Un amor viejo no se olvida
Por Álvaro Cotes Córdoba
Armando Blanco se encontraba sentado ante una de las mesas de un restaurante al aire libre, sobre el pavimento de adoquines, al lado de la avenida Primera o Paseo de Bastidas y frente a la bahía de Santa Marta, cuando dos amigas lo reconocieron y se le acercaron para saludarlo.
Una, de origen paisa, había residido cinco años en la ciudad; la otra había nacido en la misma localidad que pisaban en ese momento. Ambas lucían jóvenes, bonitas y a la moda.
La paisa, de nombre Betsy, vestía un jean desteñido y apretado que marcaba el contorno sexy de su esbelto cuerpo, y una blusa crema con escote abierto que dejaba ver apenas unas mínimas partes de sus senos redondos. Tendría unos 26 años; de su cabeza caían cabellos negros y brillantes hasta las caderas.
La samaria, cuyo nombre recuerda una de las piedras más preciosas y conocidas del universo por su color verde, era aún más linda, de ojos marrones claros y unos 28 años. Sus cabellos castaños, algo secos, parecían acostumbrados a la brisa loca que sacude la ciudad casi siempre en diciembre. Fue ella quien primero le habló:
—¡Hola, Armandín! ¿Dónde te habías metido? Y le regaló una sonrisa deslumbrante.
Armando sonrió también, tímido por la sorpresa. Dudó un instante, pero las reconoció y se levantó de golpe, como si tuviera un resorte en los glúteos.
—¡Hola, Esmeralda! ¡Hola, Betsy! ¿Cómo han estado? ¡Dichosos los ojos que las vuelven a ver! —exclamó, emocionado o al menos fingiéndolo muy bien. Betsy se le acercó y le susurró:
—¿Ya te casaste?
Armando volvió a mostrarse cohibido y tardó en responder. Mantuvo una sonrisa contenida en los labios. Al fin, al ver la expectativa en aquel rostro tan conocido, dijo:
—Ya casi, ya casi…Esta vez sonrió de verdad, con cierta malicia, porque sabía perfectamente lo que vendría después. La conocía como a la palma de su mano y esperaba que el rostro alegre de Betsy se ensombreciera. Pero Betsy había crecido:
—¿Y quién es la afortunada? —preguntó con naturalidad.
Entonces fue la cara de Armando la que cambió por completo. Se puso seria; desapareció hasta el último rastro de risita. Desvió la mirada hacia Esmeralda, quien había permanecido en silencio, expectante como una telenovelera en el capítulo decisivo.
Esmeralda no dijo nada. Siguió con su mutismo casi traumático. Fijó la vista en algún punto lejano del horizonte, sobre la bahía que en esa hora regalaba uno de sus rojizos atardeceres espectaculares. Se hizo la Shakira: sorda, ciega y muda, como diciéndole a Armando: “Imagínate que yo no estoy aquí".
Cinco años atrás, los tres habían sido los mejores amigos de la secundaria. Tanto, que Armando y Betsy se enamoraron hasta el punto de tragarse. Esmeralda fue siempre la fiel alcahueta: la que le mentía a los padres de Betsy diciendo que su hija dormía en su casa cuando en realidad se iba al apartamento donde Armando vivía solo. Duraron así dos años, hasta graduarse.
Pero un mes antes de recibir los diplomas de bachiller, Betsy descubrió en el WhatsApp de Armando una conversación con Natalia, la compañera con la que siempre había tenido una rivalidad tóxica. Natalia nunca aceptó perder y su último intento fue seducir a Armando para que fuera su “primer hombre”. El reclamo de Betsy fue tan violento que ese día trapeó el piso del salón con el pelo de Natalia. Ambas se graduaron, pero con anotaciones anti-académicas en el expediente.
Los padres de Betsy se la llevaron a Medellín y la alejaron de Armando. Él no volvió a saber de ella, aunque la buscó durante esos cinco años por todas las redes sociales. Hasta le cambiaron el número de celular.
Cuando Betsy terminó la carrera de Derecho, alcanzó la independencia económica y empezó a trabajar. Había regresado a Santa Marta en busca de sus dos mejores amigos. Primero ubicó a Esmeralda y emprendieron juntas después el rastreo de Armando. Llevaban días haciéndolo, hasta que esa tarde lo hallaron por pura casualidad en el restaurante del Paseo de Bastidas.
—Y cuénteme pues, ¿quién es la afortunada? —insistió Betsy.
Armando buscó auxilio en los ojos de Esmeralda, pero esta, tras unos segundos mirando el horizonte rojizo, le clavó la mirada y le ordenó con firmeza:
—¡Contéstale!
Armando se sintió tan solo como el día en que se la arrancaron de las manos. Sin embargo, respiró hondo, recobró la seguridad que le había dado la adultez y, la miró a los ojos y soltó:
—Natalia es la afortunada.
A Betsy no le dio un soponcio de vainas. La pequeña sonrisa se le quedó pegada en los labios, pero sus ojos grandes y negros se humedecieron y brillaron más de la cuenta. Esmeralda y Armando siguieron con la vista los movimientos de las manos de Betsy, quien se dio cuenta y soltó, medio en broma, medio en serio:
—¿Qué creen? ¿Que por ser paisa voy a sacar un cuchillo y lo voy a apuñalar?
—¡Nooo, Betsy, cómo se te ocurre! —respondió Esmeralda, fingiendo indignación.
Armando, en cambio, ni siquiera intentó desmentirla. En el fondo sabía que lo que acababa de decirle era peor que una puñalada en el páncreas.
Pero Betsy volvió a demostrar cuánto había madurado. Los miró a los dos, soltó una carcajada abierta, sonora, de esas que retumban en el pecho, y dijo:
—Al final me ganó la guerra, la desgraciada.
Y esa risa fue la misma con la que años atrás los había conquistado a ambos y los había convertido en los mejores amigos de la secundaria.
FIN

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