Para lo que sirven los archivos de la memoria humana
Por Álvaro Cotes Córdoba
Hace 46 años, en una esquina de la avenida Santa Rita, con carrera 10 de Santa Marta, donde por un tiempo funcionó una tienda de nombre La Fronterita, los tres amigos, Piky, Putur y Chiche, con 18 años de edad cada uno, se reunieron allí para tomarse unas “frías” (cervezas) y calentar motores antes de que se prendiera la fiesta en una caseta ubicada al frente, en un terreno de la Gobernación y al cual llamaban El Rumbódromo y en donde se había anunciado desde unas semanas antes, la presentación de una estela de cantantes del momento, entre ellos el gran Diomedes Díaz y Juan Piña, en el marco de la versión de la Fiesta del Mar de ese año.
Cuando llevaban ya tres tandas o tres cervezas cada uno, un señor de unos 65 años, quien también se encontraba allí sentado a una mesa, ingiriendo tragos cortos de una botella de aguardiente, acompañada con limón y sal, les pidió permiso para opinar sobre el tema que ellos mantenían en conversación y se lo concedieron de una, sin miedo ni prevención alguna, por el contrario, le dijeron que era bienvenida su apreciación dada su veteranía. Los tres jóvenes, ese año, se iban a graduar de bachiller, dos en el legendario colegio Liceo Celedón y el otro en el Hugo J. Bermúdez. Eran amigos desde la infancia y vivían a dos cuadras más arriba, en una de las calles más obstruidas de la ciudad, de nombre Burechito. Obstruida desde el principio, porque ni siquiera empieza en la carrera primera como la mayoría lo hace, sino en la carrera segunda y a partir de ahí está interrumpida, primero por el cementerio San Miguel y una cuadra triangular, después por el lote de El Rumbódromo y más adelante por un cerro, un polideportivo, hasta que desaparece en el mapa predial.
— Les voy a contar que no siempre es así como ustedes están comentando — empezó a decirles aquel señor, con un acento paisa y un bigote delgado y barba coposa, ambos blancos.
— Yo estoy pensionado, luego de laborar por más de 40 años como operador de caterpillar, nivelando vías larguísimas y con terrenos duros o muy blandos, por varias ciudades del país y jamás cometí un error que hubiera afectado mi seguridad y la de mis compañeros de trabajo o de otras personas. Tampoco fui objeto de un llamado de atención por parte de los jefes que tuve durante ese tiempo. Por el contrario, en muchas ocasiones me felicitaron por ser un incansable trabajador sin importar las horas ni el clima donde me tocó emparejar carreteras por muchos años. Y les revelo mi secreto…
Aquel hombre curtido, quien de seguro ya no está vivo, hizo una pausa larga, para sacar después, prender y luego darle tres chupadas a un Kent, un cigarrillo blanco que fumaban antes los señores con clase, y mientras lo hacía, los tres amigos lo observaron con una intrigante expectación, para no perderse el secreto que dijo tener el desconocido y el cual le había ayudado a ser muy eficiente en su trabajo. El tema de conversación de los tres amigos era lo que estaba causando la marihuana en las personas, por cuanto las estaba convirtiendo en ineficientes, en buenos para nada, en mediocres y sin autoestima, de modo que intuyeron el secreto a conocer por parte del adulto mayor. Y en efecto así fue, el extraño señor les reveló que cada vez que se montaba en una caterpillar, antes de hacerlo y durante el proceso de nivelación de las vías, en pleno sol del mediodía en la Costa o en medio de un páramo, se fumaba sus tabacos de marihuana y siempre fue muy eficiente en su trabajo y jamás dejó de hacer ninguno. Y aunque sabíamos que su propio ejemplo no era generalizado, sino uno de mil, dejó en claro su posición al respecto:
— Lo que sucede es que muchos jóvenes la cogen de soda, por diversión y no como un suplemento potenciador, como yo lo hacía. Digo lo hacía, porque la dejé desde que salí pensionado, pues ya no tenía motivos. — recalcó.
La anterior anécdota me la trajo de lo más profundo de la memoria, tal cual como hace hoy en día Google con las fotos que uno se ha tomado con los celulares, luego de leer la noticia sobre que la Corte Constitucional avaló despidos por consumo de droga en ámbitos laborales de alto riesgo.
El ejemplo real que me desempolvó la memoria de los recuerdos no es único y existen evidencias y todo el mundo las ve a diario, incluso en profesiones de delicados riesgos contra la salud de las personas. Para mí a la decisión de la alta corte le falta más contexto, porque muchas personas como el del ejemplo que me evocó la noticia, podrían verse afectadas o usar esa sentencia para causarle daño o despido con justa causa a un trabajador muy eficiente o profesional, ya que nadie es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo y los jefes envidiosos nunca faltan, al igual que los falsos positivos.

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