Mi crónica sobre el incidente del barco en una playa de Santa Marta
Por Alvaro Andrés Cotes Córdoba
Un mes y dos días después del 500º aniversario de la ciudad de Santa Marta, y lo tengo que decir con orgullo, me di el lujo de cubrir otro evento más y único en la urbe, jamás ocurrido desde su fundación, como fue la llegada inesperada de un barco a una de las playas de la bahía samaria. Sucedió exactamente el 03 de febrero de 2026.
En esta ocasión y debido al avance de la tecnología, el caso único quedó registrado incluso desde la noche anterior, en más de una docena de celulares de habitantes residentes en los edificios y casas cercanas a la playa, hasta donde se acercó peligrosamente la enorme embarcación, la cual transportaba combustible.
El hecho comenzó a evidenciarse desde la noche anterior, es decir, el 02 de febrero, cuando Santa Marta y resto de poblaciones costeras del litoral norte colombiano eran sometidas a unas intensas precipitaciones por un frente helado proveniente del Ártico Norte.
La urbe completaba un día con una pertinaz llovizna que no había cesado un segundo y enfrentaba en sus playas a un mar Caribe embravecido o como le decimos los costeños: un mar picado.
La embarcación de hierro y acero, al parecer, esperaba entrar al puerto local, pero por algún inconveniente no explicado públicamente, habría perdido el ancla que la mantenía en en su lugar de espera, lo que la convirtió en presa fácil sobre el bravo mar, el cual la arrastró hasta la playa como si fuera un barquito de papel.
El incidente se habría presentado cuando la tripulación dormía plácidamente, ya que era muy tarde por la noche del 02 de febrero; había frío por la incesante lluvia y el barco recibía los embates del intenso mar de leva.
Dicen que despertaron cuando sintieron que ya el barco no se movía violentamente como era de esperarse por el mar de leva y apenas percibían un vaivén, no como si estuvieran anclados, sino como cuando el barco ya va enrumbado sobre mar abierto.
El primero que despertó fue quien descubrió lo que les había ocurrido, al notar los primeros rayos del Sol que no se veían en Santa Marta desde hacía 24 horas, cuando había empezado la travesía sobre ella y todo el litoral norte colombiano, del frente frío proveniente de Ártico Norte.
Al asomarse a la cubierta, se sorprendió enseguida y se asustó después cuando vio los edificios y casas a veinte metros de la quilla. Corrió de inmediato hasta el borde de la cubierta y, al mirar hacia abajo, se dio cuenta de la nefasta realidad.
Se habían dormido a casi seis millas náuticas de las playas de Santa Marta y de forma inexplicable aún, habían despertado prácticamente enterrados en una de esas playas.
Además, hacían parte de un montón de basuras, entre troncos y ramas secas de árboles, neumáticos de llantas de carros, millones de bolsas plásticas, muñecos de niños, cartones de leche y hasta un consolador desgastado tal vez olvidado por algún desmemoriado o desmemoriada, como si el propio mar ya no quisiera tenerlos navegando más nunca sobre su emberracada agua y los hubiera sacado a propósito y con un solo fin tampoco conocido e interpretado aún por nadie.
FIN






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