Un caso muy especial de falso positivo



Por Álvaro Cotes Córdoba 

Jaime González, un joven empresario de Santa Marta y miembro de una familia muy prominente de la misma ciudad, había partido a las 11:30 desde esa localidad, rumbo al departamento vecino llamado La Guajira, más exactamente hacia una finca que no visitaba desde hacía 20 años por la inseguridad que había reinado durante ese período en la región. Llevaba conduciendo una hora sin detenerse en ninguno de los pueblos que se hallaban a ambos lados de la carretera Troncal del Caribe, la importante vía que une a toda la costa norte de Colombia. Se movilizaba en una camioneta doble cabina de color azul cielo y a su lado iba Carlos Atehortúa, un empleado de la empresa familiar que él administraba con buen juicio. 


Debido a que se percibía en el entonces un renovado ambiente de tranquilidad por la aplicación de un programa de gobierno que consistía en llevar de nuevo la seguridad a las vías, las cuales en el pasado fueron unas minas de hacer dinero por parte de la guerrilla, con sus famosas 'pescas milagrosas', Jaime González se expuso ese día a ir al árido Departamento. Hasta por esos momentos no se les había presentado un solo inconveniente, antes por el contrario, se sentían muy seguro, ya que a lo largo de la ruta se había visto la presencia del Ejército, el cual hacía sus rutinarios patrullajes sobre la importante arteria. En un reciente pasado no hubiera podido distanciarse ni siquiera un metro de la capital magdalenense. 


Jaime era de una piel muy fina, blanca y vistosa. Tenía una expresión regia en su cara que enviaba una señal equivocada a quien no lo conociera de verdad. No era que aparentaba ser serio, porque lo era, sino que su aspecto facial expresaba una rigidez, como si a cada rato estaba enojado. Tal vez por eso sus empleados, cuando agarró las riendas de su empresa familiar, llegaron a pensar que se trataba de un amargado y aburrido jefe, quien iba a hacerles la vida imposible, pero después descubrieron lo contrario, es decir, resultó ser un patrón bien ‘bacano’. Eso sí, muy responsable y estricto en el trabajo, como también le exigía que fuera al personal que tenía a su cargo. Nunca se le conoció un conflicto con un subalterno ni con nadie en la calle y menos dentro de su hogar, el cual compartía con una linda dama, también de la alta sociedad de Santa Marta y en donde su familia gozaba todavía de una privilegiada posición social y la cual había sido alcanzada desde mediado del siglo XX por su abuelo paterno, el precursor del linaje y de la riqueza interminable que atesoraban y defendían hasta morir por ella. Su familia no sólo era dueña de numerosas propiedades en Santa Marta, sino también de varias heredades en la ya libre de guerrilleros, Zona Bananera del Magdalena, en donde por fortuna empezaba ya a resurgir la paz y la prosperidad, con otros cultivos más productivos. El solo hecho de pronunciarse el apellido de su familia, despertaba respeto y fastidio a la vez, porque si bien era cierto que se trataba de una familia de alta alcurnia, también era innegable que la gente del vulgo le había cogido mucha rabia por la repetidera en el poder político de la región. Carlos Atehortúa, en cambio, no tenía esa clase de problema, porque primero, él no pertenecía a ninguna familia adinerada con sed de poder y segundo, era un simple obrero al servicio de la empresa de los González y en la cual laboraba como abogado.


En el automotor en el que se movilizaban, en el vagón de atrás, llevaban dos pimpinas con aceite vegetal que dejarían como un obsequio a los que cuidaban la finca y a la cual se dirigían ese día 8 de octubre de 2005. De la misma manera llevaban unas bolsas de plástico con compras, en su mayoría víveres y granos, que también le regalarían a los que cuidaban la propiedad, como muestra de que no se olvidaban de ellos, a pesar de que ningún González había vuelto a visitarlos debido a las dos décadas de terror que implantó la guerrilla por la fructífera región. En un pequeño recipiente de polietileno que transportaban también en la camioneta, pero en el asiento posterior del doble cabinado, iban unas botellas con diversos jugos artificiales y cuatro latas de cerveza, en medio de unas bolsas con hielo.


--- Qué sucede con la radio --- dijo Carlos, interrumpiendo un silencio que se había establecido en el interior del vehículo, desde cuando pasaron por el último reducto militar.


--- No sé --- expresó Jaime — parece ser que por aquí no entra la señal de ninguna emisora --- trató de justificar y enseguida se puso a manipular el receptor de ondas hertziana en la repisa del automotor con el fin de remediar el asunto.


El radio en la consola del vehículo se había quedado mudo desde hacía un buen rato, pero ellos no se habían dado cuenta, porque habían quedado anonadados con la cruel caminata a que eran sometidos los soldados, quienes marchaban en fila india a los costados de la carretera negra, la cual a esa hora se percibía bastante caliente. A propósito de la carretera de alquitrán, se apreciaba en muy buenas condiciones, con unas señales de tránsito bien demarcadas y limpia. Un viaje monótono como el que hacían por esos instantes, sin música ni nada qué escuchar, salvo sus voces, era muy tedioso, de ahí que Carlos Atehortúa, quien en su adolescencia fue un amante de las parrandas con música vallenata, insistió en sintonizar alguna señal en el receptor de la radio. El silencio lo atemorizaba, por lo que buscaba siempre alejarse de él. Para Jaime, en cambio, era todo lo contrario: el silencio era el cultivo perfecto de su forma de vida y pocas veces exteriorizaba interés con la música. Provenía de una clase social muy distinta, por lo

que había sido educado en los mejores colegios. Los dos, sin embargo, no se llevaban muchos años: Carlos había cumplido 37, cuatro meses antes, mientras que Jaime apenas iba a festejar sus primeros 40 ese mismo mes de octubre.


--- ¿No trajiste un CD de Diomedes? --- averiguó Carlos, refiriéndose a uno de los cantautores que más idolatraba de la música vallenata, pero Jaime contestó enseguida que no. En esos segundos, pasó un auto a toda velocidad por el carril contrario de la carretera, pitando de manera insistente y alargada, lo que extrañó a ambos y dio pie a que Carlos Atehortúa expresara una frase muy utilizada por la gente del caribe colombiano:


--- ¡Nojoda! --- exclamó --- ese tipo como que lleva cagalera — manifestó después, refiriéndose al conductor del vehículo, por supuesto. 


Más adelante, a unos 200 metros y antes de llegar a una curva, volvieron a toparse con otro vehículo y el cual también venía pitando, pero en reversa y por el carril adverso, a una velocidad igual de rauda, como si sus ocupantes le huían a algo o a alguien. El incidente los alarmó, por lo que Jaime empezó a desacelerar su camioneta poco a poco. Sin embargo, cuando detuvieron el carro, ni siquiera tuvieron tiempo de bajarse, porque de inmediato escucharon unos disparos, al mismo tiempo que sentían los impactos en el capó y por el costado derecho del vehículo. Lo único que se les ocurrió por esos segundos de pánico, fue bajar sus cabezas y acurrucarse en sus respectivos asientos, como si fueran unos niños bien asustados. Y mientras trataban de entender lo que sucedía, Jaime le susurró a Carlos desde su incómoda posición de refugio:


--- Creo que es la guerrilla --- dijo.


Carlos Atehortúa contestó que no podía ser, porque era inconcebible pensar que la guerrilla estuviera por allí a riesgo de enfrentarse con los militares, los cuales patrullaban muy cerca. La justificación imposible de Carlos, sin embargo, no tranquilizó a Jaime, a quien el rostro se le había puesto amarillo. No obstante, tras otros cuantos segundos, escucharon por encima de sus cabezas, unas voces muy enérgicas que les ordenaban:


--- ¡Bajen del vehículo!


En el momento en que levantaron sus cabezas y vieron a los que daban la orden de descender de la camioneta, Jaime creyó desmayarse, al mismo tiempo que experimentó un sentimiento de culpa. Se acordó enseguida de las advertencias que le hicieron, cuando había anunciado el viaje hacia el provinciano departamento y murmuró entre dientes, para que nadie más oyera, salvo Carlos:


--- Lo sabía.

--- ¿Ah, ya lo sabías? --- preguntó uno de los guerrilleros y el cual se había asomado por entre una de

las ventanas posteriores de la camioneta, con la intención de registrar lo que llevaban dentro de la caja de polietileno. Cuando el subversivo terminó de hablar, sus compinches se rieron y luego volvieron a ordenarles:


--- ¡Qué esperan, bajen ya!


Habían caído en una especie de 'pesca milagrosa'. Los forajidos estaban uniformados y lucían banda roja en sus antebrazos izquierdos. Al principio, contabilizaron a seis hombres, pero después se dieron cuenta de que eran treinta en total, con todos sus pertrechos bien acondicionados. No usaban armas pequeñas, sino de largo alcance. Del mismo modo descubrieron entre los bandidos a dos mujeres con iguales condiciones y dotaciones belicosas. Eran guerrilleros, no había duda de ello. Acto seguido, cuando pusieron sus pies en la carretera, los insurgentes de inmediato los obligaron a ir hasta un campero que tenían estacionado a un lado de la importante vía. Allí les ordenaron de nuevo que se subieran en ese automotor y les dijeron que, a partir de esos momentos, estaban en poder de un frente del Ejército de Liberación Nacional, ELN y de que sus vidas dependían de cómo se comportaran en adelante. Jaime González se acordó enseguida de su hermano Mario, quien en una acción parecida, ocurrida hacía ocho años por las goteras de Santa Marta, prefirió que lo asesinaran, antes de que lo secuestraran, cumpliendo así lo que siempre se había prometido hacer si le tocaba una situación similar, es decir, no dejarse secuestrar, para evitar que pidieran dinero por él. Aunque nunca compartió la postura suicida de su hermano difunto, en esos cruciales minutos quiso tener los mismos cojones y plantarse con una actitud semejante, pero los rostros de sus dos pequeños hijos recién nacidos, desfilaron por su mente en esos instantes de terror, lo que frenó cualquier comportamiento desesperado.

Carlos Atehortúa, sin saber, ayudó también para que no asumiera una posición fatal, al decir en voz alta, de modo que escucharan los insurgentes, que él tenía entendido que el ELN estaba por en diálogos con el gobierno de esa actualidad. Sin embargo, fue la fuerza de la sangre lo que hizo que Jaime González no realizara lo mismo que decidió hacer su hermano Mario hacía 8 años y por eso prefirió apostarle a la ventana diminuta de esperanza que se

abría por ese entonces, con las supuestas deliberaciones que se llevaban a cabo en la isla de Cuba. Era una claraboya bastante chica, pero de todas maneras significaba mucho por esa encrucijada indeseable...


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