La crónica de una vida
Por Álvaro Cotes Córdoba
Desde muy temprano, se dedicó a trazarse desafíos, para demostrarse así mismo que también podía hacer todo lo que hacían otras vidas en el deporte, el arte, la cultura y hasta en la política, sin ambiciones ni creerse la mejor vida, sólo para entretenerse o disfrutar la felicidad que se siente después de superar cada reto.
A los 12 años se propuso aprender a dibujar y lo logró, al punto de que participó en un concurso de dibujo que realizaron al aire libre en el parque Bolívar, frente a la Alcaldía, en donde participaron más de 200 estudiantes de todas las edades y de distintos colegios de la ciudad. No lo ganó, pero quedó de segundo y uno de los jurados le dijo que no le dieron el primer lugar, porque se salió del tema principal del concurso, el cual era dibujar un prócer de la historia colombiana y no de la historia de la humanidad. Había dibujado el rostro de Leonardo Da Vinci (foto). Lo hizo, porque era el que dibujaba muy bien, ya que con su cara en la portada de un cuaderno de dibujo, había aprendido cómo hacer sombras y cabellos. Y lo peor de todo es que en ese concurso solo había un premio en dinero en efectivo para el primer lugar; el segundo, tercero y hasta el cuarto, recibieron sólo un reconocimiento o una especie de diploma en donde se leía el puesto que había ocupado en el concurso.
El segundo reto fue ser atleta y futbolista, entre los 15 y 18 años de edad y se inscribió en la liga de atletismo, la cual estaba dentro del estadio Eduardo Santos. Allí conoció muchas técnicas de cómo correr una maratón, 100 metros planos y ejecutar un triple salto. Gracias a lo que aprendió en esa disciplina, se le facilitó entrar a la otra, el fútbol, pues una de sus cualidades en el tiempo en que estuvo en ella, era la velocidad y nunca encontró un defensa más veloz o que le ganara un pique. Llegó a ser hasta titular de la selección de fútbol del glorioso colegio Liceo Celedón, en donde además estaba El Pibe Valderrama. Pero como vio que el fútbol le podía frustrar su objetivo primordial, como era el de graduarse de bachiller y continuar en la universidad, optó por abandonar el reto de convertirse en futbolista profesional.
Pero antes de que se graduara de bachiller, el mismo año en que sucedió, se impuso otro difícil reto: Cantar en el famoso festival de la canción que se celebraba en ese plantel educativo mixto, de secundaria y de tres jornadas. Siempre había tenido ese reto en sueños que le parecía imposible cumplir en la realidad, primero, porque jamás se aprendía una canción completa y segundo, porque nunca había cantado ni en el baño. Pero lo hizo: Escogió una canción sencilla que para entonces se oía en las emisoras, la de un cantante barranquillero de nombre Alejandro De Cambil y se la aprendió de pe a pa, de calilla, para lo cual duró una semana. Sabía que no iba a ganar ni siquiera una ronda, pero quería experimentar la sensación de cantarle a un coliseo lleno de vidas juveniles. Y lo logró de nuevo. Por los retos superados no sólo recibió gratos momentos personales, sino también abundante información que le servirían después para dar a conocer esas vivencias que vinieron más tarde en su último reto y en el cual aún se encuentra, a pesar de que ya también lo superó como todos los anteriores: Ser periodista y escritor, para pasar los últimos días de su vida escribiendo crónicas, artículos, cuentos, novelas y no aburrirse ni al final de sus días e incluso, para dejar constancia de su propio puño y letra, lo entretenida y no aburrida, que ha sido su vida en este planeta, tan solo con la superación de sus propios retos impuestos, que todavía enfrenta y supera por cada crónica, artículo, cuento o libro que escribe.

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