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La profec铆a del regreso del mes铆as por fin se produjo, despu茅s de 2000 a帽os de promoci贸n. Sin embargo, el tan prolongado y anhelado retorno no repercuti贸 entre la gente, como se esper贸 siempre, por la incredulidad que exist铆a para entonces entre la humanidad y en donde ya nadie cre铆a nada de nadie ni siquiera de lo que le mostraban como prueba, porque todo se hac铆a con inteligencia artificial, por supuesto, menos las defecaciones.
A pesar de todo eso, el mes铆as no detuvo su ansiada reaparici贸n, pensando en que deb铆a darle m谩s tiempo a la humanidad, para que lo reconocieran de nuevo, ya que hab铆a envejecido dos milenios y engordado un poco m谩s, producto de no hacer nada durante el demorado retorno y vivir en el confort divino de la omnipotencia celestial, siempre a la diestra de su padre y entre los 谩ngeles sobreprotectores.
Reapareci贸 en medio de un estadio de f煤tbol con un lleno total de fan谩ticos emocionados por ver jugar a sus selecciones, aspirantes finales a quedarse con el trofeo del campe贸n mundial ese a帽o. Lo hizo para acortar camino y ahorrarse el tiempo de tener que convencer de nuevo a las personas una por una, de casa en casa o con recorridos por las calles pavimentadas, y a pie, como ya ven铆an haciendo los evang茅licos desde el final del siglo veinte y principio del veintiuno, para convencerlos de que 茅l era el tan esperado mes铆as.
Adem谩s, porque con la previa transmisi贸n en vivo del partido de f煤tbol que en esos momentos se realizaba para todo el mundo y cuyas im谩genes llegaban a millones de hogares, su presencia divina se iba a difundir casi al instante. Al principio, los ochenta mil espectadores pensaron que se trataba de un n煤mero m谩s dentro del magno espect谩culo futbolero, planeado para entretenerlos antes del inicio del partido de la gran final.
Todos activaron las c谩maras de sus celulares, enfoc谩ndolas hacia la espectral imagen sublime que parec铆a haber bajado del cielo y flotar de forma descendente hacia el centro y sobre el c茅sped de la cancha verde, reci茅n demarcada. Ni siquiera los que pose铆an m谩s de dos dedos de frente, sospechaban que se trataba de un evento real, por el contrario, pensaban que se realizaba con efectos especiales y un dron potente por debajo de los pies del mes铆as, pero que no se ve铆a, debido a que su t煤nica blanca e inmaculada los tapaba, dando la sensaci贸n de que flotaba en el aire.
Cuando aterriz贸 en todo el punto blanco del centro de la cancha, abri贸 los brazos de manera horizontal y mirando hacia el p煤blico presente, dijo: “Soy de nuevo el mes铆as y vengo para volver a salvarlos”. Pero nadie lo escuch贸 por el bullicio un谩nime en las gradas de cuatro pisos del estadio. Sin un micr贸fono y altavoces era imposible que alguien lo escuchara ni siquiera los que estaban en las bocas de los camerinos.
Mientras la gente en las gradas esperaba con mucha espectativa lo que har铆a despu茅s, con las c谩maras de sus celulares a煤n encendidas y enfoc谩ndolos, el m谩ximo dirigente de aquel evento deportivo, un se帽or calvo y elegante en una suite situada en lo m谩s alto de la tribuna, se preguntaba por qu茅 no hab铆a sido informado con antelaci贸n de ese n煤mero cristiano.
Incluso le pregunt贸 a otro alto dirigente deportivo al lado de 茅l y tampoco obtuvo informaci贸n de que sab铆a algo sobre ese n煤mero dentro del espect谩culo futbolero. “Hasta donde yo s茅, no hab铆a programado ninguno antes del partido”, confirm贸. El mes铆as en el centro de la cancha continu贸 hablando y nadie, salvo 茅l, o铆a lo que dec铆a. “Yo soy el mes铆as, tal vez no me reconocen, porque ahora tengo canas en la barba y cabello y estoy un poco pasado de peso “, dijo y despu茅s sonri贸.
Cuando se percat贸 de que, debido a la algarab铆a, nadie lo escuchaba, volvi贸 a bajar sus brazos y de nuevo empez贸 a flotar en forma ascendente, hasta alcanzar una altura de unos cincuenta metros, en donde se detuvo por unos segundos y volvi贸 a hablarles: “Este partido de f煤tbol que se va a jugar hoy aqu铆, lo va a ganar la selecci贸n de los Estados Unidos 3 goles a 2”, despu茅s se elev贸 m谩s y m谩s y luego vol贸 de modo horizontal hasta salir del estadio y desaparecer de la vista de los 80 mil hinchas que empezaron a aplaudirle lo que hab铆a hecho.
Como era de esperarse, ninguno escuch贸 el pron贸stico sobre el resultado del partido de f煤tbol, el cual se inici贸 15 minutos m谩s tarde. Si alguien lo hubiera o铆do, de seguro habr铆a sido testigo de su primer milagro en su retorno a la Tierra. En efecto, ese d铆a, por primera vez y en la historia del balompi茅 del mundo, Estados Unidos se coron贸 campe贸n mundial de f煤tbol con el incre铆ble marcador de 3 a 2 sobre la selecci贸n anfitriona y en el estadio Maracan谩 de R铆o de Janeiro, Brasil.
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El mes铆as volvi贸 a descender esa misma noche, pero en un lugar distante del estadio donde hab铆a aparecido por primera vez. Lo hizo en una playa solitaria, pero iluminada por las luces de m谩s de una docena de edificios a un costado. Una vez aterriz贸, se puso a caminar despacio sobre la blanca arena y mientras lo hac铆a, observ贸 con mucha admiraci贸n la forma como ahora los hermanos en la Tierra constru铆an sus viviendas. “Las casas unas sobre otras”, se dijo as铆 mismo, refiri茅ndose a los edificios. Despu茅s puso la mirada sobre la arena, cerca de sus pies y not贸 que estaban descalzos y se enterraban en ella.
Cuando iba por la mitad de la inmensa playa, dos polic铆as que lo vieron desde el malec贸n, se dirigieron hacia 茅l, quien en esos momentos se hab铆a volteado para contemplar el mar al frente, en donde hab铆a una docena de yates anclados con sus luces internas encendidas. Los dos uniformados, con pantalones cortos, camisas apretadas dentro y medias que les llegaban hasta las pinillas, ven铆an pregunt谩ndose:
— M铆nimo estuvo en una fiesta de disfraces y est谩 borracho y drogado —, concluy贸 el m谩s joven. El otro le respondi贸:
— O est谩 loco y se cree Jes煤s…
Y a lo que se arrimaron a 茅l, dejaron de re铆rse y uno de ellos, el cual luc铆a un bigote negro y coposo, que le tapaba el labio superior, le pregunt贸:
— Se帽or Jesucristo, no me diga que ahora va a caminar sobre el mar…
El mes铆as volte贸 sonriente, no para festejarle el sarcasmo tonto del uniformado, sino porque pens贸 que al fin alguien lo hab铆a identificado.
— Todav铆a no hermano — dijo el mes铆as, despu茅s complement贸: — porque debo primero volver a convencer a todos de qui茅n soy.
Los agentes del orden se miraron y sonrieron, despu茅s volvieron a observarlo, sin quitarse las sonrisas de sus bocas.
— Necesitamos que nos muestre su identificaci贸n, se帽or Jes煤s y nos permita requisarlo.
El mes铆as abri贸 de nuevo sus brazos horizontalmente y les coment贸:
—- No tengo por qu茅 poseer identificaci贸n y no oculto m谩s nada, salvo mi cuerpo desnudo.
— Si no tiene identificaci贸n, al menos d铆ganos su nombre completo y el n煤mero de la c茅dula — le recomend贸 el agente del orden.
Mientras el polic铆a del bigote poblado le dec铆a eso, el otro se le acerc贸 y empez贸 a revisarlo, toc谩ndole con las palmas de sus manos el tronco, los brazos, la cintura y las piernas. Durante la requisa, el mes铆as manifest贸:
— Soy Jes煤s de Nazareth, hijo de Mar铆a y Jos茅…
— Es cierto, no tiene nada debajo de esa t煤nica blanca, salvo su cuerpo desnudo — concluy贸 茅l uniformado tras requisarlo.
— Entonces, debe venir con nosotros hasta la jefatura, para identificarlo con el sistema y huellas dactilares — determin贸 el polic铆a bigotudo.
El mes铆as ni siquiera pidi贸 explicaci贸n, demostr谩ndoles que estaba de acuerdo con ellos. Lo subieron a una cuatrimoto patrulla con el emblema de la polic铆a que dejaron estacionada en el malec贸n y lo condujeron despu茅s a la estaci贸n situada a diez cuadras de all铆.
Mientras lo transportaban, el mes铆as solo se dedic贸 a contemplar y o铆r en silencio lo que ve铆an y escuchaban sus ojos marrones claros y o铆dos por donde iban. Los veh铆culos, las motos, los buses, la gente caminando por los andenes, el bullicio de aquella ciudad causada por los claxon, la m煤sica, la habladur铆a de sus habitantes y otros sonidos desconocidos a煤n para 茅l.
En el preciso instante en que transitaban por una avenida amplia de cuatro carriles, volvi贸 a ver el estadio de f煤tbol donde hab铆a llegado primero y not贸 que se encontraba en silencio y una multitud sal铆a de 茅l, la mayor铆a cabizbaja, algunos callados y otros maldiciendo. “Si me hubieran escuchado…” — murmur贸 entre dientes.
—- ¿Qu茅 dijo, se帽or? —, pregunt贸 el polic铆a m谩s joven y quien iba a su lado. Pero el mes铆as no le contest贸, sigui贸 contemplando a la muchedumbre triste y enfurecida.
— ¡Jes煤s habla hasta solo! — exclam贸 el uniformado, dirigi茅ndose a su compa帽ero, quien conduc铆a la cuatrimoto.
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En la estaci贸n de la polic铆a, el mes铆as not贸 enseguida a otros uniformados con las mismas caras tristes de los fan谩ticos saliendo del estadio. Continuaban viendo un televisor plasma de 40 pulgadas pegado a una de las paredes de la sala de estar de la delegaci贸n, en donde segu铆an retransmitiendo algunos pasajes del encuentro futbolero consumado.
Como era de esperarse, la presencia del mes铆as atrajo de inmediato la atenci贸n de todos, pero ninguno coment贸 nada, no estaban de humor como para burlarse o hacer chistes de alguien o algo. Le restaron importancia y volvieron a poner sus ojos y atenci贸n en lo que se mostraba y se dec铆a en el televisor rectangular.
Pero uno de los polic铆as, un sargento corpulento con el uniforme desabotonado hasta el pecho y una medalla de la Virgen del Carmen colgando de su cuello, levant贸 la vista del televisor por un segundo y repar贸 al mes铆as flanqueado por los dos agentes que lo tra铆an, y al ver su t煤nica blanca, torci贸 la boca y se rasc贸 la cabeza, y tras pensar que el mundo ya estaba lo bastante loco esa noche como para sumar un loco m谩s, orden贸:
— P贸nganlo en la celda de los borrachos —, volviendo a clavar los ojos en la pantalla, donde un analista con corbata roja repet铆a por en茅sima vez el gol de penalti que hab铆a dado la victoria a los gringos.
Los dos polic铆as que lo escoltaban lo guiaron por un pasillo estrecho, con paredes pintadas de un verde desva铆do y olor a cigarrillo rancio. El mes铆as caminaba sin resistencia, observando los detalles: un calendario de 2030 a煤n colgado, aunque ya estaban en 2031; un ventilador de techo que giraba perezoso, moviendo el aire caliente; y en una pizarra, garabateados con marcador, los turnos de la semana y un dibujo infantil de un bal贸n con la frase “Brasil hexacampe茫o” tachada con furia.
Lo metieron en una celda de barrotes oxidados, compartida con un hombre flaco que dorm铆a en el suelo, abrazado a una botella vac铆a de aguardiente. El mes铆as se sent贸 en el banco de cemento, cruz贸 las piernas y cerr贸 los ojos. No rezaba; solo escuchaba. Escuchaba el latido de su propio coraz贸n, que segu铆a siendo el mismo de hace dos mil a帽os, y el de los polic铆as, acelerados por la derrota.
—Oye, Jes煤s —dijo el polic铆a joven, asom谩ndose entre los barrotes—. ¿T煤 sab铆as que iba a pasar esto? ¿Lo del partido?
El mes铆as abri贸 los ojos y lo mir贸 con calma.
—Lo dije. En el estadio. Tres a dos.
El polic铆a se qued贸 mudo. Su compa帽ero, el del bigote, solt贸 una carcajada seca.
—Claro, y yo soy el Papa. Si hubieras ganado la quiniela, ahora estar铆as en un yate, no aqu铆.
Pero el joven polic铆a no se ri贸. Se qued贸 mirando al mes铆as un segundo m谩s, como si algo en su voz le hubiera hecho clic. Luego se alej贸, murmurando algo sobre “locos que aciertan”.
Esa noche, el mes铆as no durmi贸. A las tres de la madrugada, un guardia entr贸 tambale谩ndose, con los ojos rojos de llanto y alcohol. Era el mismo sargento de la medalla. Se sent贸 en el suelo frente a la celda, sac贸 un cigarrillo y lo encendi贸 con dedos temblorosos.
—¿T煤 eres de verdad? —pregunt贸 de pronto, sin mirarlo.
El mes铆as no respondi贸 de inmediato. Se levant贸, se acerc贸 a los barrotes y extendi贸 la mano. El sargento, sin saber por qu茅, puso la palma contra la del mes铆as. No hubo luz, ni truenos, ni voces del cielo. Solo un calor suave, como cuando tu madre te toma la mano de ni帽o.
—Tu hija —dijo el mes铆as—. La que est谩 en S茫o Paulo. Tiene fiebre. Ma帽ana estar谩 bien.
El sargento retir贸 la mano como si se hubiera quemado. Se levant贸, dio media vuelta y se fue sin decir nada. Pero al d铆a siguiente, cuando el mes铆as fue liberado por “falta de cargos” (y porque nadie quer铆a lidiar con un loco que no hab铆a hecho nada), el sargento no estaba. Lo hab铆an llamado de urgencia: su hija hab铆a despertado sin fiebre, riendo, pidi茅ndole que le contara del partido.
El mes铆as sali贸 a la calle. El sol apenas asomaba sobre los edificios. Rio segu铆a dormida, pero ya se o铆an los primeros cl谩xones y el rumor de los vendedores ambulantes. Camin贸 descalzo por la avenida, dejando huellas h煤medas en el asfalto. Nadie lo miraba. O los que lo hac铆an, lo hac铆an como se mira a un mendigo con ropa rara.
Entonces vio el cartel: una valla publicitaria gigante con la cara sonriente de un influencer diciendo “¡Creer es poder! Suscr铆bete a mi canal”. Debajo, alguien hab铆a pintado con spray: “EE.UU. 3 - BRASIL 2. NUNCA M脕S”.
El mes铆as sonri贸. No con iron铆a. Con algo que parec铆a…cansancio.
—Todav铆a falta —murmur贸. Y sigui贸 caminando hacia el norte, donde el mar se encuentra con la ciudad, y donde, tal vez, alguien m谩s estar铆a dispuesto a escuchar.
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El mes铆as camin贸 toda la ma帽ana por la orla de Copacabana, entre ciclistas que lo esquivaban, vendedores de agua de coco y turistas con c谩maras colgadas al cuello. Nadie se interes贸 ni siquiera en verlo, como si su presencia fuera normal. Sin embargo, 茅l solo observaba: la forma en que la gente se agrupaba en c铆rculos para hacerse selfies, c贸mo los ni帽os constru铆an castillos con la misma arena y c贸mo un perro callejero lo sigui贸 tres cuadras antes de perderse detr谩s de un quiosco de a莽a铆.
Al mediod铆a lleg贸 a Ipanema. El sol pegaba fuerte y el aire ol铆a a protector solar y cacha莽a. Se detuvo frente a un bar con mesas en la vereda. Un televisor peque帽o, colgado sobre la barra, repet铆a los goles de la final. El narrador gritaba “¡hist贸rico!” cada vez que el bal贸n entraba. Los parroquianos, en su mayor铆a hombres con camisetas verdes amarillas deste帽idas, beb铆an cerveza en silencio.
Uno de ellos, un se帽or flaco con tatuaje de la bandera brasile帽a en el brazo, lloraba abiertamente. El mes铆as se acerc贸 a la barra. El cantinero, un mulato con delantal manchado, lo mir贸 de arriba abajo.
—¿Qu茅 va a tomar, se帽or?
—Agua —dijo el mes铆as.
El cantinero llen贸 un vaso de pl谩stico y se lo pas贸. El mes铆as lo tom贸, bebi贸 un sorbo y lo dej贸 sobre la barra.
—¿Usted vio el partido? —pregunt贸 el hombre del tatuaje, sin levantar la vista.
—Lo pronostiqu茅 —respondi贸 el mes铆as.
El hombre solt贸 una risa amarga.
—Todos lo pronosticamos mal, hermano. Yo apost茅 la plata del alquiler. Mi mujer me va a matar.
El mes铆as se sent贸 en un taburete vac铆o. El cantinero limpiaba un vaso con un trapo sucio.
—¿Y t煤 qu茅 apostaste? —pregunt贸 el mes铆as al hombre del tatuaje.
—Todo. La casa, el carro, la dignidad. —y se sec贸 la cara con la manga—. Ahora soy un meme. Mi cara est谩 en todos lados: “El brasile帽o que llor贸 en el bar”. Hasta los gringos me mandan mensajes.
El mes铆as mir贸 el televisor. En la pantalla, un reportero entrevistaba al capit谩n estadounidense, que levantaba la copa con una sonrisa de comercial de dent铆frico.
—¿Sabes qu茅 es lo peor? —continu贸 el hombre—. Que ni siquiera odio a los gringos. Odio que tuvieran raz贸n. Odio que el mundo cambie y nosotros sigamos pensando que somos los reyes.
El mes铆as puso una mano sobre el hombro del hombre. No hubo luz, ni m煤sica celestial. Solo contacto.
—Cambiar no es perder —dijo—. Es seguir.
El hombre lo mir贸. Por primera vez, sus ojos se encontraron con los del mes铆as. Vio algo ah铆: no l谩stima, no superioridad. Solo reconocimiento.
—¿T煤 qui茅n eres, viejo?
El mes铆as sonri贸 y dijo: “Alguien que tambi茅n perdi贸 una vez. Y volvi贸”.
El cantinero dej贸 de limpiar el vaso. Los dem谩s parroquianos, que escuchaban a medias, giraron la cabeza. El silencio se hizo denso, como antes de un penalti.
—¿T煤 eres el loco del estadio? —pregunt贸 uno, un chico con gorra al rev茅s—. El que flotaba.
—Fui yo —dijo el mes铆as.
El chico sac贸 el celular, abri贸 la galer铆a y le mostr贸 un video borroso: una figura blanca flotando sobre el c茅sped, los brazos abiertos, la boca movi茅ndose sin sonido.
—Esto est谩 en todos lados —dijo—. La FIFA dice que fue un drone. Pero no se ve ning煤n drone.
El hombre del tatuaje se inclin贸 hacia adelante.
—¿Y qu茅 dijiste? En el video no se oye nada.
—Dije que Estados Unidos ganar铆a tres a dos.
El bar entero se qued贸 en silencio. El cantinero solt贸 el vaso. Cay贸 al suelo y se hizo a帽icos.
—Mentira —dijo alguien desde el fondo.
El mes铆as no respondi贸. Se levant贸, dej贸 una moneda de oro sobre la barra (nadie la vio aparecer, simplemente estaba ah铆) y sali贸 caminando.
Afuera, el sol ya bajaba. La marea sub铆a, lamiendo los mosaicos de la vereda. El mes铆as sigui贸 caminando hasta el final de la playa, donde las rocas se encuentran con el mar. Se sent贸 en una piedra, mirando el horizonte. El viento le mov铆a la barba.
Un ni帽o se acerc贸. No tendr铆a m谩s de diez a帽os. Llevaba una pelota desinflada bajo el brazo.
—¿Usted es Jes煤s? —pregunt贸 sin rodeos. El mes铆as lo mir贸.
—¿T煤 qu茅 crees?
El ni帽o se encogi贸 de hombros.
—Mi abuela dice que s铆. Que usted cur贸 a mi primo en el hospital. Pero mi pap谩 dice que es mentira, que fue la medicina.
El mes铆as tom贸 la pelota, la infl贸 con un soplo (la goma se hinch贸 sola, perfecta) y se la devolvi贸.
—Tu abuela y tu pap谩 tienen raz贸n los dos —dijo—. A veces la medicina necesita ayuda.
El ni帽o sonri贸, tom贸 la pelota y corri贸 hacia un grupo de amigos que jugaban m谩s all谩. El mes铆as se qued贸 mirando c贸mo la pelota volaba, c贸mo los ni帽os re铆an, c贸mo el mundo segu铆a girando aunque Brasil hubiera perdido.
Entonces oy贸 pasos detr谩s de 茅l. Se dio vuelta. Era el sargento de la noche anterior. Ya no llevaba uniforme, solo una camiseta vieja y ojeras.
—Mi hija quiere conocerte —dijo sin pre谩mbulos—. Dice que sue帽a contigo todas las noches. El mes铆as se levant贸 y le contest贸: “Ll茅vame con ella”.
Caminaron por la avenida Atl芒ntica. El sargento iba en silencio, fumando un cigarrillo tras otro. Llegaron a un edificio viejo en Leme. Subieron por escalera, porque el ascensor estaba da帽ado. En el tercer piso, una puerta se abri贸 antes de que tocaran. Una ni帽a de unos siete a帽os, con trenzas y pijama de unicornios, los esperaba en el umbral.
—T煤 eres el se帽or que me cur贸 —dijo, y lo abraz贸.
El mes铆as se agach贸, la abraz贸 de vuelta. El sargento se qued贸 en la puerta, mirando. Su mujer, detr谩s, lloraba en silencio.
—¿C贸mo lo hiciste? —pregunt贸 el sargento cuando salieron al pasillo.
—No lo hice yo —dijo el mes铆as—. Lo hicieron ustedes. Creyeron. El sargento apag贸 el cigarrillo contra la pared.
—¿Y ahora qu茅? ¿Vas a hacer llover panes o algo?
El mes铆as neg贸 con la cabeza y contest贸: “Voy a seguir caminando. Hasta que alguien m谩s crea. El sargento lo mir贸 un largo rato y le propuso: “¿Puedo ir contigo? El mes铆as sonri贸. “Puedes”, le dijo. “Pero no ser谩 f谩cil”, le advirti贸. El sargento se encogi贸 de hombros: “Nada lo es desde anoche”.
Y as铆, el mes铆as y el sargento bajaron las escaleras. Afuera, la noche ca铆a sobre R铆o. Las luces de los edificios segu铆an encendidas y en alg煤n lugar, un televisor segu铆a repitiendo los goles. Pero en la calle, el sargento y el mes铆as, continuaron caminando, uno descalzo y con t煤nica blanca y el otro con una camiseta de su amada selecci贸n, rumbo a alg煤n lugar incierto y por primera vez desde que hab铆a regresado, el mes铆as ya no se sent铆a solo. Pero su tarea apenas comenzaba…
Continuar谩...

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