La playa de los misteriosos recuerdos de Santa Marta
Por Álvaro Cotes Córdoba
Caía el sol y el cielo se enrojecía. Un alcatraz gris dormía sobre el techo de un bote amarrado a un pedazo de riel oxidado que asomaba del agua. La playa ya casi vacía en ese mayo de entretiempo, empezaba a desperezarse para la próxima temporada. Los últimos bañistas recogían sombrillas y neveras, rumbo a sus casas u hoteles.
Juancho llegaba siempre a esa hora, cuando los demás se iban. Y con la parsimonia de quien ya no espera nada, extendía su pañuelo oloroso a María Farina sobre la arena tibia, se sentaba encima, se quitaba los zapatos y enterraba los pies descalzos hasta que la noche los enfriaba.
—Era su ritual —me contó un familiar—. Volvía a casa casi a medianoche.
Ese día hizo lo de siempre: pañuelo, pies en la arena, tabaco encendido. Fumaba despacio mientras el horizonte se tragaba el sol y el agua se teñía de cobre y fuego. El humo se mezclaba con el salitre y el leve olor a diésel de los barcos lejanos. Cada tarde era igual: llegaba cuando la playa se vaciaba, se sentaba, fumaba y dejaba que los recuerdos subieran como la marea.
Primero venían los sonidos de las balas zumbando cerca de los oídos, después los gritos secos a lo lejos, los llantos que se perdían en el viento. Luego las imágenes de los cuerpos tendidos con los ojos abiertos hacia el cielo sin nubes, la sangre que se le secaba rápido en las manos, pero en la memoria le quedaba húmeda, pegajosa. De repente, los dos apellidos se le cruzaban en la mente como ráfagas, correspondientes a dos familias guajiras que convirtieron un deshonor en una cadena de muertes que duró la mitad de un lustro.
Al principio había creído que el mar se llevaría todo: que las olas arrastrarían los nombres, las caras, la culpa. Pero el mar no borra; remueve y devuelve. Las noches se le volvieron más pesadas, los silencios más largos. Dos semanas llevaba viniendo a esa playa, buscando alivio donde no lo había. La culpa no se diluye con agua salada; se concentra.
Esa tarde, cuando el alcatraz desplegó las alas y dejó el bote solo, Juancho metió la mano en la mochila india. Sintió la pistola tibia por el sol atrapado aún en el metal. La sostuvo un instante, mirándola como a una vieja cómplice. Se la llevó a la coronilla —el ángulo preciso— y cerró los ojos.
El disparo cortó el aire como latigazo seco, casi ahogado por las olas. Unas gaviotas alzaron vuelo en bandada desordenada; un perro flaco ladró una vez y se alejó trotando. El cuerpo de Juancho cayó de lado, la sangre se extendió oscura sobre la arena que ya era casi negra. Al amanecer, los uniformados barrieron la zona en círculos amplios, pero no encontraron nada ni arma, ni tabaco, ni huellas claras.
El orificio en la parte superior del cráneo levantó sospecha y especulaciones —demasiado alto para un suicidio sentado, dijeron algunos—, pero el expediente se cerró con prisa. Suicidio, dictaminaron. La pistola se la habría llevado alguien en la madrugada, uno de esos que recorren la playa al alba buscando tesoros en la arena, justificaron.
La marea siguiente limpió todo. Los pescadores volvieron, los vendedores instalaron sus carretillas, la bahía siguió respirando tranquila. Como si nada hubiera ocurrido allí. Ese fue el último eco de una vendetta que extinguió a dos familias guajiras y dejó a otros con recuerdos intolerables.
De la muerte de Juancho nunca se supo del todo por qué y cómo fue. Pero muchos creemos que simplemente no pudo seguir cargando con sus malos recuerdos. Había sido uno de los dos únicos guardaespaldas sobrevivientes de la vendetta más larga que soportó Santa Marta por un octavo de siglo. Y era hasta hoy uno de los misteriosos recuerdos que guardaba la playa Los Cocos de Santa Marta.
FIN

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