Una tarde en El Camellón (Cuento)
Por Álvaro Cotes Córdoba
El sol se hundía lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de Santa Marta con un resplandor rojizo que se reflejaba en las aguas tranquilas de la bahía. El Camellón, o Paseo de Bastidas, bullía con la vida típica de una tarde caribeña. La brisa salada mecía las palmeras alineadas a lo largo del inmenso parque lineal, mientras el aroma a mar se mezclaba con el dulzor de los vendedores ambulantes ofreciendo desde mangos biche hasta jugos de corozo.
En el centro del paseo, la estatua de Rodrigo de Bastidas, el fundador de la ciudad en 1525, observaba imperturbable el espectáculo del atardecer. La figura de bronce, erguida con solemnidad, parecía custodiar la historia de la urbe más antigua de Colombia, mientras la luz anaranjada bañaba su contorno, proyectando sombras largas sobre el malecón.
A lo lejos, un crucero majestuoso se deslizaba con lentitud hacia el puerto, su silueta recortada contra el cielo ardiente. Sus luces comenzaban a encenderse, como pequeñas estrellas que anticipaban la noche. Más cerca, en la bahía, un grupo de botes regresaba a la playa, sus remos cortando el agua con un ritmo pausado. Los pescadores, con la piel curtida por el sol, saludaban a los paseantes con sonrisas cansadas pero satisfechas, mientras las gaviotas revoloteaban sobre ellos, esperando un descuido para robar algún tesoro.
En el mar de la bahía, el islote de El Morro emergía como un guardián milenario, su silueta oscura contrastando con el lienzo de colores cálidos del ocaso. Las olas lamían suavemente sus bordes, creando un murmullo que se mezclaba con las risas de los niños corriendo por el paseo y el eco lejano de un tambor vallenato.
En una de las bancas de madera, de espaldas a este paisaje de ensueño, una pareja de enamorados se besaba con la pasión de quienes sienten que el mundo puede detenerse en un instante. Sus manos entrelazadas, sus rostros tan cerca que parecían fundirse, ignoraban el espectáculo natural que los rodeaba. Para ellos, el universo entero estaba contenido en ese abrazo, en el calor de sus labios, en el latido compartido que ahogaba el sonido del mar.
A su alrededor, la vida seguía su curso: un anciano paseaba a su perro, un grupo de amigos compartía una cerveza helada, y los colores del atardecer se desvanecían lentamente, dando paso a las primeras estrellas. El Camellón, testigo silencioso de tantas historias, abrazaba a todos bajo el cielo caribeño, mientras la noche prometía envolver a Santa Marta en su magia tropical.
De pronto, una mujer de una edad mayor, con una pañoleta de colores cubriéndole el pelo y una falda también de colores que le cubría hasta los tobillos y una blusa morada, interrumpió el idilio de los enamorados, para proponer leerles sus manos.
La pareja, sobresaltada por la interrupción, separó sus labios con una mezcla de sorpresa y timidez. La mujer, de piel también trajinada por el sol y ojos vivaces que parecían guardar los secretos del Caribe, les sonrió con una calidez que desarmaba cualquier molestia. Su pañoleta multicolor ondeaba ligeramente con la brisa, y los colgantes de conchas en su cuello tintineaban como un eco del mar. “¿Quieren saber qué les depara el destino, mis amores?”, dijo con una voz ronca pero melodiosa, extendiendo una mano llena de anillos plateados.
El joven, con una risa nerviosa, miró a su pareja, quien alzó una ceja con curiosidad. “¿Y por qué no?”, respondió ella, extendiendo su mano izquierda hacia la mujer. El atardecer ya había cedido casi por completo al crepúsculo, y las luces del crucero, ahora anclado en el puerto, titilaban como un reflejo de las estrellas que empezaban a poblar el cielo. Los botes, ya amarrados en la playa, se mecían suavemente, mientras las olas susurraban contra la arena.
La mujer tomó la mano de la muchacha con delicadeza, recorriendo con un dedo las líneas de su palma. “Aquí hay un camino largo, mija”, murmuró, entrecerrando los ojos como si viera más allá de la piel. “Amor profundo, pero con pruebas. El mar siempre trae tormentas, pero también tesoros”. El joven, intrigado, se acercó un poco más, olvidando por un momento el paisaje del Camellón, donde un grupo de músicos comenzaba a afinar una guitarra y un tambor para una improvisada serenata vallenata.
“¿Y yo?”, preguntó él, ofreciendo su mano con un dejo de escepticismo. La mujer, sin perder la sonrisa, tomó su palma y la estudió con la misma intensidad. “Tú tienes el corazón inquieto, muchacho. El Morro te está mirando, ¿sabes? Dice que vas a encontrar algo importante, pero no donde esperas”. Señaló con un gesto el islote, que ahora era apenas una sombra contra el horizonte oscuro, iluminado solo por la luz plateada de la luna creciente.
La pareja intercambió una mirada, entre divertida y desconcertada, mientras la mujer guardaba sus manos en los bolsillos de su falda colorida. “El destino no se lee solo en las manos, sino en lo que hacen con ellas”, agregó, guiñándoles un ojo antes de alejarse con pasos lentos, su figura perdiéndose entre los paseantes que llenaban el Camellón.
Los enamorados volvieron a sentarse, ahora más cerca, con las manos entrelazadas. El eco de las palabras de la mujer resonaba en sus mentes, mientras las luces del paseo, los acordes del vallenato y el murmullo del mar los envolvían. El Camellón, con su estatua de Bastidas como testigo eterno, seguía siendo el escenario perfecto para los sueños, las promesas y los misterios que solo una tarde en Santa Marta podía tejer.
Casi media horas después de besarse y tratar de descifrar los misterios que la extraña mujer les había pronosticado, cuando se disponían a levantarse de la banca, para regresar a sus respectivas casas, se percataron de que sus celulares ya no estaban con ellos. La desconocida vendedora de humo se lo había extraído a Verónica de su bolso, mientras que a Carlos se lo había sacado de forma increíble e inexplicable de uno de los bolsillos posteriores de su pantalón.
— Con razón la maldita ni siquiera nos cobró la lectura de la mano — se resignó en concluir Verónica, una bella joven de cabellos negros y unas cuantas pecas en sus pómulos, residente y nacida en Barranquilla.
— Ella tiene que volver por aquí y me la voy a cazar — sentenció Carlos, con el acento característico de los samarios que no se dan por vencidos, así el Unión Magdalena pierda diez partidos y dure otros cinco años sin volver a la A…
FIN.

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