El ayer y hoy del Día del Periodista



Por Alvaro Andrés Cotes Córdoba  

Cada 9 de febrero, Colombia conmemora el Día del Periodista, una fecha que recuerda la publicación del primer número del Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá en 1791, bajo la dirección del cubano Manuel del Socorro Rodríguez. 

Desde 1975, la Ley 51 formalizó esta celebración para reconocer el ejercicio profesional del periodismo como pilar de la democracia y la libertad de expresión. En décadas pasadas, esta jornada tenía un matiz festivo y material que hoy genera nostalgia entre muchos comunicadores. 

Antes de la masificación de internet y las redes sociales —aproximadamente hasta finales de los años 90 y principios de los 2000—, las empresas privadas, instituciones públicas, bancos, constructoras y agencias de relaciones públicas veían en el Día del Periodista una oportunidad estratégica para fortalecer lazos con los medios.

Era común que los periodistas recibieran regalos útiles para su labor diaria: una ancheta (cartera o maletín de cuero para llevar libretas, documentos y cassettes), una grabadora de calidad (las famosas Sony o Panasonic de cassette), un celular de los primeros modelos (cuando tener uno era lujo), agendas de cuero con logo corporativo, relojes, maletines ejecutivos o incluso pasantías y estancias pagadas en hoteles cinco estrellas durante fines de semana o puentes festivos. 

Estos obsequios no solo eran un detalle de cortesía, sino una forma de relaciones públicas en un ecosistema donde el contacto directo con reporteros, editores y directores de medios era clave para manejar la agenda informativa. Pero con la llegada masiva del correo electrónico a mediados de la década del 2000 y, sobre todo, con la explosión de las redes sociales (Twitter/X en 2006-2010, Facebook e Instagram después), la dinámica cambió radicalmente. 

Las fuentes y los voceros corporativos descubrieron que podían llegar directamente a periodistas y audiencias sin intermediarios tradicionales. Un tuit, un mensaje de WhatsApp o un post etiquetado bastaban para plantear una nota o una entrevista. El valor del contacto personal y físico disminuyó.

Hoy, en 2026, la mayoría de las felicitaciones institucionales se limitan a mensajes digitales: tarjetas electrónicas, publicaciones en redes sociales con frases motivadoras (“Gracias por informar con verdad”, “Su voz construye país”, “Periodismo valiente”), videos cortos o imágenes con dedicatorias genéricas. 

Muy pocas empresas mantienen la tradición de enviar regalos tangibles, y cuando lo hacen, suelen ser detalles simbólicos: una botella de vino, una caja de chocolates o una planta decorativa. Las herramientas profesionales —grabadoras digitales de alta gama, micrófonos de solapa, cámaras portátiles, drones o incluso suscripciones a herramientas de verificación— prácticamente desaparecieron de las listas de obsequios corporativos.

¿Por qué se produjo este cambio? Varios factores convergen: Presupuestos más ajustados en relaciones públicas tras crisis económicas recurrentes. Transformación digital: las empresas priorizan inversión en influencers, publicidad pagada en redes y gestión de reputación online.

Mayor escrutinio ético: regalar objetos de valor a periodistas puede interpretarse hoy como intento de influencia indebida, en un contexto donde códigos de ética periodística y leyes contra la corrupción son más exigentes.

Descentralización del poder informativo: con miles de cuentas independientes, podcasters y creadores de contenido, ya no basta con “conquistar” a los grandes medios tradicionales.

Para muchos veteranos del oficio, como yo, esta evolución refleja una pérdida de valoración social del periodismo institucional. “Antes nos sentíamos parte esencial del engranaje informativo; las empresas competían por tener buena relación con nosotros. Hoy somos uno más en la bandeja de entrada”, comenta un editor de larga trayectoria que prefiere el anonimato.

Mientras tanto, el 9 de febrero sigue siendo un día de reflexión: sobre la precariedad laboral que aqueja a muchos comunicadores, los riesgos que enfrentan en regiones de conflicto, la desinformación que circula a velocidad de clic y la necesidad de fortalecer un periodismo independiente y bien remunerado. 

Las tarjetas digitales seguirán llegando, pero el eco de aquellas anchetas y grabadoras persiste como recuerdo de una época en que el oficio parecía —al menos un día al año— ser verdaderamente valorado con herramientas en las manos.

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