Cazador de Ratas



Cuando la realidad 

supera la ficción…


Por Álvaro Cotes Córdoba 


El motor del bus rugía mientras subía por la carrera Caracas hacia el norte de Medellín. Era un martes de finales de octubre y el aire pesado de humedad y humo de escape pululaban por todas partes. Yo iba sentado al fondo, junto a la ventana sin vidrio que dejaba entrar ráfagas frías de viento.

Llevaba el día entero en los pies. Ocho horas cargando cajas en el almacén de La Floresta, con el sueldo mínimo metido en la billetera del bolsillo trasero del pantalón, apiñado en billetes nuevos. Pensaba en llegar a la casa, en la sopa que mi vieja dejaba en la olla, en acostarme sin soñar con nada.

El bus iba lleno. Madres con niños en brazos, obreros con cascos bajo el brazo, estudiantes con audífonos puestos. Nadie hablaba mucho; solo el ruido de la ciudad entrando por las ventanas abiertas. Entonces subieron ellos. 

Tres jóvenes, con no más de veintidós o veintitrés. El primero llevaba una gorra hacia atrás y una cadena gruesa que brillaba bajo la luz amarilla del techo. El segundo, flaco, con ojos nerviosos que miraban a todos lados. El tercero, el más bajo, se quedó cerca de la puerta trasera, bloqueando la salida. Subieron como si fueran pasajeros normales, pagaron el pasaje con monedas sueltas, se sentaron separados. Nadie les prestó atención. Yo sí. Algo en la forma en que el de la gorra se tocaba la cintura me puso en alerta.

Pasaron dos paradas. En la tercera, la de la glorieta de La 80, se levantaron al mismo tiempo. Como si hubieran ensayado.“¡Quietos todos, esto es un atraco!”, gritó el de la gorra. Sacó una pistola recortada, negra, con el cañón aserrado. El flaco mostró un revólver plateado que parecía sacado de una película del oeste salvaje. El bajito sacó un cuchillo de cocina envuelto en cinta adhesiva.

El bus se congeló. El chofer pisó el freno suave, sin brusquedad, como si supiera que cualquier movimiento brusco podía costar vidas. “Tranquilos, parces, tranquilos”, dijo con voz temblorosa, levantando las manos del volante. Empezaron a caminar por el pasillo. “Celulares, cadenas, billetes. Rápido o les vuelo la cabeza”. El de la gorra iba primero, apuntando a la cara de la gente. Una señora mayor empezó a llorar bajito; su nieto, un pelaíto de unos seis años, se tapó los ojos con las manos. El flaco le arrancó el celular a un muchacho que intentaba esconderlo en el zapato. “¡No te hagas el vivo, marica!”. Le dio un golpe en la cabeza con la culata. Sangre en el asiento. Después se dirigieron a mí.

El de la gorra me miró fijo. “Vos. El del fondo. Dame todo”. Extendí la mano despacio, saqué el celular barato, las llaves de la casa, el sueldo mínimo en la billetera. Pero cuando intenté mirarle la cara —solo para recordarla—, me dio un culatazo en la nuca. El dolor fue blanco, eléctrico. Sentí la sangre caliente bajándome por el cuello. “¿Qué miras, gonorrea? ¿Quieres que te mate aquí mismo?”. No respondí. Solo apreté los dientes. El bus olía a miedo: sudor, caca de alguien, como si acababa de defecar encima y por supuesto a marihuana. Medellín siempre olía a marihuana.

Bajaron en la siguiente esquina, corriendo entre los carros, riendo como si hubieran ganado un partido de fútbol. El bus quedó en silencio, interrumpido solo por sollozos y respiraciones agitadas. Nadie llamó a la policía, porque no había cómo, ya que a todos nos despojaron del celular. Nadie dijo nada. El chofer arrancó de nuevo, como si nada hubiera pasado. Yo me quedé sentado, con la nuca palpitando, mirando por la ventana y viendo cómo la ciudad seguía moviéndose indiferente.

Bajé en mi parada. Caminé las cuatro cuadras hasta la casa con la cabeza gacha, la camisa pegada a la espalda por la sangre seca. Mi vieja me vio entrar y se asustó. “¿Qué te pasó, mijo?”. “Nada, mamá. Un golpe en el trabajo”. No quise contarle. No quería que tuviera miedo. Me metí al baño, me lavé la cara con agua fría. Me miré en el espejo rajado. Tenía los ojos rojos, la nuca hinchada, pero algo más: una calma fría que no había sentido antes. Como si una parte de mí hubiera desaparecido y, en su lugar, hubiera nacido otra cosa.

Me senté en la cama esa noche, con la luz apagada. Afuera, Medellín seguía viva: sirenas lejanas, motos acelerando, risas de borrachos. Pensé en los tres atracadores. En sus caras. En cómo habían humillado a todos sin que nadie hiciera nada. Pensé en la señora con la oreja sangrando, en el pelaíto tapándose los ojos, en mí mismo recibiendo el culatazo y quedándome quieto. Y entonces lo juré. No en voz alta. Solo en mi cabeza, pero con toda la fuerza que tenía.

“Nunca más”. Nunca más una rata iba a subir a un bus y salirse con la suya. Nunca más iban a golpear a la gente honrada y reírse después. Si la policía no hacía nada, si la justicia era ciega y sorda, yo lo haría. Los iba a buscar. Uno por uno. Los iba a encontrar en sus ollas, en sus esquinas, en sus casas. Y les iba a cobrar. Con plomo. Con mis propias manos si era necesario. No sabía cuántos eran. No sabía cuánto tiempo me tomaría. Pero supe, en ese momento exacto, que había empezado algo que no tenía vuelta atrás.

Tres semanas más tarde compré un revólver viejo en el mercado negro de un San Andresito. En trescientos mil pesos. Cargado con seis balas. Lo guardé en la cintura, bajo la camisa. La primera noche salí a caminar. No buscaba a nadie en particular. Solo quería oler la calle de nuevo. Ver si el juramento seguía ahí. Y sí, seguía ahí. Y las ratas, sin saberlo, ya tenían un cazador en la ciudad de “la eterna primavera”.

Esa misma noche no dormí. Me quedé sentado en la cama, con el revólver viejo sobre las rodillas, sintiendo su peso frío como una promesa. Era un 38 corto, con el cañón desgastado y el tambor que giraba con un clic seco. Trescientos mil pesos bien gastados. Lo había comprado en un callejón donde un tipo con un lunar en la ceja me miró de arriba abajo antes de abrir una caja. “¿Para qué lo quieres?”, me preguntó. “Para defenderme”, respondí sin mirarlo a los ojos. Se rió. “Todos dicen lo mismo. Cuidate, parce, que esa cosa te defiende… o te hunde”. 

No le contesté. Pagué, me metí el fierro en la cintura y salí caminando como si nada. Al día siguiente volví al trabajo. Cargué cajas, sudé bajo el sol de mediodía, pero mi cabeza estaba en otra parte. Cada vez que cerraba los ojos veía al de la gorra: la cadena brillando, el culatazo en mi nuca, la risa mientras bajaban del bus. Y veía a la señora con la oreja sangrando. Al pelaíto tapándose los ojos. 

Después del turno fui directo a la glorieta de La 80. El mismo lugar donde habían bajado. Me senté en una banca deteriorada, fingiendo esperar a alguien, pero en realidad observaba. Buses que pasaban, gente que bajaba, vendedores ambulantes gritando “¡Cigarrillos, chicles, minutos!”. Esperé hasta que oscureció. 

Alrededor de las nueve vi movimiento. Dos pelaos jóvenes, uno con gorra hacia atrás, el otro con una chaqueta ancha que le colgaba como si escondiera algo. No eran los mismos del atraco, pero se movían igual: ojos que escaneaban, manos cerca de la cintura, pasos rápidos pero no apresurados. Se pararon cerca de la parada de buses, mirando a los que bajaban. Uno de ellos señaló a un hombre de traje que hablaba por celular, distraído.

Ahí supe que eran ratas. Me levanté despacio. Caminé hacia el lado opuesto, crucé la calle por el semáforo peatonal, di la vuelta por una callecita lateral. Los seguí a distancia. Entraron a un barrio de casas bajas, paredes pintadas de grafitis, cables colgando como telarañas. Olía a jabón de lavar y a marihuana. Los perdí de vista un momento, pero luego oí risas. Estaban en un callejón, contando billetes bajo la luz de un poste. 

Me acerqué por la sombra. El corazón me latía fuerte, pero no era miedo. Era otra cosa: calma fría, como si alguien más controlara mi cuerpo. Uno de ellos me vio primero. “¿Qué mirás, gonorrea?”. Saqué el revólver. Lo apunté directo a la cara del de la gorra. “Tranquilo, parce…”, empezó a decir el otro, levantando las manos .No hablé. Solo apreté el gatillo. El disparo retumbó como un trueno en el callejón estrecho. La cabeza del de la gorra se fue hacia atrás, sangre salpicando la pared. Cayó como trapo. El otro intentó correr, pero le disparé en la pierna. Gritó y se arrastró. Me acerqué. Me miró con ojos grandes, suplicando.“Por favor… no fui yo… no hice nada…”. Le puse el cañón en la frente. “Ratas como ustedes no hacen nada. Solo joden a la gente honrada”. Segundo disparo. Silencio. Me quedé ahí un segundo, respirando el olor a pólvora y sangre. Miré alrededor: nadie había salido. 

Las casas seguían cerradas, las luces apagadas. La ciudad sabía callar cuando convenía. Me limpié las manos en la camisa del muerto, guardé el revólver y caminé tranquilo hasta la avenida principal. Tomé un bus de regreso. Me senté al fondo, igual que la noche anterior. Nadie me miró raro. Nadie olía la muerte en mí.

Llegué a la casa. Mi vieja ya dormía. Me lavé la cara en el baño, miré el espejo. Los ojos eran los mismos, pero algo había cambiado. Una línea más dura en la mandíbula. Una sombra que no se iba con agua. Me acosté. No soñé con el bus. Soñé con ratas. Muchas. Corriendo por las calles, subiendo a buses, robando, riendo. Y yo las cazaba una por una. Con cada disparo, la pila disminuía. Pero nunca se acababa del todo.

Al día siguiente compré más balas. Seis más. Y empecé a llevar una libretica pequeña. En la primera página escribí con lapicero negro:1 y 2 – glorieta La 80 – callejón. Taché los números con una línea limpia. No era arrepentimiento. Era cuenta. Sabía que vendrían más. Y yo estaría listo.

Pasaron tres semanas desde aquella noche en el callejón de La 80. Tres semanas en las que anoté el número siete en la libretica. Siete ratas menos. Algunas fueron fáciles: un pelao que atracaba en la estación del metro, lo esperé en el puente peatonal y le metí dos tiros cuando bajó las escaleras. Otra fue una pareja que robaba motos en el centro; los seguí hasta un taller en Belén, los cogí descargando una Yamaha robada y los dejé tirados junto a la moto, con las llaves todavía puestas. 

La gente empezó a hablar bajito: “Hay un man que está limpiando las calles”, “Dicen que es un fantasma”, “Bendito sea quien sea”. Yo no me sentía fantasma. Me sentía vivo. Por primera vez en años, cada mañana me levantaba con un propósito que no era solo sobrevivir al día. Pero las balas se acababan rápido. El revólver viejo ya tenía el tambor flojo, y las seis balas que compré al principio se fueron en dos noches malas.

Necesitaba más. Y fierros mejores. Algo que no fallara en el momento clave. Fue entonces cuando conocí a El Tuerco. Lo encontré en una cantina vieja de La Candelaria, de esas que abren desde las diez de la mañana y cierran cuando el último borracho se cae de la silla. El lugar olía a aguardiente barato, empanada frita y humo de marihuana. Yo entré buscando un contacto que me habían mencionado en el mercado negro: “Pregunta por el Tuerco, él tiene lo que necesitas”.

Estaba en una mesa del fondo, solo, con una botella de Águila a medio terminar y un cigarrillo colgando de los labios. Era un hombre de unos cincuenta y pico, pelo canoso corto y de piel morena. Ojos que parecían haber visto demasiadas cosas y ya no se sorprendían de nada. Me senté frente a él sin pedir permiso. “Me dijeron que vos vendés fierros limpios”. Me miró de arriba abajo, dio una calada larga al cigarrillo y soltó el humo despacio.

“Depende. ¿Para qué los querés?”. “Para limpiar”. Sonrió de lado, mostrando un diente de oro. “Muchos dicen lo mismo. La mayoría termina limpiando su propia tumba”. Saqué la libretica del bolsillo, la abrí en la página donde llevaba la cuenta: nueve números ya. Se la puse enfrente. No dijo nada al principio. Solo contó con la mirada. “Nueve… y subiendo. Sos el que anda matando pelaos en los buses y las esquinas, ¿verdad?”.


No contesté. Solo lo miré fijo. El Tuerco se rió bajito, como si le diera gracia el mundo entero. “Me caes bien, parce. La mayoría llega pidiendo revólver para defenderse de un enemigo. Vos llegás pidiendo para cazar. Eso es diferente”. Se levantó, me hizo seña de que lo siguiera. Salimos por una puerta trasera que daba a un patio lleno de chatarra y perros flacos. 


Abrió un candado oxidado en una bodeguita de bloques. Adentro: cajas de madera apiladas, olor a aceite de armas y pólvora. Sacó una pistola 9 mm, negra, con cachas de goma. Nueva, sin serial. “Esta no falla. Diez tiros. Liviana, discreta. Quinientos mil”. Luego un revólver .357 Magnum, pesado, con cañón largo. “Esta te abre el pecho como si fuera papel. Ochocientos mil”. Y una mini-Uzi, pequeña, con cargador de treinta. “Para cuando sean varios. Un millón doscientos”. 


No tenía todo el dinero. Le di lo que llevaba: quinientos mil en billetes nuevos. Me dio la 9 mm y un cargador extra. “El resto me lo pagás trabajando. O con favores. No me gusta deber gente”. “¿Qué favores?”. “Por ahora, nada. Pero cuando te necesite, sabrás. Y no preguntes de dónde vienen las armas. Mientras más sepas, más rápido te entierran”.


Acepté. Guardé la pistola en la cintura, bajo la camisa. Se sentía diferente: fría, precisa, como una extensión de mi brazo. Antes de irme, El Tuerco me puso una mano en el hombro. “Escuchame bien, cazador. Esto no es un juego. Las ratas se multiplican más rápido de lo que vos las matás. Y tarde o temprano, una de ellas te va a morder. O peor: te va a delatar. Cuando eso pase, acordate de mí. Yo no hablo. Pero tampoco salvo a nadie”.


Asentí. Salí de la bodeguita con el fierro nuevo y una sensación extraña en el pecho: no era miedo, era hambre. Hambre de seguir. Esa misma noche probé la 9 mm en un potrero vacío detrás de Manrique. Apunté a una botella de vidrio a veinte metros. El primer tiro la hizo estallar en mil pedazos. El retroceso fue suave, controlado. Sonreí por primera vez en mucho tiempo.


Otro día después escribí el número 10 en la libretica. Un pelao que asaltaba taxistas en la Avenida Oriental. Lo esperé en una esquina oscura, le disparé una sola vez en el centro del pecho cuando intentó sacar su cuchillo. Cayó sin gritar. Mientras limpiaba la sangre de mis manos en un caño público, pensé en las palabras de El Tuerco. Las ratas se multiplican más rápido. Tenía razón. Pero yo también me estaba multiplicando. Cada muerte me hacía más rápido, más frío, más preciso. La fiebre había empezado de verdad. Y ya no había forma de bajarla.


No pasó mucho tiempo antes de que El Tuerco se convirtiera en algo más que un proveedor. Al principio era solo negocios: yo llegaba a la cantina con dinero sucio de sangre, él me daba fierros envueltos en periódicos viejos, y nos despedíamos con un apretón de manos. Pero con el tiempo, las conversaciones se alargaron. Un trago extra, una historia compartida bajo la luz tenue de la bombilla colgante. Empecé a entender que El Tuerco no era solo un vendedor. Era un sobreviviente, como yo, pero con cicatrices que venían de guerras más grandes.


Su verdadero nombre era Álvaro Ruiz, pero nadie lo usaba. "El Tuerco" le decían por el acento que había agarrado en un viaje a Estambul en los ochenta, cuando huía de algo que nunca contaba del todo. Tenía cincuenta y siete años cuando lo conocí, pero parecía de setenta: la piel curtida como cuero viejo, ojos hundidos que miraban lejos, como si siempre estuviera viendo fantasmas. La cicatriz en la mejilla era de un cuchillo en una pelea en los noventa, durante la época de Escobar. "Un recuerdo de cuando la ciudad era un matadero", decía, tocándosela con el dedo índice como si fuera una medalla.


El Tuerco había sido muchas cosas antes de vender armas en bodegas ocultas. Nació en un barrio pobre de Aranjuez, hijo de un zapatero que murió joven de diabetes. A los dieciséis se unió al ejército, sirvió en el Magdalena Medio durante la guerrilla de los setenta. "Allá aprendí a matar sin preguntar", me contó una noche, después de la tercera cerveza. "Nos mandaban a patrullas nocturnas, y si veías movimiento en la selva, disparabas primero. A veces eran guerrilleros, a veces campesinos perdidos. Al final, da lo mismo. El plomo no distingue".


Desertó después de cinco años, cuando vio a su sargento ejecutar a un prisionero a sangre fría. "No era justicia, era venganza. Y la venganza te come por dentro". Volvió a Medellín en los ochenta, justo cuando el Cartel explotaba. Empezó trabajando como chofer para un capo menor, transportando paquetes que no preguntaba qué contenían. "Dinero fácil", decía encogiéndose de hombros. "Pero el dinero fácil trae muerte fácil". Sobrevivió a dos atentados: uno en una bomba carro en El Poblado, otro en un tiroteo en una finca en Envigado. En el segundo perdió a su hermano menor, que era su copiloto. "Lo mataron por error. Pensaron que era yo".


Después de eso, El Tuerco se apartó del narco grande. Se metió en el mercado negro: vendía de todo, desde cigarrillos contrabandeados hasta fierros robados de la policía o el ejército. Tenía contactos en todas partes: un primo en la Cuarta Brigada, un amigo en la aduana de Buenaventura, hasta un proveedor en Panamá que le mandaba contenedores disfrazados de repuestos para motos. "No soy un santo", me dijo una vez. "Pero tampoco soy una rata. No robo a la gente honrada. Solo vendo a quien sabe usarlo".


Lo que lo unió a mí fue la idea de la limpieza. Al principio pensaba que yo era solo un loco con sed de venganza personal. Pero cuando le conté lo del bus, el culatazo en la nuca, la promesa que me hice esa noche, algo cambió en sus ojos. "Yo también perdí a alguien por ratas como esas", confesó una madrugada, cuando la cantina ya estaba vacía. Su hija, de diecisiete años, había sido atracada y violada en un bus nocturno en los noventa. Murió semanas después, de una infección que nadie quiso tratar porque era pobre. "La policía no hizo nada. Dijeron que era 'un caso más'. Yo busqué a los culpables, pero era tarde. Se los había llevado el Cartel por otra deuda". Desde entonces, El Tuerco odiaba a los ladrones tanto como yo. "Son parásitos. Chupan la sangre de la ciudad hasta que no queda nada".


Por eso me ayudaba. No solo por el dinero. Me daba descuentos en las armas buenas, me avisaba de movimientos de bandas en los barrios. "Hay un grupo nuevo en Manrique, robando en la ruta del Norte. Cinco pelaos, armados con recortadas". Yo iba, cazaba, y volvía por más munición. Una vez me prestó la mini-Uzi sin cobrar extra. "Pruébala. Si te salva la vida, me pagas con una cerveza".


Pero El Tuerco tenía sus reglas. Nunca mataba él mismo. "Ya maté suficiente en la selva. Ahora solo proveo". Y me advertía siempre: "No te confíes, Jairo. Las ratas aprenden. Empiezan a oler al cazador". Tenía razón. Con el tiempo, empecé a notar sombras siguiéndome, murmullos en las esquinas. Pero la fiebre era más fuerte.


Una noche, después de tachar el número 50 en la libretica —un ladrón que asaltaba ancianas en el mercado de La América—, El Tuerco me invitó a su casa por primera vez. Un apartamentico modesto en La Candelaria, con fotos amarillentas en las paredes: su hija sonriendo, su hermano en uniforme, él joven en el ejército. 


Me sirvió un café negro y me miró serio. "¿Cuánto más vas a seguir? ¿Hasta que te cojan?". "Hasta que no queden ratas", le respondí. Él se rió y agregó: "Las ratas nunca se acaban. Se reproducen en la miseria. Mientras haya pobreza, habrá ladrones. Y ojalá que también hayan más cazadores como vos. Pero al final, el cazador se convierte en presa".


No le creí entonces. Pensé que era viejo, cansado. Pero sus palabras se quedaron clavadas. El Tuerco no era solo un amigo. Era el espejo de lo que yo podía llegar a ser: un hombre hijo de la violencia, viviendo de sombras, proveyendo muerte sin tocarla directamente. Me ayudó porque veía en mí al joven que él había sido. Y yo lo necesitaba porque sin sus armas, la caza se acababa. Pero tarde o temprano, supe que la deuda se cobraría. No con dinero. Con algo peor. Y esa noche llegó más pronto de lo que imaginaba.


La fiebre no bajaba. Al contrario: cada tachón en la libretica era como una inyección más de adrenalina. Llegué a los 120 en menos de un año. El Tuerco ya no me cobraba el precio completo por las armas; me las dejaba casi a costo, como si estuviera invirtiendo en una causa que él mismo no podía pelear. “Seguí limpiando, Jairo. Mientras vos estés afuera, yo duermo más tranquilo”, me decía con esa media sonrisa que nunca llegaba a los ojos. Pero las advertencias se volvieron más frecuentes. Una noche, después de entregarme un cargador nuevo para la 9 mm, me agarró del brazo antes de que saliera de la bodeguita y me avisó:


“Escuchame bien esta vez. Hay un pelao nuevo en el negocio. Se hace llamar El Chivo. Es de los que antes trabajaban para la Oficina de Envigado, pero ahora anda solo, armando su propio grupo. Dicen que está comprando fierros en el mismo mercado que yo. Y está preguntando por un ‘cazador de ratas’ que anda matando pelaos de a montón. No es casualidad, parce. Te están oliendo”. Yo me reí. Era una risa seca, sin gracia. “Que pregunte. Mientras no me encuentre, no hay problema”.


El Tuerco negó con la cabeza y le volvió a advertir: “Te van a encontrar. Y cuando lo hagan, no van a venir solos. Van a venir con plomo y con rabia. Porque vos no estás matando solo ladrones de buses. Estás matando a los suyos. Y la lealtad entre ratas es más fuerte de lo que pensas”.  Me fui sin contestar. Pero sus palabras se me quedaron dando vueltas. Esa misma semana empecé a notar cosas raras. Una moto que me seguía a distancia en la Avenida Oriental. Un pelao que se paraba demasiado tiempo en la esquina de mi casa. Una llamada anónima al celular que compré solo para emergencias: silencio al otro lado, y luego un clic. Nada más. Pero suficiente para que el instinto se pusiera otra vez en alerta.

Decidí bajar el ritmo. No cazar por unos días. Me quedé en la casa, ayudando a mi vieja con las compras, fingiendo que era un hombre normal. Pero la fiebre no se iba. Por las noches me despertaba sudando, con el revólver en la mano, apuntando a sombras que no estaban ahí. Una madrugada, cerca de las tres, sonó el teléfono fijo. Mi vieja contestó, adormilada. “¿Aló? … Sí, aquí vive… ¿Quién dice? … Espere, le paso”. Me lo pasó con cara de preocupación. “Dice que es urgente. Un tal Tuerco”.


Tomé el auricular y escuché: “Jairo, sal ya de tu casa. Ahora. No preguntes. Llevate lo que puedas y andate al norte, a la finca de mi primo en Rionegro. Te espero allá al amanecer. No uses buses ni taxis. Camina o robate una moto. Te están buscando”. “¿Quién?”, le pregunté. “El Chivo y tres más. Acaban de matar a un contacto mío en San Andrés porque no les dijo dónde comprabas fierros. Saben que soy yo. Y saben que vos sos el cazador. Tienen tu dirección. Sal ya”.


Colgó. Me moví como en automático. Metí la 9 mm, la mini-Uzi, tres cargadores, la libretica y algo de plata en una mochila. Besé a mi vieja en la frente. “Mamá, tengo que irme unos días. No abras la puerta a nadie que no conozcas. Si vienen preguntando por mí, diles que me fui para el campo y no sabes cuándo vuelvo”. Lloró bajito, pero no preguntó nada. Sabía que no había vuelta atrás.


Salí por la puerta trasera, por el patio que daba a un callejón angosto. Caminé rápido, pegado a las paredes, evitando las luces de los postes. Llegué a la avenida principal y robé una moto que alguien había dejado mal parqueada, con las llaves puestas (la ciudad tiene sus ironías). Aceleré hacia el norte, sin mirar atrás. Llegué a la finca de Rionegro al amanecer. Era una casa sencilla de ladrillo visto, rodeada de cafetales. El Tuerco me esperaba en el porche, fumando un cigarrillo, con una escopeta recortada apoyada en la pared. Entré. Me sirvió café negro en una taza descascarada. “Te dije que las ratas aprenden”, comentó. “¿Qué hacemos ahora?”, le averigué. Se quedó callado un rato, mirando el horizonte donde el sol que empezaba a salir sobre las montañas. “Tú sigues cazando. Pero ahora con cuidado. Yo te voy a dar lo que necesites: fierros, información, un lugar donde esconderte cuando las cosas se pongan feas. Pero hay una condición” .“¿Cuál?”, pregunté. “Cuando termine esto —y va a terminar, Jairo, porque nada dura para siempre—, vas a desaparecer. No vuelvas a Medellín. No busques más ratas. Vive tranquilo en algún pueblo donde nadie te conozca. Porque si sigues, tarde o temprano te van a matar. O peor: te van a coger vivo y te van a hacer pagar por cada tachón”.


Lo miré fijo. “¿Y vos?”, le indagué y me contestó rápido: “Yo ya estoy viejo. Mi deuda con la vida ya está pagada. Vos todavía tienes tiempo de salir”. No contesté. Tomé el café en silencio. Esa mañana, en esa finca perdida entre cafetales, entendí que El Tuerco no era solo mi proveedor. Era el último hilo que me ataba a algo humano. El único que me recordaba que debajo del cazador todavía quedaba un hombre. Pero la fiebre seguía ahí. Y el Chivo seguía buscando. La guerra no había terminado. Solo había cambiado de escenario.


La finca en Rionegro se convirtió en mi refugio temporal, pero no en mi hogar. Dormía poco. Me despertaba cada hora, con la 9 mm en la mano, escuchando el viento entre los cafetales como si fueran pasos en la grava. El Tuerco iba y venía: traía comida, munición, noticias del bajo mundo que llegaban por su red de contactos. “El Chivo está ofreciendo plata por tu cabeza”, me dijo una tarde mientras fumábamos en el porche. “Diez millones. Vivo o muerto. Pero prefiere vivo. Quiere hacer un espectáculo”. “¿Por qué tanto odio?”, le dije. “Porque mataste a su hermano menor hace cuatro meses. El pelao de la gorra en el callejón de La 80. Era su sangre. Desde entonces te busca como loco. Ha perdido hombres, clientes, respeto. Vos le estás costando caro”. Miré el horizonte. El sol se ponía rojo sobre las montañas, como sangre derramada.


“Entonces que venga”, dije. El Tuerco me miró como si viera a un muerto hablando. “No seas pendejo, Jairo. Él no viene solo. Viene con cuatro o cinco. Armados hasta los dientes. Y sabe dónde estás. Alguien habló. No fui yo, pero alguien habló”. Esa noche no dormí. Me quedé en el techo de la casa, con la mini-Uzi al lado y binoculares viejos que El Tuerco había traído del ejército. Esperé. La madrugada era fría, el silencio pesado solo agrietado por grillos y algún perro lejano. 


A las cuatro y media los vi llegar. Dos motos primero, luces apagadas, bajando despacio por el camino de tierra. Detrás, una camioneta negra sin placas. Se detuvieron a cien metros de la casa. Bajaron seis hombres. Reconocí al que iba adelante por las fotos que El Tuerco me había mostrado: El Chivo. Alto, flaco, tatuajes subiendo por el cuello hasta la mandíbula, una gorra de béisbol negra. Llevaba un fusil AR-15 colgado al hombro. 


Se desplegaron. Dos se quedaron con las motos, vigilando el camino. Los otros cuatro avanzaron hacia la casa, agachados, con linternas apagadas pero listas. El Tuerco estaba abajo, en la sala, con su escopeta recortada. No hablamos. Solo nos miramos una vez y asentimos. Cuando llegaron a treinta metros, abrí fuego desde el techo. La mini-Uzi escupió ráfagas cortas, controladas. El primero cayó con tres impactos en el pecho. El segundo intentó devolver el fuego, pero le di en la pierna y luego en la cabeza. Gritos. Confusión. El Chivo se tiró al suelo, gritando órdenes.  


“¡Rodeen la casa, gonorreas! ¡No lo dejen escapar!”. Bajé por la escalera interior, rápido. El Tuerco ya había salido por la puerta trasera. Nos encontramos en el patio lateral. “Tomá la izquierda, yo la derecha”, me habló bajo. “No dejes que se acerquen a la camioneta. Si escapan, nos persiguen hasta Bogotá”. Asentí. Salí por el lado izquierdo, pegado a la pared. Dos venían por ahí. Uno con pistola, el otro con una escopeta. Los dejé acercarse. A diez metros, salí de la sombra y disparé la 9 mm: dos tiros al primero, uno al segundo. Cayeron sin tiempo de gritar.


Del otro lado oí la escopeta de El Tuerco retumbar dos veces. Un grito ahogado. Quedaban tres: El Chivo y dos más. Se reagruparon cerca de la camioneta. El Chivo gritaba por celular, pidiendo refuerzos. No los iba a esperar. Corrí hacia el cafetal, usando las plantas como cobertura. Me acerqué por el flanco. Uno de los guardaespaldas me vio venir. Disparó una ráfaga con su subametralladora. Las balas pasaron silbando sobre mi cabeza, cortando hojas de café. Me tiré al suelo, rodé, apunté y le di en el cuello. Cayó gorgoteando. El segundo se giró hacia mí. Le disparé tres veces en el torso. Silencio. Solo quedaba El Chivo.


Estaba solo ahora, junto a la camioneta, con el AR-15 apuntando hacia la oscuridad. Respiraba agitado. La gorra se le había caído; el pelo sudado pegado a la frente. “¡Sal, hijo de puta!”, gritó. “¡Sal para que te vea la cara antes de matarte!”. Salí de entre los cafetales, con la 9 mm baja pero lista. Nos miramos a quince metros. “Vos mataste a mi hermano”, dijo, voz temblorosa de rabia. “Tu hermano era una rata. Golpeó a gente honrada en un bus. Igual que tú”. “¡Cállate! Vos no sos juez. Sos un asesino igual que nosotros”.


Sonreí por primera vez en meses. “Tal vez. Pero yo no robo a madres ni a niños. Yo solo mato ratas”. 


Levantó el fusil, pero yo disparé primero. Una bala en el hombro. El AR-15 cayó. Otro tiro en la pierna. Cayó de rodillas. Se agarró el hombro, sangre chorreando entre los dedos. Me acerqué despacio. Me miró con odio puro. “Matame de una vez, marica”. Saqué la libretica del bolsillo. La abrí en la página actual. Taché el número 187 con una línea limpia. “No hoy”, dije. “Hoy vives. Para que le cuentes a los demás lo que pasa cuando suben a un bus y humillan a la gente. Deciles que el cazador sigue vivo. Y que no para”.


Le di una patada suave en la cara, lo suficiente para aturdirlo. Le quité el celular, el dinero, las llaves de la camioneta. Lo dejé ahí, sangrando en la tierra. El Tuerco salió de la casa, cojeando un poco. Tenía un corte en el brazo, pero estaba vivo.“ ¿Lo mataste?”. “No. Lo dejé vivo. Que sea el mensaje”. Miró el cuerpo de El Chivo retorciéndose en el suelo. “Te va a costar caro, Jairo. Esto no termina aquí”. “Lo sé”. Subimos a la camioneta. Arrancamos hacia el norte, dejando la finca atrás, los cuerpos en el cafetal, la noche cerrándose de nuevo. Por entre el retrovisor vi el amanecer que empezaba a pintar el cielo. Y la fiebre seguía ardiendo. Pero ahora sabía que no era invencible. Y que la cuenta seguía subiendo.


Los meses siguientes fueron un borrón de carreteras secundarias, moteles baratos y noches sin dormir. Después de dejar a El Chivo vivo en el cafetal de Rionegro, la ciudad entera pareció despertar contra mí. No solo las ratas: también la policía, los periódicos, hasta las redes sociales. Aparecí en titulares como “El Justiciero de Medellín” primero, luego como “El Asesino en Serie de los Ladrones”. Algunos me llamaban héroe en comentarios anónimos; otros pedían mi cabeza con la misma rabia que yo había usado para cazar. Me moví de forma muy constante. Por Antioquia, Caldas, Risaralda. A veces volvía a Medellín por una noche y cazaba rápido, luego desaparecía antes del amanecer. 


El Tuerco me mantenía abastecido a distancia: dejaba paquetes en puntos ciegos —un basurero en Itagüí, un parque en Bello, una finca abandonada en La Ceja—. Dentro siempre había lo mismo: munición, un celular nuevo, algo de plata y una nota corta escrita a mano: “Cuidado. Subeb el precio por tu cabeza. 20 millones ahora”. En la libretica ya no cabía un número más. Tuve que comprar otra más grande, de esas de contabilidad, con páginas cuadriculadas. Cada tachón era una línea negra precisa. Al llegar a 400 empecé a sentir que el número ya no era solo una cuenta: era una carga. Cada número que tachaba me pesaba más en el pecho. No era culpa —todavía no—. Era cansancio. El cuerpo empezaba a fallar: la nuca del atraco original nunca se curó del todo, me dolía cuando llovía; las manos temblaban un poco después de disparar muchas veces seguidas; el sueño se volvía fragmentado, lleno de caras que regresaban a mirarme desde la oscuridad.


Una noche en Manizales, en un motel de carretera, conté en voz alta por primera vez. “Cuatrocientas treinta y dos”. Me quedé mirando la libretica abierta sobre la cama. Los números subían como una escalera que no veía el final. Pensé en parar. En tirar el fierro por un puente, quemar la libretica y subirme a un bus hacia el sur, quizás hasta Ecuador o Perú. Vivir anónimo, trabajar en algo simple: cargar sacos, vender frutas, lo que fuera. Pero entonces cerraba los ojos y volvía el recuerdo del bus: el culatazo, la señora llorando, el pelaíto tapándose los ojos. Y la fiebre volvía a encenderse, como si alguien hubiera prendido un fósforo dentro de mí.


Seguí y llegué a 600 en una racha brutal de 25 meses. Fue en el Valle de Aburrá y el Oriente antioqueño. Grupos enteros de atracadores de buses, de ladrones de cajeros, de pelaos que asaltaban en semáforos. Los cazaba de noche, a veces solo, a veces con la mini-Uzi cuando eran más de tres. Dejé de decirles algo antes del último tiro. Ya no había palabras. Solo el sonido del gatillo y el silencio después. El Tuerco me encontró una vez en persona, en un cafetal cerca de El Retiro. Llegó en una moto vieja, con casco integral para que nadie lo reconociera. Bajó, se quitó el casco y me miró como si viera a un fantasma.


“Estás flaco, Jairo. Parecés un muerto caminando”. “Estoy bien”, le respondí. “No estás bien. Estás quemándote vivo. Ya pasaste las seiscientas. ¿Cuánto más? ¿Setecientas? ¿Ochocientas? ¿Y después qué? ¿Mil? La ciudad no se limpia con balas. Solo se mancha más”. “Entonces ¿qué hago? ¿Me entrego?”. Se quedó callado un rato y mirando las matas de café. “Entregate no. Pero parate. Desaparecé de verdad. Yo te consigo un pasaporte falso, plata para empezar en otro lado. Chile, Argentina, donde quieras. Allá no hay ratas como las de acá. O al menos no las mismas”.


Lo miré fijo y le comuniqué: “¿Y si no quiero parar?”. “Entonces vas a morir. O te van a coger. Y cuando te cojan, no van a ser solo 40 años. Van a ser cadena perpetua disfrazada. Y adentro, las ratas que dejaste vivas van a hacer fila para cobrarte”. No contesté. Él suspiró, sacó un sobre del bolsillo de la chaqueta y me lo dio. “Acá hay 15 millones. No preguntes de dónde. Úsalos para desaparecer. O úsalos para seguir. Vos decides. Pero si sigues, no me busques más. No quiero verte morir”.


Se puso el casco, encendió la moto y se fue sin mirar atrás. Me quedé solo en el cafetal, con el sobre en la mano y la libretica en el bolsillo. Abrí el sobre: billetes nuevos, bien contados. Podía irme. Podía parar. Pero esa misma noche salí a cazar de nuevo. Taché el número 601 en una esquina de Envigado. Un pelao que acababa de atracar a una pareja en un carro detenido en un semáforo. Lo seguí dos cuadras, lo esperé en un callejón, le disparé una vez en la nuca. Al volver al motel, escribí en la página siguiente: 601 – Envigado – semáforo Las Vegas. Y debajo, por primera vez, agregué una nota pequeña, casi ilegible: ¿Cuántas más? La fiebre seguía ardiendo. Pero ahora sentía que empezaba a consumirme desde adentro.



El número 792 llegó en una noche de diciembre, en una esquina de Itagüí. Era un pelao de unos diecinueve años, flaco, con una gorra Nike y una pistola barata que le temblaba en la mano. Acababa de atracar a una pareja que salía de un supermercado: les quitó las bolsas, el celular, la cartera de la mujer. La mujer lloraba bajito mientras el hombre intentaba calmarla. Yo los vi desde la acera opuesta, esperando el semáforo peatonal. Después lo seguí a pie tres cuadras. Entró a un barrio de casas apretadas, calles sin pavimentar. Lo alcancé en un callejón sin salida. Cuando se giró y me vio, ya tenía la 9 mm apuntándole al pecho. 


“Rata”, le dije, casi sin voz. Intentó sacar su pistola. Le disparé dos veces: una en el hombro, otra en el centro del torso. Cayó de espaldas, la gorra rodando por el suelo. Me acerqué, le quité el arma de la mano floja y la tiré a un caño. Taché el 792 en la libretica con mano firme. Guardé todo y salí caminando normal, como si volviera de comprar pan. Pero cometí el error esa misma noche. En vez de irme directo al motel donde tenía la mochila, pasé por una droguería abierta 24 horas en la Avenida Las Vegas. Necesitaba ibuprofeno: la nuca me dolía como si me hubieran clavado un clavo oxidado. Entré con la capucha puesta, pagué en efectivo, no miré a la cámara de seguridad del techo. O eso creí.


Al salir, un taxi que pasaba me reconoció. No a mí como persona, sino como “el tipo que anda matando pelaos”. El taxista era un hombre mayor, de esos que escuchan radio todo el día. Había oído en las noticias locales que la policía buscaba a un hombre de complexión media, barba de varios días, que siempre usaba capucha oscura. Me vio salir de la droguería, capucha puesta, mochila al hombro, caminando rápido pero no corriendo. Algo en mi postura le hizo clic. 


No me siguió. Se fue directo a una estación de policía cercana y declaró: “Acabo de ver al cazador de ratas saliendo de la droguería Las Vegas, en Itagüí. Capucha negra, mochila gris, cojea un poco de la pierna derecha”. No tenía pruebas, pero la descripción encajaba con las que habían recogido de sobrevivientes, testigos indirectos y el Chivo (que había sobrevivido y hablaba desde su cama de hospital). A la mañana siguiente, la policía revisó las cámaras de la droguería. La imagen era borrosa, pero suficiente: el momento en que pagaba, la forma en que movía la cabeza para evitar la luz, el tatuaje pequeño en la muñeca izquierda que se veía cuando extendí la mano con los billetes. Era un tatuaje que me había hecho en el 2008: una cruz simple, nada llamativo. Pero en las fotos de archivo de viejos atracos menores (nada grave, solo hurtos de juventud), aparecía el mismo tatuaje. 

Cruzaron datos. Aparecí en el sistema como Jairo Andrés Ramírez, 48 años, sin antecedentes graves hasta entonces. Pero ahora tenía nombre, cara y un patrón. La orden de captura salió esa misma tarde. No me detuvieron de inmediato. Me volví más fantasma que nunca: cambié de ciudad cada dos días, usé buses intermunicipales, dormí en casas de gente que me debía favores o en moteles pagados en efectivo. La fiebre no se apagaba. Continué cazando, aunque más lento, más cuidadoso.

Después vino el 793 en Bello, en un parque. El 794 en Caldas, atracando un bus pequeño. El 795 en La Estrella, en una esquina de semáforo.  Y así hasta llegar al 799. El último fue en Envigado, en un bus de la ruta circular. Subí como pasajero normal, esperé a que el ladrón empezara su show —un solo pelao con cuchillo—, y cuando exigió “todo al piso”, saqué la 9 mm desde el asiento trasero y le disparé una vez en la sien. El bus se detuvo en pánico. Bajé corriendo, me perdí en las calles empedradas del barrio. Nadie me siguió. Nadie gritó mi nombre. Esa noche, en un motel de la vía al aeropuerto, taché el 799. Miré la página: casi ochocientas. Faltaba una para redondear, pero no la busqué. Me senté en la cama, con la libretica abierta, y por primera vez en años sentí un vacío en vez de fuego. No era arrepentimiento. Era agotamiento puro. El cuerpo pesaba como plomo, la vista se nublaba a ratos, las manos temblaban al sostener el fierro. 

Al día siguiente intenté moverme hacia el sur, hacia Manizales otra vez. Pero la policía ya tenía mi rastro. Un informante en el bajo mundo —alguien que El Tuerco no pudo silenciar— les dio la ubicación aproximada. Me siguieron durante semanas, sin apresurarse. Sabían que estaba desgastado, que tarde o temprano cometería otro error. Y lo cometí. Cuatro meses después del 799 —abril del año siguiente—, en una finca abandonada cerca de Santa Bárbara, me encontraron durmiendo. Entraron al amanecer, con luces y perros. No disparé. No tenía fuerzas. Me puse de rodillas con las manos en la nuca. Me esposaron sin resistencia. Encontraron la libretica en mi mochila: 799 tachones, nombres, fechas, lugares. Todo escrito con mi letra. 

En la furgoneta rumbo a la cárcel, miré por la ventana enrejada. Medellín amanecía allá abajo, igual que siempre: buses llenos, gente trabajando, ratas saliendo de sus huecos. No dije nada durante el traslado. Solo pensé en una cosa: Casi ochocientas. Y la ciudad seguía igual.

La audiencia final fue en un tribunal de Medellín, uno de esos edificios grises con aire acondicionado que huele a papel viejo y a justicia a medias. Me senté en el banquillo con las manos esposadas delante, mirando al juez como si él fuera el que tenía que explicarse. La fiscalía había presentado sus pruebas consistentes en tan solo quince homicidios comprobados con testigos, balísticas, cámaras de seguridad borrosas. Quince. Como si las otras setecientas ochenta y cuatro no existieran. Mi libretica estaba ahí, sobre la mesa del fiscal, pero la calificaron como una “evidencia circunstancial”, “fantasías de un psicópata”. No la creyeron. O no quisieron creerla.

El juez era un hombre de unos cincuenta, con gafas redondas y cara de profesor cansado. Leyó la sentencia con voz monótona, como si estuviera recitando el clima. “Jairo Andrés Ramírez, por los quince homicidios agravados comprobados, se le condena a cuarenta y cuatro años de prisión. Sin beneficios de rebaja por su falta de arrepentimiento y por el peligro que representa para la sociedad”. 

Levantó a la vista  unos papeles y me miró fijo, como si quisiera clavarme las palabras. “Usted es un asesino descarado, señor Ramírez. Alardea de haber matado a casi ochocientas ‘ratas’, como las llama, pero la justicia no se basa en alardes ni en venganzas personales. Se basa en pruebas. Y usted, con su libreta de cuentos, no es más que un criminal común que se cree justiciero. Que Dios lo perdone, porque la ley no lo hará”. Golpeó el mazo. Fin. Me llevaron de vuelta a La Ladera, donde el eco del mazo se perdió entre los barrotes.

Cuarenta y cuatro años por quince. Como si las demás no contaran. Como si las ratas que limpié no hubieran existido. Me reí solo en la celda esa noche. Risa amarga, de las que duelen en el pecho. ¿Asesino descarado? Tal vez. Pero si alardear era decir la verdad, entonces sí. Alardeaba porque era cierto. Casi ochocientas. Y si me hubieran dejado seguir, habrían sido mil.

Un año después, en el patio de visitas, llegó el periodista. Se llamaba Mauricio, de un canal local que hacía documentales sobre “monstruos de la sociedad”. Me pidió una entrevista para un especial sobre vigilantes urbanos. Acepté. ¿Por qué no? Adentro, el tiempo sobra. Me sentaron en una sala con cámara, micrófono y un guardia al lado. Mauricio era joven, con barba cuidada y ojos curiosos. Empezó con preguntas suaves: mi infancia, el trabajo en el almacén, el bus aquel. Luego fue al grano.“¿Cuántos mató realmente, Jairo? La justicia dice quince. Usted dice casi ochocientas. ¿Pruebas?”. Lo miré a través de la cámara, como si le hablara a la ciudad entera. “Casi ochocientas. Setecientas noventa y nueve, para ser exacto. Las conté una por una en mi libretica. Cómo: con revólveres, pistolas 9 mm, mini-Uzis que me conseguía un amigo. Las seguía de noche, las esperaba en callejones, en parques, en buses. Les disparaba en el pecho, en la cabeza, donde doliera y acabara rápido. No las torturaba. Solo limpiaba. Por qué: porque eran ratas. Atracaban buses, robaban a madres con niños, golpeaban a viejos por un celular. Yo empecé después de que me atracaran en un bus, me juré que no pasaría más. Y cumplí”.

Hizo una pausa, anotando. “¿Y el juez? ¿Qué piensa de que lo condenaran por solo quince?”. Ahí me encendí. La contrariedad que había guardado un año salió como río desbordado. “Ese juez es un ciego. O un cobarde. Me llama asesino descarado por alardear de ochocientas, pero no cree que sean ciertas porque no hay cuerpos para cada una. ¿Sabe por qué no hay cuerpos para todas? Porque limpiaba bien. Porque la ciudad se tragaba los muertos como se traga la basura. Pero están ahí: en los periódicos viejos, en las denuncias que nadie resuelve, en las madres que me bendecían en secreto. Él me condena por quince y dice que el resto es fantasía. ¿Fantasía? Yo maté a casi ochocientas ratas para que la gente pudiera subir a un bus sin miedo. Y él, sentado en su silla alta, no me cree. Pues que no crea. La verdad no necesita su fe. Yo sé cuántas cayeron. Y si saliera mañana, seguiría contando”.

La entrevista terminó ahí. Mauricio apagó la cámara, me dio la mano a través de la reja y me dijo: “Gracias, Jairo. Esto va a ser grande”. No me importaba. Grande o pequeño, era mi verdad saliendo al mundo. De vuelta en la celda, me acosté mirando el techo. Pensé en el juez, en sus palabras. Asesino descarado. Tal vez tenía razón. Pero si alardear era recordar, entonces seguiría alardeando hasta el último día. Porque las ratas siguen afuera. Y mi caza, aunque esté enjaulado, no termina en mi cabeza. Nunca termina.

FIN 





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