Pensando en voz alta
Nadie nace sabiendo. El conocimiento se aprende y se logra observando, experimentando o estudiando. Sin embargo, y es aquí donde aparece la diferencia, algunos dicen que hay quienes nacen con lo que se ha llamado dones, otros le dicen magia, pero no es más que las facilidades con las cuales cada individuo hace las cosas, luego de obtener un conocimiento profundo sobre algo y con la práctica, se vuelve hábil.
Lo digo por experiencia propia, pues hasta sexto de bachillerato me enredaba en aprender la gramática y ortografía, por las muchas reglas que tienen, lo que me dificultaba asimilarlas. Incluso, se me facilitaba más aprender las matemáticas que la gramática y ortografía.
Pero hubo un profesor de español en el último grado de bachillerato, de nombre Rafael Celedón, quien un día en clase explicó tan bien las puntuaciones y el orden correcto de las oraciones, con ejemplos orales, haciendo distintas maneras de pausas y a cada una de esas pausas, les puso una puntuación.
Igual hizo con las explicaciones del montón de reglas gramaticales, las tildes, los acentos y cómo cambian de nombres según esas tildes, desde esdrújulas, sobreesdrújulas, graves, hasta llegar a las agudas.
Esa claridad en el último grado del bachillerato sobre el Español, fue como ver un nuevo mundo, e hizo que después me interesara en querer aprender más sobre cómo escribir. Y para lograrlo, tuve que ponerme a escribir y a enfrentarme a otras reglas, cada vez más complejas, como por ejemplo, el orden sintáctico de las frases, las oraciones y por último los párrafos.
Fueron tantos años de práctica, durante los cuales cometí decenas de errores, que luego corregía y jamás se me olvidaban, porque con los errores se aprende más. Un día me di cuenta de que ya escribía las palabras, oraciones y párrafos de forma mecánica, casi sin siquiera pensarlas. Pero también me enteré que repetía muchos términos, hasta tres veces en un párrafo y entonces comencé a consultar el diccionario, el más popular de entonces, el Larousse, el cual era más gordo que la Biblia.
Pero en la sinonimia o palabras sinónimas, también existe un problema, y es que, aun cuando aparentemente tengan similar significados, no todas se aplican en el mismo contexto. Por ejemplo, si yo escribo: Todos los días, en el ocaso del Sol, la bahía de Santa Marta se embadurna de un atardecer de ensueño que sirve de fondo, para las fotos y vídeos de sus cotidianos espectadores. El color anaranjado, producto del ocultamiento del gran astro sideral, solamente desaparece en tiempos de fuertes lluvias, pero como en Santa Marta no siempre llueve, sus anaranjados atardeceres son pan de la mayoría de los días del año. Por eso a los ocasos en la bahía de la ciudad, nadie lo dejará nunca de contemplar y disfrutar, al menos que de casualidad la visiten, cuando en la urbe esté a punto de caer o esté cayendo un aguacero.
En ese texto sobre el color anaranjado de las tardes, cuyo nombre del color repetí dos veces, podría reemplazar uno por su sinónimo azafranado, pero si lo hago, no sólo saco del contexto imaginativo a muchos lectores que no están acostumbrados a igualar el anaranjado con el término azafrán. Hay muchos otros ejemplos más sencillos, pero quise exponer este por considerarlo más personal o porque en numerosas oportunidades, durante el cotidiano ejercicio de la escritura, me tropiezo con esa disyuntiva.

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