El ataque de los drones (Capítulo 1)
Capítulo 1
Mile iba en su crossover rojo con vivos plateados por la troncal que conecta a Santa Marta con Barranquilla, cuando de pronto le pasaron por encima muchos drones, con dirección hacia la capital atlanticense. Le pareció un hecho único y se sintió, en esos precisos momentos, como si estuviera dentro de una película de ciencia ficción y por eso se detuvo, abrió el sunroof de su vehículo recién salido de la concesionaria, se asomó por entre él y empezó a grabar el enjambre de los VANT, con su móvil de alta gama, un iPhone 50. Estaba tan emocionada, que empezó a saludarlos y a gritarles y decirles adiós con la mano contraria a la que sostenía el costosísimo celular.
— ¡Hola, hola, aquí estoy! — les avisó, como si la fueran a oír. Y aunque sabía que las pequeñas naves robots no la iban a oir, era consciente de que al menos alguien o quienes las controlaban de forma remota, sí podían verla y escucharla a través de las cámaras y micrófonos que suelen incorporarse en los drones o en sus estructuras de fibra de carbono. Notó que eran más grandes de lo normal, de entre 2 a 5 metros de envergadura y pensó que podía tratarse de alguna exhibición promocional de sus dueños y se dirigían a un evento especial en “La Puerta de Oro de Colombia”, como también se le conoce a la ciudad en donde se realiza cada año el segundo mejor carnaval del continente.
Sin embargo, su entusiasmo comenzó a aminorarse, cuando vio que uno de los drones, se devolvió con dirección a ella. Y entre más se le acercaba, más cerraba sus ojos, transformándolos en aguileños, mientras su sonrisa se le desaparecía de su boca o labios delgados. No obstante, no dejaba de grabarlo con su iPhone, el cual sostenía en su mano derecha, por encima de sus cabellos engajados entre castaños y negros. “¿Y ahora qué pasa?”, murmuró entre dientes. Y cuando lo tuvo a 50 metros de altura y pudo comprobar su verdadera dimensión y descubrir que debajo de sus alas cortas portaba unos proyectiles de color blanco con unas ojivas rojas, sospechó lo peor y entonces su bello rostro palideció, se puso más seria, como cuando alguien se da cuenta de que se la embarró y no sabe cómo desembarrarla. Quiso volver a meterse en su auto, pero su vocación periodística, la misma que heredó de su abuelo, un grande del periodismo en el litoral norte del país, hasta hacía dos décadas, se lo impidió y tercamente continuó grabando con su móvil que le había costado el doble del sueldo que devengaba como presentadora en un canal de la televisión regional. Y habría permanecido así, en esa actitud desafiante, si no le hubiera ocurrido lo que le sucedió.
Del drone salió un rayo láser azul que impactó y desintegró su valioso celular. Mile quedó en shock, los ojos se les despepitaron y abrió la boca, totalmente aterrorizada y paralizada. Y no era para menos, porque le acababan de destruir lo más importante que poseía su vida en esos instantes, más preciado que su propia vida, como lo expresaría después de que el avión en miniatura, una vez cumplió su misión, dio la vuelta y voló veloz para reintegrarse con la legión de drones que ya sobrevolaba el parque Isla Salamanca y se aprestaba a ingresar a Barranquilla.
— ¡Malditos, desgraciados, mejor me hubieran matado a mí! — gritó a todo pulmón y con tono desgarrador, como si le hubiera emanado de lo más profundo del alma. Luego, comenzó a llorar, como una niña desconsolada e impotente.
Para todos los jóvenes y mayoría de adultos, el celular es más que un medio de comunicación y entretención: Es un tesoro, no por su valor nominal, sino por los secretos y confidencias que guarda de quien lo posea. Para ella, era hasta su oficina, su estudio, su lugar de trabajo, donde filmaba, editaba y difundía los videos que hacía como contenido en su otro oficio como influencer. Y a pesar de que se había graduado como periodista, la profesión la practicaba en ese oficio, el cual de pura cosa no había sido todavía vinculado como una carrera profesional por ninguna universidad. Mile, como una generadora de contenido, se había convertido en una celebridad, lo que no logró en tres años como presentadora de un noticiero en el canal de la televisión regional. Entre sus tres cuentas de redes sociales, Facebook, X (antigua Twitter) e Instagram, sumaba más de dos millones de seguidores. De modo que, al perder su celular, no sólo se había ido su parte física sino todas sus memorias, archivos, recuerdos grabados en él, prácticamente el registro de todo lo que había logrado. Y aunque era cierto que podía volver a empezar, no sería igual, por el contenido recopilado allí, lo que más nunca podría recuperar y ni en las nubes. Había sido un golpe muy duro para ella, aunque todavía tenía mucha vida por delante. Apenas contaba con 25 años de edad, por lo que poseía todo el tiempo y dinero posible para recuperarse con otro móvil de igual modelo y características. Luego de las anteriores reflexiones y de darse la respectiva autoestima, volvió al frente del timón de su vehículo, ya sin lágrimas en sus ojos color miel y con un rostro de una persona decidida a todo. Y a pesar de que continuaba enojada, su cara no se puso fea, por el contrario, así se veía más bonita. Y después de que encendió el vehículo y antes de comenzar a andarlo, sentenció: “Voy a encontrar a los dueños y los obligaré a que me paguen el celular, así tenga que dárselo a alguien”.
Acto seguido aceleró y sacó rápido el embrague, lo cual hizo que chillaran los neumáticos traseros de su auto, dejando una marca huella sobre el asfalto caliente de aquella carretera de nombre Troncal del Caribe. Ya en Barranquilla inició su búsqueda implacable. Pero por ir viendo hacia el Cielo, para hallar a los drones, no se dio cuenta lo que realmente estaba aconteciendo o lo que acababa de pasar por la presencia masiva de los drones en aquella y muy poblada ciudad. En tierra, por las calles y avenidas, desde los autos, buses, las casas y edificios, se veía cómo salían los habitantes, para mentarles las madres a los drones, porque les había destruidos sus móviles. Mile se pudo dar cuenta, cuando notó el humo que se elevaba sobre varios sectores y por eso se detuvo de nuevo, para preguntarle a uno de los habitantes encolerizado, qué coño estaba pasando y el enojado ciudadano le respondió:
— ¿Y usted acaso no vive en esta ciudad? — Ella le quiso contestar, pero pensó rápido que tal vez su respuesta la podía tomar a mal o burla y por eso optó por aguantarse. Volvió a abordar a otro, en esa ocasión a una señora con una cara como si acabara de ver al diablo y esta la enteró:
— Los drones están atacando nuestros celulares.
— ¡Anda, a mi también…! — alcanzó a exclamar ella, antes de que la señora se alejara con su misma cara irresoluta.
Después, empezó a recorrer la ciudad y a llegar a los sectores sobre los cuales se alzaban humaredas. En su recorrido, oyó sirenas por todas partes, presenció no solo la destrucción de los celulares de la gente, también de locales comerciales donde los expendían; a las personas que seguían corriendo hacia todas partes y a la Policía que intentaba de evitar que la ciudad se le saliera de las manos. Por eso comenzaron a ejercer presencia en los supermercados, sitios donde los drones, al parecer, no se metieron a destruir los móviles en ventas ahí. Tras ese rumor, empezaron a ser buscados afanosamente por los usuarios, que desesperados por no tener un celular en la mano, acudían a esas cadenas comerciales, para obtener uno nuevo. Mile quiso hacer lo mismo, pero contempló que había filas que se extendían hasta por 1 kilómetro y prefirió no perder tiempo en eso, pese a tener la misma necesidad urgente, porque como todos, no soportaba un minuto sin uno.
Esos portátiles de comunicación se les ha metido en las mentes a la gente, como si fueran vitales, por eso la mayoría no se imagina vivir sin ellos, a esta altura de la vida y eso que ni siquiera para comerse sirven. Ella tomaría una decisión, como buena periodista que era, para descubrir quién estaba detrás de los ataques de los drones. Encendió la radio, para ver si ya lo habían hecho otros, pero encontró que ninguno se preocupaba por eso, sino por los daños, el caos y los dramas causados por los drones. Se enteró que lo mismo que en Barranquilla, se había registrado en las ciudades capitales de Riohacha y Santa Marta. También de que ya iban pasando por Cartagena y se enrumbaban hacia las capitales de Sucre y Córdoba. Además de que no solo era un ataque en la Costa sino también en las capitales del interior del país. Es decir, que se trataba de una arremetida nacional, contra la nación, pero que ya la fuerza aérea del país había dado la orden a sus pilotos de combate de que los derribaran.
Por ejemplo, en la base aérea con sede en la capital Barranquilla, había salido ya un escuadrón de aeronaves, conformado por 5 Mir cazas, para que los derribaran, antes de que atacaran a las ciudades de Montería y Sincelejo. Lo lograron, pero cuando ya sobrevolaban El Darién y se disponían a cruzar por encima del Canal de Panamá y regresar tal vez al lugar de donde fueron enviados. En Montería y Sincelejo pasó lo mismo y aunque no se habló de muertos directos por parte de los ataques de los drones, se reportaron fallecimientos por suicidios y por robos. Por ejemplo, en Medellín, dos mujeres se suicidaron, porque los drones también se los destruyeron e igual le quitaron la vida a un chino en Bogotá, porque no se dejó quitar el celular que le había sobrevivido en el ataque de los drones en esa capital del país. Los únicos celulares que la legión de drones no había tocado, eran los que sus propietarios no sacaron para grabarlos, tomarles fotos o hacer selfies con ellos, lo que la inmensa mayoría no hizo ni haría nunca jamás y sobre todo con semejante espectáculo por encima de sus cabezas.
El enfrentamiento de los aviones Mir de la fuerza aérea con los drones sobre El Darién, resultó ser toda una batalla épica, nunca antes vista. Y por primera vez sus pilotos confrontaron una real y le demostraron al mundo que había valido la pena tanto esperar, aunque perdieron a dos de sus carísimos cazas, alcanzados por los torpedos disparados por uno de los drones muy hábil y escurridizo, pero que al final fue derribado. Ganaron y los restantes drones abandonaron la batalla aérea que quedará en la historia y como un ejemplo de resiliencia y demostración para las futuras generaciones de pilotos.

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