El día que Cupido apareció en el Club Santa Marta (cuento en 2 capítulos)
Por Álvaro Cotes Córdoba
Capítulo Primero
El día que Nubia conoció el amor, había en el cielo un manto de nubes rojizas que se extendía desde el norte de la ciudad y terminaba más allá de los cerros que dividen a Santa Marta con su reconocido y turístico balneario de El Rodadero.
Una ventisca fría con esporádicas y diminutas gotas de agua, proveniente de la imponente y majestuosa Sierra Nevada en el Este de la urbe, azotaba a la capital del Magdalena por esa noche.
Nubia, antes de salir de casa, se asomó primero por el balcón de su alcoba, con el fin de cerciorarse de que Alirio, su hermano mayor, ya había venido a buscarla. La residencia de dos plantas en la que aún vivía con sus padres, estaba ubicada en una zona de gran polo urbanístico en el noreste de la localidad.
-- Ya voy manito -- le gritó a Alirio, apenas comprobó que él la estaba esperando abajo y dejó ver su esbelto y bello cuerpo de adolescente tierna, por entre aquel balcón en el segundo piso de una casa con un diseño similar a las otras 244 viviendas que conformaban toda la enorme urbanización.
Su hermano, quien era cinco años mayor, la vio a través del vidrio panorámico de su camioneta blindada y creyó por un instante que contemplaba a una princesa. Ella se había asomado por completo, por lo que se le vio que lucía un vestido rojo brillante ajustado al cuerpo y sobre el cual colgaba su cabellera negra que contrastaba muy bien con su piel blanca.
Ambos estaban muy unidos. Alirio, a pesar de que se había casado y conformado un lindo hogar con una hermosa dama profesional como él y de cuya unión había nacido un par de niños gemelos, la seguía tratando como lo que era, su pequeña hermana y a quien continuaba demostrándole su afecto y protección incondicional, pese a todo. La acompañaba a todas partes, incluso, adonde ella ni siquiera se lo pedía, por lo que esa noche no sería la excepción.
Como se le iba a hacer la presentación en sociedad a su amiga Tania, una adolescente también hermosa y de su misma edad, a quien consideraba una de sus mejores amigas, en una ceremonia que se realizaría en el eterno club social de Santa Marta, le había pedido el favor a su hermano --quien no lo pensó una sola vez --, para que la llevara y recogiera después, a lo que él le respondió de forma inmediata: "No hace falta que me lo pidas, hermanita, no hace falta".
A los cinco minutos bajó ella y encontró a sus padres en una conversación amena con Alirio, hablando sobre los gemelos, a los que no veían desde su quinto cumpleaños, ocurrido una semana atrás. "Se los traigo el otro sábado por la mañana, para que se queden con ustedes todo el fin de semana y el puente festivo", les decía Alirio en el justo momento en que ella salió por la puerta principal de la casa.
Los padres estaban contentos, sobre todo su madre, la señora Eloiza, quien se apreciaba sonriente y cuyo amor hacia sus únicos nietos era palpable a mil leguas. El viejo Julio, aunque también los amaba y era impensable que no, en cambio, no podía sostener una sonrisa como la de su esposa por un problema facial en su cara, producto de una parálisis tras sufrir una isquemia, tres años antes.
-- Ok papi y mami, ya me voy -- Les dijo, al mismo tiempo que les estampaba a cada uno un beso de despedida en sus respectivas mejillas. Acto seguido, abrió la puerta de la camioneta y se subió a ella.
-- Hola manito cómo estás -- saludó a Alirio, a quien también le dio un beso en uno de sus cachetes ásperos y llenos de los diminutos cañones de una barba poblada que solía crecerle cada quince días.
-- Hola nena -- contestó él con un vozarrón de locutor antiguo.
De inmediato encendió el motor de su camioneta nueva y después aceleró poco a poco, al mismo tiempo que le decía adiós a sus progenitores con la mano que aún tenía por fuera de la ventana del vehículo. En Santa Marta, a esa hora de la noche y porque era un viernes laboral, el tráfico de vehículos se hacía muy pesado y más en las principales arterias o avenidas.
Cómo sería tan pesado que, aún siendo las 7:30 de la noche, es decir, una hora y media más tarde del tiempo crítico, cuando las personas regresan a sus casas tras la jornada laboral, los trancones continuaban tan intactos como al principio. Además, un trabajo de remodelación de andenes en varias calles del centro, típico de las administraciones de la ciudad en época de vacaciones, había empeorado el tránsito normal del que ya estaba acostumbrado la capital magdalenense, debido al aumento desproporcionado de su parque automotor en los últimos diez años.
Unos 45 minutos más tarde, tiempo bastante demorado si se tiene en cuenta que antes, cualquier automotor, incluso un bus urbano, se echaba 15 minutos recorriendo el mismo trayecto, arribaron por fin al mencionado club social de la ciudad y el cual aún queda y seguirá quedando allí, para toda la eternidad, frente a la otrora bahía más hermosa de América, también conocida como "La Perla de América".
La entrada del tradicional lugar, orgullo de la clase alta de los samarios, se veía bastante congestionada, pero era por la gran cantidad de automóviles de todo tipo, estacionados en la acera del encopetado sitio. Si la vía que estaba allí era de por sí angosta, con la enorme cantidad de carros parqueados en esos momentos se había convertido en el doble de angosta, amén de que nunca había un ente o un agente de tránsito que se encargara de poner el orden en esos estacionamientos improvisados que se formaban a cada rato en cualquier calle, carrera, avenida e incluso hasta en los callejones sin salidas del Distrito Turístico Cultural e Histórico.
Menos mal que a Alirio no le tocaba estacionarse esa noche, porque la piedra o el apellido Mejía se le hubiera subido a la cabeza, pues él era un fosforito que se prendía con cualquier roce físico. Pero a lo que pudieron llegar frente a la entrada del club, Nubia volvió a besar en la mejilla a su hermano, en agradecimiento por su colaboración, gesto innecesario, ya que tanto ella como él sabían muy bien que lo hacía por su encomiable afecto de hermandad y sin ninguna otra condición.
Cuando ella descendió de la camioneta de su hermano, Carlos Andrés Maredeys Martínez, un joven descendiente de una familia inmigrante de Italia que se había radicado en Santa Marta en 1950, y quien en esos precisos instantes también acababa de llegar con su hermana y padres al encumbrado evento, le clavó sus ojos de inmediato. No lo podía creer. Fue como si nunca hubiera visto a una mujer bonita. Pareció hipnotizado durante unos segundos que fueron como horas. Se había quedado tan embobado, que no escuchó ni siquiera a su hermana Yolanda al lado y quien le decía que le sostuviera por un momento la cartera, porque necesitaba arreglarse un tacón. Y aunque algunos le dicen amor a primera vista, para él fue como si se reencontrara con un amor viejo, del cual nunca nadie se olvida.
Nubia se dio cuenta de la mirada insidente de aquel muchacho y también lo confrontó con sus ojazos negros. Casi que experimentó lo mismo que él, con la diferencia de que ella no se quedó lela ni anonadada ni qué otro ocho cuatro. Simplemente advirtió que estaba tan buen mozo, "como el doctor se lo había recomendado", que le sonrió. Ese amable y educado gesto fue como la llave del Cielo para él. Sin duda, le había caído muy bien, pensó.
Dentro del club social, Carlos Andrés la buscó como aguja en un pajar, pues en el impoluto lugar había cientos de personas de las esferas sociales media y alta de la ciudad, reunidas en grupos grandes y pequeños, dispersos a lo largo y ancho de aquel edificio de dos pisos.
Mientras esperaban la ceremonia central, cuando los padres presentan a sus hijas ante la alcurnia sociedad, los asistentes del magnánimo evento se divertían departiendo en un cóctel global amenizado por varios grupos musicales de resonancia en todo el país y de una gran parte del mundo, entre ellos uno más cercano, autóctono, perteneciente a una de las familias más tradicionales de Santa Marta.
Tras casi media hora de búsqueda, por fin la pudo encontrar, pero ella estaba en un sitio donde no podía ni siquiera acercarse por la tradición, ya que permanecía en el grupo de las que esa noche iban a presentar ante la sociedad y como uña y mugre de su amiga Tania, debía estar junto a ella, estimulándola y aconsejándola, para que no estuviera nerviosa, pues aunque aquel acto parecía fácil, de solo mostrarse frente a un montón de personas que la repararían de pies a cabeza, el solo hecho de ser observadas así sea durante unos cuatro minutos por más de dos centenar de ojos y un número medio de personas con diferentes mentalidades y prejuicios, no era para menos.
Y como sabía que su amiga era bastante tímida y solo confiaba en ella, no iba a defraudarla y por ello permanecía a su lado, sobre todo en esa fase importante de su vida. Además, Nubia conocía muy bien esa experiencia, por cuanto ya la había vivido en carne propia el año inmediatamente anterior.
La costumbre decía que ningún hombre o amigo de las elegidas debía siquiera platicar con ellas ante la solemne presentación. Carlos Andrés lo sabía, pues había participado con el de ese día, en cuatro eventos iguales, incluyendo el de su hermana y quien lo había hecho dos años atrás. Sin embargo, por amor, él rompería toda regla tradicional esa noche.
Segundo Capítulo
Carlos Andrés, con el corazón latiéndole como tambor de vallenato, decidió que no podía esperar más. Sabía que romper la tradición era un riesgo, pero la chispa que había sentido al cruzar miradas con Nubia era más fuerte que cualquier protocolo. Con la excusa de arrimarse a un grupo de amigos cercanos al área donde estaban las jóvenes, se aproximó con disimulo, manteniendo su porte elegante pero con un brillo travieso en los ojos.
Nubia, que no perdía detalle de lo que sucedía a su alrededor mientras apoyaba a Tania, lo vio venir. Su sonrisa se ensanchó, casi como un reflejo, y aunque intentó mantener la compostura, su mirada lo delató. Carlos Andrés, con la audacia de quien siente que el destino le ha dado una señal, se acercó lo suficiente para susurrarle sin que los demás lo notaran:
—Disculpa, sé que no debería, pero no podía dejar de decirte que luces como si hubieras bajado del cielo esta noche.
Nubia, sorprendida pero encantada por su atrevimiento, soltó una risita baja, cubriéndose la boca para no llamar la atención.
—Eres valiente, ¿eh? —respondió en un susurro, sus ojos brillando con picardía—. Pero no te emociones, que aquí las reglas son claras.
—Las reglas están para romperlas cuando el corazón manda —replicó él, guiñándole un ojo.
Antes de que Nubia pudiera responder, una de las organizadoras del evento, una señora de porte altivo y mirada estricta, se acercó al grupo de las debutantes, haciendo que Carlos Andrés tuviera que retroceder con una sonrisa cómplice. Nubia, por su parte, volvió su atención a Tania, aunque no pudo evitar lanzar una última mirada hacia él, que le devolvió un gesto de “esto no termina aquí”.
La ceremonia comenzó. Las luces del club social se atenuaron, y un reflector iluminó a las jóvenes que, una a una, eran presentadas ante la sociedad samaria. Tania, con Nubia a su lado hasta el último momento, logró superar sus nervios y brillar en su presentación, recibiendo aplausos cálidos de la audiencia. Nubia, orgullosa de su amiga, no podía evitar que su mente divagara hacia Carlos Andrés, preguntándose si volvería a acercarse una vez terminado el protocolo.
Cuando la parte formal del evento concluyó, la música volvió a llenar el aire, y los asistentes se dispersaron para disfrutar del cóctel. Carlos Andrés, que no había perdido de vista a Nubia ni por un segundo, aprovechó el momento. Con la agilidad de quien conoce el terreno, se abrió paso entre la multitud hasta llegar a ella, que charlaba animadamente con Tania y otras amigas.
—¿Me permites un momento? —preguntó con una mezcla de cortesía y seguridad, extendiendo la mano hacia Nubia.
Ella, tras intercambiar una mirada rápida con Tania, que asintió con una sonrisa divertida, aceptó la invitación. Caminaron juntos hacia una terraza que daba a la bahía, donde las luces de Santa Marta se reflejaban en el mar como un cuadro vivo. La brisa fresca de la noche los envolvió, y por un momento, el bullicio del club pareció desvanecerse.
—No sé qué me pasa contigo —confesó Carlos Andrés, rompiendo el silencio—. No suelo ser tan impulsivo, pero desde que te vi bajar de esa camioneta, sentí que debía conocerte.
Nubia lo miró, evaluándolo con una mezcla de curiosidad y cautela.
—Eres directo, ¿no? —dijo, cruzando los brazos, aunque su tono era juguetón—. Pero te advierto, no soy de las que se dejan impresionar tan fácil.
—Ni yo de los que se rinden fácil —respondió él, con una sonrisa que dejaba claro que aceptaba el desafío.
Hablaron durante horas, o al menos eso les pareció. Descubrieron que compartían más de lo que imaginaban: un amor por el mar, un gusto por los vallenatos viejos, y una aversión por las formalidades vacías de la alta sociedad samaria. Cada palabra, cada risa, era como un ladrillo que construía un puente entre ellos. La noche avanzó, y aunque Alirio, fiel a su promesa, llegó puntual para recoger a Nubia, ella se despidió de Carlos Andrés con una promesa tácita: esto apenas comenzaba.
En los días siguientes, Santa Marta parecía más brillante para ambos. Carlos Andrés, con la ayuda de su hermana Yolanda, logró contactar a Nubia, y pronto comenzaron a verse en secreto, escapándose a paseos por la playa o a tomar un café en el centro histórico. Alirio, protector como siempre, al principio desconfió de las intenciones del joven, pero la felicidad evidente en los ojos de su hermana lo convenció de darle una oportunidad.
Sin embargo, el amor, como todo en la vida, no estaría exento de pruebas. La familia de Carlos Andrés, con su orgullo de linaje italiano, no veía con buenos ojos que su hijo se involucrara con alguien fuera de su círculo social. Y Nubia, por su parte, enfrentaba las expectativas de sus padres, que soñaban con un futuro “seguro” para su hija. Pero ambos, con la fuerza de su conexión y el apoyo incondicional de Alirio, decidieron que valía la pena luchar por lo que sentían.
El manto de nubes rojizas que cubrió el cielo aquella noche fue solo el comienzo de una historia que desafiaría tradiciones, prejuicios y barreras. Porque, al final, el amor de Nubia y Carlos Andrés no fue solo un flechazo, sino un acto de rebeldía contra todo lo que intentara separarlos, un recordatorio de que, en Santa Marta, bajo la mirada de la Sierra Nevada, el corazón siempre encuentra su camino.
*Fin.*

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