Ojo, delincuentes, Dios empezó a atrapar y castigar a los ladrones
Por Álvaro Cotes Córdoba
Era una soleada mañana de este mes de septiembre, en el corazón de una bulliciosa ciudad. Don Ernesto, un anciano de 71 años, caminaba con paso lento pero firme por la acera de una avenida principal. Su rostro arrugado y sus manos temblorosas sostenían su celular pegado a uno de sus oídos, mientras conversaba con su hija, quien vive en otra ciudad. Él es un hombre humilde, conocido por su bondad y por siempre ofrecer una sonrisa a quien se cruza en su camino.
Esa mañana, sin embargo, la tranquilidad de Don Ernesto se vio interrumpida. Un joven, no mayor de 20 años, con una gorra ladeada y una mirada nerviosa, lo abordó con rapidez. Sin mediar palabra, le arrebató el celular de la mano y salió corriendo, cruzando de inmediato una esquina. Don Ernesto, atónito, apenas pudo gritar un débil "¡Devuélveme mi celular pelao!" mientras veía al ladrón esfumarse. El joven corría tan veloz, que otros transeúntes, solo pudieron observar con resignación y vieron la escena como algo tan común por estos días.
El joven delincuente parecía flash. El celular en una de sus manos, era su primer trofeo del día, aparentemente fácil y una ganancia más en su corta pero agitada carrera delictiva. Su corazón latía con la adrenalina del escape, y de seguro en su mente ya planeaba a quién venderle el aparato. Pero el destino, o algo más grande, tenía otros planes.
Al llegar a una intersección, el joven, cegado por su prisa, no se detuvo a mirar. Una calle transitada, un semáforo en rojo que ignoró, y un autobús que venía a toda velocidad marcaron el fin de su huida. El impacto fue brutal. El chirrido de las llantas y el grito de los testigos rompieron el aire. El celular robado voló por los aires, cayendo destrozado en el asfalto, mientras el joven yacía inmóvil, atrapado bajo las ruedas del vehículo.
Los curiosos se arremolinaron, algunos intentando ayudar, otros grabando con sus teléfonos. Don Ernesto, quien había seguido la escena desde lejos, llegó jadeando al lugar. Al ver el cuerpo del ladrón y el celular destrozado, su rostro no mostró satisfacción, sino una mezcla de tristeza y resignación. "Pobre muchacho", murmuró, mientras una lágrima rodaba por su mejilla. Él, un hombre de fe, no pudo evitar pensar que aquello era más que un accidente: era un castigo divino. Unas cámaras de seguridad lo grabaron todo y si no me creen, vean aquí el video:

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