La mujer vampira
Por Álvaro Cotes Córdoba
Genuflexa, frente a mí, empezó a decirme cómo era que hacía para extraerle el elixir a los hombres.
Ya casi era de noche y por una puerta grande de cristal, a través de la cual se accedía a un balcón de seis metros de longitud, se podía contemplar el ocaso de ensueño y de todos los días en la bahía, con su Morro milenario e igualmente se sentía con mayor intensidad el bullicio de los carros, ya que el motel quedaba en todo el centro comercial de la histórica urbe. Había sido una mañana y tarde muy calurosas, con una sensación térmica de casi 40 grados. Sin embargo, al caer el Sol, la temperatura había descendido hasta los 28 grados en la escala Celsius. Su última víctima, me dijo, como todas las demás víctimas mortales que había tenido hasta ese día, fue un hombre de aproximadamente 75 años, originario de aquella quinientésima localidad caribeña, un jubilado de la extinta empresa estatal que administró durante más de ocho lustros el puerto marítimo de la diacrónica ciudad.
También me refirió que le gustaban los de mayor edad, porque con ellos sentía más placer durante la succión de sus sustancias esenciales, ya que le ofrecían mayor oposición y duraban unos minutos más que sus víctimas jóvenes. Y una vez terminaba de chuparlos, quedaban casi muertos, como privados y sin aliento ni siquiera para levantarse de las camas, en donde los arrojaba después de que se tragaba sus últimas gotas. A partir de entonces quedaban a su voluntad y hacían todo lo que ella les pedía. El día que me contó su historia, le expliqué que sería muy difícil escribirla, ya que habría que hacerla creíble. Pero me dijo que a ella eso no le importaba, porque simplemente quería decírselo a alguien y me había escogido, porque leyó mis historias en las redes sociales y en mi blog y le gustaron, sobre todo por la forma graciosa y natural como yo las escribía.
Tras la ingestión que obtuvo esa vez con el longevo, me manifestó al final de su testimonio, que el adulto mayor falleció y por eso había decidido dejar de satisfacer su necesidad vital con los más antiguos, ya que se le estaban muriendo, y aunque eran sus más preciadas víctimas, la muerte del último le hizo reflexionar que la única culpable era ella. Conocía el riesgo que existía con esa clase de víctimas, pero eran las que más le gustaban, y aunque sabía que le iba a doler en su alma sempiterna, determinó no hacerlo nunca más y exponerse públicamente, con el fin de que le tuvieran miedo en lugar de atraerlos por su juventud y belleza, para luego conducirlos a la habitación de algún motel con el engaño de que era solo para hacer el amor.
Me pidió el favor que en el escrito la llamara “la mujer vampira”, pues a la postre era su naturaleza. Aparentaba unos 22 años y por eso le pregunté cuántos tenía en realidad y me contestó que más de 300 años, claro que no le creí y pensé que le faltaba un tornillo. Poseía una belleza exótica y un cuerpo sexy, atlético, el cual ningún hombre despreciaría jamás. Su última víctima, me aclaró, fue muy especial, porque le hizo ver que se había contagiado de lo que diferenciaba a los humanos de los inmortales. De tanto tiempo entre nosotros, admitió, había empezado a tener empatía, sentimiento ajeno en los inmortales y un indicio de que algo le estaba sucediendo y lo cual no era bueno para ella, porque podría hasta afectar su existencia. Hablaba con tanta seguridad, que decidí no cuestionar lo que me contaba o darle a entender que le creía. Reveló que nunca la responsabilizaron de esos fallecimientos, ya que el prejuicio colectivo siempre había considerado normal que los hombres de avanzada edad que van a esos encuentros sexuales en los moteles, lo hacen por voluntad propia y ponen en riesgo sus vidas a sabienda de no aguantar un último voltaje. Igualmente me desembuchó que, en los últimos años, seis adultos mayores habían fallecidos y nunca les notaron las heridas que los colmillos dejaron en sus cuellos, porque hasta la fecha nadie la había ni siquiera señalado.
Antes de publicar esta historia, comprobé los casos que ella me mencionó esa noche y en los cuales fallecieron los que llamó sus víctimas y efectivamente fueron registrados por los medios de comunicación de Santa Marta, pero como muertes por infartos tras sostener encuentros sexuales y no como ella explicó que realmente sucedieron. Y todavía es el día, ocho años más tarde de que me reveló su inmortal naturaleza, que no creo en su versión, la cual aún presiento que la combinó con la fantasía de ser una vampira, tal vez para reflejarme que su comportamiento no era el de una prostituta, sino que lo hacía para alimentar su vida.
Después de esa noche en la habitación del motel cercano a La Catedral, en donde estuve con ella dos horas exactas, tiempo en el cual me relató lo que le tocaba hacer para sobrevivir en el mundo de los mortales, nunca más volví a saber de ella y en efecto, como que cumplió con su promesa, porque los casos de ancianos muertos en moteles dejaron de presentarse en Santa Marta desde entonces.
FIN

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