Los ocho mandamientos del agua en el Magdalena
Por Álvaro Cotes Córdoba
Periodismo y Opinión
La administración del agua para las poblaciones que viven en la región del Magdalena, Colombia, tiene desafíos de orden geográfico, climático, económico y político que la complejizan. Los ocho mandamientos que afectan este proceso y que debemos considerar, son los siguientes:
Primero, la falta de acceso a agua potable: A pesar de contar con un río muy importante que provee agua a la región, el Departamento tiene problemas serios de disponibilidad del recurso en condición de ser consumible. Esos problemas se dan en igual medida tanto en las comunidades rurales como en las que viven en las cabeceras municipales, que dependen del río Magdalena, el principal cuerpo de agua de la región.
Con todo, el río Magdalena no siempre asegura abastecimiento en cantidad ni calidad. Las comunidades con acueductos sufren escasez y el sistema de refrigerios al igual que en los pueblos son de muy baja calidad, lo que arriesga el bienestar de la gente que consume el agua en verano o en el periodo de sequía.
Segundo, la contaminación del río Magdalena por el vertido de aguas residuales domésticas e industriales, directamente y sin tratamiento, junto con los residuos agrícolas y actividades mineras. Lo anterior hace parte de la calidad no adecuada del agua para el consumo humano y los ecosistemas agrícolas, calificación que hace que eso no sea sostenible o, en otras palabras, demasiado complejo.
Tercero, el clima, o más bien, el cambio climático. Se presentan periodos de sequía, pero muchos, alternados con lluvias extremas e inundaciones que nos dejan sin agua de manera generalizada en algunas zonas, lo que complica aún más el abastecimiento, planificación y uso. La variabilidad climática o cambios climáticos se puede definir como un proceso que tiene períodos de sequía que son más intensos, es decir, alternados con lluvias mucho más extremas que causan desbordamiento e inundaciones.
Cuarto, la infraestructura, anticuada o inexistente debido a años y años de nula inversión en sistemas de captación, tratamiento y distribución de agua que resulten eficientes. Muchos de los pozos que existen no están, precisamente, conectados a una red que garantice el suministro y no son pocos los lugares que, tampoco, cuentan con una planta de tratamiento que garantice un buen uso de este bien ni con el número suficiente de válvulas y estaciones de bombeo que permitan mantener las instalaciones en perfectas condiciones y para que se pueda atender así la demanda de manera justa y coordinada.
Quinto, el acceso, o la falta de acceso al agua. Como en una ciudad y no debería ser así. A día de hoy, en febrero de 2025, aún no se puede garantizar que el 100% de las casas en los municipios va a disponer de este bien. No están siquiera cerca de lograrlo, pero no terminan de conseguirlo por la gravedad del problema. Esto lleva asociado conflictos, rencillas, peleas, escritos y mucho trabajo.
Sexto, el mal uso del agua. Porque no por tener más y poder utilizarla de una manera u otra, lo deberíamos hacer. Este bien está de nuevo, para algunos, a un golpe de mano. Pero, ojo, no lo es. Para mantener el nivel del agua disponible o disponer de ese manantial en condiciones, debemos seguir ahorrando entre todos el agua.
En séptimo lugar, los conflictos por gobernanza del suelo y el agua, ya que está claro que nuestra región está sometida a tensiones entre diferentes sectores: agricultura, ganadería, industria y turismo, que compiten por el agua.
Y ocho, la falta de una planificación integral que priorice el uso sostenible del recurso frente a intereses económicos inmediatos complica su gestión.
Aquí tienen los 8 mandamientos del agua en el Magdalena que hemos recopilado para mostrar justamente la cultura del agua, compartida, en aras de proteger el impacto de su explotación.



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