El ataque de los drones (Capítulo 2)
Capitulo 2
Por Álvaro Cotes Córdoba
Mile por fin llegó al canal de televisión donde laboraba, después de hacer un largo, pero beneficioso recorrido por la urbe, para recopilar toda la información acerca de lo que había ocurrido en su segunda ciudad natal, como solía llamar a Barranquilla, pues de allí había sido su abuelo, como se dijo antes, el veterano periodista Carlos David, cuyo hijo mayor la había concebido a ella junto con su madre, una reconocida dama samaria, durante una relación extramatrimonial que sostuvieron por casi diez años sin que se diera cuenta nadie ni siquiera sus parejas oficiales. Además, allí se había graduado de periodista en una de las universidades que todavía ofrece esa profesión en la región y por lo cual le había tocado vivir en ella por un largo tiempo. A lo que ingresó a la zona de estacionamiento del canal, observó que a todos les había sucedido lo mismo que a ella con su celular. Al parecer, y era de esperarse en un canal de televisión, nadie se quedó con las ganas de sacar su celular y tomar las fotos de la invasión de los drones. Su jefe, apenas vio que llegó, se apartó rápido de un grupo de otros empleados que no dejaban de hablar y se dirigió a ella con la esperanza de que, como ella acababa de llegar de Santa Marta, no le había ocurrido lo mismo que a ellos y aún mantenía intacto su genial celular.
— No mijo, si yo creo que a mí fue la primera que esos hp me destruyeron el iPhone — expresó espontáneamente, como era su costumbre. Y entonces le contó cómo había ocurrido y se echó la culpa por boba, porque lo habría evitado si no lo hubiera seguido grabando, le explicó más o menos.
— Pero tú no sabías sus intenciones — la consoló el jefe, un cuarentón de tez morena, pelo liso y bien parecido.
––Tiene razón — le contestó ella, mientras cerraba la puerta de su nuevo vehículo.
— Esos drones malparidos, deben haber sido enviados por Maduro.
— ¡Epa! — exclamó su jefe, sonriéndole.
— ¿Crees que podría ser mentira? Mira: Ese tipo no gusta de WhatsApp, Tik Tok ni Facebook, porque cree que por esas redes lo van a tumbar. Y como no puede ni sabe cómo podría atacarlas a ellas, de seguro cree que si destruye los celulares, las redes no podrían extenderse o no ser utilizadas para incentivar una revolución a la que él llama revolución bolivariana.
El jefe, de nombre Mauricio, no dejaba de sonreír. Por eso Mile le caía muy bien y a casi la mayoría del canal, porque por su forma de expresarse, les recordaba a alguien de sus pueblos. A Barranquilla, por ser cosmopolita, una ciudad adonde todo el mundo llega o se encuentra de todo, llena de industrias y comercio, van a estudiar, trabajar y vivir, centenares de habitantes de los pueblos circunvecinos, por lo que en cualquier planta laboral de cualquiera empresa, siempre existe un personal, la mitad o más de la mitad, que procede o desciende de una familia de esos pueblos. Y en el canal de televisión donde laboraban no era la excepción. La única que no era de uno de esos pueblos era precisamente ella, Milena Francisca David Diazgranados, originaria de nada más y nada menos que de la ciudad más vieja de Colombia, Santa Marta, también conocida como “la ciudad dos veces santa”, “la perla de américa”, “la del Pibe Valderrama o la “tierra del olvido”, inmortalizada así esta última por el más glorioso de los cantantes que ha tenido la ciudad, Carlos Vives, en uno de sus trabajos musicales.
Mile Francisca, además de ser influencer y periodista, se dedicaba semanalmente a otras actividades, como el dirigir cada sábado una escuela de fitness junto con una amiga, en donde enseñaba a hacer ejercicios bailando o danzando a todo el que se quisiera inscribir e igualmente era miembro activo del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de su ciudad natal. Cuando la llamaban para estar en una jornada de simulacro o un servicio social bomberil requerido, ahí hacía presencia ella, con toda la voluntad e interactividad que la caracterizaban. Joven, bella, voluntariosa y siempre con ganas de trabajar y servir, así era, pero como se metieran con ella o le faltaran el respeto o cometieran una injusticia frente a ella, ahí sí iban a saber o conocer lo que era en modo venganza. Actuaba con la misma interactividad y voluntad, pero más despiadada, como si no fuera femenina ni masculina, sino fría o de acero inoxidable. Tal vez por ello no había encontrado todavía a alguno que la hiciera sentir más segura de sí misma de lo que ella se sentía consigo misma. De ahí que a veces se burlaba de los que en vano intentaban cortejarla, mostrándose interesados solo en el amor, como si ella fuera tan estúpida de desconocer o pasar por alto las verdaderas intenciones de los que, hasta ese día, la pretendieron. “Es mejor estar sola que mal acompañada”, le decía a las amigas que le manifestaban encontrarse muy preocupadas por su situación sentimental o falta de un novio. Desde muy pequeña su padre había contribuido en cierto modo para el desarrollo de su personalidad, porque la involucró a hacer parte, a la vez, en numerosas actividades. La inscribió en concursos de belleza, de bailes, equipos de fútbol, escuelas de karate y hasta la llevó varias veces a ver boxeo. Sin duda fue una influencia muy fuerte para que desarrollara su peculiar forma de ser. Además, ya ni siquiera dependía de sus padres, sino de ella misma, de todo lo que había edificado con la manera como había aprendido a concebir la vida. Era su propio ejemplo y se sentía orgullosa por eso.
Todavía en el estacionamiento del canal de televisión, y observando el estado de enajenación en que seguían viéndose sus compañeros por la falta de sus celulares, Mile los sacudió diciéndoles que no había otra que volver a como se hacía antes, cuando no había ni celulares ni grabadoras:
— Bueno niños, nos toca volver escuchar radio y televisión, no hay otra alternativa.
Se refería al modo de enterarse sobre qué más había acontecido por los ataque de los drones en el país, pues para nadie era una mentira que, con los celulares, la recepción de noticia actualizada era más inmediata e interactiva. A lo que nunca había llegado a ser aún la televisión y la radio, exclusivos únicamente para los que laboran en ellas. Lo que no ocurre con los celulares, con los cuales, hasta los mismos protagonistas informan las notícias en vivo o en el momento que ocurran.
— Estoy de acuerdo contigo — dijo su jefe, Mauricio Blanco, siempre sonriente.
Aunque no lo sabía y si lo supiera no lo volvería a hacer más, Mauricio ignoraba lo que Mile pensaba de él y su eterna sonrisa. Un día por poco se lo dice en la cara, pero respiró profundamente y no lo hizo. Sucedió en una práctica proactiva, que quiso implementar entre el personal del Canal, para que la gente se destresara y trabajara con mejor actitud. Como ese día llegó a laborar con la misma licra con la que acababa de hacer ejercicios en un gimnasio al que ella asistía todos los días de 6:00 a 7:00 de la mañana, porque se le hizo tarde y no tuvo tiempo ni siquiera de ir a su apartamento, para bañarse y mudarse de ropa, le tocó dirigirla con ella puesta. Y como conocía la reacción que causaba en los hombres cuando se la ponía, debido a su atlético y voluptuoso cuerpo cien por ciento natural, que en la mayoría de las veces los ponía a sudar y hasta soñar despiertos, lo que continúa considerando que es algo normal, pensó y lo sigue haciendo, que la sonrisa de su jefe apenas la vio, no fue ni es de una persona normal. Por eso a ella se le metió en la cabeza desde entonces, que su jefe era gay o era un idiota, con su risita pendeja. Pero no era cierto. Ni lo uno ni lo otro. Mauricio padecía del síndrome de la cara feliz, aquella que permanece risueña, sin motivo alguno y pocas son las personas que la padecen. Solo se les desaparece cuando están muy enojadas o asustadas. De modo que lo normal para los que la sufren es estar siempre risueño. Es mas, hay quienes desarrollan la habilidad de mantenerlas risueñas cuando entran en un ataque de cólera o pánico. Pero eso Mile tampoco lo debía saber. Primero, porque no se le había presentado la necesidad a Mauricio Blanco, de confesar que la poseía y segundo, porque es un síndrome que casi no se nota y del cual apenas el 2% de la humanidad sabe que existe.
Mauricio era también un ángel, de un alma buena y con su rostro siempre feliz, se ganaba la confianza de reymundo y todo el mundo. Era natural de un pueblo pequeño localizado en el centro de una ciénaga grande, en el departamento del Magdalena y al cual solo se accede con lanchas o canoas. Como muchos, llegó a Barranquilla a estudiar y se quedó ahí para siempre, sin olvidarse de sus raíces ni su gente, que extrañamente una mujer como Mile, de la capital, le hace recordar constantemente por su modo frentero de hablar y ser.
— ¿Mile, será entonces que investigamos de dónde vinieron, se lo damos a Rami? — le preguntó, manteniendo la sonrisita.
— ¡Noooo señor: Eso es para mí, yo me tengo que cobrar lo que le hicieron a mi iPhone! — respondió ella sobresaltada y con rabia.
— Estoy casi segura que no hay mucho qué indagar, porque eso tuvo que venir del país vecino — complementó.
— Rami es un Castro-Chavista que de seguro lo tratará como una conspiración del imperialismo y buscará siempre sin prueba probar su teoría de conspiración — agregó, como para justificar que sería el menos indicado.
Rami es el apócope de Ramiro, quien era el más veterano de los periodistas del noticiero del canal de televisión regional. Además del más antiguo, era quien más premio de periodismo abarcaba: Tenía un Simón Bolívar y seis nominaciones en el mismo. Había sido galardonado en otro regional y recibió una mención honorífica internacional, concretamente de Venezuela. Aunque ella no tenía duda de que era uno de los mejores y podía hacer un buen trabajo, además a quien siempre había admirado y aprendido, le insistió a ‘mis sonrisita’ que le permitiera hacerlo, que ella correría con todos los gastos de la averiguación. Pero sonrisita le insistió en que ella también, contrario a Ramiro, mostraba sus prejuicios contra el gobierno del país vecino y ahora más con la presunción de ser los responsables de la destrucción de su costoso iPhone. En este punto del debate, Mile recordó sus primeras palabras, cuando sentenció, en medio de la carretera negra Troncal del Caribe, que buscaría a los dueños de los drones, “asi tuviera que dárselo a alguien”, para que le pagaran su celular. Y se hizo enseguida y mentalmente, la siguiente pregunta: ¿Será con el gay de mi jefe o con el cachón de Rami?
Ramiro, cuyos apellidos eran Valle y Bello, además de su buena reputación como periodista, tenía la mala fama de ser un mujeriego y de convivir con tres mujeres, una en Barranquilla, otra en Cartagena y la tercera en Valledupar. Además, ostentaba una vida de bohemio, los fines de semana o en sus ratos libres, cuando frecuentaba los bares y sitios de citas con mujeres menores que él. Para ella, si le tocaba decidir por alguno de los dos, para obtener el permiso de la investigación sobre la procedencia de los drones, iba a ser muy difícil, por cuanto ninguno de los dos se la merecían, el uno porque le parecía gay y el otro porque podría hasta estar pringado por alguna enfermedad venérea con tantas mujeres que se había acostado.

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