a la media noche, atacó a otra víctima, una joven descamina- da. No era una mujer pecaminosa o libertina, sino una adolescente como muchas otras de hoy en día que suelen salir a divertirse con sus amigas y ami- gos hasta por las altas horas de las noches y regre- sar a sus hogares muy temprano del día siguiente con el tufo a ron y sin ningún recato.

Antes de que El Motosierra la descuartizara, Marlis, como era su verdadero nombre, conoció a su verdugo seis horas antes, por uno de los callejo- nes del barrio. A ella también la había abordado y preguntado sobre la nueva estancia del ex residen- te que se había ganado la lotería. Sin saber con quién hablaba y no pensando nada malo, ella le dijo que su tío Darío lo había visto la última vez en El Rodadero. El Motosierra le indagó enseguida por el paradero de su tío y ella le respondió que sería imposible ese día, porque había viajado a Barranquilla, para proveerse de artesanías. El Motosierra supuso que la carismática muchacha lo ayudaría en su faena adrede y maléfica y por eso la escogió como su segunda víctima. Cuando el pa- voroso momento llegó, Marlis acababa de bajarse de un taxi que la trajo de regreso a su barrio. Se dirigía hacia su casa ubicada en el sector, cuando El Motosierra le salió otra vez a su paso. Era ya de medianoche:

--- Perdón --- le dijo --- ¿usted me podría decir el sitio exacto en donde su tío vio al vecino que se ganó la lotería?

Marlis, al principio, se mostró muy asustada, pues encontró extraño que aquel hombre se le acercara y le hablara como si la conociera, además, la hora que hacía no era la conveniente como para enta- blar conversación con un desconocido, ya que por esos instantes la mayoría de los moradores del sec- tor residencial dormían, por lo que lo reparó de pies a cabeza, al mismo tiempo que se rehusó en dete- nerse a platicar con aquel extraño. No obstante, el desconocido le recordó que seis horas atrás se había tropezado con ella y él le había preguntado por la misma persona, a lo que ella de forma efusi- va se acordó:

--- ¡Ah usted! --- dijo.

--- La verdad, señor, que no sé en dónde fue --- le contestó ella, después siguió caminando.

Apenas dio la espalda, El Motosierra le cayó en- cima y con un pañuelo en una de sus manos, le tapó la nariz y boca, hasta hacerle perder el conoci- miento. Alguna sustancia poderosa en el pedazo

de tela le hizo perder el sentido, por lo que quedó a merced de aquel bárbaro, quien después la cargó entre sus brazos tatuados y la condujo hasta una casa en construcción que de casualidad había cer- ca de por allí, en donde la desmenuzó más tarde. La atroz pericia lo extasió, en esa ocasión, más que la anterior, o sea, la que le ejecutó al borrachito ale- gre, porque se entretuvo con las partes íntimas de la indefensa joven. Nunca antes, en su permanen- cia por el monte y la agrupación armada a la cual sirvió por quince años, había desmembrado a una mujer. Todas las víctimas habían sido hombres y a quienes sus jefes les colgaron las lápidas de auxiliadores de la guerrilla: empresarios o comer- ciantes que se negaron a pagar las vacunas o edu- cadores y sindicalistas con ideas izquierdistas. Ja- más había descuartizado un cuerpo femenino y, además, las herramientas que empleaba en la ciu- dad eran más manuales que las usadas en el cam- po, en donde el instrumento favorito fue la motosie- rra y por eso lo apodaban El Motosierra.

Para proteger su integridad y por no llamar la aten- ción, su actividad inhumana en la urbe la llevaba a cabo con sus afilados cuchillos, lo que también dis- frutaba y se distraía más en su indeseable labor. Lo primero que hizo, para no permitir que viviera la muchacha, fue cercenarle la yugular y después co- menzó a cortarle la cabeza, para lo cual le introdujo un cuchillo de supervivencia y con dientes, que siempre guardaba dentro de su mochila tejida. En ese escalofriante segundo, la muchacha dio muestra de que aún tenía vida, porque movió sus ma- nos, como si hubiera reaccionado al dolor. Pero no, había sido un acto involuntario o un reflejo de su cuerpo. Una vez destrozó su cuello y desprendió la cabeza del tronco, comenzó a fraccionarle sus ex- tremidades y reanudó la fría y salvaje labor con los brazos. Primero, amputó las muñecas, después las coyunturas a la altura de sus codos y luego los hom- bros. Más tarde se dedicó a los extremos inferio- res, en donde se retardó un poco más, debido a una inaudita sensación que padeció en la medida en que palpaba las partes íntimas de la pobre jo- ven. Como era la primera vez que desguarnecía a una dama, la emoción sadomasoquista que debió de sentir en su retorcida mente, confundió sus sen- tidos. No era una conmoción compasiva sino mor- bosa y psicópata, que le prorrogó su hábil práctica. Tardó más de lo normal y se echó en total siete horas, desbaratando a aquella muchacha y agra- ciada mujer, como lo teorizó el forense de la institu- ción de medicina legal con su informe final.

 

7


El Capitán Javier Fragoso era cinco años mayor que Buenahora y provenía de una familia adinera- da. A simple vista aparentaba no tener problemas económicos ni ser una persona ambiciosa o no po- seer motivos para serlo. Sin embargo, su codicia no se visualizaba tan fácil, porque la disimulaba muy bien o sencillamente, porque no se encontraba en su parte física, sino en sus gustos o debilidades. Le agradaba lo mejor, la opulencia y el buen vivir, lo que en resumidas cuentas demandaba que tuviera siempre en contacto con el dinero, porque sin él todo su mundo de ensueño se derrumbaba como un castillo de naipes y, conociéndose así mismo, no soportaría vivir una hecatombe en su vida o la experiencia de volver a levantarse de entre las rui- nas. Preferiría dispararse a la cabeza, antes que intentar resurgir de nuevo. El sólo hecho de soste- ner a su lado una beldad tan caprichosa como su mujer, resultaba costosísimo. Pero ese era su an- tojo y el que quiere gusto paga por él a cualquier precio, por ello su codicia no se saciaba, a pesar de ostentar un buen sueldo y poseer una herencia familiar. El teniente Buenahora, en cambio, era di- ferente. Provenía de una familia de clase media, y aunque se codeara muy bien por ese nivel social estigmatizado por mucho tiempo como peligroso y ponzoñoso, del cual las sociedades debían cuidarse más que de la clase alta por su perenne y doble postura, él daba al traste con esos pensamientos del pasado y su comportamiento se equiparaba al de un ser humano de la ralea más baja, con bue- nos principios, mejores sentimientos y muy justo. Y aun cuando sus diferencias con el Capitán eran enormes, compartían una misma cualidad, que eran profesionales en sus trabajos.

Buenahora desayunaba en la cafetería del casi- no de oficiales de la institución policial, cuando es- cuchó por la radio portátil en una de sus manos, que acababan de encontrar a otro cuerpo lacerado en el mismo sector del anterior. De inmediato dejó de comer y se levantó de la silla, acto seguido se dirigió hasta el mostrador del establecimiento pri- vado y pagó la cuenta; luego salió de aquel refecto- rio interno y abordó la patrulla con el agente Ponzón, quien lo aguardaba en la calle desde hacía un buen rato. El Capitán Fragoso, en otro lado, se despedía de su mujer por debajo del dintel de la puerta de su apartamento y en el preciso momento en que le estampaba un beso sobre sus labios carnudos, oyó por su receptor móvil la misma información, pero al contrario de Buenahora, no se impresionó en abso- luto, sino que se mostró como si no hubiera oído nada. Se despidió de su esposa de la manera más tranquila y pausada del mundo, incluso, le propuso retornar a la cama matrimonial, para hacer otra vez el amor y por segunda ocasión durante esa agra- dable mañana que apenas se iniciaba. Pero Sofía, como la habían bautizado en la pila bautismal de l. iglesia de San Roque de la ciudad de Barranquilla, le quitó el deseo al pedirle a cambio un par de za- patos nuevos que había visto el día en que se com- pró el vestido negro. "Tu siempre no das puntada sin dedal", le dijo él a ella y ésta le respondió: "Tu me enseñaste a ser así".

En esa ocasión, el repugnante descubrimiento se produjo en todo el centro de la cancha de fútbol del mencionado barrio. En un principio las bolsas ne- gras con los restos de la mujer habían sido encon- tradas por los perros, los cuales se disputaron las presas a punta de dientes y ladridos incesantes, lo que llamó la atención de los primeros habitantes alrededor del campo de la práctica del balompié. A uno de los sabuesos callejeros lo vieron corriendo con un antebrazo y uno de los moradores trató de quitárselo, pero el animal salvó su trofeo de rapiña, pegando una veloz galopada que lo condujo hasta los cerros áridos y colindantes. Fue la única pieza que faltó en el nuevo rompecabezas que los peri- tos de la Fiscalía debieron rearmar, tras la segunda entrega de El Motosierra, en su endiablada corres- pondencia de terror. Y eso que apenas se estaba estirando. Aunque era su segunda incursión des- cabellada, los horrendos hallazgos empezaron a impacientar a los habitantes del barrio y a toda la ciudad y, por supuesto, a los mandos medios. El Alcalde, por ejemplo, convocaría por la tarde de ese mismo día, un consejo de seguridad, en donde se hablaría sobre la situación de inseguridad que rei- naba en la urbe, por lo cual iba a presentar más

adelante, al Concejo, un proyecto de urgencia ma- nifiesta, con el fin de aglutinar el fondo suficiente y contrarrestar el problema desde sus raíces. No se sabía cómo lo haría, pero en sus palabras elocuen- tes y definitivas, se advertía que al final se saldría con la suya, como siempre.

El Capitán Fragoso arribó primero que Buenahora al sitio del febril evento. El Teniente se le hubiera anticipado de nuevo, pero esa vez quiso que así aconteciera, porque no creía tener más estómago para soportar otra tortura semejante. Llegó al lugar unos minutos más tarde y no se dejó sorprender por el oficial Fragoso, como tampoco se arrimó mucho al punto cero o donde hallaron los dos pa- quetes con las migajas humanas. Prefirió rodear el escenario dantesco de forma desapercibida, para que no le tocara después repetir la indisposición que sufrió la última ocasión. Desde esa parte aleja- da logró saber que, como en las anteriores, las bol- sas tenebrosas también llevaban pegadas unos carteles con el mismo escrito: "Esto mismo le suce- derá a quien no devuelva lo que se encontró". Y así como él lo hizo, se enteraron a la distancia los hus- meadores reporteros, que merodeaban por el en- torno del teatro espeluznante. Al día siguiente, los titulares de los periódicos se refirieron al des- cuartizador como un despiadado asesino que no se cansaba de enviar sus mensajes inescrupulosos. En los archivos penales de la Policía no se tenía todavía un registro con esos antecedentes, por lo que el facineroso se constituyó en una novedad y un completo desconocido a la vez. Por supuesto, para el Capitán deshonesto no era inédito, ya que él sí sabía por donde le entraba el agua al coco. El oficial, en el sitio, se interesaba más bien en eva- luar la repercusión del execrable hallazgo, exami- nando los rostros de los pertinaces concurrentes al inhumano escenario, antes que mostrarse conster- nado por lo que estaba sucediendo. Parecía disfru- tar del horror de la gente y de colegir que su plan pronto daría sus resultados. En cualquier momen- to, el poseedor de los millones de dólares se ate- morizaría y empezaría a devolverlos a su real due- ño, soñaba. Pero lo que ignoraba era que el usu- fructuario de los millones de dólares no conocía de esos recados espantosos, porque andaba distraí- do y disfrutando la nueva vida millonaria.

En esos momentos, mientras que en el barrio donde vivió por seis años, El Motosierra seguía entregando sus mensajes erróneos y despistados, Martín Zárate se paseaba con su mujer y sus hijas por la playa de El Rodadero, aprovechando la ma- ñana asoleada con que se había iniciado ese sába- do primero de mayo. Ya se había mudado al fastuo- so apartamento que compró dos semanas antes, el lunes posterior al día en que lo fue a ver por prime- ra vez. Mérida lucía un vestido de baño de su talla y molde, de color verde, mientras que Martín exhibía una tanga narizona color marrón y unas gafas os- curas para el sol. Las cinco niñas se veían muy sim- páticas con sus atuendos ligeros, porque además de llevar unas indumentarias con la misma tonalidad, tenían entre sus caderitas unos salvavidas transparentes y con unos sonajeros. El balneario, como siempre, estaba atiborrado de bañistas de todas las procedencias del país.

--- ¡Mami, yo quiero subir al gusano! --- requirió una de las menores de nombre Vilma, al tiempo que señalaba hacia una oruga gigante y rosada, que navegaba a unos veinte metros de la orilla del mar y con unos jóvenes escandalosos encima.

--- No hija, ahí no montan a niños --- advirtió Mé- rida.

--- ¡Yo quiero mami, yo quiero, yo quiero! --- co- menzó a berrinchar.

Ante la insistencia de la pequeña y la imposibili- dad de que desistiera del gadejo, Martín le mani- festó que le iba a conceder ese deseo, a lo que Mérida se contrapuso de inmediato, diciéndole que dejara de entusiasmarla, porque él muy bien sabía que en esas naves de diversión no podían montar a menores de edad. "¿Qué no?", fue la respuesta de Martín y acto seguido aceleró el paso, adelan- tándose y dirigiéndose hacia donde alquilaban los famosos gusanos náuticos. Al minuto regresó adon- de ellos y le dijo a su niña que por esa ocasión iban a hacer una excepción con ella, pero Mérida insis- tió en su oposición y le reclamó:

--- Te irás a montar tú solo, porque ella ni nadie más se va a subir en eso. ¿Acaso no te das cuenta de que se trata de un peligro y se pueden ahogar?

--- lo cuestionó.

Martín se quedó sonriente y sin refutar. Una conducta típica de quien persiste en demostrar que cuando se tiene dinero se obtiene cualquier cosa, incluso, cambiar las reglas. Le había ofrecido a los arrendadores de la barca recreativa el valor de un día completo de alquiler por apenas un rato de dis- tracción, mientras se le pasaba las ganas a su in- fanta, lo cual no resistieron en aceptar enseguida y a expensas de ser sancionados por las autorida- des que los regían y se responsabilizaban por man- tener una seguridad en las playas de Santa Marta. Por la plata, los avaros habían ideado la manera de subirse con la niña al gusano, para protegerla du- rante el tiempo en que estuviera encaramada allí.

--- Y esos hombres, además, son unos irrespon- sables. ¿Cómo es que van a aceptar niños en eso? A lo mejor le ofreciste más plata, para que la admi- tieran --- volvió a reclamarle Mérida a Martín.

Martín se hizo el engreído, le encantaba hacerlo y más cuando ahora tenía con qué respaldar esa actitud petulante. No muy lejos de allí, en la casa de El Diablo, éste recibía de mano de una de sus empleadas y a las cuales las tenía uniformadas de azul, una carta poco agradable y cuyo remitente era la sección de cobros jurídicos de un banco con ofi- cinas en la localidad. Le recordaban su débito con la entidad y el cual había avanzado a la suma de 796,5 millones de pesos. La cara de sapo de El Diablo se puso roja de la rabia y expresó una pala- brota que, si la pobre doméstica no se hubiera reti- rado enseguida, la habría atragantado. Luego, tiró el papel sobre una repisa cercana, en donde había

un montón de otros documentos como recibos de cobros acumulados de los servicios públicos de luz, agua, teléfono, cable, Internet y de las tres opera- doras de la telefonía celular a las que se hallaba inscrito. Además, también engendraba otra deuda más peligrosa y delicada con unos cofrades de mayor riqueza y quienes hacían parte de un cartel que operaba en el interior del país y el cual acapa- raba casi el 70 por ciento del tráfico de narcóticos hacia los Estados Unidos y Europa. Una antigua amistad con esos socios traficantes le había deja- do un compromiso menor, pero que debía cumplir por encima de cualquier otro asunto, ya que si no lo hacía, no sólo lo quitaban del medio en el ámbito del comercio ilegal, sino que lo podían hasta man- dar a matar y una culebrota como esa no se la re- comendaba ni al peor de sus enemigos. Los cinco millones de dólares embolatados, que fueron el fru- to del último embarque de drogas enviadas a un país del norte de América, iban a ser el analgésico de todos esos dolores de cabezas que le genera- ban sus problemas financieros, que lo encamina- ban hacia las puertas de la quiebra total. Con lo que aún guardaba en los bancos y en una caja fuerte de su casa y los bienes que poseía, como la man- sión en que residía y los autos lujosos que ostenta- ba, al igual que lo derivado de una finca en la que cultivaba palmas, solventaba por lo pronto la mantenencia de su vida acomodada y acaudalada. Entre sus gastos onerosos se hallaban los sueldos de los hombres que los protegían y los sobornos

que le cuidaban la imagen y el estatus de un em- presario trascendental de la ciudad. No se sentía cómodo con su situación empeorada por la pérdida inobjetable de sus dólares, por lo cual se impacien- taba y se mantenía intolerante. De hecho, se acor- dó del Capitán al que le sufragaba una buena can- tidad de dinero por su cooperación y lo volvió a lla- mar a través del celular:

--- ¿Qué pasa oficial, por qué no han dado con el hijueputas? --- se refirió a Martín Zárate.

El Capitán Fragoso, en esos momentos, miraba sin perturbación una mano de la joven inmolada que había sido extraída de la bolsa por un funcionario judicial y colocada después en un plástico transpa- rente que extendieron en el suelo y sobre el cual se disponían a rearmar el cuerpo de aquel ex sexo débil. Se habían trasladado al mismo lugar aparta- do de la ciudad y en donde hicieron la función igual del ebrio que también habían descuartizado. Al ofi- cial le llamaba la atención un anillo de oro que notó en uno de los dedos de aquella mano, porque le pareció increíble que El Motosierra no se lo hubiera sustraído.

--- Señor, el asunto va por buen camino; estamos en eso --- contestó el Capitán, sin dejar de obser- var la pequeña argolla y con el celular pegado a una oreja.

--- ¿Y cuántos más deberá destajar El Motosie- rra? --- inquirió El Diablo, a quien le preocupaba sobremanera los atroces hallazgos, ya que con ellos la ciudad se avistaba convulsionada, como ya se

 

había empezado a exteriorizar.

El Capitán Fragoso sonrió, al tiempo que dejó de reparar el aro y se separó un poco más del área donde los peritos de la Fiscalía adelantaban la ins- pección judicial, con el propósito de conversar con más confianza, ya que se aprestaba a comentarle a su interlocutor un tema que no podía ser escu- chado por más nadie. Cuando se sintió seguro y bastante distanciado, retomó la plática:

--- El Motosierra quiere un anticipo.

--- ¿Cuánto? --- demandó El Diablo.

--- La mitad.

--- ¿Y cuánto es eso?

--- Dos millones.

--- ¡Carajo!

Por un momento hubo un breve silencio entre ambos y en el que no se dijeron nada, pero al cabo de ese corto lapso, El Diablo volvió a hablar:

--- Ven a buscarlo.

El oficial enseguida truncó el contacto sin despe- dirse, después caminó hacia el auto que tenía esti- pulado en la Policía y luego se fue del lugar de una manera apresurada. Cuando salía del solar en don- de llevaban a cabo la escogencia de las partes cor- porales de la muchacha destrozada, notó la pre- sencia del Teniente Buenahora en un sitio muy reti- rado de la zona en donde hacían la diligencia judi- cial, pero no se detuvo para preguntarle sobre el motivo de su distanciamiento, porque iba de prisa. El Teniente también lo había visto partir y se pre- guntó por la causa de su rápido éxodo de aquel

paraje. Si no fuera su superior y jefe, lo habría se- guido con el fin de descubrir en qué asunto anda- ba.

En ningún instante El Motosierra había solicitado un avance de su paga, nunca lo hacía, puesto que esa no era su característica. Al parecer, El Diablo no lo conocía, como no acontecía con el Capitán Fragoso y quien sin lugar a dudas trataba de pes- car en río revuelto o sacar provecho de la circuns- tancia por su desenfrenada obsesión con el dinero. En realidad, El Motosierra había acordado con el Capitán Javier Fragoso el cobro de dos millones de pesos por sus servicios, pero al final de su misión. Esa era su forma de laborar, es decir, sólo cuando terminara su trabajo, cobraba. Pero el oficial inde- coroso esperaba obtener una comisión no conve- nida, de igual magnitud que la del monto tasado por el cruel asesino. Veinte minutos después llegó a la casa de El Diablo y éste le entregó la suma solicitada, pero antes le dio un ultimátum: Si en cin- co días no obtenía resultado, terminaban con la re- misión de los mensajes terrorífico. A lo que el oficial policivo convino con una aseveración que llenó de nuevo de esperanzas a El Diablo:

--- Ya sabemos en dónde y con quién vive el tipo. Embuste. No era cierto. Ni él ni más nadie sabía todavía dónde se hallaba hospedado Martín Zárate y su familia. Los únicos que podían saberlo eran su hermano Aristóbulo y la tía sin marido de Mérida, quienes habían sido invitados por ellos ese mismo sábado, para disfrutar de un día de sol y mar en el balneario turístico de El Rodadero, aunque no ha- bían bajado con ellos a acompañarlos en la pater- nal labor de conducir a sus niñas a darse un chapu- zón en el mar, porque Angélica prefirió quedarse en el apartamento, para disfrutar del panorama que se divisaba desde allí, mientras que Aristóbulo se deleitaba con la primera oportunidad que tenía en su medio siglo de vida de probar un trago de whis- ky y el cual su hermano exhibía en un surtido bar que poseía en la sala del lujoso alojamiento. Martín le había dado el permiso de engullirse unas cuan- tas copas del carísimo licor, siempre y cuando no se excediera o embriagara y tuviera mucho cuidado en no pelarse la garganta. Aunque era menor que su hermano millonario, él se veía más anciano por el vaivén de su vidorria. Tal vez la responsabili- dad de alimentar a ocho hijos o mantener a una familia tan nutrida como la que tenía, lo postraban a un estado lamentable físicamente como se veía: viejo, reseco y flacuchento, parecido a un vicioso de bazuco.

--- ¡Y qué espera El Motosierra, para ir detrás de ese hijo de perra! --- gritó fuerte y con rabia El Dia- blo, tan fuerte, que se alcanzó a escuchar por to- dos los rincones de su enorme mansión. Las cua- tro muchachas del servicio que laboraban allí y se hallaban por esos momentos en distintos lugares, aseando y arreglando las diez habitaciones del tre- mendo palacio del mafioso, se paralizaron del sus- to, pero después continuaron haciendo lo que ve- nían realizando. El Capitán Fragoso no tuvo más

remedio que caminar hacia atrás, asintiendo y con los dos millones de pesos en un sobre de manila, después se introdujo en el auto y salió de aquella estancia dominante y estrambótica, de regreso a la escena horrenda donde los funcionarios de la Fis- calía aún persistían en rehacer en el suelo el cuer- po de la fémina.

El Teniente Buenahora, en vista de que el Capi- tán desde que se había ido no retornaba, y como el personal de uniformados bajo sus órdenes no se podía mover del área, porque debían brindarle la seguridad a los peritos judiciales en su loable acti- vidad intrínseca, optó por llamar a su superior in- mediato, con el fin de preguntarle si iba a regresar o no. El oficial atendió su invocación y le dijo que por ningún segundo se moviera de allí; que lo es- perara unos diez minutos, mientras efectuaba una diligencia personal. La gestión particular que iba a hacer era la de guardar los dos millones de pesos que ya se había substraído con su hábil astucia, en su venerado apartamento. Su mujer lo abrazaría y besaría, cuando supiera que le llevaba plata, para comprar su hermoso calzado. Sin embargo, cuan- do él llegó y trató de abrir la puerta con las llaves, pero no lo logró, porque le habían puesto un doble pasador por dentro, se preocupó y empezó a creer en una posible traición de su mujer. Era extraño que ella se encerrara de esa manera, algo que tampo- co nunca había hecho durante el tiempo en que lle- vaban juntos. Tocó con furia y con la mano empu- ñada, pero nadie salió a atender, por lo que los celos se le acrecentaron y los lóbulos de sus orejas se pusieron calientes y los labios se le resecaron. Cuando eligió sacar su pistola calibre 45, con la intención de desbaratar la puerta a punta de tiros si era necesario, escuchó la voz trémula de su espo- sa al otro lado de la lámina de madera, preguntán- dole:

--- ¿Mi amor, eres tú?

--- ¡Claro que sí perra, soy yo, ábreme ya! --- gritó él con todo el odio de su alma herida.

Su cónyuge al otro lado de la perilla se quedó absorta, cuando oyó el vulgar término con el cual la había llamado y pensó por un momento que tal vez se debía a su demora por no oír que tocaban a la puerta y ahora su marido se hallaba enfurecido, debido a que no ingresó a tiempo o en el instante en que lo ameritaba, porque a lo mejor también ve- nía de prisa con un problema gástrico. "¿Será que viene con una diarrea?, supuso. Sin embargo, al abrir, vio a su esposo con el arma en la mano y pensó de todo, menos lo que en realidad se había apoderado de su marido.

--- ¿Dónde está el desgraciado? --- interrogó.

--- ¿Dónde está? --- preguntó de nuevo.

Sus ojos se exorbitaron, al punto de que pare- cían despepitarse y su cara se había constreñido en una sola mueca de ira e intenso dolor. "Dónde está el perro; sal, porque de aquí no te vas vivo", siguió gritando en la medida en que escrutaba cada rincón de su adorado apartamento. Cuando se can- só de buscar y de gritar, retornó a la sala de aquel

recinto de espejos y se volvió a tropezar con su esposa, quien lo esperaba todavía en la entrada principal, a la espera de una explicación:

--- ¿Y acaso te estás imaginando lo que creo? --- le recriminó ella con suma tranquilidad.

--- No puedo creer, Javier Alfredo, que me estés confundiendo con una cachona --- volvió a repro- charlo.

--- Es el colmo; esta vez te pasaste de la raya --- lo criticó.

El Capitán Fragoso jadeaba como un toro sofo- cado, y aunque no se viera, daba la sensación de que echaba humo por sus fosas. Se le notaba un furor endiablado que poco a poco se disipaba, en la medida en que se daba cuenta de que había he- cho el oso. Por unos segundos los dos quedaron viéndose las caras: él con un gesto de incredulidad y ella con una actitud pacifista. Cuando dejó de re- soplar y tomó más aire, en una respiración profun- da, el Capitán preguntó de nuevo:

--- ¿Por qué le echaste doble cerrojo a la puerta?

--- Por miedo --- contestó enseguida ella.

--- ¿Miedo de qué? --- cuestionó él.

--- Del descuartizador de mujeres que anda suel- to por ahí; tu más que nadie deberías de saberlo --

- volvió a cuestionarlo.

--- Está en la radio, los periódicos y hasta en la televisión --- le explicó, para que no hubiera más dudas.

--- Ustedes qué hacen al respecto, acaso están esperando que ocurran más víctimas. Cuándo lo

van a capturar, y mientras eso no suceda, yo me voy a seguir encerrando, porque no quiero que ese sanguinario me vaya a hacer lo mismo que le hizo a esa pobre muchacha --- detalló muy claro y con convicción.

El Capitán Javier Alfredo Fragoso bajó su cabeza y se dio cuenta de que sostenía en su mano iz- quierda el sobre de manila con los dos millones de pesos y en la mano derecha su enorme pistola. Después guardó el arma en su cartuchera a un lado de la cadera del mismo lado y luego arrojó el pa- quete valioso ante los pies de su mujer, con la si- guiente recomendación:

--- Coges de ahí para los zapatos y me guardas el resto.

 

8


"Por poco la mato", recapacitaba el Capitán Fra- goso, mientras regresaba al sitio del escalofriante suceso, en donde los miembros de la Fiscalía con- tinuaban con la inspección judicial del cuerpo de la joven desarmada. Nunca se le hubiera ocurrido que una circunstancia maquinada por él en su vida pro- fesional y delincuencial, afectaría tarde o temprano a su hogar. Lo que le acababa de enseñar era una verdad de a puño muy cierta y la cual predice que, todo lo que se haga en contra de algo se te revierte o nunca escupas hacia arriba, porque te cae saliva. El comportamiento de pánico de su mujer era la muestra fehaciente de que su plan estaba dando sus resultados y por eso deducía que el accionar de El Motosierra debía seguir hasta lograr lo que se requería. Si en los días otorgados por El Diablo no conseguían el retorno del dinero, trataría de in- geniarse otro método más suave, para no alarmar a la gente y, por supuesto, a su preciosa esposa.

--- ¡Riiiiiinnnnnn! --- sonó el celular que llevaba en el asiento de al lado en su auto.

--- Aló --- contestó.

--- ¿Capitán: no sé en dónde está el tipo?

La voz provino de El Motosierra, quien desde un expendio de minutos que era atendido por una sim- pática muchacha y la cual se hallaba sentada en una banca y en una esquina muy concurrida, lo

 

había llamado para manifestarle esa inquietud. Se veía sereno y con una camiseta estilo esqueleto color negra que dejaba ver sus brazos macizos y tatuados. De igual manera vestía un pantalón yin prelavado con agujeros a la altura de las rodillas y muslos, y calzaba unas abarcas de tela, similares a las que usan los indígenas Arahuacos de la Sierra Nevada de Santa Marta. Ahora sí, en esos momen- tos, se le divisó toda la cara: la frente era promi- nente, ojos hondos y negros, nariz alargada con un encorve por la mitad, como los picos de los loros, labios pálidos como de los cadáveres y delgados. Y el cabello azabache que se lo había recogido al final con un pedazo de elástico del mismo color, le resplandecía por el abundante gel oloroso que so- lía echarse encima. Y como siempre, colgada en uno de sus hombros, cargaba la mochila india don- de escondía sus herramientas favoritas y del oficio.

--- No hagas nada durante dos días; espérame hasta el tercer día a partir de hoy y yo te averiguo bien dónde buscarlo --- le planteó el oficial con cer- teza.

--- Seguro --- dijo el frío asesino sin siquiera refle- jar un gesto en su faz, la cual revelaba un acné que fue excesivo por algún tiempo de su incógnita ado- lescencia.

Acto seguido, ambos interrumpieron la comuni- cación sin hilos y reanudaron sus diferentes cami- nos: el Capitán continuó delante del timón del auto policial con destino a la suplantada escena del cri- men, mientras que El Motosierra se devolvía para

su morada sombría y recóndita, pero antes trató de cruzar un tráfico de carros que circulaba al frente, sobre una de las avenidas más transitadas de la ciudad. Demoró allí unos cinco minutos y, a lo que vio la primera oportunidad, se tiró a franquear el importante tráfico, pero cuando había llegado a la mitad de la calle y se preparaba para impulsarse hacia la otra, escuchó el frenazo de un automotor que le enrizó los vellos y cerró los ojos por unos segundos, esperando el porrazo. Al cabo de ese tiempo muy breve, y en vista de que no había sido embestido, abrió el ojo izquierdo por donde sintió el rechinar de los neumáticos y lo primero que obser- vó, a escasos cuatro centímetros de su cintura, fue a una camioneta último modelo con un mataburros cromado. Miró hacia la cabina del vehículo nuevo y se encontró con los rostros pálidos de Martín Zárate y su mujer Mérida, atónitos porque por poco arro- llan a aquel peatón. Sus hijas, su hermano Aristóbulo y la tía Angélica, en el asiento posterior, también se habían quedado mudos del susto, aunque las ni- ñas se pusieron después a llorar por la tribulación y la adrenalina que se había derramado unos relám- pagos de segundos antes. ¿Coincidencia de la vida o alguna oportunidad que Dios le enviaba a Martín para que se defendiera? Ni se sabe, pero lo cierto fue que si no hubiera sido por la pericia y el reflejo de él y la buena disposición de los frenos de discos de la furgoneta, El Motosierra estuviera a partir de ese instante en el infierno. Un bien que no sólo le hubiera hecho a él y a su familia, sino también a la humanidad entera.

El Motosierra, a quien nunca jamás habían visto ni conocían de quién se trataba y mucho menos estaban enterados de que los perseguía a ciegas para despellejarlos, en un gesto de gratitud por no haber sido atropellado, alzó el puño de su brazo derecho y abrió su pulgar hacia arriba, en señal de que les daba las gracias a ellos por seguir vivo y coleando. Por supuesto, él tampoco los conocía y si los hubiera identificado, de pronto les habría per- donado la vida por esos momentos, como compen- sación. El brutal matador se repuso rápido del so- bresalto y prosiguió su derrotero como si nada y más adelante se confundió entre un gentío que por esos minutos caminaba sobre la acera, la cual por fin alcanzó a abordar. Martín y Mérida continuaron impávidos, imaginando tal vez lo que habría suce- dido si se hubiera registrado el accidente fatal. Sólo hasta cuando oyeron las bocinas disonantes de los demás autos que permanecían en fila india detrás de ellos, recapacitaron que debían reanudar su tra- yecto. Al principio, el carro no les prendió, cuando Martín volvió a encenderlo y quiso reiniciar la mar- cha. Mérida no lo sermoneó esa vez, porque com- prendió que, así como ella, él también debía estar nervioso y abrumado por el incomparable sinsabor vivido minutos antes en aquella vía de mucho tráfi- co. Pero después el auto llamativo runruneó como era debido y restablecieron el rodamiento de forma normal.

Luego de que habían terminado de llevar a las

niñas a bañarse en la playa del mar en El Rodade- ro y tras almorzar en uno de los restaurantes del balneario, Martín y Mérida, en compañía de sus hi- jas, trasladaban a sus otros dos parientes, Angéli- ca y Aristóbulo, a sus respectivas casas en Santa Marta. En los ratos de charlas que se presentaron en el transcurso de la reunión familiar, Martín tuvo tiempo de explicarle a su hermano el verdadero ori- gen de sus millones. Con anterioridad o la primera vez que le adelantó algo, le había mencionado como a todos, que se había ganado la lotería, por cuanto se presumía que era la única alternativa de que un pobre saliera de la miseria sin inmiscuirse en pro- blemas y en forma legal. Aristóbulo, una persona de un carácter maleable, tampoco sospechó nada malo con el tropiezo de la tula llena de dólares en el patio de la casa de su hermano. Pensó que, si no era un milagro, a alguien se le había caído allí y el primero que se la encontró la tomó como suya y lo cual hizo su allegado, quien contó con esa enorme suerte. Ni por su juicio pasó tampoco que pudo ha- ber sido arrojada desde una aeronave por unos narcos que no querían ser sorprendidos por la poli- cía con ella. Y es que a nadie se le hubiera ocurrido nunca, al menos que fuera uno de los inteligentes lectores de esta historia.

El Teniente Buenahora, apenas vio al Capitán Fragoso retornar al sitio del acontecimiento asque- roso e inhumano, se arrimó más al lugar donde los expertos judiciales casi terminaban su labor medio paga. Lo hizo con la finalidad de demostrarle que se hallaba allí y no en el área donde lo había nota- do antes de partir, hacía ya casi media hora. Sin embargo, el oficial en jefe no le prestó atención y se dirigió derecho hacia donde se encontraba el Fis- cal encargado de la actividad judicial.

--- Doctor, perdone: ¿todavía le falta mucho? --- averiguó.

--- En diez minutos acabamos --- le confesó el jurista, también con una cara de cansancio y un apremio por salir de aquel sector desolado y apar- tado de la urbe.

Ya casi completaban las cinco horas desde que habían iniciado la práctica sin igual, bajo un sol ca- nicular y un calor de infierno. Sin embargo, por las horas de la tarde, el clima se invirtió y cayó una intensa lluvia hasta el anochecer, dejando a varios barrios subnormales de la ciudad en un inadmisible fangal y con centenares de damnificados. La even- tualidad acaparó la curiosidad de todos en Santa Marta, por solidaridad y empatía, olvidándose un poco de los dos hechos atroces acontecidos en los últimos días. Luego de que los medios informativos de la ciudad adelantaran campañas, para recolec- tar alimentos no perecederos y elementos necesa- rios que facilitaran la estancia de los afectados en los albergues en que se acomodaron, mientras acondicionaron de nuevo sus suburbios, las vícti- mas del invierno peregrino volvieron a sus humil- des viviendas a la espera de otro desastre natural y el cual se podía presentar al día siguiente o dos días después o luego de una semana o un mes más tarde, en todos esos tiempos, era un clima desquiciado que no tenía predicción alguna. Mu- chas veces el tiempo transcurría seco y fogoso por las horas de la mañana y se descomponía por las horas de la tarde, en una transformación total de 360 grados, como aconteció ese mismo día.

Cuando empezó a llover a cántaro sobre Santa Marta, Martín, su mujer y sus hijas, se encontraban ya en el apartamento de El Rodadero. Mérida veía su telenovela favorita en la pantalla del plasma de cincuenta pulgadas que le habían instalado en una de las paredes de la habitación con el jacuzzi, acos- tada en una cama impresionante de cuatro cuer- pos y de forma esférica, mientras que su marido y sus niñas hacían lo mismo, pero en la sala de estar. Aunque Martín no estaba observando el otro plas- ma que también allí poseían, sus nenas en cambio sí lo hacían, pues a esas horas y por tevecable, emitían un programa infantil que les fascinaba con delirio. Martín, como nunca, se dedicaba a leer un periódico muy leído en el país y el cual estaba com- paginado con secciones bastante abultadas. Pocas veces alcanzaba a leerlo por completo en un día, pues el matutino registraba los hechos de todo el país y del mundo y además, cada ejemplar de los miles que imprimía a diario, era una especie de bi- blia periodística, pero en el sentido del volumen o extensión. Por su parte, a Mérida la hechizaban las telenovelas lloronas, esas que por cada capítulo las protagonistas féminas berrean por trivialidades como los celos, desaires, desplantes y amores prohibidos o imposibles. De la misma manera le en- cantaba las historias con un final feliz y cuyo prota- gonista principal terminara casándose con su prín- cipe azul. A veces, desde que eran millonarios, creía ser el personaje primordial de la historia real que estaba viviendo.

En el preciso momento en que observaba un melodrama entre la actriz principal y el galán de la telenovela, en que la primera se disponía a revelar- le al segundo que había quedado en cinta de él, la serie fue interrumpida por un boletín de noticias de última hora. En el reporte extraordinario, al princi- pio, abrieron con la noticia de las inundaciones re- cientes por las lluvias impetuosas, caídas esa tar- de y mostraron las imágenes lamentables como ilus- tración de la nota periodística. Después, se refirie- ron a la otra noticia "boom" del día: el hallazgo del segundo cuerpo descuartizado en Las Colinas. Mérida se sobresaltó, al mismo tiempo que llamó a Martín con un grito exasperado. Pero Martín no acudió enseguida, porque creyó que se trataba de otra majadería de su cónyuge. Sin embargo, a raíz de sus chillidos insistentes, fue a ver qué era lo que le urgía.

--- ¡Mira lo que están diciendo en la tele! --- le volvió a gritar ella, apenas él ingresó a su habita- ción.

--- ¿Qué cosa?--- indagó Martín, con cara de des- entendido.

--- Sobre la muchacha que encontraron descuartizada en Las Colinas --- confirmó Mérida,

luego complementó:

--- En el mismo barrio, hace unos días, también dizque hallaron otro cuerpo de un hombre en peda- zos.

Martín miraba hacia el electrodoméstico, pero no veía otra cosa que unas imágenes de inundacio- nes. Pensó que su mujer estaba chiflada y volvió a salir de aquel cuarto. Cuando iba camino de nuevo a la sala de estar, volvió a escuchar la voz aguda de Mérida:

--- ¡Martín!

--- ¡Qué! --- exclamó él con más rabia.

Pero Mérida no le contestó y por eso Martín si- guió su camino hacia la sala donde permanecían sus hijas entretenidas con el programa de caricatu- ra que a esa hora pasaban todos los días desde las 16:00 a las 17:00 horas. Mérida no le contestó, por- que en esos justos instantes reiniciaban la informa- ción sobre los macabros hallazgos, en donde expli- caban con detalles que las horrorosas muertes te- nían que ver con algo valioso por los dos mensajes que el asesino había dejado, para que alguien re- gresara a su legítimo dueño lo que se había encon- trado. Del mismo modo en la reseña noticiosa mos- traron una entrevista con el oficial Fragoso y quien de forma irresponsable rompió la confidencia de la investigación, divulgando lo que él creía estaba su- cediendo con las destempladas muertes: "Sospe- chamos de un asesino despiadado que busca con- vencer a alguien que reside o vivió en este popular sector de la ciudad, para que le devuelva lo que se encontró, porque no le pertenece", notificó el Capitán Fragoso a través de la cámara.

El corrupto había aprovechado las cámaras de televisión con el objeto de hacer masivo el mensaje de terror, recalcando sobretodo en lo que el homici- da pedía y por ello al final de su intervención lanzó un consejo directo: "Le recomendamos a esa per- sona que se haya encontrado algo en este sector, que por favor lo devuelva, para ver si así frenamos el accionar desgarrador de este monstruo asesino". Apenas oyó lo anterior, Mérida se puso pilas y me- ditó o concluyó que el contenido de la información periodística se refería a la suerte de ellos o de su marido, quien a la postre había sido el que halló algo precioso en aquel barrio. No había más por donde. Se levantó de su cama redonda y caminó con pasos firmes hacia la sala, en donde después le dijo a Martín que necesitaba hablar con él en serio y a solas. Martín la miró a los ojos, por entre la aber- tura que dejaba sus lentes bifocales y los cuales sostenía con el tabique de su nariz ñata y le dijo:

--- ¿Y ahora cuál es tu problema?

--- Vamos al cuarto y te lo cuento --- le contestó Mérida muy resuelta.

Martín hizo el gesto de que se iba a poner de pie, pero en esos instantes una de sus hijas, la menor de todas, se arrojó sobre sus piernas y de paso apachurró el periódico que se había colocado allí unos segundos antes, para atender el requerimien- to de su mujer.

--- Papi, Vilma me pegó --- acusó la pequeña a lo

que acabó de encaramarse sobre las extremida- des de su padre.

--- ¿Vilma, por qué le pegas a tu hermanita? --- regañó Martín a su otra nena y la cual era dos años mayor, de unos 8 años de edad. La pequeña ni si- quiera volteó a ver el cuestionamiento que le hizo su padre, antes por el contrario, siguió distraída con el programa infantil en el televisor.

--- ¡Vilma, respóndele a tu padre! --- intervino Mérida.

Sin embargo, la chiquilla hizo un ademán grose- ro o gracioso, dependiendo de cómo se le hubiera mirado, porque en lugar de virar la cabeza para aten- der a sus padres, generó una señal con la palma abierta de sus manos, que significaba que espera- ran un rato, mientras terminaba de ver la TV. La actitud de su niña Vilma le causó gracia a Martín, porque era obvio que se trataba de un gesto muy ameno y de su edad, por lo que no halló un buen motivo para reprenderla. Sin embargo, Mérida pen- só lo contrario y regañó a su hija, diciéndole:

--- ¿Vilma, qué son esos modales con tu padre? Martín bajó de sus muslos a su bordona y le re- comendó que se uniera a sus otras hermanas y aguardara con ellas por un instante, mientras iba a hablar con su madre, lo que la heredera aceptó sin ninguna réplica. Cundo estuvieron a solas, Mérida le dio a conocer los detalles de la nota informativa sobre lo que estaba sucediendo en el barrio en que, hasta hacía un poco menos de un mes, habían vivi- do cuando eran unos pobres. Del mismo modo le dijo lo que ella había sacado en conclusión con re- lación a lo que allí se había dicho, pero Martín repi- tió su frase favorita:

--- ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

--- ¿No entiendes, Martín Javier, que se trata de ti? --- quiso meterlo en razón.

--- Cualquiera en el mismo barrio pudo ser. ¿Han mencionado en las noticias lo que quieren que se devuelva? --- apuntó Martín y Mérida lo negó, por lo que Martín argumentó:

--- Entonces, podría ser otra cosa diferente.

--- Es posible --- señaló Mérida un poco resigna- da --- de alguna forma habría que averiguarlo, si se trata de los millones de dólares o no --- propuso después.

--- Sí --- estuvo de acuerdo con ella, por fin, Mar- tín Zárate.

Ambos se comprometieron ese día en averiguar- lo, sin embargo, ninguno de los dos se acordó en hacerlo después, porque la lucrada vida que lleva- ban sólo los forzaba a pensar en el porvenir, en gastar o adquirir lo que nunca jamás habían obteni- do en lo que había trasegado de sus vidas. El pa- sado, inclusive el que vivieron un día antes, lo olvi- daban debido a la gran cantidad de necesidades que se exigían en satisfacer en el presente, el cual los sobrecargaba con todas sus avenencias. Ade- más, quién iba a recordar el infierno estando en el cielo, nadie. Lo hecho, hecho está, mientras que el hoy y lo devenir eran los dos aconteceres que más disfrutaban y los cuales los mantenían con ese espíritu de supervivencia y de no permitir que nadie los obligara a retroceder ni a que les cambiaran la realidad que un día soñaron, cuando eran unos pobres miserables.

 

9



Solo y en una habitación ubicada en un conjunto de albergues para oficiales que carecían de fami- liares en la ciudad, el Teniente Buenahora de igual manera había visualizado con desconcierto la alo- cución televisada del Capitán Fragoso, a través de su aparato receptor de apenas 14 pulgadas que funcionaba en una pequeña mesa, al frente de su lecho. No recordaba haber visto el momento en que lo habían entrevistado, tal vez porque se mantuvo siempre alejado del escenario por donde se produ- jo la diligencia judicial del levantamiento de las par- tes del cadáver fragmentado. Para él había sido inaudito que su oficial mayor se hubiera atrevido a conceder una entrevista, porque hasta donde sa- bía, nadie, salvo el Coronel Atehortúa por ser el comandante de la regional, tenía permiso para ha- blar con la prensa de hechos muy delicados como el que ameritaba aquel y el cual requería una pru- dencia en el manejo de las informaciones. Además, a ninguno en la seccional policiva se le permitía manipular un caso y mucho menos hacerlo de for- ma pública, como había visto que lo hizo el Capitán Fragoso. Pensó en correr a comentarle de esa irre- gularidad al Coronel Atehortúa, pero se acordó que el regente le proyectaba un buen aprecio al Capi- tán Fragoso. Lo único que podía hacer, por lo pron-

 

to, era mantenerse en la raya, sin untarse ni distan- ciarse tampoco del caso.

Mientras cavilaba, limpiaba su arma de dotación, una Rúger de precisión de color negra y nueva. En las cuatro paredes de su aposento se veían unos afiches de mujeres desnudas y afamadas que al parecer eran sus amores platónicos. Por ejemplo, en uno de ellos estaba Sofía Vergara, en una pose muy sensual sobre la arena de una playa de en- sueño y mostrando sus mejores atributos. En otra yacía la fotografía de Shakira con un atuendo de tigresa y reflejando el repertorio de una de sus mag- níficas canciones. De la misma manera tenía la estampa de una infaltable y la cual era la única ex- tranjera: Pamela Anderson. Cualquiera que ingre- sara allí por esos instantes y se lo encontraba en solitario, mirando a esas hermosas ilustraciones, se imaginaría que ahí tenía lo suficiente para pasar un buen rato, jugando al cinco contra uno. Eran las 7:00 de la noche y todavía llovía afuera, aunque no de forma copiosa como la tarde anterior. Había ce- dido su turno y se disponía a tomar un buen y me- recido descanso.

De repente, repiqueteó su celular. El sonido del rington evocó una empalagosa nota musical de Ricky Rey y Bobby Cruz. Le gustaba la música sal- sa a pesar de que provenía de una tierra donde la melodía se promovía con acordeón y caja. Antes de responder, observó la diminuta pantalla en el receptor móvil y comprobó que se trataba de su novia bogotana:

--- Dime cariño --- contestó.

--- Ola mi amor --- se oyó por el receptor móvil.

--- ¿Cómo estás? --- le consultó.

--- Muy bien ¿y tú?

--- También bien mi cielo. Te extraño mucho y quiero que estés en estos momentos conmigo.

--- Yo también preciosa. No hago sino pensar en ti y más en estos instantes en que me hallo solo en la cama y en mi habitación.

--- ¿Está solito mi bizcochito?

--- Sí, en mi cuarto.

--- Imagínate que estoy a tu lado…que te estoy abrazando y acariciando…cierra los ojos e inténta- lo…

--- le sugirió ella.

--- Ya lo hice… --- le correspondió él

--- ¿Me estás viendo?

--- Sí.

--- ¿Qué ves?

--- Que me besas por todo el cuerpo…

--- ¿Qué más?

--- Que chupas mis dedos…

--- ¡Alberto! --- interrumpió Adriana, su novia.

--- ¿Qué pasó? --- inquirió él en un tono de burla.

--- ¿Por qué me dices eso? --- impugnó ella un poco disgustada.

--- Me preguntaste lo que veía y te lo dije --- expli- có él.

--- Sí, pero no era para que fueras morboso --- contradijo ella.

--- Pero no te enfades mi nena; fue sólo para

molestarte --- dijo él.

--- Y bien que lo hiciste. Tú sabes que no me sim- patizan esas clases de chanzas.

--- Yo lo sé corazón y por eso lo hice a propósito, para sentirte furiosa; me gustas cuando te enojas.

Adriana se rió al otro lado del teléfono y comenzó a hablar de un modo mimado, como si se tratara de una hija de papi y mami. Al Teniente le encantaba también que le hablara de esa forma, no sabía por qué, pero le fascinaba y ella lo sabía y por eso ha- cía esa niñada cada vez que anhelaba sentirse fe- liz con su comprometido. No vamos ahora a escri- bir aquí lo que le decía Adriana al Teniente, porque caeríamos en la misma pendejada.

Mientras Buenahora baboseaba por el teléfono con su novia, el Capitán Fragoso, a esa hora de la noche, trabajaba en busca de la dirección del ver- dulero millonario. Se había comunicado con una subestación policiva en el balneario de El Rodade- ro, en donde le facultó la tarea a un subalterno. Le dijo todas las premisas posibles que él ostentaba sobre su sospechoso, menos el nombre, porque aún no lo sabía. En una investigación preliminar para hallarlo no lo encontró registrado en las agencias loteras de la ciudad y mucho menos en las posibles entidades, cuyos sorteos habían jugado en el pe- ríodo durante el cual se había arrojado la tula con los millones de dólares desde la avioneta. De he- cho descubrió que ni el verdulero y nadie más en la ciudad se había ganado la lotería y por eso lo con- firmó como el retenedor de la cuantiosa suma de dinero. De ahí que el Capitán se había atrevido a manifestarle a El Diablo que ya lo tenían ubicado, aun cuando no era cierto. La misión se la confirió a un Cabo conocido y de fiar y a quien lo estimuló con hacerle una anotación positiva en su hoja de vida, si lograba el cometido. Su nombre: Cabo Guardiola, un costeño muy animoso y voluntarioso. El Cabo Guardiola salió esa misma noche y visitó los hoteles del complejo turístico, en donde preguntó por los nombres de los inquilinos que se habían trasteados los últimos 30 días y vio que sólo tres hombres se habían registrado durante ese período en un hotel, dos como huéspedes y el otro como dueño de uno de los apartamentos. Luego llamó al Capitán Fragoso y le hizo saber su averiguación. Le dijo con detalles los nombres de las tres perso- nas sospechosas, entre los cuales mencionó a Martín Zárate, sobre quien le manifestó que se tra- taba de un padre con cinco niñas y su mujer, con los cuales residía en un apartamento marcado con el número 809 del edificio de nombre Tayroka. Con respecto a los otros huéspedes, el Cabo le indicó que uno era un matrimonio que se había alojado en el mismo hotel, al parecer, para pasar su luna de miel. Además, la pareja no era de la urbe y proce- día del interior del país. Mientras que del tercero, dijo, se trataba de un individuo de color y el cual se había mudado solo y al parecer estaba podrido en billetes, porque lucía siempre con joyas de oro al- rededor de su cuello y sus dedos. El oficial Fragoso lo felicitó y le agradeció el favor, al mismo tiempo que le recordó no olvidarse en adelante de él. Al menos con la lista de tres posibles autores de la posesión ilegal de los dólares de El Diablo, podía ya empezar a trabajar durante esos tres días que les restaban, para lograr que devolvieran los millo- nes de dólares. Le timbró a El Motosierra y lo puso al tanto del asunto. El desalmado criminal, por esos instantes, cenaba pollo asado acompañado de torrejas de bollos limpios o sin queso, sobre la cama donde se la pasaba casi todo el día, cuando no te- nía nada qué hacer. No era la hora acostumbrada de su alimento en la noche, pues ya habían trans- curridos dos horas después de la 8:00.

--- ¿Sí? --- atendió El Motosierra.

El Capitán Fragoso enseguida lo enteró de los pormenores y le dio la orden, para que reiniciara sus encargos infames a partir del día siguiente. Empezaría con el negro, le hizo saber el oficial y El Motosierra estuvo de acuerdo. Y si no resultaba, procedería con el padre de las cinco niñas. Sin embargo, el Capitán se corrigió:

--- No, mejor continúas con una de las niñas, por- que si su padre es quien tiene el dinero, de seguro no dudará en devolverlo --- sentenció el pestilente uniformado.

El Motosierra chuzó un muslo del pollo asado con uno de sus cuchillos afilados y se lo llevó después a la boca. Luego habló, cuando devolvió el pernil mordiscado a la caja de cartón en donde había sido empacado por los empleados del asadero:

--- Nunca he descuartizado a un niño… --- confirmó.

--- Para todo siempre hay una primera vez --- ob- jetó el Capitán.

--- ¿Cuál es el número de la habitación del ne- gro?

--- preguntó El Motosierra.

--- El 607 --- facilitó el Capitán.

Al día siguiente, El Motosierra se fue hasta El Rodadero y empezó a merodear por el edificio Tayroka. No perdía tiempo. Ingresó al mismo y pre- guntó por el huésped de color y un joven que aten- día por esos instantes detrás de la recepción del hotel, recibió su requerimiento con educación, pero le solicitó su nombre, con el fin de anunciarlo a tra- vés del intercomunicador. El Motosierra vaciló por un segundo, sin embargo, rebasó el imprevisto con una agudeza, manifestándole al empleado que se trataba de un viejo conocido que lo requería, para darle una sorpresa en el día de su cumpleaños. Por eso le susurró: "Si se da cuenta de que lo busco, se pierde la sorpresa". El recepcionista hizo un gesto de comprensión y acto seguido, le confirmó que podía subir por el ascensor, hasta el piso sexto y, cuando le iba a indicar el número de la habitación, El Motosierra le manifestó que ya lo sabía. Como ignoraba cuáles eran las intenciones de aquel visi- tante o de quién se trataba, además, no podía sa- ber lo que iba a suceder, el joven recepcionista se despreocupó y se puso a hacer otra actividad dis- tinta dentro de su lugar de trabajo. Pocas personas habían en esos instantes en el lobby del hotel, debido a que era muy temprano. Sólo tres camareros se veían reunidos al frente de un aparato receptor, viendo un canal de aeróbicos. El Motosierra abor- dó el ascensor con toda la tranquilidad del mundo y cuando la puerta se iba a cerrar, dos manos callo- sas sujetaron las láminas corredizas del elevador, para evitar que se sellaran. El dueño de los dos extremos superiores asomó su rostro después en el interior del montacargas y luego se encaramó también en él. Se trataba de Aristóbulo, el hermano de Martín y el cual volvía al apartamento de su pa- riente, preocupado por lo que había visto en la tele- visión. Una hora antes, mientras departía con un amigo, había escuchado de igual manera al Capi- tán, hablando por la televisión, pero lo que más le llamó la atención y preocupó, y por eso se había dirigido de nuevo al apartamento de su hermano, fue lo que oyó acerca de los mensajes que eran enviados con las bolsas y los descuartizados, los cuales iban dirigidos a alguien en particular que se habría encontrado algún objeto valioso en Las Co- linas. Al ingresar al ascensor sintió un escalofrío, pero no le prestó importancia, porque pensó que se debía al clima que persistía sobre Santa Marta. Durante el corto instante en que permaneció solo con El Motosierra en aquel reducido espacio her- mético, y mientras ascendían, ni siquiera pasó por su mente alguna desconfianza con el enigmático acompañante y creyó que se trataba de un inquili- no más de aquel hotel. El Motosierra se bajó a los pocos segundos en el piso sexto, mientras que

Aristóbulo siguió hacia las dos plantas de arriba. Cuando llegó al octavo nivel, salió al pasillo y se dirigió hasta la puerta del apartamento de su her- mano y hundió el botón del timbre. Mérida abrió al cabo de un breve tiempo, luciendo aún desarregla- da, pues todavía no se había bañado y ni siquiera peinado. Vestía una manta guajira nueva y de va- rios colores:

--- Hola Aristóbulo --- saludó y luego preguntó:

¿Qué haces tan temprano por aquí?

--- Vengo a hablar con Martín --- contestó.

--- ¿Y se puede saber de qué hablarán? --- averi- guó Mérida.

--- Es sobre algo que salió por la televisión --- confesó decentemente Aristóbulo.

--- Me imagino que tiene que ver con los hallaz- gos en Las Colinas... --- dijo Mérida.

--- Sí --- afirmó un poco resuelto Aristóbulo, a quien se le notaba cierta gravedad en la cara.

--- Ya él lo sabe, pero no cree todavía que sea de su incumbencia --- volvió a porfiar Mérida, develando un indudable remordimiento.

--- Es mucha coincidencia, para que no sea de su interés --- atinó a decir el humilde recién llegado.

--- Ya se lo he dicho en diferentes circunstancias, pero tu sabes cómo es él de terco y...

En esos instantes, apareció Martín desde el inte- rior de una sección del lujoso apartamento, inqui- riéndole por la persona que había tocado el timbre. Fue entonces cuando Mérida se percató de su des- atención y le solicitó a su honesto cuñado que pasara hacia dentro. Al ver Martín a su hermano, tam- bién indagó el motivo de su presencia allí, a lo que Aristóbulo le contestó igual que a su mujer, pero Martín lo desparpajó con la frase: "Tú también vie- nes con el mismo cuento".

--- No es cuento, Martín --- quiso explicarle Aristóbulo. Sin embargo, Martín volvió a ripostar:

--- Con tanto negativismo, van a salarme la bue- na suerte.

--- Una cosa es ver la realidad como es y otra es no aceptarla --- atacó de nuevo Mérida.

--- ¡Ya basta Mérida, no se hable más del asunto y punto! --- prorrumpió enojado Martín y regresó a la habitación de donde, momentos antes, había salido. Mérida hizo un gesto de decepción, al tiem- po que encogía sus hombros. Aristóbulo, quien sólo abrió los ojos y frunció la frente, y en vista de que se sintió inoportuno por esos momentos, le murmu- ró a Mérida que mejor se retiraba de allí y ella estu- vo de acuerdo. Apenas se fue, Martín gritó de don- de estaba, con similar rabia:

--- ¡Maldita sea!

Mérida no se inmutó. Cerró la puerta y caminó hasta donde se hallaba Martín, sin emitir una sola palabra, y cuando llegó a la habitación, dijo:

--- ¿Y a ti qué te pasa ahora, por qué estás maldi- ciendo?

--- ¡No ves que me tropecé con esa hijueputa pa- tineta!

--- incriminó, aún con ira y sobándose el dedo gordo de su pie izquierdo.

Cerca, a escasos treinta centímetros, se hallaba el monopatín culpable, con las ruedas para arriba y el cual le pertenecía a una de sus hijas mayores, a Zulima. Aunque no supiera andar sobre esa tabla con llantas, se la habían comprado recientemente, junto con otros artefactos, como una bicicleta y unos patines de cuatro ruedas, a modo de ponerla al día con los juguetes en boga que nunca antes le ha- bían podido comprar. Lo mismo había sucedido con sus otras niñas, quienes no cambiaban por nada sus modernas muñecas y demás regalos de sus progenitores. Lo único malo era que dejaban sus cosas por todas partes y Mérida no tenía la elastici- dad y mucho menos tiempo, para recogerlos a cada rato.

--- Vamos a tener que contratar a una muchacha, para que te ayude en los quehaceres --- le propuso Martín, mostrándose más tranquilo, aunque siguió sintiendo el dolor en el dedo de su pie.

--- Ya estoy buscándola desde hace rato --- mani- festó Mérida.

--- ¿Y por qué no la has hallado? --- consultó Martín.

--- Porque están escasas. Ya no es como antes, cuando ellas mismas llegaban a las casas, ofrecién- dose --- explicó Mérida, después complementó:

--- La mala reputación de algunas cuantas dañó la oferta y por supuesto la demanda, de modo que encontrar a una y de buena costumbre, es como escudriñar una aguja en un pajar.

De pronto habían cambiado de tema. Y entre más

hablaban más se fueron distanciado del argumento inicial con el cual empezaron la conversación. Al cabo de un rato largo, terminaron dialogando de la mansión que iban a dejar al cuidado de Aristóbulo, cuando viajaran de vacaciones a Bogotá y a la cual habían deshabitado por irse a vivir en el apartamento de El Rodadero.

--- Hay que ir a darle una vuelta a la residencia, para evitar que los rateros piensen que está aban- donada --- dijo Martín, en un tono de broma.

Aristóbulo salió después del edificio y se embar- có luego en un bus del transporte urbano, rumbo a su sencilla casa por las afueras de la ciudad. Antes de emerger de aquel hotel, y cuando bajaba por el ascensor, sintió un alarido fuerte, de una modula- ción muy grave, como la de un hombre, por lo que pensó que se trataba de su hermano, quien a lo mejor se había puesto a refunfuñar en voz alta, como era su costumbre, cuando le daba rabia. Ja- más se le hubiera ocurrido lo que en realidad suce- día por esos precisos instantes en el apartamento 607, donde habitaba el hombre de color y a quien El Motosierra ya había inutilizado con un golpe en la cabeza que le dio con un objeto contundente hallado durante el forcejeo en que ambos se liaron momentos antes.

El inocente sacrificado era un isleño con una rasta al estilo de Bob Marley y llevaba hospedado en aquel edificio apenas dos semanas. Como era alto y corpulento, le había proporcionado una lucha te- naz de supervivencia a El Motosierra, quien al final

logró imposibilitarlo con el golpe en la cabeza. In- consciente en el piso de aquella morada, la nueva víctima quedó a merced de El Motosierra, el cual se había quedado a su lado, mientras se reponía del cansancio y aguardaba que el hombre de éba- no volviera en sí. Cuando el huésped despertó, unos veinte minutos más tarde, ya había sido atado de pies y manos como a las iguanas cazadas, igual- mente amordazado y tendido de bruces sobre el mismo piso de unas baldosas bruñidas y relucien- tes. El abnegado hombre botaba sangre por la he- rida abierta que le había dejado el golpe en su cue- ro cabelludo. No en grande borbotones, pero si en forma constante, que debilitaban cada vez más sus energías.

--- ¿Cómo te llamas? --- le preguntó El Motosie- rra, pero el negro no pudo pronunciar su nombre por la mordaza que constreñía su boca. Entonces el vil criminal se la aflojó un poco y por fin la víctima pudo identificarse:

--- Adriano Archibold --- expresó con mucho es- fuerzo y antes de que pudiera emitir otra palabra, El Motosierra le volvió a tensar la mordaza.

--- Yo me llamo Miguel y estoy aquí para que me digas en dónde está el dinero que te encontraste --

- argumentó aquel fratricida.

Y era verdad, se llamaba Miguel, mientras que su apellido de madre era Palacio y el cual utilizaba en lugar del paterno. Pocos conocían su nombre de pila y ni siquiera los que contrataban sus servicios.

 


10




Esa misma mañana, el Teniente Buenahora se había trasladado, como era su costumbre, al cuar- tel de la Policía de la ciudad, con el fin de retomar su turno. Se veía bien emperifollado, con un unifor- me nuevo que se estaba estrenando ese día. Ade- más, se había afeitado con una máquina desecha- ble recién comprada, por lo que el rasurado le ha- bía quedado perfecto, tanto, que parecía un lampi- ño. Pero no era de esa raza, por el contrario, tenía más pelos que un oso, hasta en la espalda. Y aun- que aún no se le había caído el cabello de la cabe- za, era consciente de su inaplazable calvicie, por- que así había sucedido con su padre, abuelo, bis- abuelo, tatarabuelo y demás ancestros de la línea paternal. Todavía gozaba de sus folículos comple- tos, por lo que trataba de manera permanente no malograrlos, para lo cual evitaba las visitas con mucha frecuencia a la peluquería de la gendarmería u otro salón de motilar en la ciudad. Además, se cuidaba las cerdas capilares con unos buenos champús y enjuagues vitaminados que se compra- ba cada quince días. Debido a su procedencia cos- teña, la piel de su cara permanecía curtida y de una tonalidad fuliginosa, que le resaltaba el color de sus

pupilas y córneas, estas últimas irradiaban una gama ambarina y transparente como la de los felinos. Por eso, algunos compañeros con su mis- mo rango, lo apodaban El Gato. En realidad, toda su vida o desde niño, siempre lo habían llamado con ese sobrenombre, sin embargo, desde que ha- bía ingresado a la institución policial, sólo le permi- tía esa confianza a los que hicieron el curso de ofi- cial con él y con quienes no se molestaba para nada, antes por el contrario, le gustaba que lo llamaran con ese remoquete.

En medio de la plaza de armas del cuartel policivo, esperaba que se completara el grupo de agentes que tenía a su cargo, para darle las instrucciones del día. Era su rutina diaria, menos cuando estaba de descanso. Duarante la misma aprovechaba y les advertía a sus subalternos sobre las sanciones y prebendas que ofrecía el ente disciplinario, a fin de recordarles sus funciones principales y para que no se descarrilaran durante sus gestiones prerrogati- vas. Frente a él sólo se había presentado la mitad del personal: seis agentes que llevaban más de diez años al servicio de la institución nacional, al resto como que se le había pegado la sábana o el des- pertador no les había funcionado. Mientras le daba un tiempo meritorio a los retrasados, se puso a meditar sobre lo que todavía no había podido in- vestigar en torno al caso de la avioneta aterrizada en la playa.

No tenía nada aún en concreto. Era una necesi-dad superflua, una responsabilidad individual que

si bien abandonaba no pasaba nada en su contra o no afectaba su carrera en la institución policial. An- tes por el contrario, si dejaba de auscultar en el asunto, de no meter las narices en lo que no le in- cumbía, su vida continuaba de forma placentera en el organismo policiaco. Si hacía lo contrario, es de- cir, seguía investigando en el tema de la avioneta y la relación de su superior con la cuestión, le podía ir tan mal, que hasta su vida peligraría, ya que olía una pudedumbre en el caso. Meterse en contravía con su jefe inmediato y posiblemente con otros en un nivel más alto, no sólo le podía provocar unos inconvenientes prolijos en su ascenso, sino que su presencia en este mundo terminaría sin siquiera un autor responsable y verdadero, porque hasta un falso culpable le hallarían en la justificación de su muerte. De ello estaba tan seguro como saber que el agua mojaba.

Cuando reflexionaba sobre ese conflicto de inte- reses del cual podía salir mal librado si persistía en su indagación particular, el regente de la jurisdic- ción territorial, el Coronel Atehortúa, requirió de su presencia desde la segunda planta del edificio de la guarnición y por donde se había asomado, luego de que le dijeran que el Teniente Buenahora se encontraba en la plaza de armas a punto de reali- zar su revista diaria con los subalternos a cargo. El vocerrón del oficial de alto rango lo retrajo de forma abrupta de sus cavilaciones, quebrantándole el es- tado de abstracción y sosiego mental que padecía por esos instantes, por lo que se sintió sobresaltado. El llamado de su superior lo puso nervioso y en los momentos previos, cuando se dirigía hacia la oficina del comandante, pensó en los posibles mo- tivos por los cuales su jefe lo solicitaba esa maña- na, menos en la auténtica causa de la inusual cita- ción.

--- Dígame mi Coronel --- se le presentó en su oficina a los pocos segundos, con el saludo carac- terístico de colocarse una mano a la altura de su frente.

El Coronel Atehortúa no le correspondió el salu- do, por lo que el Teniente Buenahora advirtió que sería objeto de algún regaño por parte de su oficial superior. Sin embargo, el alto oficial no tenía inten- ción de reprenderlo, sino de hacerle una serie de preguntas y las cuales se las despachó sin rodeos:

--- ¿Tiene usted hijo, Teniente?

--- No mi Coronel.

--- ¿Hermanos, padres?

--- Si mi Coronel.

--- ¿Cuántos?

Buenahora dudó por unos segundos, porque no supo con certeza qué contestarle, por cuanto no entendió en esos momentos si el Coronel Atehortúa se había referido a cuantos padres o a cuantos her- manos, pero después se aventuró a responder la que creyó era la correcta:

--- Dos hermanos --- dijo.

--- ¿Y sus padres están vivo? --- interrogó de nue- vo el alto oficial.

--- Si mi Coronel.

--- ¿Los quiere?

--- ¡Claro mi Coronel!

--- Me han dicho que usted anda averiguando por su propia cuenta sobre el caso de la avioneta.

--- Si mi Coronel.

--- ¿Y qué ha sabido más de ese caso?

El Teniente se quedó callado por unos segundos, tal vez reflexionando sobre lo que allí estaba suce- diendo, sin embargo, el Coronel Atehortúa lo asuzó, pidiéndole que le respondiera de inmediato, a lo que Buenahora se apuró a decir la verdad, expresán- dole lo que hasta ese entonces había indagado. Tras unos cinco minutos en que demoró contándole lo que sabía del caso, el Coronel Atehortúa sonrió y luego le aconsejó:

--- La Policía es un equipo. Aquí investigamos como unidad y no como llaneros solitarios. Quien se salga del angranaje, debe atenerse a las conse- cuencias. Esta es la vida real y no una película. Un error te puede llevar a la muerte segura y no hay una segunda oportunidad. De modo que la próxima vez que quiera hacerse el héroe, adelantando pesquizas de su propia cuenta, procure abandonar esta institución. Por ser el primer reporte negativo en su contra, en esta ocasión se la voy a perdonar y espero que me entregue un informe detallado cuando termine esa investigación.

--- ¡Sí mi Coronel! --- correspondió Buenahora bas- tante entusiasmado.

Sin dudas, su comandante le había dicho que con- tinuara con sus averiguaciones, lo que quería decir

que no estaba involucrado en el asunto, como se lo quiso hacer ver el Capitán Fragoso. Se sintió muy agredecido y motivado a la vez, por lo que se atre- vió a insinuarle al Coronel que no le dijera nada al Capitán Fragoso, quien era su superior más inme- diato. Lo que el Atehortúa cuestionó:

--- ¿Por qué no, qué sucede con él?

--- No nada mi Coronel --- dijo Buenahora, un poco nervioso.

--- Cuénteme Teniente, no se me quede callado y dígame lo que sabe --- volvió a asuzar el comandan- te policivo.

--- Mi Coronel --- expresó después él --- es que, al parecer, mi Capitán está involucrado en ese asunto.

--- ¿Por qué piensa usted eso?

Entonces el teniente Buenahora le empezó a con- tar a su oficial superior todas las actuaciones raras del Capitán, desde aquella vez en que le guiñó un ojo, para que se quedara callado, hasta la última ocasión en que se alejó de la diligencia judicial de inspección del cadáver de la joven descuartizada y entregó unas declaraciones a la prensa acerca del supuesto autor de los cuerpos descuartizados. “Tengo la sospecha de que él sabe más del asunto de lo que aparenta. Es mas, creo que está bastante comprometido”, aseguró Buenahora.


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