El único ser mitológico de Santa Marta

 


Por Álvaro Cotes Córdoba 

Desde joven había escuchado sobre la existencia de un mero gigante de siete metros de largo que vivía por debajo del viejo puerto marítimo de Santa Marta, Colombia. 

Aunque nunca lo ví ni tampoco lo hicieron mis amigos, durante los años en que nos introducimos al muelle, para coger las monedas que nos arrojaban al mar los gringos desde los barcos, siempre mantuvimos el miedo de tropezarnos cara a cara con el renombrado colosal pez hermafrodita.

Por fortuna nunca ocurrió y para ello había una explicación lógica: El mero sólo permanecía debajo de los muelles del puerto a ciertas horas. Por eso tal vez nadie se había encontrado con él, aunque aseguraban haberlo visto a lo lejos o sentida su presencia. Y si alguien lo hubiera hecho, en el hipotético caso de que lo hubiera tropezado, tal vez no habría sobrevivido para contar la historia, decían.

Según las versiones, el monstruoso pez dormía debajo del viejo puerto todas las noches e incluso se sentía cuando movía su pesado cuerpo allí. “A veces como que se tropezaba con las columnas que sostienen el piso de los muelles”, relataban y después argumentaban: “Porque el muelle se estremecía”.

Se decía que era tan viejo, que tenía hasta conchas de mar sobre sus escamas, incrustadas como costras. “Era horrible y bastante obeso”, narraban las historias.

Un día, un grupo local de buzos aficionados, entusiasmados por la leyenda del mero goliat, acordó descubrir si era cierto o no la existencia de ese cíclope pez en el viejo puerto y terminar o no, de una vez por todas, el mito de esa leyenda. Se adentraron por debajo de uno de los muelles que conforman el área superficial y general del terminal marítimo. Lo hicieron de noche, dizque para sorprenderlo durmiendo. Se pertrecharon con unas lámparas de neón que alumbraba una luz tenue y roja, solo para iluminarse el camino inseguro que seguían en un bote pequeño y movido con remos, aun cuando tenía un motor fuera de la borda que podían encender si necesitaban salir rápido de allí. El color de la luz de las lámparas les garantizaba que el enorme pez no se despertara si le iluminaban sin querer la parte donde tenía sus ojos grandes y redondos. Al menos eso creían, por cuanto leyeron que no percibía mucho ese color.

Julio Benavides, uno de los cuatro buzos, no solo se había armado con un disparador de arpón, sino también con una escopeta de dos cañones por si las moscas. Pensaba que si aquella bestia descomunal medía siete metros, un solo arpón no le iba a causar mucho daño, en caso tal los atacara, ya que podría sentirse acosado en su hábitat nocturno. No le había dicho a su mujer de esa expedición, porque si lo hubiera hecho, no lo habría dejado ir. Marisol lo quería y pechichaba tanto, como si fuera su hijo.

En cambio, José Carrillo, Marcos Castro y Albenis Petro, los otros tres buzos, no tenían ningún inconveniente con sus esposas, porque desde hacía rato no vivían con ellas. Se dedicaban al buceo por hobby, porque les apasionaba el mar y su fauna y flora.

Una vez bien adentro, debajo de la plataforma principal del puerto, decidieron descender a las profundidades del mar en ese oscuro lugar, con sus equipos completos de buceo. Máscaras, tanques de oxígeno, arpones y luces. El único que se quedó en la superficie o bote, fue Julio Benavides, alumbrado tan solo con la luz tenue roja de la linterna, su lanza arpón y escopeta doble cañón. Y así empezó la búsqueda del mero gigante por parte de aquellos buzos aficionados. 

De encontrarlo, harían historia, porque terminarían con el mito de la leyenda. Y de no hacerlo, todo seguiría igual. Con la creencia de la existencia de un pez desmedido bajo el puerto de la cálida y caribeña ciudad y del cual se había hablado mucho e infundido miedo sobre que había atacado hasta embarcaciones y tragado pescadores. De ahí que, no solo Julio Benavides, si no también sus compañeros, tenían el prejuicio de ir tras un ser descomunal muy peligroso o un monstruo.

El temor con el que muchas veces viví cuando me metía al mar a bucear las monedas que arrojaban los gringos desde los barcos, se fue disipando con el tiempo. Hoy en día ya nadie escucha esa leyenda. Incluso ni saben que existió durante décadas. Yo me convertí en periodista y durante más de 30 años en la profesión, cubriendo noticias de muertes y orden público, jamás volví a saber de la leyenda del gigante Mero en el puerto de Santa Marta.

A propósito, el final de la búsqueda de los cuatro buzos aficionados locales, culminó en una pérdida de tiempo. Nunca encontraron nada, por lo que nadie se enteró de lo que hicieron y menos la esposa de Julio Benavides. Y como lo hubiera hecho, no hubiera estado con él hasta sus últimos días en la Tierra. Vivieron juntos, felices y contentos hasta el final. Y de aquel pez carnívoro y famoso, ya nadie se refirió a él y su leyenda desapareció incluso de la narrativa oral y popular de los samarios, hasta hoy que la escribo y publico en las redes sociales e internet, para que quede en la posteridad y se mantenga ahí como el único ser mitológico de Santa Marta.

FIN


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