La pelea a muerte de dos truhanes en el submundo de la Tierra del Olvido
Primera entrega:
Por Álvaro Cotes Córdoba
En la tenebrosa realidad de la Tierra del Olvido, la que pocos conocen, pero que muchos la palpamos, sufrimos o nos afectamos de alguna manera de ella, existía una confrontación a muerte entre dos emblemáticas figuras de ese bajo mundo.
Uno era apodado Drácula, el cual tenía un ejército de vampiros que hacía todo lo que él les ordenaba. No era nativo de la urbe ni siquiera de otras ciudades cercanas, sino de una más lejana y sombría, por lo que su piel se veía como la de un cadáver ambulante, sus ojos azules y estatura altísima como si fuera un europeo. Además, mantenía un cabello tan negro, que parecía artificial. Le decían Drácula por su peculiar modo de subirse el cuello en lugar de doblarlo como lo hacen todos los mortales.
Había llegado a la Tierra del Olvido por la garantía que ofrecía la ciudad, para organizar su emporio de chupasangre. Además, porque en ella, aunque funcionaba alguno que otro chupasangre por ahí, pero de forma individual y no como una verdadera organización digna de un bajo mundo que se respete, era evidente que le hacía falta no solamente una empresa como la de él, sino también a alguien que reuniera a todos los chupasangres criollos e individuales, para que trabajaran juntos, ya que unidos serían más poderosos y más temidos, las dos condiciones consideradas materias primas o fundamentales, para construir un imperio en las realidades profundas de las ciudades capitales.
Y lo consiguió a los pocos meses de haber arribado a la urbe. No solo logró reunir al ejército de vampiros, sino que también casi monta todo un monopolio chupasangre. No lo pudo alcanzar, porque hubo uno que se resistió a su solicitud imperial o no hizo caso a su oferta de la unión total de los chupasangres bajo su liderazgo.
Fue nadie más y nadie menos que alias Chupacabra. Un ser autóctono, cuyas características físicas y de comportamientos eran tan crípticas e impredecibles, que parecía un fantasma. Nadie lo conocía ni siquiera lo habían visto, por lo que no sabían cómo era.
Algunos creían que se trataba solo de un mito del folclor popular, otros aseguraban que su existencia era tan evidente, que había reportes hasta periodísticos de los hechos en los cuales había participado y dejado su inconfundible marca: dos agujeros en los cuellos de sus víctimas y por la cual lo apodaban el Chupacabra.
El arma que el Chupacabra usaba para castigar a las víctimas que no le obedecían sus pretensiones, no era como las convencionales. Por eso se consideraba más peligroso, incluso para la organización de Drácula, ya que significaba tener un acercamiento muy personal para su utilización.
En lugar de armas de fuego, empleaba un punzón de acero, en cuya parte punzante le agregaba como si fuera pomada, veneno de alacrán. Claro que nadie, salvo él, lo sabía y ni siquiera la policía, que había enviado los cadáveres a medicina legal para que examinaran las heridas post mortem y en todas se había dictaminado que debieron ser hechas por colmillos del Chupacabra, ya que hallaron en ellas siempre el mismo elemento: Neurotoxinas peptídicas, unas moléculas pequeñas formadas por cadenas de aminoácidos, que producen ciertos animales para atacar el sistema nervioso de sus presas.
La presencia del Chupacabra no era un cuento ni leyenda, era una existencia irrefutable. En la realidad superficial de la Ciudad del Olvido era en donde la creían una fábula o una historia popular, pero en su submundo, en el cual muchas verdades se desconocen, porque casi nunca trascienden al exterior, no solo era tangible, sino también un problema endémico para la organización del Drácula y las autoridades mismas que vivían en la realidad superficial, las cuales eran conscientes de la existencia de ambas realidades, pero que evitaban hablar de la superrealista, para no tener que explicar el por qué permitían que siguiera existiendo.
Continúa…

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