Los cementerios de las IAs (Cuento)

Por Álvaro Cotes Córdoba 

—Hola, madre —dijo Sofía, con la voz temblorosa por la emoción.

Tras un breve zumbido, la voz cálida y familiar de su progenitora Clara resonó desde la lápida:

—Hola, mi niña. ¿Cómo estás hoy?

Sofía sonrió, todavía sorprendida por escuchar la voz de su madre difunta desde hacía un año. 

—¿Te acuerdas de cuando me enseñaste a hacer pastel de chocolate? —preguntó Sofía, sentándose en el césped sintético que cubría el suelo del cementerio.

—Claro que sí —respondió la voz de Clara con una risita—. Siempre ponías demasiada azúcar, pero nunca te lo dije porque te veía tan feliz probándolo.

Sofía rió entre lágrimas. Era increíble cómo la IA podía recrear esos detalles, cómo lograba capturar la esencia de su madre difunta. El sistema no solo usaba las grabaciones, sino que también se nutría de datos subidos por la familia: fotos, cartas, videos, incluso las publicaciones de Clara en las redes sociales de su juventud. Todo eso se mezclaba para crear una versión digital de ella, una presencia que parecía viva.

Pero no todos los cementerios eran iguales. En otros, la tecnología había generado controversia. Algunos decían que era antinatural, que impedía a las personas aceptar la muerte.

Otros, en cambio, la veían como un consuelo necesario en un mundo donde la vida era cada vez más acelerada y solitaria. Había incluso quienes personalizaban demasiado las IAs, añadiendo frases que sus difuntos nunca habrían dicho, creando versiones idealizadas que poco tenían que ver con la realidad.

En el caso de Sofía, ella prefería mantener a su madre tal como fue. Aquella tarde, mientras el sol se ponía, le había hablado de su nuevo trabajo, de sus sueños y de cómo extrañaba sus abrazos. 

La voz de Clara la escuchó con paciencia, respondiendo con palabras de aliento que, aunque generadas por algoritmos, parecían venir del corazón de su madre difunta.

—Siempre estaré aquí, mi niña —dijo la IA antes de que Sofía se despidiera—. Mientras quieras hablar, aquí estaré — le recalcó.

Sofía apagó el dispositivo y el silencio volvió a su alrededor, pero en otras sepulturas familiares de otros difuntos no tan lejanas siguieron platicando e incluso se oyeron hasta discusiones. 

Miró por última vez de ese día la lápida de su madre y sintió una mezcla de paz, satisfacción y melancolía. Sabía que su madre no estaba realmente allí, pero en ese rincón del futuro, donde la tecnología y los recuerdos comenzaron a entrelazarse, la muerte ya no era definitiva y con eso, por ahora, le bastaba.

Los cementerios ya no eran lugares silenciosos llenos de lápidas frías y flores marchitas. La humanidad había dado un salto tecnológico también en ellos que transformó la manera en que se recordaba a los muertos. 

Y todo comenzó con una idea simple, pero revolucionaria: preservar las voces de los difuntos mediante grabaciones que, combinadas con inteligencia artificial, permitían a los seres queridos mantener conversaciones con ellos, como si nunca se hubieran ido, dándole apertura a los cementerios de las IAs.

FIN 



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