La Casa Vieja



Por Álvaro Cotes Córdoba 

En un solar grande del centro de Santa Marta existió La Casa Vieja, una mansión en obra negra que perduró allí por más de 50 años, tiempo durante el cual fue rodeada y abrazada después por la indomable naturaleza. Debido a esa invasión imparable, solo se le visualizaban las partes más altas de su estructura sin empañetar, apenas en ladrillos. Además, la madre natura le había proveído de todo tipo de animales rastreros como culebras, ratas y alacranes. 

Un día, un grupo de jóvenes del sector residencial cercano, concretamente los que habitaban al lado y lado de la calle Burechito 21, más exactamente en el tramo comprendido entre las carreras octava y novena, decidió adentrarse en ella, para extinguir de una vez por todas a las ratas que habitaban en esa vetusta edificación, en una única madriguera que poseían ahí. Las indeseables tenían a todas las casas del tramo mencionado como sus supermercados gratuitos, a pesar de que en la ciudad todavía no se había inaugurado uno para los humanos.

Y no eran roedores insignificantes, no. Parecían conejos con cuatro patas, que no solo aterrorizaban a las niñas, niños y mujeres de la vecindad, sino que también atemorizaban a los gatos domésticos e incluso, varios de estos últimos, murieron tras ser mordidos por ellas. Sin embargo, los adolescentes en safari no lograron cazar una sola viva, porque las muy escurridizas hasta parecían oler al humano a cien metros de distancia.

Solo hallaron a una, pero en el vientre de una gigantesca boa que los muchachos se toparon durante la fallida expedición contra las ratas. En efecto, el grupo conformado por cinco pelados, entre los 16 y 17 años, en la arriesgada persecución de los animales despreciables y cuando incursionaban en la cueva principal de esos múridos, descubrieron que estaba ocupada por un nuevo huésped: la gigantesca constrictora que medía casi seis metros.

Pero cometieron la estupidez de matarla a punta de piedras y palos, luego de que la sacaron del agujero profundo. Ella solita les había hecho el favor de acabar con todas las ratas que vivían en esa casa abandonada. Cuando los muchachos avisaron al resto de la comunidad su gloriosa cacería, atrayendo a los más adultos, se dieron cuenta de que se la embarraron. 

Al principio pensaron que, matándola, librarían al sector de otro peligro inminente, pues imaginaron que algún día podría también aparecer en el patio de una de las viviendas en búsqueda de alimentos, lo cual no era incongruente, pero sí una factible posibilidad y ahí sí, no se salvaría ni las mascotas ni los niños. No obstante, se supo de su buen servicio, desagradecido por los que la mataron, cuando dos adultos determinaron quitarle la piel, para venderla después en alguna curtidora donde se forjaban correas, bolsos y hasta billeteras.

No solo le encontraron a lo largo de su vientre una rata mayúscula, al parecer, la última de su especie en residir dentro de la Casa Vieja, sino también alacranes, murciélagos, una mapaná y un conejo. Este último, al parecer, también había sido el que quedaba de su especie en un lugar enmontado donde habitaron de forma silvestre durante un tiempo, situado al otro lado de una vía ferrocarrilera que, para ese entonces, pasaba por allí, atravesando a la ciudad de norte a sur.

Desde esa vez, la Casa Vieja dejó de ser nido de ratas y culebras, solo la siguieron ocupando los alacranes, pero se convirtió con el tiempo en un cagadero humano. Las personas de otros sectores de la ciudad que pasaban por ahí con urgencias de ir al baño a orinar o a defecar, y ante la evidencia de no poder llegar a tiempo a sus casas, la usaron por años como un sanitario público. 

La edificación tendría unos siete metros de altura, era amplia y en el centro había un patio, alrededor del cual estaban las habitaciones y demás compartimientos como la cocina y baños. Tenía cuatro puertas de entradas y lo más extraño era que la fachada daba hacia una pequeña cancha de fútbol llena de 15 árboles sembrados de trupillos y no hacia la línea ferroviaria como todas las viviendas construidas y habitadas a lo largo de ella.

Además de sanitario común y público, se usó como motel gratis y silvestre. Las parejas lo utilizaban más por las noches, aunque también ingresaban a ella a cualquier hora del día, sin pena ni ningún pudor, sobre todo por parte de las féminas. Igualmente fue escenario de los encuentros con los primeros amores de los adolescentes de esa época y los cuales hacían hasta filas para ir turnándose su primer amor, la cual los recibía a todos sin pedir nada a cambio y sin molestarse, porque al final ni los sentía en comparación con la de su propio congénere natural.

De esta última actividad furtiva nació el nombre de El Corral, el cual se lo pusieron después a la pequeña cancha de fútbol que estaba al frente de la Casa Vieja. Verán: como en ese campo futbolero había más de 15 árboles de trupillos a lo largo y ancho, los dueños llevaban hasta allí a sus asnos, para que se alimentaran con los frutos de esos arbustos, correspondientes a unas vainas amarillas que caían al suelo de forma abundante. 

Los borricos y pollinas eran dejados allí por sus propietarios, que aprovechaban luego los burreros, los cuales nunca dejaban de merodear, para escoger a la más dócil e internarla después en la Casa Vieja y sostener sus encuentros zoofílicos. Como a los burros y burras les encantaban los frutos de los trupillos por su sabor dulce, aquella cancha parecía más bien un corral y no un lugar donde se pateaba el balón y por eso la llamaron también la cancha de El Corral. La Casa Vieja siguió llamándose así, a pesar de servir como escenario de esa última y otras actividades más indignas.

En mi adolescencia, la escogimos para jugar al escondite, a cazar lobas y a tirarnos como Tarzán por los bejucos que la rodeaban, hasta el día en que hallaron dentro a un hombre ahorcado con uno de esos bejucos. Fue un sábado de abril, antes de las 7:00 de la mañana. La Casa Vieja por primera vez se vio rodeada de una multitud. Llegaron a ver al muerto desde los barrios circunvecinos. Yo no lo ví porque, como era aún un menor de edad, no dejaban que uno se acercara. 

Años más tarde, cuando me convertí en periodista, la intriga por conocer la historia de esa casa, quién la construyó y por qué no la terminaron, me llevó a saber solamente de quién era, mas no el por qué la abandonaron por tantos años. Eran de dos hermanos de apellido Fulla y los cuales tenían una venta de petróleo o gas para cocinar en la carrera octava, entre calles 17 y 18. La Casa Vieja no solo fue un albergue para lo que aquí se dijo, sino también un referente de un sector residencial, por lo menos durante las décadas 50, 60 y 70. Hoy ahí no queda un solo vestigio de ella, porque construyeron una serviteca que aún funciona.


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