Mis mejores años en El Informador (Parte I)
Por Álvaro Cotes Córdoba
Nadie es irremplazable:
Hay quien se cree irremplazable, pero está errado, porque siempre existe quien reemplace a alguien. De lo que sí se debe estar seguro es que ningún reemplazo será igual, la mayoría de las veces el reemplazo no logra superar a quien reemplazó, sobre todo cuando el reemplazado es muy bueno. Por ejemplo, en El Informador, todavía no han podido encontrar a alguien que haga todo lo que yo hice en ese periódico, al cual dejé para siempre y nunca más volver, en el año 2018, después de laborar allí desde 1985 con ocho salidas y siete regresos durante mi línea de tiempo en ese diario, en donde no sólo aprendí a ejercer el periodismo desde la reportería, sino también desde el diseño y sistematización, dejándole como legado la diagramación computarizada del periódico. Muchos colegas pasaron por ese diario y no dejaron más que malas energías, algunos cuantos ni se sintieron y unos dos o tres, no dejaron ni un recuerdo. Claro que la mayoría salió por la puerta grande y por eso nunca pueden hablar mal de El Informador.
Mis primeros seis años:
En 1984, con apenas 24 años de edad, se produjo por primera vez mi ingreso a El Informador y a un medio de comunicación social, cuya sede estuvo en la calle 21 con carrera 5a hasta un año después, cuando se trasladó luego a la actual sede de la Avenida del Libertador con carrera 12, número 12A-37.
Mi primera crónica como redactor de planta en el impreso la registré en 1986, luego de cubrir la noticia de unos polizones que fueron arrojados al mar por una tripulación coreana de un transatlántico que había salido del puerto de Santa Marta rumbo a Estados Unidos. De los cuatro polizones arrojados, solo uno no sobrevivió, tras cinco días y cuatro noches nadando en búsqueda de una playa cercana. Para cubrir esa noticia me tocó ir hasta Ciénaga, el municipio del Magdalena más próximo a su capital y adonde los polizones llegaron nadando con el cuerpo ahogado de su compañero de aquella aventura que se trazaron para buscar el “sueño americano” de trabajar en USA.
La idea de hacer una crónica con base en esa noticia única registrada por ese tiempo en Santa Marta, lo confieso, fue del jefe de redacción de El Informador en ese entonces, José Orellano, quien se acordó de la obra de Gabriel García Márquez, Relato de un Náufrago y me la sugirió hacerla y lo complací y él se encargó después de hacerle su característico despliegue y diagramación en la portada y demás páginas del matutino.
En la redacción del periódico no solo fui testigo de la llegada del color al impreso, cuando se estrenó la primera rotativa offset con cuatro torres, también presencié la llegada de sus primeras computadoras de Apple, Macintosh, traídas directamente desde EEUU por el senador y director del periódico, Edgardo Vives Campo y las cuales vinieron con catálogos en inglés y que yo sin saber hablar inglés traduje a los coñazos, para luego conectarlos en red con un software que trajeron y así acabar con el martirio de escribir las noticias en cuartillas de papel con las antiguas máquinas de escribir que luego pasábamos a las digitadoras de las composer, antiguas computadoras, las cuales revelaban los textos en unas tiras de papel fotográfico y para lo cual se usaba un químico del que nunca pensé era alérgico y me causó por un tiempo unas ronchas en la piel, pero gracias al doctor Dau David, un famoso dermatólogo de la ciudad y amigo de Edgardo Vives Campo, se controló esa alergia.
Redactor de crónicas
Así era la redacción de El riInformador en 1987. En la gráfica, de izquierda a derecha, el redactor de deporte Julián Penagos(fallecido), mi hermano Arnaldo (fallecido), Javier Jiménez Jordi y por último yo.
Con los años me convertí en el redactor de las crónicas rojas del periódico por mucho tiempo. Y no fue porque me lo impusieron, sino porque me gustaba ese tipo de cubrimiento, debido a la abundancia de historias verdaderas y reales. Al principio, redactar esas noticias me daba duro, pues debía controlar la imaginación, ya que uno de los errores que ocurren a menudo, cuando se está escribiendo sobre hechos reales, es escribir imaginándose cómo sucedieron los hechos y presentarlos como si uno hubiera sido testigo de los mismos, lo cual desacredita de inmediato al redactor. Como nos decía un profesor de idioma en la facultad de comunicación de la Uniautónoma, “no hay que especular con la imaginación”...



Publicar un comentario