饾悂饾悶饾惂饾悶饾悷饾悽饾悳饾悽饾惃 饾悳饾惃饾惀饾悮饾惌饾悶饾惈饾悮饾惀

 


饾懛饾拹饾挀 脕饾拲饾挆饾拏饾挀饾拹 饾應饾拹饾挄饾拞饾挃 饾應贸饾挀饾拝饾拹饾拑饾拏 


El establecimiento se ve铆a vac铆o, con unos cinco clientes. Y el propietario, con la camisa abierta a la altura de su pecho, debido a la temperatura que hac铆a, se balanceaba despacio sobre una de las sillas giratorias frente a su bar, esperando que su empleado le sirviera un trago de whisky. El cantinero, con la botella en la mano, se hab铆a quedado inm贸vil, mirando hacia la puerta.


A las seis en punto de todos los d铆as arribaban los paracos a aquel negocio nocturno de venta de licor, para cobrar sus vacunas. Se sent铆an sus presencias por el ruido de los motores de sus camionetas negras. Apenas se oy贸 el primero, un ruido inconfundible e inigualable, como un rugido seco, sin prisa, el due帽o del local dej贸 de moverse sobre la silla giratoria. El cantinero puso la botella sobre el mostrador de acr铆lico y se santigu贸 con disimulo, como quien aparta una mosca.


Primero entr贸 el olor a gasolina y p贸lvora. Luego se vieron las botas, ocho pares que pisaban el piso de cemento. El que iba adelante llevaba un pa帽uelo rojo anudado al cuello y una AK colgada al hombro con la misma naturalidad con que los otros llevaban unas mochilas indias donde escond铆an sus pistolas. No mir贸 a nadie. Se par贸 en el centro de la cantina, gir贸 despacio y habl贸 con voz que no era alta pero que escuchaban todos:


—Buenas tardes, se帽ores. ¿Alguien ha visto a Jairo Parra?


Nadie contest贸. El propietario apret贸 los labios hasta que se le marcaron las arrugas. Y el cantinero se meti贸 las manos en los bolsillos de una camisa estilo guayabera, pero de color tropical o carnavalesco. Afuera, en la calle, las mujeres de otros bares no exclusivos, sal铆an hacia la bah铆a a pescar tiburones. Una adolescente de unos 16 a帽os las segu铆a detr谩s, a una distancia corta y a煤n con una mu帽eca de trapo en sus manos. Era el anzuelo que utilizaban cuando la pesca no sal铆a bien.


El del pa帽uelo rojo sonri贸 sin ganas. — Jairo el boc贸n —repiti贸—. El que sopla ladrillo y anda por los techos ajenos.


Entonces se oy贸 un crujido en la silla giratoria, de donde el due帽o del bar se hab铆a puesto de pie. Era alto, flaco, con el pelo negro que le ca铆a sobre las orejas como plumas de gallinazo. Dio un paso adelante. Las botas se volvieron hacia 茅l al un铆sono, como si tuvieran un solo cuello.


—Yo soy el propietario —dijo—. Aqu铆 no hay ning煤n Jairo. Aqu铆 lo que hay es gente que trabaja y paga sus vacunas.


El del pa帽uelo rojo lo mir贸 de arriba abajo. Luego observ贸 la silla giratoria vac铆a, la cual segu铆a movi茅ndose sola, como si el miedo tuviera peso y se hubiera quedado all铆 sentado. 


—- Se帽or propietario —dijo—, las vacunas se pagan de muchas maneras. Hoy toca hacerlo sin el silencio.


Sac贸 un papelito del bolsillo. Era peque帽o, cuadrado, con letras impresas en m谩quina de escribir. Lo despleg贸 con dos dedos y lo clav贸 en el mostrador del bar con un cuchillo que nadie vio de d贸nde sali贸. El cuchillo qued贸 temblando un segundo antes de quedarse quieto. En el papel se le铆a: “Quien oculte informaci贸n ser谩 declarado objetivo militar”.


El propietario no dijo nada. El cantinero se santigu贸 otra vez. Afuera, la menor segu铆a caminando detr谩s de las amigas mayores y jugando con su mu帽eca, sin importarle a nadie su temprana desgracia. Aunque en su rostro se ve铆a que era una ni帽a todav铆a, su cuerpo ya se hab铆a desarrollado como el de una adulta.


Los paramilitares se fueron como hab铆an llegado. El motor rugi贸 de nuevo, esta vez alej谩ndose hacia alguna parte de la ciudad. La silla giratoria se detuvo y el due帽o del bar se sent贸 sobre ella despu茅s y despacio, como si le dolieran los huesos. Luego el cantinero le sirvi贸 el trago sin que se lo volviera a pedir. Nadie habl贸. Solo se escuch贸 el sonido del licor cayendo en el vaso. 


Jairo Parra no era ning煤n soplador ni salteador de techos. Era un ex militar que, a煤n cuando hab铆a pagado una condena por el homicidio de otro hombre y hab铆a dejado el oficio que lo llev贸 a cometer ese crimen, no hab铆a podido dejar la adicci贸n al licor. Era muy conocido en los bares y cantinas de esa zona de la ciudad, adonde entraba, beb铆a y se divert铆a con las chicas malas. 


Nadie sab铆a de d贸nde sacaba dinero para sus diversiones y a ninguno le importaba saber. Adem谩s, era muy amigo de casi todos los propietarios y empleados de los bares y cantinas de aquella zona, por cuanto les quit贸 un peso de encima a cambio de su libertad.


En efecto, quince a帽os antes, cuando ten铆a 30 a帽os de edad y acababa de salir del ej茅rcito, Jairo era conocido como el mejor por su disciplina y pericia militar en el tiempo en que estuvo en una fuerza especial dentro de la instituci贸n castrenses, dedicada a la persecuci贸n y aniquilamiento de los enemigos letales del pa铆s.


Fue el mejor y cumpli贸 a cabalidad con todas las misiones que le ordenaron sin ni siquiera salir herido en ninguna de ellas que fueron casi medio centenar. Pero esos honores no fueron suficientes para que, cuando dej贸 la milicia, lograra conseguir un trabajo decente en alg煤n ente del Estado o empresa privada acorde a su profesi贸n. Todas las vacantes estaban ocupadas por ex militares que se retiraron antes de 茅l, por lo que deb铆a esperar que al menos se desocupara una, para meter su notable hoja de vida.


Pero mientras eso no sucediera, deb铆a sobrevivir a los cada vez m谩s elevados niveles de vidas que sub铆an r谩pido dada la celeridad con que los avances tecnol贸gicos impon铆an en corto tiempo una realidad capitalista llena de lujos y aparatos electr贸nicos que hasta contribu铆an a que hubiera discriminaciones sociales irracionales y absurdas, como por ejemplo, si ten铆as la 煤ltima versi贸n de un iPhone, te considerabas mejor persona que las que no podi铆an comprar uno igual.


A Jairo Parra le importaba un bledo comprar celulares car铆simos, pero no pod铆a pensar lo mismo de sus tres hijos de 20, 18 y 16, estudiantes muy aplicados quienes s铆 lo anhelaban como cualesquiera otros j贸venes para estar a la moda o vanguardia. Y aunque viv铆an con su madre, nunca los hab铆a desamparado y siempre permanec铆a pendiente a hacerles m谩s f谩cil sus vidas, porque los quer铆a ver convertidos en profesionales.


La pensi贸n militar no le alcanzaba para sostener esos lujos de la afanada modernidad a sus hijos y por ello resolvi贸 buscar la forma de c贸mo obtener una fuente de ingreso que lo ayudara m谩s. Una noche, cuando visitaba el bar nocturno del flaco con el pelo negro que le ca铆a sobre las orejas como plumas de gallinazo, cuyo verdadero nombre era Wenceslao, escuch贸 la conversaci贸n que sosten铆a con otros dos due帽os de bares vecinos, sobre la existencia de un sujeto que los ven铆a extorsionando.


Ninguno de ellos sab铆a que Jairo Parra hab铆a sido militar, solo lo conoc铆an como un cliente asiduo del cual nadie ten铆a una queja. Adem谩s de que se hab铆a ganado hasta la confianza de las meseras. Por eso se les arrim贸 y les pregunt贸 cu谩l era el problema que compart铆an y se lo dijeron y le explicaron con lujo de detalles.


Los tres comerciantes se sorprendieron cuando Jairo Parra les manifest贸 que si le pagaban un sueldo, no solo conformado por los tres, sino por el resto de los due帽os de los dem谩s bares, les acababa el problema en un d铆a y continuar铆a enfrentando los que se les presentara en el futuro. 


Los comerciantes, al principio, vieron la propuesta muy buena en cuanto al gasto econ贸mico que obtendr铆an, pues en lugar de pagarle 100 mil pesos diarios al extorsionista, le iban a cancelar a Parra 500 mil pesos mensuales.


Pero dudaron cuando reflexionaron sobre la garant铆a que les ofrec铆a acerca de acabarles el problema y fue entonces cuando Jairo Parra se les revel贸 y les cont贸 su impecable y letal hoja de vida en el ej茅rcito, mostr谩ndoles sus distinciones que siempre llevaba en su billetera y bolsillos. Desde entonces, Jairo Parra se convirti贸 en el 谩ngel guardi谩n y de la seguridad de todos los comerciantes de esa zona de lenocinio.


Anul贸 en un d铆a al extorsionista y durante seis meses, los due帽os de los bares y cantinas no tuvieron que compartir sus ganancias con ning煤n otro extorsionista, solo con sus empleados y entre lo que se destacaba Parra, por ser el empleado de todos. Pero la dicha nunca es eterna y la justicia camina, aunque lenta, cuando no la manosean ni la endulzan.


No se sabe c贸mo, pero la investigaci贸n del crimen del extorsionista esclareci贸 que los responsables de su asesinato eran los due帽os de bares y cantinas, quienes contrataron al sicario. Sin embargo, en un giro inesperado que dio el caso, que volvi贸 a sorprender a los comerciantes, Jairo Parra se present贸 antes las autoridades y confes贸 ser el autor intelectual y material de ese homicidio, por el no pago de una parte de las extorsiones que ambos le hac铆an a los comerciantes, quienes fueron solo sus v铆ctimas.


Durante los 15 a帽os que estuvo preso, cumpliendo la condena, los comerciantes nunca lo abandonaron y le siguieron pagando su sueldo con los respectivos aumentos de cada a帽o, envi谩ndoselos a sus hijos. En prisi贸n vio a sus hijos graduarse en las universidades, casarse y tener sus nietos. Fue dolorosos para 茅l no estar cerca de ellos en esos momentos, pero justific贸 la ausencia con la ayuda que logr贸 su decisi贸n de confesar sola su participaci贸n en aquel homicidio innecesario.


El d铆a en que le concedieron la libertad tras cumplir su condena, lo primero que hizo fue visitar el bar de Wenceslao, esa misma noche en que los paracos, los nuevos extorsionistas que ahora afrontaban los comerciantes de aquella zona de lenocinio, hab铆an dejado su advertencia clavada en el mostrador como una sentencia.


Jairo Parra hab铆a llegado al bar camuflado, diez minutos antes de que los paracos lo hicieran. Vest铆a una camisa sencilla, planchada por su hija mayor en la visita de la ma帽ana y luc铆a una gorra negra. El bar estaba igual: el mismo olor a licor derramado y humo rancio, las mismas luces tenues que proyectaban sombras largas sobre el piso de cemento agrietado. Y solo con los cinco clientes, como siempre a esa hora temprana, y Wenceslao balance谩ndose en su silla giratoria, con el pecho al aire y el vaso de whisky a medio terminar. Nadie se dio cuenta de su presencia en el bar sino despu茅s, cuando los paracos se fueron y 茅l sali贸 de donde se hab铆a ubicado, en el ba帽o de las mujeres y se mostr贸.


El cantinero lo vio primero. Sus manos temblaron al servir otro trago, y el l铆quido salpic贸 el acr铆lico. Wenceslao se puso de pie de un salto, como si un resorte lo impulsara, y lo abraz贸 con fuerza, palme谩ndole la espalda huesuda.


—Jairo, hermano... Dios m铆o, est谩s aqu铆. Los muchachos no lo van a creer.


Jairo sonri贸 con esa media mueca que no llegaba a los ojos, marcada por a帽os de rejas y silencios. 


—No vine a festejar, Wences. Vine a trabajar. ¿Qu茅 pasa con esos paracos? 


Los clientes se removieron inc贸modos, bajando la vista a sus vasos. Afuera, la bah铆a se hac铆a escuchar con el oleaje, y las mujeres nada que empezaban a regresar de sus pescas diarias. Wenceslao se帽al贸 el papelito clavado en el mostrador, el cuchillo a煤n all铆, como un recordatorio vivo.


—Vinieron y y preguntaron por ti. Dijeron que eres el boc贸n, el que salta techos. Dejaron eso. Dicen que las vacunas ahora se pagan con informaci贸n, o con sangre.


Jairo se acerc贸 al mostrador, arranc贸 el cuchillo con un tir贸n seco y ley贸 el mensaje en voz baja. Su rostro no cambi贸, pero sus dedos se cerraron alrededor del mango como en los viejos tiempos. Record贸 las misiones: el rugido de los helic贸pteros, el peso del fusil, la orden seca de eliminar amenazas. Aquello era diferente; esto era su barrio, su gente. Pero el instinto no se oxida.


—No soy ning煤n boc贸n —murmur贸—. Pero si me buscan, me van a encontrar.


Esa noche, los comerciantes se reunieron en el bar de Wenceslao, cerrando las puertas temprano. Eran una docena: due帽os de cantinas, prost铆bulos disfrazados de bares, vendedores de licor clandestino. Todos le deb铆an la vida a Jairo, o al menos la paz de aquellos seis meses antes de la c谩rcel. Le contaron todo: los paracos hab铆an llegado hac铆a un a帽o, camionetas negras con placas falsas, AK-47 y pa帽uelos rojos. Cobraban el doble de lo que ped铆a el extorsionista viejo, y mataban por diversi贸n. Dos bares vecinos ya hab铆an cerrado; uno quemado, el due帽o desaparecido.


—Te pagamos mientras estuviste adentro —dijo uno, un gordo con bigote—. Tus hijos nunca faltaron nada. Ahora, Jairo, ¿nos ayudas otra vez? Te damos lo que sea.


Jairo neg贸 con la cabeza, sent谩ndose en otra silla giratoria que cruji贸 bajo su peso. —No quiero sueldo. Quiero que mis nietos crezcan sin esto. Pero solo hay una forma: acabar con la cabeza.


Plane贸 en silencio, como en las fuerzas especiales. Sab铆a de los paracos por las cartas que le enviaron los comerciantes: grupos residuales, exmilitares como 茅l, pero torcidos por la guerra sucia. El del pa帽uelo rojo era el l铆der, un tal Capit谩n Rojas, desertor de su misma unidad, quince a帽os atr谩s. Rojas lo recordaba; por eso preguntaba por 茅l. Era personal.


Durante d铆as, Jairo se movi贸 como un fantasma. Visitaba los bares de d铆a, fingiendo ser el cliente borracho, escuchando informaciones. Las meseras, aquellas chicas malas que lo adoraban, le daban pistas: las camionetas se reun铆an en una casa abandonada cerca de la zona de los bares, en donde contaban el dinero de las vacunas que recog铆an. La adolescente de la mu帽eca, ahora su informante involuntaria —la llamaban "la Ni帽a", hu茅rfana de la violencia—, lo segu铆a a veces, ofreci茅ndose como anzuelo a cambio de dulces. Ella vio a Rojas una noche, bes谩ndose con una de las amigas adultas.


Hasta que lleg贸 el d铆a de confrontarlos. Fue de noche, durante una lluvia torrencial. Jairo no llev贸 arma; las medallas en la billetera eran su talism谩n. Subi贸 al techo de la casa abandonada, como el salteador que dec铆an que era. Abajo, ocho hombres: Rojas en el centro, contando billetes de las vacunas, el pa帽uelo rojo empapado.


—Buenas noches, Capit谩n —dijo Jairo desde las vigas, su voz cortando el chaparr贸n como un cuchillo.


Las botas se volvieron al un铆sono. Rojas levant贸 la vista, los ojos brillando con reconocimiento y odio.


—Parra... el traidor. El que se comi贸 el cuento solo para salvar a sus putitos comerciantes.


—No soy traidor. Solo cumpl铆 贸rdenes. T煤 las rompiste.


Y baj贸 de un salto, desarmado pero letal. Los paracos dispararon, pero Jairo era sombra: rod贸 entre las habitaciones vac铆as de aquella vivienda grande, us贸 el cuchillo del bar —el mismo que hab铆a clavado el mensaje— para cortar tendones y desarmar. 


Recordaba las misiones: precisi贸n, no furia. Uno a uno cayeron, gritos ahogados por la lluvia. Rojas lo enfrent贸 al final, con su AK contra el cuchillo de Parra.


—Te mat茅 en la mente hace a帽os —gru帽贸 Rojas, disparando r谩fagas que astillaron paredes.


Jairo esquiv贸, cerr贸 distancia. Un golpe seco al cuello, como le ense帽aron: el Capit谩n cay贸 gorgoteando, el pa帽uelo rojo ti帽茅ndose de oscuro.


—No me mates por venganza —jade贸 Rojas—. Somos iguales.


—No —respondi贸 Jairo, clavando el cuchillo en el suelo, no en el hombre—. Yo eleg铆 proteger. T煤 elegiste destruir.


Despu茅s, Jairo llam贸 a la polic铆a an贸nimamente, dej贸 las armas y los billetes como prueba. Al amanecer, la casa abandonada era un cementerio de paracos. Rojas qued贸 vivo por unas horas y cuando iba a confesar el nombre de qui茅n los hab铆a ajusticiado, dej贸 de respirar.


Al d铆a siguiente, los comerciantes recibieron a Jairo como a un h茅roe, pero Jairo no quiso fiesta. Regres贸 al bar de Wenceslao, se sent贸 en la silla giratoria y pidi贸 un vaso con agua —hab铆a dejado el vicio en la c谩rcel, por sus nietos.


—Se acab贸 —dijo al cantinero, que se santiguaba por tercera vez esa semana.


Afuera, la Ni帽a solt贸 su mu帽eca en la bah铆a, y sinti贸 por fin que era libre, para dejar de ser ni帽a.


饾悈饾悎饾悕

Publicar un comentario

Publicar un comentario