La Isla de las Perversas Fantasías
Por Alvaro Andrés Cotes Córdoba
—¡El avión, el avión!--- gritó una mujer en lo alto de una garita de madera, pintada de blanco, tras divisar con unos binoculares a una aeronave pequeña que apareció en el firmamento.
El avión aterrizó en la única pista sobre la isla y de inmediato salieron del único hotel en medio del archipiélago, tres pequeños vehículos parecidos a los usados en los campos de golf, de color rosados, a buscar a los ilustres pasajeros visitantes.
El dueño de la isla se asomó por la entrada del hotel de tres pisos y empezó a organizar al personal, que una vez escuchó el aviso de la llegada del avión, se hizo presente a ese lugar del hotel, como de costumbre o cada vez que llegaba el avión con nuevos clientes a bordo.
—¡Ya saben: caras felices y sonrientes siempre, como yo! — les recordó.
La mayoría del personal estaba conformada por mujeres entre jóvenes y adultas. Incluso, algunas parecían menores de edad y quienes se formaron en una doble fila, creando un pasillo por donde debían pasar los tres nuevos invitados recién llegados en el avión, cuando llegaran al hotel.
La mujer que alertó sobre el arribo de la aeronave desde la garita, ya había bajado de allí y se unió también al comité de bienvenida. Se colocó al lado del dueño de la isla, un hombre alto con un rostro feliz y una sonrisa permanente y le preguntó:
— ¿A a quiénes tenemos hoy, señor? —mostrándose igualmente contenta.
—Son tres amigos de un gran amigo mío, muy importantes y ricos —le contestó, al mismo tiempo que extraía de un bolso blanco colgado de su hombro derecho, un computador portátil de color gris.
Mientras abría el portátil y luego lo encendía, aparecieron a la vista los tres carros de golf rosados, los cuales se fueron acercando a la entrada del hotel, lentamente y uno tras del otro.
Cuando por fin llegaron hasta muy cerca del extremo donde empezaba la calle de honor del personal del hotel, comenzó a sonar por entre unos altavoces ubicados en distintos lugares de alrededor, la canción infantil de cuna que solía retumbar cada que venían a hospedarse nuevos huéspedes en aquel hotel.
De inmediato el propietario de la isla llamó la atención de todos, gritando: “¡Bienvenidos ilustres visitantes. Soy su anfitrión y les haré cumplir sus fantasías!” Acto seguido aplaudió dos veces y enseguida dos jóvenes en vestidos de baño emergieron del hotel, cada una con sendas bandejas de aluminio reluciente y en las cuales llevaban unas copas de cristales con champaña burbujeante.
Una de ellas se dirigió a los tres nuevos huéspedes y les repartió las tres copas que llevaba. La otra se acercó al anfitrión y a su acompañante y les dio las dos que ella tenía. Después, el dueño de la isla, alzó su copa y volvió a gritar:
—¡Brindemos porque sean las mejores de sus fantasías! —y después cada uno se llevó a la boca sus copas y se bebieron hasta el fondo y en un solo sorbo, el líquido burbujeante que contenían.
Y mientras que los recién llegados recibían unos agasajos preliminares del personal en la calle de honor, otorgándoles souvenires de la isla y folletos en donde le informaban sobre los planes durante sus estadías, el propietario de la isla le comenzó a mostrar a la mujer a su lado los currículums vítae de los nuevos tres ilustres huéspedes.
—Este es un ex presidente de un país suramericano y su fantasía es estar con una virgen pura.
—-Este viene de Europa y está obsesionado con pasar una noche con dos tiernas.
— Por último, tenemos a este multimillonario, quien no solo quiere relacionarse con una, sino con todo un harén que lo atiendan y hagan lo que a él se le antoje. Además, pidió que sean francesas— En ese momento la mujer a su lado lo interrumpió, para averiguarle:
—¿Y sí tenemos cómo complacerlo?
Aquel anfitrión suspiró, levantó la vista hacia el cielo caribeño y después expresó:
—Ya viene otro avión con ellas. No te preocupes…
FIN


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