Héroes anónimos
Por Álvaro Cotes Córdoba
El año que más llovió en Santa Marta fue en 1.999, más exactamente en sus últimos cinco meses. Y aunque parezca todavía una paradoja, por ser una ciudad calurosa y con escasez de agua durante la mayoría del año, muchos samarios estaban aburridos por tantas lluvias e incluso le pedían a Dios que cerrara ya el grifo en el Cielo. Petición parecida le hicieron antes, pero al revés, sobre que abriera el grifo, porque no había llovido durante meses y por eso la falta del líquido en las tuberías del acueducto de la urbe.
Desde agosto de ese año, al parecer, Dios les envió suficiente agua como para que no les faltara por un año, pues el alcalde de entonces tampoco le daba solución definitiva al problema eterno de la ciudad. No obstante, el Todopoderoso, presuntamente no tuvo en cuenta la mala intencionalidad que aún existe en algunas de sus creaciones, quienes quisieron aprovecharse de la abundancia, para retener el agua que bajaba por los ríos, con el fin de regar sus tierras fértiles sin pensar en las consecuencias, las cuales se presentaron después, más exactamente el 14 de diciembre de ese mismo e inolvidable año.
Yo laboraba para entonces en Radio Galeón, como periodista del noticiero, dueño de toda una manta de sintonía en el departamento y su capital. Todavía me sigo sintiendo orgulloso de haber sido parte de ese gran momento que tuvo Radio Galeón en su historia, bajo el mando de su fundador Rodrigo Ahumada Bado, quien me contrató por ser uno de los mejores reporteros judiciales para ese tiempo y hacerle competencia a una veterana de mil batallas que laboraba en otra emisora, La Voz del Turísmo, dirigida y administrada por Pedro De Andreis, la famosa Sixta Tulia Camacho.
Además de trabajar para el noticiero de Radio Galeón, yo tenía un programa de una hora que comenzaba a las 10:00 de la noche en la misma emisora y consistía en entregar un resumen de los hechos judiciales del día, combinando entrevistas, reportajes e investigaciones. Y como todos los programas de Radio Galeón, aunque pareciera increíble por la hora, no solo me escuchaban los taxistas y celadores, sino también muchas familias por los barrios más apartados de Santa Marta y así lo comprobaba, cuando rifaba manicure, pedicure y cortes y peinados de cabellos en un salón de belleza con cuya dueña había hecho un acuerdo, consistente en que yo le daba propaganda a través de mi programa y ella a cambio le prestaba sus servicios gratis a quienes ganaban los concursos que organizaba con preguntas sobre las personas que laboraban en la emisora.
Ese día, 14 de diciembre, después de la tercera emisión del noticiero que culminaba a las 7:00 de la noche, como siempre, me quedé en la redacción, para preparar mi programa de las 10:00. Durante la tarde había caído una llovizna insignificante, que fue intensificándose al despuntar la noche. Cuando no llevaba ni media hora de haber empezado mi programa, comenzaron a sonar los teléfonos del estudio de la emisora. Todas las llamadas hablaban sobre inundaciones en sus barrios e incluso en sectores donde nunca había habido inundaciones. Además, ese día no había llovido tanto para causar inundaciones.
Recuerdo muy bien que esa noche inicié una transmisión que nunca pensé se iba a prolongar tanto. Le abrimos el micrófono a todos los afectados del centenar de barrios damnificados. Sostuve la transmisión hasta al día siguiente por la madrugada, cuando llegaron otros periodistas de la emisora en un gesto de solidaridad, para reemplazarme y continuar con la campaña de ayudar a los damnificados. Todos los que participamos en esa campaña y con la cual todo el mundo se solidarizó por los miles de damnificados, fuimos héroes, pero nadie lo reconoció después. Siempre somos los heroes anónimos. Es nuestro karma.

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