Adiós a la Tierra
"Debemos colonizar otros planetas
o estaremos condenados a la extinción":
Stephen Hawking
Por Álvaro Cotes Córdoba
La teoría sobre el fin del mundo había embelecido a James Gordon, desde que se graduó como físico en una universidad de Colorado, California, hacía ya diez años. Se la pasaba concentrado en descubrir ese gran misterio, anunciado de forma bíblica por Nostradamus y revivido en el cine con diferentes versiones, durante los albores y finales del segundo milenio, respectivamente.
Una mañana calurosa en que se hallaba mirando las estrellas desde su laboratorio personal, en una zona rural de Kansas y en donde residía solo, descubrió un extraño fenómeno que se registró en cercanías del Sol. Percibió a través de un potente telescopio que tenía allí, cómo una minúscula partícula explotó tras haberse primero incendiado. Luego, asombrado por el acontecimiento único, averiguó el tamaño de esa diminuta densidad con una fórmula matemática que él manejaba muy bien y concluyó que medía un poco menos que el tamaño de la Tierra, es decir, aquella partícula había sido un planeta.
Más tarde, verificó en un mapa astral que, en efecto, el planeta había sido Venus, el cual durante miles de millones de años había permanecido con su movimiento de traslación alrededor del Sol, como todavía lo venía haciendo la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Venus, el segundo de los planetas desde el Sol, acababa de ser destruído por su acercamiento al gigantesco astro amarillo. Sin embargo, ese no fue el único descubrimiento que haría ese día, por cuanto una pregunta empezó a rondar dentro de su cabeza y la cual fue: ¿Si aquel planeta destruido por su aproximación al Sol había sido Venus, entonces qué había sucedido con Mercurio, el primero del sistema planetario si se observase desde el Sol? Comenzó a buscarlo con su catalejo electrónico por la elíptica que siempre había estado recorriendo alrededor del astro gigante, pero no lo encontró por ninguna parte. Durante dos días consecutivos indagó, inclusive, llamó por un teléfono satelital a un amigo, a Hollman Kartl, quien laboraba en la NASA, para que con el telescopio Hoobe que la agencia mantenía perenne en el espacio, también lo buscara, pero él tampoco lo halló después de examinar durante un par de horas el intersticio entre la gran esfera incandescente y la Tierra.
Es mas, Kartl se sorprendió y se asustó cuando en su exploración extraterrestre se dio cuenta de que, igualmente, no había visto a Venus, a lo que James Gordon le respondió después, contándole su extraordinario descubrimiento y del cual había sido, aparentemente, el único testigo. “Tengo todo registrado en mi computador”, le manifestó a su amigo Kartl, quien al otro lado de la línea telefónica, en una de las oficinas de la NASA, se sintió un poco entusiasmado por lo que le decía Gordon, mas no convencido de un todo.
Lo que había visto ese día James Gordon era la prueba fehaciente de que la teoría del fin del mundo era cierta, por cuanto lo mismo sucedería con la Tierra. El fenómeno sideral no sólo llamó su atención por lo que había acontecido con Venus, sino por lo que habría pasado con Mercurio, el primer planeta y el cual estaba delante de Venus. No sólo había sido testigo único de la destrucción de un planeta, sino que había sido el primer humano que se enteraba de la desaparición de Mercurio.
Como el telescopio que utilizaba estaba conectado a un computador de última generación, lo que había visto quedó también grabado en la memoria electromagnética, por lo que contaba con las imágenes que enseñaría más tarde a la comunidad científica internacional. Sin embargo, él era un profesional y un investigador insaciable, quien no se detenía con las primeras luces de un extraordinario hallazgo, por lo que continuó indagando antes de presentar esa prueba física de la cruda realidad que le esperaba al mundo. Profundizó en el asunto e inició la búsqueda del tiempo que tendría la Tierra antes de su destrucción total, comparando la distancia entre Mercurio, Venus y el planeta azul y corroborando la velocidad con la cual se movía la Tierra en su aparente traslación eterna.
A pesar de que estaban en invierno, el clima afuera se palpaba caliente, como si estuviera en verano. No había llovido los últimos dos años en el estado ni en el resto de las otras regiones del territorio nacional. Y es que la naturaleza para el entonces seguía cada vez más loca en todo el mundo: llovía a cántaro en el desierto del Sahara y durante casi todos los días e incluso, había caído hasta hielo y nieve a la vez. En Alaska, desde hacía un lustro, no se sabía lo que era sentir frío desde que amanecía hasta que oscurecía. El Sol calentaba aquel territorio con temperaturas elevadísimas. De la misma forma sucedía en los otros países de las tradicionales zonas tórridas y nórdicas. Para los científicos, el disparate atmosférico se debía al acortamiento de la distancia entre la Tierra y el Sol, teoría que había prosperado en los últimos cincuenta años y la cual pronosticaba el fin del mundo, como también iba a ocurrir con los otros planetas del sistema solar, pero después de millones y millones de años. Por lo pronto, la Tierra era el planeta que más preocupaba, porque se consideraba que sería el tercero de la cadena de planetas, después de Venus, ya que también giraba y giraba alrededor de la inmensa bola de fuego y con dirección hacia ella y, además, porque era en donde siempre había vivido el ser humano. Esa hipótesis jamás se había comprobado, por cuanto nadie había encontrado la prueba que lo confirmara, como lo hizo James Gordón esa vez, al inicio de un día caluroso de aquel año del futuro.
La teoría del final del mundo de James Gordon se promulgaría un mes después, luego de que él, el último día de su cerramiento en el observatorio planetario, durante otra noche más, calurosa y repleta de estrellas, concluyera que a la Tierra sólo le restaban a partir de esa fecha, la cantidad de 1.500 años de existencia. Pero esa conclusión no fue la más grave, por cuanto después analizó que la vida conocida en la Tierra, desde ese día, sólo poseería más de la mitad del crucial tiempo, para seguir existiendo. Es decir, a partir de ese año, los seres en la Tierra tendrían entre 500 o 700 años de vida, por cuanto después sería un imposible vivir en ella, debido a la temperatura y a los cambios bruscos de la atmósfera en el planeta, por su acercamiento cada vez mayor hacia el Sol. Incluso, en su computador personal y con un programa de simulación digital, había recreado cómo sería el planeta durante esos últimos años, junto con sus habitantes y demás seres vivientes y edificaciones e inventos que la humanidad había creado a lo largo de los cuatro milenios recorridos hasta por esos momentos. Todo se consumiría o extinguiría como si jamás hubiera existido.
Por eso, y con mucha razón, tuvo que ponerse a meditar después sobre la posibilidad que tendría la humanidad de sobrevivir durante esa fulminante hecatombe del mundo. Tras otras dos noches más, luego de pensarlo varias veces, se dio cuenta de que no había otra alternativa, salvo la de abandonar el planeta, para lo cual debían de empezar a prepararse desde ya, con el fin de que cuando llegara el día, no hubiera en la Tierra un solo habitante. En su mente no sólo divagó esa preocupación, sino también el modo como el mundo tomaría su teoría comprobada y posibles soluciones, si es que la asimilaba como una verdad absoluta y no como una versión más de las tantas surgidas a lo largo de la historia de la humanidad, desde los sectores religiosos hasta los científicos y cinematográficos, sobre el fin del mundo.
La primera vez que dio a conocer su descubrimiento, al mes siguiente, lo hizo en una conferencia de prensa que organizó en un museo de la urbe, ubicado cerca a un hospital psiquiátrico. Como él era un personaje reconocido en el mundo científico, por sus trabajos sobre las ondas hertzianas y porque escribía en revistas especializadas y en los periódicos más influyentes de su país, sobre temas de física cuántica y las leyes del Universo, la convocatoria de los representantes de los medios de comunicación fue voluminosa. No hubo un medio de los Estados Unidos que faltara a la conferencia de prensa.
Entre la multitud de periodistas se hallaba Hulk Barrington, un famoso ex científico de la Nasa, religioso a morir y un acérrimo crítico de las hipótesis que negaban los sermones de la Santa Biblia y de la creación de Dios. Por eso había salido de la agencia espacial, ya que se había convertido en una especie de ‘piedra en el zapato’ o en un ‘chivo expiatorio’ dentro de ese importante ente que se encargaba aún de todo lo que tenía que ver con el espacio, pero no de manera directa, sino de intermediaria o de control espacial, ya que para el entonces el espacio seguía explotándose comercialmente por grandes compañías privadas que surgieron tras acabarse los viajes de los transbordadores, a principio del tercer milenio. Además, trabajaba en una revista especializada en ciencia y temas religiosos, de ámbito mundial y de la cual se decía que se trataba de un medio de comunicación del Vaticano, aunque la institución apostólica nunca lo había aceptado ni mucho menos negado. No era tan viejo ni joven, tenía unos 35 años de edad, estaba casado y no tenía hijos y vivía en un apartamento de uno de los rascacielos de Nueva York, a una cuadra de donde estuvieron las torres gemelas destruidas por unos locos suicidas, a comienzo de ese mismo tercer milenio y cuyo espacio aún se conservaba allí como un recuerdo imperecedero a las miles de personas que fallecieron esa fecha de ingrata recordación.
Vestía un traje de color púrpura, el cual le llegaba hasta los tobillos. El atuendo lo combinaba con un fajón del mismo color, pero llamativo y fosforescente. Sus pies calzaban unas sandalias doradas y se veían limpios y cuidados. Los habitantes en la Tierra, por ese entonces, vestían como lo hicieron durante el primer milenio e inicio del segundo. Los pantalones, camisas y zapatos, no eran de ningún uso ya, porque se había regresado a la forma de vestir antigua, pero con prendas más finas y fuertes y con mejores coloridos y diseños. El pelo de su cabeza relucía brillante, debido al uso de un champú en boga por esa nueva era que se iniciaba. Su cara siempre permanecía pálida, pero ello obedecía por un problema de epidermis que tenía que tratarse con una crema polarizante, para tolerar los rayos solares y lo cuales eran cada vez más fuertes e insoportables. En los últimos dos siglos, la incidencia del astro había causado daños en las pieles de los seres humanos, inclusive, hasta muertes de miles de personas, constituyéndose en un problema de salud peor que el cáncer y el Sida, las plagas más dañinas durante finales del segundo milenio.
Al comienzo de la rueda de prensa, James Gordon descubrió al polémico periodista entre el cúmulo de comunicadores y pensó de inmediato que obtendría allí la primera oposición a su increible hallazgo. No obstante, estaba convencido de que con las pruebas que tenía, sería lo suficientemente convincente, para demostrarle al mundo la atroz verdad y llamar la atención de sus habitantes, con el fin de iniciar la apoteósica aventura jamás emprendida por los humanos durante su existencia en la Tierra. Había utilizado el método de la convocatoria a los periodistas, porque sabía de antemano que sería la única manera de llegar a todo el mundo de forma directa y rápida, sin tener que hacer lobby o esperar respuestas tardías. Además, porque se trataba de un problema que afectaba a la humanidad y la cual tenía todo el derecho de enterarse de una vez por todas sobre lo que acontecería con el único hábitat que conocían y existía en el Universo para ellos y así no tener que ser privados de esa cruel realidad hasta el final de los tiempos, cuando no hubiera ninguna oportunidad.
Antes de iniciar su pronunciamiento comprometedor, Gordon pidió a los presentes no interrumpirle la intervención, ya que al final tendrían todo el tiempo suficiente, para hacer sus preguntas. Su alocución duró una hora y media, durante la cual mostró las imágenes con las pruebas de la explosión de Venus e incluso la simulación de cómo ardería la Tierra en los finales años del planeta. Además, explicó con números y fórmulas físicas lo que le quedaba a la Tierra y el tiempo que tendrían sus habitantes, para empacar y abandonarla, antes del período infernal. Por último, dejó entrever que lo mismo que a Venus, le había tenido que suceder a Mercurio, aunque sobre este último hecho no había sido testigo como en el de Venus. Ya al final de su intervención, el periodista Hulk Barrington ni siquiera esperó a que él empezara a beberse un trago de agua de una botella de plástico, para preguntarle:
--- ¿En resumen, lo que usted acaba de decirnos, es que Dios creó la Tierra, para que al final termináramos calcinados por el Sol?
--- No --- objetó Gordon --- a Dios no lo debemos meter en este asunto --- dijo.
Barrington se disponía a ripostar, pero James Gordon de inmediato señaló con un dedo a otro periodista que había levantado su mano. Se trataba de un joven de unos 19 años de edad, perteneciente a una de las tantas revistas electrónicas que existían en los Estados Unidos. La prensa escrita, la televisión y la radio seguían existiendo, pero sólo funcionaban como anuncios electrónicos, eran más inmediatos y se veían desde cualquier esquina, en establecimientos públicos y por las calles o avenidas, por donde informaban al instante y constante lo que acontecía en las ciudades, paises y todo el mundo, a través de pantallas con alta definición ubicadas al rededor de las arterias y dentro de los negocios comerciales. Si alguien quería enterarse de lo que ocurría en el mundo, sólo debía salir de su casa. Los accesos a los contenidos informativos eran gratuitos. De ahí que, lo que James Gordón acababa de promulgar, le llegó a todo el mundo de inmediato, porque los periodistas con sus celulares enviaron enseguida las imágenes y sonidos de la rueda de prensa de manera directa a los anuncios de las calles y lugares encerrados. Una manera formidable de evitar las mordazas a la prensa.
Barrington insistió en anunciarse para una segunda pregunta, pero Gordon estaba dispuesto a darle batalla, obviándolo o no permitiéndole hacer otra de sus intervenciones, por lo que volvió a señalar a otro representante de uno de los medios presentes. Señaló con el dedo a una bella mujer que se destacaba por un sombrero rosado al estilo medieval y el cual le hacía juego con una túnica del mismo color que llevaba puesta como si fuera una virgen santa. Se llamaba Mery Smart, una pelirrubia con pecas, de aproximadamente 30 años de edad y empleada de un medio digital de gran influencia en la moderna red mundial de datos, antigua Internet, denominada con las siglas RMD y la cual cubría todo el planeta en cuestión de millonésimas de segundos por terminales que los usuarios hasta portaban en sus pulsos o automóviles que circulaban con combustibles bioenergéticos. Ningún vehículo terrestre ni aéreo consumía para esa época y desde hacía tres milenios, los obsoletos combustibles de la gasolina, diesel o gas. Además, el petróleo en el planeta se había agotado y si algo quedaba muy adentro del globo terráqueo, el hombre había dejado de buscarlo por economía y rendimiento, ya que el nuevo combustible biodegradable era más fácil de obtenerse y resultaba mil veces más barato.
--- Doctor Gordon --- dijo la hermosa pelirrubia, con un acento neoyorquino --- usted ha manifestado que sólo tendríamos entre 500 a 700 años, para alistarnos a abandonar el planeta. ¿Acaso en su mente ya ha discurrido hacia dónde iríamos si en verdad ocurre el fin del mundo como usted lo ha tratado de demostrar hoy aquí?
--- Claro --- dijo de inmediato James Gordon, después explicó:
--- Hacia el planeta vecino o Martes, pero debemos primero adecuarlo para la vida de la Tierra.
--- ¡Eso es una locura! --- explotó Barrington desde donde se hallaba, al final del salón de la conferencia --- ¡Usted no sólo está alucinando, sino que está incitando a un pánico mundial de 500 o 700 años! -- volvió a gritar con cierto resentimiento y cólera por dentro.
Gordon no respondió esa vez, sólo sonrió un poco y miró después hacia otro grupo de comunicadores que pedían intervenir. Con el mismo dedo, señaló a un veterano periodista que había permanecido sentado con una pierna cruzada o como se seguían sentando las mujeres y sin voluntad de ponerse de pie. Sin embargo, cuando se sintió escogido, se reincorporó despacio y mientras lo hacía, se quitó unos lentes de aumento que llevaba frente a sus ojos y los cuales se elevaron de modo automático sobre su cabeza entrecanada, cuando mencionó la palabra gafas. Debía de tener entre 60 a 68 años de edad, lucia un menudo bigote negro y lánguido, que parecía pintado a la piel y una barbilla del mismo tono, como la usaron los franceses entre los siglos XV y XVI o a finales del segundo milenio.
--- Doctor --- dijo, mientras terminaba de levantarse --- tengo entendido que usted es amante de las distracciones, a quien le gusta inventar juguetes para la humanidad como la famosa gafa que tengo ahora puesta y la otra que inventó para visualizar las ondas hertzianas de la Tierra...
En efecto, James Gordon saltó a la fama por esas dos invenciones que no sólo le dieron millonadas de dinero, sino prestigio y un reconocimiento en el mundo científico, por cuanto ambos objetos trajeron entretenimiento y comodidad a la humanidad, ya que la gente no tenía por qué quitarse y ponerse a cada rato las gafas cuando las necesitaba, debido a que un chic incorporado en las mismas, recogía y desplegaba el aparato de las cabezas de sus usuarios. En cuanto a los anteojos para ver a las ondas hertzianas, había sido un invento maravilloso, ya que a través de ellos se podía contemplar la atmósfera terrestre en pleno movimiento y en un extraordinario colorido, como si fuera un arcoiris del tamaño del cielo.
--- ¿Por qué no deberíamos pensar ahora nosotros --- continuó el periodista veterano --- que se podría tratar de otra invención más de su parte?
El cuestionamiento llenó de una expectativa positiva a Hulk Barrington, quien por primera vez se mostró sin intención de querer decir algo. James Gordon, como siempre, sonrió antes de contestar a la pregunta, comportamiento que no sólo irradiaba la seguridad que él poseía de sí mismo por esos instantes, sino también que le amargaba el alma a los que por esos primeros momentos empezaban a no creer en su teoría sobre el fin de la Tierra. Después bajó su cabeza y buscó entre unos papeles que poseía en la mesa que le servía de escritorio, pero al no hallar lo que escudriñaba, se propuso responderle al veterano periodista:
--- No es una invención mía, es un hallazgo que realicé durante mi observación espacial: ahí están los hechos por fuera de toda imaginación --- dijo James Gordon y añadió:
--- La comunidad científica del mundo puede bien confirmar todo lo que he dicho.
Por un instante, todo el mundo en aquella rueda de prensa se quedó en silencio, como si no tuvieran más nada qué preguntar. Sin embargo, el mutismo obedeció a que por esos segundos hizo su ingreso al salón de la conferencia, a través del único acceso que poseía el recinto y el cual yacía a la izquierda y detrás de donde se hallaba James Gordon sentado, por lo que era el único que no se había dado cuenta de la presencia de un hombre de avanzada edad, con cabellos entrecanos, alto y fornido, vestido con una túnica blanca y acompañado de otros cuatro hombres de la misma estatura, pero con vestiduras parecidas de color negras y luciendo cada uno gafas oscuras. Nadie los conocía, por lo que aumentó más las expectativas de los periodistas presentes. Cuando por fin James Gordon advirtió la causa del silencio en el selecto auditorio, porque notó la mirada de todos los comunicadores hacia la entrada del salón, volteó su cabeza cuadrada y pudo entonces ver a los nuevos concurrentes. Tampoco supo de quiénes se trataban, pero como él era el que presidía la reunión, no le tocó más remedio que averiguarles si también eran periodistas, a lo que el hombre de blanco y anciano le contestó que no, porque pertenecían a la AFP, una Agencia Federal de Policías, dedicada a investigar a los científicos y la cual lo requería por esos momentos, para intercambiar algunas comunicaciones en privado. Hasta ese día, Gordon ni los comunicadores sociales en el auditorio, sabían que existía una agencia de investigación de científicos.
Los cuatro hombres de negros se acercaron después hasta donde se encontraba James Gordón e intentaron sujetarlos por sus brazos, pero él no se los permitió, sin embargo, los individuos miraron al hombre de blanco, quien se había quedado en la puerta y desde donde asintió con su cabeza de pelos blancos, por lo que los cuatro sujetos se volvieron hacia James Gordón y lo levantaron con fuerza de la silla. James trató de evitarlo con pataleos y palabras insultantes, pero nada pudo hacer con el vigor de los cuatro hombres y la desidia de los presentes, quienes se quedaron con sus bocas abiertas, como anodadados. No sabían lo que sucedía y nadie daba muestra de querer saberlo, por temor a que tomaran alguna represalia en contra de ellos. Sin embargo, el señor níveo les aclaró las dudas, cuando les dijo que lamentaba mucho la tomada de pelo, porque el paciente James Gordon sufría de una severa esquizofrenia y estaba siendo tratado en el hospital psiquiátrico del estado, a pocas cuadras de allí, por lo que reiteró en ofrecer sus disculpas a los comunicadores sociales por el tiempo perdido.
Aunque las reacciones de la mayoría de los asistentes a la rueda de prensa fueron de resignación, hubo uno que no se mostró igual. Su nombre: John Guarde, del diario La Punta, un periódico electrónico especializado en temas amarillistas y escandalosos. No se tragó entero el cuento de la supuesta agencia investigadora y por eso, en lugar de refunfuñar, por lo de la ‘tomada del pelo’, se dedicó a reparar a los extraños hombres y notó en ellos cierta ambigüedad. Luego, fue el único en atreverse a salir enseguida, después de que lo hicieron los hombres de negro y el vetusto de blanco, con James Gordón dándoles lidia y negando su supuesta esquizofrenia. Por eso alcanzó a ver el vehículo en que se lo llevaron, un microbús azul oscuro y con vidrios polarizados.
De regreso al salón donde se había realizado la frustrada conferencia de prensa, halló una discusión parcializada entre sus colegas y en la cual el tema central era el oso que todos habían hecho por creerle al científico ahora ‘loco’. A John Guarde le causó rabia ver cómo sus colegas se dedicaban a denigrar de James Gordon por lo que acababa de suceder. Ni siquiera demostraban estar preocupados por el reconocido científico ni por lo que le pudiera pasarle y mucho menos se mostraban interesados en saber si aquellos hombres que se lo habían llevado a la fuerza eran auténticos. La discusión era liderada por Hulk Barrington, quien había aprovechado para derramar todo su odio y envidia contra James Gordon.
--- Siempre ha sido un fiasco para la humanidad -- decía, refiriéndose a Gordon.
Ante semejante insolidaridad, John Guarde tuvo que intervenir, llamando la atención con una frase que siempre lo había caracterizado y la cual se le había convertido ya en una muletilla:
--- Nadie debe ser juzgado hasta que se compruebe la verdad --- expresó y enseguida sus colegas voltearon a ver quién había hablado. No obstante, Barrington le contestó:
--- Pero aquí no se trata de un juzgamiento, sino de una enfermedad mental.
--- ¿Algunas vez escucharon ustedes de la existencia de una agencia que investiga a los científicos? --- preguntó Guarde.
Los periodistas en el recinto se miraron a las caras y murmuraron, al mismo tiempo que menearon sus cabezas de forma negativa. Barrington fue el único que no dijo ni gesticuló absolutamente nada. El interrogante despertó la duda de inmediato entre los comunicadores concurrentes, lo que Barrington advirtió al instante y por eso decidió interrumpir su silencio:
--- ¿Y qué hay con eso? --- averiguó y después remató:
--- Es evidente que el hombre está loco: Cómo se le ocurre decir que la Tierra va a ser devorada por el Sol y que todos debemos abandonarla para siempre e irnos a vivir a Marte; así cualquiera otro puede también convocar a una rueda de prensa y anunciar que el Universo va a explotar, porque observó por su telescopio que otro Universo paralelo estalló en mil pedazos. Si vamos a hacer eco a todo lo que diga cualquier ‘mente brillante’ desquiciada, ya desde hace rato no hubiéramos existido.
John Guarde no tuvo más argumento para refutarle a Barrington y, en lugar de comentar algo más, prefirió salir de aquel recinto en silencio. Se resignó a volver a creer que él era el único en ver el asunto del científico James Gordon de una manera diferente, como siempre le había sucedido durante su oficio; posición que no sólo había ayudado a convertirse en un osado periodista a lo largo de su carrera, sino también a conseguir varios premios por su acuciosidad y empeño. Obedecía siempre a su ancestral malicia indígena, pues su madre era mexicana, la cual lo había concebido con un inglés ciudadano estadounidense. Y aunque sus rasgos físicos no provenían de ella sino de su padre, en su forma de ser era idéntico a su madre. Desconfiaba de todo el mundo y pensaba que detrás de cualquier verdad, siempre hay algo de mentira. A veces ni en él mismo confiaba, lo que en muchas ocasiones lo llevaba a reflexionar si esa sería su misión en la Tierra: nunca tragar entero. Por lo pronto, esa actitud era la que más le sentaba y la que más le había dado buenos triunfos en su profesión ingrata, por lo que no veía ningún motivo, para pretender cambiar de forma de ser.
Al llegar a su oficina en el medio electrónico en el que laboraba desde hacía diez años, lo primero que hizo antes de empezar a redactar la noticia sobre el incidente con el científico James Gordon, fue llamar al manicomio del estado, para averiguar si en verdad había sido llevado hasta allí. La sorpresa que recibió fue mayúscula y la cual lo incentivó a seguir con la investigación. Le informaron que al lugar no había ingresado nadie con ese nombre y ni siquiera con otro desde hacía más de cuatro años. Se sintió triste y alegre a la vez, pues con la respuesta obtenida se confirmaba su sospecha, al mismo tiempo que le daba toda la razón a su intuición maliciosa. Sin dudas pensó en serio que detrás del evento había gatos encerrados, por lo que se olvidó por el momento de escribir la nota periodística acerca del incidente durante la rueda de prensa, ya que la percibió obsoleta ante lo que empezó a ver que podía estar sucediendo.
Esta historia continuará...
Copyright: Álvaro Cotes Córdoba.
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