A veces el último es el primero
Por Álvaro Cotes Córdoba
El oficial de alto rango se desplazaba en una caravana militar desde el aeropuerto Simón Bolívar hacia la sede de la Primera División del Ejército, acompañado por el general Iván Ramírez Quintero, comandante en ese entonces de la Primera División con sede en la capital turística magdalenense. Eran las 9:55 de la mañana del 2 de octubre de 1997.
Yo estaba en la redacción de El Informador, donde laboraba de manera exclusiva por ese entonces, cuando sentí la explosión lejana, como si se hubiera estrellado un carro afuera. Al asomarme por la terraza del segundo piso del edificio donde aún funciona el periódico —aunque eclipsado hoy por el maremoto de las redes sociales, como ha sucedido con la mayoría de diarios, revistas, emisoras y telenoticieros que se creyeron por mucho tiempo los reyes indiscutibles de las audiencias—, no vi nada anormal en la avenida del Libertador, que pasa frente a la sede del impreso.
Los automóviles y buses urbanos circulaban con normalidad, sin ninguna novedad aparente. Pero al cabo de unos segundos levanté la mirada y divisé una humareda que apenas empezaba a disiparse sobre los cerros del Ziruma, la parte más empinada de la vía a El Rodadero.
Ni siquiera había transcurrido un minuto cuando los teléfonos en la redacción comenzaron a sonar de forma simultánea y endemoniada. Me dirigía a contestar uno cuando apareció Gloria, una de las dos levanta textos del periódico, con un inalámbrico al oído y cara de asustada. Me dijo que había explotado un carro bomba en la carretera a El Rodadero y que había varios muertos. La adrenalina me envolvió en un instante, y la emoción e intriga hicieron el resto, como siempre que me tocaba cubrir una noticia con hechos violentos.
Ya había visto los estragos del primer atentado con carro bomba en el país, ocurrido también en Santa Marta durante la década de los 80, en plena guerra a muerte entre dos familias guajiras, cuando ni siquiera soñaba qué carrera estudiar tras graduarme de bachillerato. Pensé que aquel sería el segundo, pero esta vez como periodista de verdad y no como un simple curioso sin vocación ni formación académica, como hoy hacen millones con sus celulares en las incontrolables redes sociales.
En realidad, se trataba de un atentado con explosivos contra el vehículo donde viajaba el general Manuel José Bonett Locarno, comandante de las Fuerzas Militares de Colombia en ese momento. El hecho ocurrió en el cerro Ziruma de la mencionada vía, no con un carro bomba, sino con cargas explosivas —incluyendo una mina Claymore de 30 kg y dos cargas de 20 kg de dinamita con metralla—, accionadas a control remoto. Horas después se supo que fue cometido por un frente guerrillero que operaba en la Sierra Nevada de Santa Marta y que, al parecer, iba dirigido contra el general Ramírez por sus operaciones antiguerrilleras.
Se descartó que el objetivo fuera el general Bonett, quien había aterrizado en la ciudad de forma casual e imprevista. Ramírez ni siquiera lo sabía; solo se enteró al llegar al aeropuerto y ver que nadie lo recibía, por lo que fue personalmente a buscarlo con toda su escolta y su vehículo blindado. Por eso ambos generales resultaron ilesos, gracias a la coraza antibalística del BMW blanco.
Sin embargo, la explosión provocó el desplome de parte del cerro, sepultando a un civil inocente: el ingeniero industrial Rafael Francisco Zúñiga Vives, quien pasaba casualmente por el lugar en esos precisos momentos. El general Bonett atribuyó su salvación a una medalla de San Rafael que llevaba en un rosario colgado al cuello. Posteriormente, la inteligencia militar informó haber identificado y abatido al responsable de colocar los explosivos: Jaider José González Pacheco, experto en explosivos del frente 19 de las FARC.
Cuando llegué a la entrada de la guarnición militar donde queda el Batallón Córdova y la Primera División del Ejército, el escenario parecía sacado de una película de guerra: soldados corriendo por todas partes, vehículos lujosos y militares ingresando, y un enjambre de periodistas esperando la orden para entrar a entrevistar al general Bonett. Yo sabía cómo funcionaba la guardia en esa primera parte del cuartel castrense y al ver el tumulto de mis colegas, imaginé enseguida lo que sucedía y por eso opté por aplicar la estrategia que siempre me había funcionado en esos casos.
Decidí no saludarlos ni siquiera detenerme e intentar pasar lo más desapercibido por entre ellos. Sin embargo, uno de más confianza me descubrió y me dijo: “Estás llegando tarde Alvarito”, pero yo ni siquiera lo miré, lo cual sabía que lo tomaría a mal como siempre y pensaría que yo me la tiraba de alguien importante y por eso no me daría importancia ni haría notar mi presencia entre el resto de los colegas. Yo me había guardado antes el carnet colgado sobre el pecho, correspondiente a mi identificación como reportero de El Informador.
Me acerqué hasta donde se encontraba un sargento, le di los buenos días y me le presenté como un amigo del capitán Espejo, el cual me había dicho que llegara ese día, para un asunto personal. El sargento me miró de arriba abajo, notó que no llevaba nada en las manos ni en ninguna otra parte y después me dijo que ingresara rápido, porque debía atender a los vehículos que esperaban también entrar con personas a bordo. Lo hice de inmediato sin voltear para nada y rezando para que ninguno de mis colegas me delatara.
No lo hicieron, porque ni pizca de que se dieron cuenta o tal vez porque, quien me había visto, no les dijo nada, para que no me dieran ninguna importancia, ya que se consideraban unos privilegiados por haber llegado primeros hasta allí e incluso primero que yo. Una vez dentro me dirigí a pie hasta la sede de la Primera División, la cual está a unos 700 metros del acceso principal. Durante el trayecto observé el mismo panorama de un escenario de película de guerra con soldados corriendo hacia el cumplimiento de alguna misión.
Pero solamente al arribar por fin hasta el frente del edificio de tres pisos donde funcionan las oficinas del comando de esa División, pude entonces comprender la magnitud de aquel atentado, cuando contemplé al BMW sucio de polvo y pólvora, sin neumáticos e impactos de metralla en su latonería y apenas con los rines de las llantas. Además con un hundimiento en el costado donde había recibido la mayor carga destructiva de la detonación expansiva. Detrás del automotor con serios destrozos, descubrí al general Bonett contándole todavía a otros militares y civiles cómo había ocurrido todo.
Yo me acerqué y lo saludé, luego le dije que sí podía entrevistarlo y, por supuesto, me dijo que sí, siempre muy consecuente con los periodistas, hasta en esos críticos momentos. Con su acostumbrada sonrisa entre los labios y el buen humor con el que solía contar las cosas, como buen costeño y cienaguero que se respete, me refirió con todos los pormenores el inesperado ataque, hasta concluir en la hazaña que consideró había hecho el chófer del automóvil para evacuarlos de la zona del atentado y conducirlos velozmente y descendiendo, entre las curvas cerradas y abismos de la renombrada carretera.
No se sabe aún cómo lo hizo, pero lo cierto fue que aquel conductor manejó el automotor con solo los rines, con los cuales debió tomar varias curvas peligrosas y en descenso, antes de refugiarse y poner seguros en la guarnición militar a los dos generales. En el trayecto de regreso, para salir de aquella base militar atribulada, nunca dejé de pensar en una explicación lógica, para poder describir el acto heroico de aquel profesional del volante.
Me sentía satisfecho, con el deber cumplido y antes de acercarme a la portería principal, volví a escuchar la entrevista al general en mi grabadora diminuta que había introducido en uno de mis bolsillos delanteros del pantalón jean gris desteñido que llevaba puesto ese imborrable día de octubre. A veinte metros volví a guardarla en el mismo bolsillo y cuando ya había salido y caminaba a buscar mi transporte que había estacionado a media cuadra, el sargento de la guardia me llamó:
— ¡Oiga joven! — me dijo, con su voz de militar. Yo volteé y como vi que se había dirigido a mí, regresé hasta acercarme a él unos dos metros. Entonces fue cuando me reclamó:
— Usted no me dijo que es periodista, usted me engañó…
Yo de inmediato le aclaré que no había llegado allí como periodista, sino como un amigo del capitán Espejo por un asunto personal. El sargento no volvió a hablar, sino que miró hacia los demás periodistas, quienes disimularon no haberme visto todavía. Pero como yo sé por dónde le entra el agua al coco y conozco al gremio y a sus distinguidos miembros, entendí que el reclamo había sido motivado por ellos, debido a que a mí sí me permitieron ingresar, siendo periodista. Lo cierto fue que, y así se lo recordé cuando me regañó porque no le dije mi profesión, él a mí nunca me preguntó a qué me dedicaba, porque si lo hubiera hecho, yo con gusto le habría dicho. Fui el último en llegar y el primero en irme con las primeras declaraciones del gran general Bonett Locarno, quien años después nombraron gobernador encargado del Magdalena, pero esa será otra historia por contar.

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