Mi gran sueño húmedo

 


Por Álvaro Cotes Córdoba

Nadie me lo ha preguntado, pero tampoco me ha dicho que no lo haga, por lo que lo expreso sin otro propósito distinto al de solo informar y entretener así sea durante el tiempo en que duren leyendo este artículo.

Lo confieso, cada noche, antes de dormir, me permito el lujo de imaginarlo: el salón dorado de la Academia Sueca en Estocolmo, el rey entregando la medalla, el discurso ensayado mentalmente por cientos de veces. 

Un sueño húmedo con el Premio Nobel de Literatura, haciéndole el amor varias veces. Y aunque sé que las probabilidades son casi nulas, no dejo de hacerlo. Porque soñar, en el fondo, es el combustible que a mí me mantiene escribiendo, aunque suene como otro delirio más de Don Quijote.

He publicado once libros —cuentos y novelas— en plataformas como Amazon y Bubok. No han salido en las grandes editoriales de Madrid, Barcelona, Nueva York o París, esas que suelen ser el pasaporte casi obligatorio para enamorar a la Academia Sueca y considere siquiera que también podría ser su otro hombre. 

Mis obras no han sido traducidas a docenas de idiomas ni reseñadas en los suplementos literarios más influyentes del mundo si es que todavía lo siguen siendo. Mi alcance, por ahora, es modesto: lectores en Colombia, algunos en España y Latinoamérica, unos cuantos más dispersos por el planeta gracias a la magia de internet.

Pero no me quejo. Al contrario: celebro lo que sí he logrado en esta era digital. He convertido mis relatos en vídeos cortos usando inteligencia artificial, como si fueran pequeños documentales. Los comparto en redes sociales, en YouTube, en TikTok, buscando que los jóvenes —aquellos que pasan horas deslizando el dedo en sus celulares— se detengan un segundo y descubran que una historia escrita puede ser tan cautivadora como un reel. Quiero creer que estoy aportando, aunque sea un granito de arena, a que la literatura no se extinga en mi país ante la avalancha de contenido efímero.

Sé que el Nobel valora trayectorias consolidadas, obras de profundo calado humano y reconocimiento global. Sé que, históricamente, ningún autor exclusivamente autopublicado ha llegado a Estocolmo. Pero también sé que el mundo cambia. Que la democratización de la publicación ha permitido que voces antes silenciadas alcancen millones de lectores sin pasar por los filtros tradicionales. Que algún día —quizá no en mi generación— un escritor que empezó subiendo sus textos a una plataforma digital podría ser llamado desde Suecia.

Mientras ese día llega (o no), yo seguiré escribiendo, publicando, promocionando y, sobre todo, soñando. Porque nada es imposible en absoluto: la historia está llena de sueños que parecían locuras y terminaron siendo realidad. Y porque soñar con el Nobel, aunque sepa que probablemente nunca ocurra, no cuesta nada. No es ilegal, no es incongruente y no es descabellado.

Es, simplemente, lo que me mantiene vivo como escritor.¿Y tú? ¿Qué sueño húmedo y grande te permites tener, aunque el mundo te diga que es improbable?

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