Redención en el andén (Cuento)


 Por Álvaro Cotes Córdoba 

Lucas era un perro. No le gustaban los sapos. Pero parecía un gato, cuando acechaba a sus víctimas con cautela hasta matarlas. Un día, no le pudo quedar bien a uno de sus clientes, porque se entrometió el Burro, un amigo de la infancia que lo reconoció inoportunamente. El imprudente lo sorprendió en el preciso instante en que había agarrado su mariapalito, así le decía a su pistola, para desenfundarla y dispararla hacia su víctima, a quien ya tenía en la mira y a cinco metros de distancia por su espalda. Tuvo que guardarla de inmediato, para atenderlo y no despertar sospecha alguna tanto de su viejo amigo como del resto de comensales que en esos momentos se encontraban en el restaurante al aire libre, incluyendo su víctima, frente a un enorme parque donde había niños, adolescentes y hasta ancianos charlandos y sentados en las bancas.

— ¡Viejo Lucas , mi hermanito, cuánto tiempo sin verte! — le gritó, tras llamarlo primero.

— Hola Burro, cómo estás — le respondió él en un tono de voz más bajo.

— Todo bien mi hermano: llevado de la malparidez, pero tú no tienes la culpa — le dijo el Burro en sentido burlesco.

Lucas sonrió, al mismo tiempo que miró hacia su víctima, quien seguía comiendo la sopa de pollo que había recién comprado.

— Mi hermano, en el barrio todo el mundo pregunta por ti, por tu familia, tu viejo y vieja: ¿Qué hay de ellos, como están?

Lucas dejó de sonreír y bajó un poco la cabeza, pero siguió mirando hacia su víctima.

— Mi viejo falleció y mi madre está con mi hermana — contestó Lucas, como afligido al recordar de nuevo a su padre.

— ¡Cómo va a ser ¿El viejo Lucas falleció? Sintiéndolo mucho mi hermanito — exclamó el Burro.

Como vio que el Burro no se iría de allí tan fácilmente, porque lo conocía y sabía que contiuaría averiguándole más de su familia, alargando la conversación, tuvo que decidir no realizar en esos momentos su trabajo de ese día. Lo haría más tarde o al día siguiente, pensó. Y mientras lo duditaba, volvió a observar a su víctima, quien ya había terminado de comer y se aprestaba cancelar la cuenta. Pero el Burro volvió a sorprenderlo:

— Mi hermano, ando mal de trabajo y me cuentan que te ha ido muy bien, aunque no te vemos desde hace tres años: hoy, por ejemplo, no tengo qué llevar a mi hogar.

Lucas sabía que el Burro era honesto y sincero, que tenía su hogar con su prima Oneida y con quien había engendrado tres hijos. Además, era una persona que, a pesar de sus necesidades y falta de oportunidades, nunca había tomado un mal camino como él. Por eso sintió un poco de empatía, pero antes le indagó:

— ¿Y la prima cómo está?

— Bien mi hermano, un poco enferma por su diabetes, pero yo siempre estoy pendiente de buscar como sea sus medicamentos.

— Ok Burro, te voy a regalar 200 mil, para que compres comida y la medicina de la prima, a quien de paso me la saludas.

Mientras Lucas le decía lo anterior, al Burro se le aguaron los ojos de la emoción. Jamás pensó que aquel viejo amigo le regalaría esa cantidad de dinero ese día y después de tres años sin verlo. Por lo que su respuesta a semejante dádiva no podía ser menos. Le dio un abrazo del oso y le susurró al oído: “Gracias hermanito por este gesto inolvidable, siempre estarás en mi corazón”.

El Burro se despidió de Lucas con la misma devoción y después se alejó de él y de aquel restaurante público, caminando y de regreso sobre la misma calle por donde había aparecido. Retornaba a casa, para darle la buena noticia a su esposa sobre el agradable encuentro con su primo Lucas, después de tres años sin saber de él. Ignoraba, por supuesto, lo que él hacía o cómo obtenía dinero. Y tampoco se le había ocurrido preguntárselo. Aunque según el run run le había ido bien en lo que hacía y lo cual, para él, era lo más importante. Nadie descartaba un trabajo ilícito, por cuanto Lucas no se había ni graduado de bachillerato y siempre se había dedicado a trabajos de oficio, como la albañilería o mototaxismo. El traquetismo, la extorsión, las ventas de drogas alucinógenas o el sicariato, eran aún las ofertas de trabajos con mayor acceso y las cuales mantenían las puertas abiertas para todo el mundo, sin exigir ningún grado de estudio a nadie.

Lucas, apenas que el viejo amigo se alejaba de él, miró otra vez hacia donde había dejado a su víctima, pero en esa ocasión no la volvió a ver. Levantó la mirada e hizo un paneo alrededor, para ver si lo detectaba y tampoco lo consiguió. Supuso entonces que había tomado un taxi. Sin embargo, no fue así. Se hallaba aún en el restaurante, pero en la parte interna del mismo, más exactamente en el baño, el cual había solicitado por una necesidad, ya que venía padeciendo de un malestar estomacal que lo había enviado con esa ocasión, tres veces al baño y le había quitado hasta el apetito, por lo que solo le había provocado comer una sopa de pollo, para reanimarse un poco.

Se trataba de un señor de apariencia elegante, bien vestido, cabellos entrecanos, de contextura gruesa, ni tan alto ni tan bajo, con una altura promedio de los habitantes de la ciudad en donde se encontraba, pero su piel lo delataba. Parecía del interior del país o de una ciudad con clima frío, porque su cara se notaba roja, como cuando se expone mucho al Sol y al calor. Y como en la urbe en que estaba el Sol y el calor hacen su bochorno todos los días, no era descabellado pensar que se trataba de un rolo.

El hombre permaneció en el baño por unos 15 minutos, de seguro mientras evacuaba la sopa de pollo que acababa de consumir, lo único que se había llevado al estómago vacío ese día. Durante ese tiempo, Lucas se despidió del Burro, revisó el área y después se fue en la moto que lo esperaba al otro lado del parque con su conductor, un amigo de confianza y con quien ya había hecho varios trabajos iguales, más conocido como el Conejo.

— ¿Qué pasó Lucas, no sentí los tiros? — Le preguntó el Conejo, apenas abordó la motocicleta en la parte posterior.

— Tuve que aplazarlo — dijo Lucas de forma seca y sin más comentario.

— ¿Y por qué, qué pasó? — le insistió el Conejo.

— Después te cuento y ándate, vámonos de por aquí — le ordenó Lucas, todavía mirando alrededor, para ver si aún detectaba a la víctima o a la policía, ya que de esta última no se podía dejar ver ni en pintura, debido a una circular roja en donde aparecía junto con otros delincuentes como los sicarios más buscados de la región.

Lucas y el Conejo se alejaron del parque a toda velocidad, con el rugido de la motocicleta cortando el aire caliente de la ciudad. Lucas, en la parte trasera, seguía escaneando los alrededores, su mirada afilada como la de un halcón. La adrenalina le corría por las venas, no por el peligro inmediato, sino por la frustración de haber perdido a su presa. Su mariapalito, aún guardada en la cintura, parecía pesar más de lo habitual, como si le reprochara la oportunidad perdida.

El Conejo, sin dejar de mirar el camino, rompió el silencio mientras esquivaban el tráfico caótico de la avenida principal.

—Hermano, ¿entonces qué? ¿Lo dejamos para mañana o qué? —preguntó, con un tono que mezclaba curiosidad y cierta impaciencia.

Lucas no respondió de inmediato. Su mente estaba en otra parte, reconstruyendo los últimos minutos. Sabía que no podía permitirse otro error. Este trabajo no era cualquier cosa: el cliente que lo contrató no era de los que perdonaban fallos. Se trataba de un encargo directo de El Patrón, un tipo que manejaba los hilos de media ciudad desde las sombras. No cumplir significaba no solo perder dinero, sino también arriesgar el cuello.

— Para en el callejón de la 17 —ordenó Lucas al fin, con voz firme pero baja.

El Conejo obedeció sin preguntar más, girando la moto hacia una callejuela estrecha y mal iluminada, donde el olor a basura y orín impregnaba el aire. Allí, lejos de las miradas curiosas, Lucas bajó de la moto y sacó su celular. Marcó un número que solo usaba en casos como este. Al otro lado, una voz grave y pausada contestó tras dos tonos.

—¿Qué pasó, Lucas? ¿Ya está hecho? —preguntó el hombre, sin rodeos.

—No, jefe. Tuve un inconveniente. Un viejo amigo se cruzó y no pude actuar. Pero lo tengo ubicado. Mañana cae, se lo juro —respondió Lucas, tratando de sonar seguro, aunque por dentro sabía que cualquier excusa sonaba débil ante El Patrón.

El silencio al otro lado de la línea fue más elocuente que cualquier grito. Finalmente, la voz volvió, fría como el acero.

—Mañana, Lucas. Sin excusas. Si no, ya sabes lo que pasa. Y no quiero verte buscando atajos con la mariapalito. Esto se hace limpio o no se hace.

La llamada se cortó. Lucas apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El Conejo, que había estado escuchando a medias, lo miró de reojo.

—¿Problemas, parce?

—Nada que no pueda resolver —respondió Lucas, aunque no estaba tan seguro. Se subió de nuevo a la moto—. Vamos al bar de la Loma. Necesito pensar.

En el bar, un tugurio con luces tenues y olor a cerveza rancia, Lucas se sentó en una esquina, pidió un aguardiente y comenzó a trazar un plan. Sabía que su víctima, el hombre de piel rojiza, no era un cualquiera. Según los datos que le habían pasado, se trataba de un empresario que había llegado a la ciudad para cerrar un negocio que amenazaba los intereses de El Patrón. No era un político ni un narco, pero su presencia en la ciudad estaba causando demasiadas olas. Y Lucas, con su mariapalito, era el encargado de calmar esas aguas.

Mientras tanto, en el restaurante, el hombre de los cabellos entrecanos salió del baño, visiblemente aliviado pero todavía pálido. Pagó su cuenta y caminó hacia la salida, ignorando que había estado a pocos segundos de la muerte. Sin embargo, algo en él parecía alerta. Miraba a su alrededor con más frecuencia de lo normal, como si presintiera que alguien lo observaba. Subió a un taxi y dio una dirección en el norte de la ciudad, un barrio de edificios modernos y vigilancia privada. No era un lugar donde Lucas y su mariapalito pudieran actuar con facilidad.

Esa noche, Lucas no durmió. Se quedó en su pequeño apartamento, un lugar austero con apenas un colchón, una mesa y un televisor viejo. Sobre la mesa, desarmó y limpió su mariapalito con la precisión de un cirujano. Era un ritual que lo calmaba, que le devolvía el control. Mientras pasaba un trapo por el cañón, pensó en el Burro, en su prima Oneida, en los tres niños que dependían de ellos. Por un momento, se permitió imaginar una vida diferente, una en la que no tuviera que cargar con el peso de su pistola. Pero la idea se desvaneció tan rápido como llegó. Él era Lucas, el perro que parecía gato, y su camino ya estaba trazado.

Al día siguiente, Lucas y el Conejo retomaron la cacería. Habían recibido un dato: el empresario estaría en una reunión en un hotel céntrico al mediodía. Era una oportunidad perfecta: un lugar público, pero con suficientes recovecos para actuar y escapar. Lucas llegó temprano, vestido con una camiseta sencilla y una gorra que le cubría parte del rostro. Se mezcló entre la gente, observando desde un café al otro lado de la calle. El Conejo esperaba en la moto, listo para la huida.

A las 11:45, el hombre de piel rojiza llegó al hotel en un carro blindado. Bajó acompañado de dos guardaespaldas, lo que complicaba las cosas. Lucas maldijo por lo bajo. No había previsto tanta seguridad. Sin embargo, algo en él lo impulsó a seguir adelante. Quizás era la presión de El Patrón o el deseo de cerrar el capítulo de una vez. Ajustó la mariapalito en su cintura y cruzó la calle, entrando al hotel con la naturalidad de un turista despistado.

Dentro, el ambiente era fresco, con aire acondicionado y un murmullo de conversaciones ejecutivas. Lucas localizó al empresario en el lobby, sentado en una mesa con otros dos hombres de traje. Los guardaespaldas estaban cerca, pero no demasiado. Era ahora o nunca. Lucas se acercó lentamente, fingiendo revisar su celular. Su mano derecha rozó la empuñadura de la mariapalito, lista para actuar.

Pero entonces, un grito familiar rompió el silencio.

—¡Lucas, hermano, otra vez tú! —Era el Burro, de pie en la entrada del hotel, con una sonrisa enorme y una bolsa de mercado en la mano. Había ido a entregar un pedido de frutas a un empleado del hotel, un trabajo esporádico que apenas le alcanzaba para el día.

Lucas se congeló. Los guardaespaldas giraron la cabeza hacia él. El empresario, alertado por el alboroto, lo miró directamente a los ojos. En una fracción de segundo, Lucas supo que estaba perdido. No podía sacar la mariapalito sin exponerse. No podía escapar sin que lo reconocieran. Y no podía fallarle a El Patrón sin pagar un precio aún mayor.

—Burro, ahora no —masculló Lucas, pero su amigo ya estaba a su lado, dándole palmadas en la espalda.

—¡Hermanito, qué casualidad! ¿Qué haces por aquí? —preguntó el Burro, ajeno al peligro.

Lucas tomó una decisión en ese instante. No podía seguir. No allí, no así. Con un movimiento rápido, se alejó del Burro, ignorando sus gritos, y salió del hotel. El Conejo, al verlo, arrancó la moto sin preguntar. Se perdieron en el tráfico, dejando atrás al empresario, al Burro y una misión incompleta.

Esa noche, Lucas supo que no podía volver. El Patrón no perdonaría un segundo fallo. Tomó lo poco que tenía, su mariapalito incluida, y subió a un bus rumbo a otra ciudad. No sabía a dónde iba ni qué haría. Solo sabía que, por primera vez en años, había elegido no disparar. Tal vez, pensó mientras miraba por la ventana del bus, aún había algo de humanidad en él. Tal vez, después de todo, no era solo un perro asesino que se movía como un gato. Desde entonces nadie supo más de él ni siquiera el Conejo, antes de que El Patrón lo mandara a torturar para que dijera el paradero de Lucas y luego asesinar, diez días después de que no se supiera más nunca de Lucas, quien había desaparecido como si la tierra se lo hubiera tragado.

Diez años más tarde, con 36 años de edad, unos bigotes negros y una barba de forma de candado, Lucas reapareció por una calle de Bogotá, cuando caminaba solitario por un andén húmedo tras empezar a caer media hora antes una llovizna, más exactamente a las 6:35 de la noche. Regresaba de soltar turno de vigilancia en un conjunto residencial cercano y en donde laboraba desde hacía cinco años. Mientras hacía su recorrido habitual para ir al Transmilenio, volvió a recordar el día en que por dos ocasiones el Burro interrumpió su trabajo e insistió en la reflexión que siempre le había llegado a la mente cada vez que recordaba esos dos momentos que pudieron costarle la vida, pero que a la vez lo alejaron de ese oficio criminal. Ahora tenía otra vida normal, en un hogar con una esposa y dos niños rolos.

Precisamente, cuando remembrababa esa mala vida pasada, escuchó unos gritos de mujer en una calle solitaria a la vuelta de una esquina y a la cual estaba a dos pasos de alcanzar. Aceleró sus pasos para asomarse y ver qué ocurría y cuando lo hizo, notó a tres jóvenes que asaltaban a una pareja y a la cual sometían golpeándoles en las cabezas con armas contundentes. Lucas actuó rápido: sacó la mariapalito de su cintura e hizo dos tiros al aire, para asustar a los adolescentes y advertirles lo que obtendrían a cambio si continuaban golpeando a la pareja. Los jóvenes se quedaron paralizados, después soltaron sus armas contundentes, unos cuchillos hechizos y salieron corriendo por el lado opuesto. Cuando Lucas se acercó a la pareja para cerciorarse si estaban bien, notó que se trataba de un hombre y una mujer muy elegantes. Pero al reparar al hombre, descubrió que era el mismo al cual iba a ejecutar por encargo de su ex patrón hacía ya diez años y se quedó como congelado y aunque por un segundo pensó que podía ser delatado, recordó enseguida que aquella víctima nunca supo lo que le pudo suceder aquel día y por dos ocasiones y dejó de preocuparse.

— ¿Como están? — fue lo único que se le ocurrió decir.

— Gracias a usted señor bien — dijo muy alterada aún la mujer, una señora de unos 45 años de edad. 

La víctima frustrada, es decir, el hombre del rostro rojo, el cual ya le había recobrado su color natural, también le agradeció su intervención e incluso le dio una tarjeta de presentación, para que se presentara al día siguiente a su oficina con el fin de agradecerle con creces su oportuna ayuda. Lucas la recibió, al mismo tiempo que se ofreció para acompañarlos, si deseaban, hasta la residencia donde vivían. La pareja volvió a agradecérselo y aceptó que los acompañara. Caminaron dos cuadras más adelante y llegaron al sitio de la residencia de la pareja, toda una mansión. A la entrada de la misma y cuando la dama había abierto la puerta, el señor, quien ya lucía una cabeza totalmente blanca y una cara más arrugada, le propuso a Lucas ser su escolta personal con un sueldo, un seguro y demás arandelas laborales superiores a lo que recibía en la empresa de vigilancia donde trabajaba en la actualidad. Se lo comparó, porque le notó el uniforme de vigilante que aún llevaba puesto tras dejar su turno esa noche.

— ¿De cuánto es tu sueldo ahí? Le interrogó el señor, quien se sentía con unos tragos encima.

— El mínimo — le contestó rápido Lucas.

— Bueno, yo te pago el triple — le volvió a proponer. 

Lucas le recibió la oferta agradeciéndole, sin embargo, no estaba tan seguro de que la sostendría al día siguiente, cuando estuviera más sobrio y por eso no lo dio como un hecho o se puso contento. Prefirió esperar al día siguiente, para festejar así mismo. Se despidió muy decentemente y de igual manera hizo la pareja con él. Al siguiente día, aprovechando que ese día estaba de descanso, a las 8:00 de la mañana, Lucas llegó a la dirección escrita en la tarjeta de presentación. Un edificio de más de veinte pisos en el centro de la capital del país. Subió hasta el décimo quinto piso donde se hallaba la oficina y en la que, apenas se anunció con una recepcionista pelirubia, muy joven y bonita, el señor que estuvo a punto de asesinar en dos ocasiones hacía diez años y protegió sin saber quién era la noche anterior, emergió de su oficina, dándole la bienvenida e invitándolo de inmediato a ingresar en su oficina. Dentro, el señor se identificó como Alfredo Rangel y Lucas hizo lo mismo, pero no le dio su verdadero nombre, sino el que se había puesto también hacía diez años, un mes después de que arribara a Bogotá, huyéndole a El Patrón. Renunció de la empresa de vigilancia, donde lo aplaudieron por su nuevo trabajo, ya que conocían y tenían muy buenas referencias de su nuevo patrón, de quien le informaron era uno de los empresarios más ricos de la nación, aunque de un carácter estricto y muy terco.

Rangel nunca había tenido un guardaespalda personal. Se motivó a tenerlo desde ese día en que Lucas o Ramiro García, como se llamaba ahora, los salvó de los jóvenes asaltantes que los interceptaron cuando se dirigían a casa, luego de una fiesta en donde unos vecinos. Esa noche, en medio de los tragos, la pareja optó por irse a pie a su mansión y no hacerlo en su auto por precaución, además, porque estaban a dos cuadras. No pensaron en el riesgo debido a la zona, ubicada en una parte de la urbe muy retirada de la presencia de delincuentes. A partir de entonces, Lucas o Ramiro se convirtió en el protector de quien pudo ser una víctima más de su antiguo oficio. ¿Fue una oportunidad divina o solo una coincidencia circunstancial? Es la reflexión que Lucas aún se hace sin ninguna respuesta concluyente. Sin embargo, él se inclina con la segunda interrogación y le da más valor a la participación circunstancial de su viejo amigo el Burro, porque sin sus dos inoportunas presencias nada habría cambiado en su vida.

Tras huir de su ciudad natal en un bus nocturno, Lucas llegó a Bogotá con lo mínimo: algo de dinero en efectivo, su mariapalito y el peso de un pasado que lo perseguía. Sabía que no podía volver atrás; "El Patrón" no perdonaba fallos, y su rostro en una circular roja lo convertía en un blanco fácil para la policía o los enemigos. Bogotá, con su caos urbano y su anonimato, ofrecía la oportunidad perfecta para desaparecer y empezar de nuevo.

Lo primero que Lucas hizo, aproximadamente un mes después de llegar, fue adoptar una nueva identidad: Ramiro García. Para ello, recurrió a contactos de bajo perfil del bajo mundo, evitando cualquier conexión con su antigua red criminal. Con la ayuda de un falsificador en el centro de Bogotá, obtuvo documentos básicos: una cédula de ciudadanía y un pasado limpio, aunque frágil. Este proceso no fue barato; gastó gran parte del dinero que llevaba consigo, lo que lo obligó a actuar con rapidez para encontrar sustento.

Sin estudios formales ni experiencia laboral legítima más allá de trabajos esporádicos como albañil o mototaxista, Lucas sabía que debía mantenerse bajo el radar. Sus primeros días en Bogotá los pasó en una pensión barata en el barrio de Santa Fe, un lugar donde nadie hacía preguntas. Para sobrevivir, trabajó como ayudante en mercados informales, descargando camiones de verduras en Corabastos durante la madrugada. Estas jornadas extenuantes, aunque mal pagadas, le permitieron mantenerse mientras planeaba su siguiente paso. Su experiencia como sicario le había enseñado a ser observador y discreto, habilidades que usó para evitar problemas en un entorno donde los robos y las peleas eran comunes.

Consciente de que necesitaba un trabajo más estable, Lucas aprovechó su físico imponente y su familiaridad con armas para buscar empleo en el sector de la seguridad privada, un campo que en Bogotá no exigía demasiados antecedentes verificables para trabajos de nivel básico. A través de un conocido de la pensión, contactó con una empresa de vigilancia de baja categoría que contrataba personal sin indagar demasiado. Mintió sobre su experiencia, alegando haber trabajado como guardia informal en su ciudad natal, y su actitud confiada convenció al reclutador. Fue contratado como vigilante nocturno en un conjunto residencial de clase media, un empleo que, aunque pagaba el salario mínimo, le ofrecía estabilidad y una rutina que lo alejaba de su pasado.

En Bogotá, Lucas mantuvo un perfil bajo, evitando bares o lugares donde pudiera cruzarse con figuras del bajo mundo. Durante sus turnos de vigilancia, conoció a Clara, una auxiliar de enfermería que trabajaba en un hospital cercano y vivía en el mismo conjunto residencial. Clara, una mujer práctica y de carácter fuerte, se sintió atraída por la calma aparente y la cortesía de Lucas (ahora Ramiro), quien, a pesar de su pasado, mostraba un lado protector y reservado. Tras meses de conversaciones casuales, comenzaron una relación. Clara, ajena a su historia, lo ayudó a anclarse emocionalmente, dándole un propósito más allá de la supervivencia. Se casaron dos años después de conocerse, y con el tiempo tuvieron dos hijos, a quienes Lucas se esforzó por criar en un entorno estable, algo que él nunca tuvo.

La transición no fue fácil. El clima frío de Bogotá, el ritmo acelerado de la ciudad y la necesidad de mantener su pasado oculto generaban una constante tensión. Lucas aprendió a hablar con el acento neutro de la capital para no destacar como forastero, y evitó cualquier contacto con personas de su antigua vida, incluido el Burro, aunque su memoria seguía rondándolo. Para integrarse mejor, asistió a cursos gratuitos de alfabetización y habilidades básicas ofrecidos por el SENA, lo que le permitió mejorar su lectura y escritura, habilidades que nunca desarrolló plenamente en su juventud. Esto también le ayudó a ascender ligeramente en su trabajo, pasando de vigilante de turno nocturno a un puesto diurno con mejores condiciones.

Aunque Lucas intentó deshacerse de su pistola al llegar a Bogotá, no pudo hacerlo. La mariapalito, más que un arma, era un recordatorio de quién había sido y del peligro que aún podía acecharlo. La guardó en un lugar seguro, desarmada y escondida en su pequeño apartamento, y solo la llevó consigo en contadas ocasiones, como la noche en que salvó a Alfredo Rangel y su esposa. Este acto, aunque impulsivo, mostró que Lucas aún conservaba los reflejos de su antigua vida, pero ahora los usaba para proteger en lugar de destruir.

Durante los cinco años que trabajó como vigilante antes de conocer a Rangel, Lucas logró construir una vida modesta pero digna. Vivía con Clara y sus hijos en un apartamento alquilado en un barrio popular del sur de Bogotá, ahorrando lo poco que podía para darles un futuro mejor. Aunque nunca dejó de mirar por encima del hombro, temiendo que alguien lo reconociera, la rutina de su trabajo y su familia le dieron un sentido de normalidad que nunca había conocido. La reflexión constante sobre el papel del Burro en su cambio de vida lo llevó a valorar las casualidades que lo salvaron, aunque nunca llegó a una conclusión definitiva sobre si fue el destino o la suerte.

Pero la historia todavía no termina ahí, porque cinco años después de ser el escolta personal de Alfredo Rangel, Lucas o Ramiro volvió a encontrarse con su antiguo patrón, en una reunión de grandes empresarios del país en Bogotá y a donde su escoltado jefe y él asistieron. El reencuentro resultó ser más sorprendente para su antiguo patrón, quien por más de cinco años lo estuvo buscando para mandarlo al otro mundo. Al principio no le quitó la vista de encima y aunque Lucas o Ramiro no lo confrontó ni con la mirada, supo siempre que él lo observaba con rabia y por eso le envió varias veces un mensaje, agarrando su mariapalito mientras sentía que El Patrón le tenía clavados sus ojos sobre él. Esa noche, en un momento en que su protegido Alfredo Rangel anunciaba que había decidido lanzarse a la Presidencia del país, lo que causó el aplauso total de los presentes e incluso de El Patrón, sintió un cambio repentino en la incidente mirada de El Patrón, quien se le acercó después a Rangel para decirle: “Tienes el mejor guardaespaldas del mundo” y lo hizo en un tono de voz para que Lucas, a un metro de su protegido, lo escuchara de forma clara.

— Lo sé¿Lo conoces? — le preguntó Rangel. 

— No, pero en el rato que lo he visto, siento que es muy bueno — explicó El Patrón, quien después volvió a poner sus ojos sobre él, pero acompañado de una sonrisa cómplice o de perdón. Lucas se sintió más cómodo y también sonrió, aceptando una supuesta resignación. Luego El Patrón se le acercó y le dijo: “Cuídalo bien y no me vuelva a fallar otra vez, porque va a ser nuestro Presidente”.

“Con todo honor”, le alcanzó a susurrar, antes de que se interpusiera entre su escoltado y el resto de gente que se acercaba para saludarlo.

Rangel fue elegido Presidente y Lucas o Ramiro siguió siendo su escolta personal, dentro del vasto esquema de seguridad que tiene todo mandatario nacional.

FIN



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