La deliciosa motivación de la creación



Por Álvaro Cotes Córdoba

Sin motivación no hay creación, pero hay un placer secreto, casi culpable, que solo conoce quien ha creado algo. Ese instante en que todo se alinea, algo respira por sí solo y adquiere vida propia. Es un deleite profundo, una vibración en el pecho que no necesita aplauso externo, ni premio, ni siquiera lector. Basta con que exista. Y existe porque el acto mismo de crearlo fue, ante todo, delicioso.

Yo lo sé por experiencia. Después de décadas escribiendo historias y crónicas, he aprendido que el proceso de creación es más placentero que casi cualquier otra actividad humana. Y no lo digo como exageración romántica: lo afirmo como una verdad íntima, casi biológica. Si la creación no fuera tan exquisitamente gozosa, simplemente dejaríamos de hacerla. Nadie se sentaría horas frente a una hoja en blanco si el sufrimiento superara al placer. Nadie insistiría.

Piensen en el mecanismo más antiguo y universal de la vida: la reproducción. Casi el noventa por ciento de los seres vivos sobre la Tierra se reproducen sexualmente, y la naturaleza, esa gran ingeniera, no dejó nada al azar. Hizo del sexo uno de los placeres más intensos que puede experimentar un organismo. ¿Por qué? Porque si copular fuera doloroso o indiferente, las especies se irían extinguiendo poco a poco. El placer es la prenda de garantía, el incentivo irresistible que asegura la continuidad de la vida.

Lo mismo ocurre con la creación humana. La pintura, la música, la literatura, el cine, la crónica: todas esas formas de traer algo nuevo al mundo llevan consigo un placer intrínseco que actúa como motor. El pintor siente una corriente eléctrica cuando el color exacto cae sobre el lienzo. El músico se estremece cuando la melodía que llevaba días rondándole la cabeza por fin se materializa. El escritor —yo lo he vivido mil veces— experimenta una euforia casi física cuando la frase perfecta aparece, cuando el personaje dice exactamente lo que tenía que decir, cuando la crónica cierra con esa imagen que ilumina todo lo anterior.

Ese placer no es un lujo accesorio. Es la garantía de que la creación no desaparecerá. Si escribir una historia fuera solo esfuerzo, frustración y bloqueo, pocos persistiríamos. Pero la naturaleza —o la evolución cultural, que al fin y al cabo es también naturaleza— puso ahí esa recompensa: el flujo delicioso del acto creativo, esa sensación de estar completamente vivo mientras se crea.

Y no solo el creador goza. A veces el que contempla, escucha o lee siente un placer igual o mayor. Pero el origen, la fuente primera, está en quien crea. Porque sin ese deleite íntimo del proceso, no habría nada que contemplar.

He pasado noches enteras escribiendo, olvidándome de comer, de dormir, de todo, solo por prolongar ese estado de gracia. He terminado crónicas con las manos temblando de emoción, no por el tema, sino por el puro placer de haberlas escrito bien. Y sé que no estoy solo. Todo creador verdadero conoce esa adicción dulce: volver una y otra vez al acto de crear, no por fama ni dinero —que a veces ni llegan—, sino porque el proceso mismo es la recompensa más sabrosa que ofrece la vida.

La creación, entonces, lleva consigo su propia motivación deliciosa. Es un pacto secreto entre el creador y la obra: yo te doy vida, y tú me das placer. Mientras ese pacto se cumpla, la humanidad seguirá pintando, componiendo, escribiendo, filmando. Seguiremos creando mundos nuevos, reproduciendo realidades del pasado porque, simplemente, no podemos resistirnos al gusto irresistible de hacerlo.

Y si algún día ese placer se apagara, si crear se volviera indiferente o doloroso, las obras dejarían de nacer. Las crónicas se quedarían mudas. Los lienzos, en blanco. Pero no ocurrirá. Porque la naturaleza, sabia como siempre, aseguró la permanencia de la creación con la más poderosa de las garantías: hacerla deliciosa.

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